Madrugada.
Xie Ran no llevaba ni tres horas dormido cuando el despertador lo arrancó de un profundo sueño. Alargó la mano para tantear el costado de la cama, pero el lado donde se suponía que debía estar Xie Qingji ya estaba frío.
—¡Xie Qingji! ¡Xie Qingji! —gritó Xie Ran a pleno pulmón.
Pero a quien atrajo no fue a Xie Qingji, sino a su gato.
Aquel gato era un ejemplar único en su especie, totalmente fuera de lo común. Mientras que los gatos de los demás no pasaban de ser simplemente un gato, el de Xie Qingji solo podía describirse como un pegote o una masa: un auténtico peso pesado que, en tiempos de hambruna, habría bastado con matarlo para alimentar a una familia entera.
El animal tenía una mirada esquiva y maliciosa, era astuto y traicionero, y se movía con una agilidad sorprendente. Siempre atacaba por la espalda sin hacer el menor ruido, mordiendo el tobillo de Xie Ran cuando menos lo esperaba. Normalmente, no caminaba ni dos pasos antes de desplomarse en el suelo y maullar con una voz ronca que recordaba al rebuzno de un burro, exigiendo que Xie Qingji lo cargara o lo acariciara. Sin embargo, en cuanto hacía alguna travesura, desaparecía más rápido que un ratón, sin dejar que Xie Ran lo atrapara jamás.
El gato de Xie Qingji era igual que su dueño: ninguno de los dos soportaba a Xie Ran.
Ese gato siempre parecía creer que él quería hacerle daño a su amo. En cuanto oía la voz de Xie Ran, aparecía de quién sabe dónde, surgiendo como un fantasma para dejarse caer desde lo alto. Con un golpe seco, aterrizaba sobre su abdomen y lo observaba con una mirada inquisidora.
Xie Ran pensó para sus adentros que, por suerte, había logrado que Xie Qingji se volviera gay y ya no se casaría ni tendría hijos; de lo contrario, si su esposa estuviera embarazada y el gato le cayera encima de esa forma, seguro que acabaría en un aborto espontáneo.
—Fuera, fuera. —Agitó la mano con suavidad para empujar al gato fuera de la cama—. Si ese chico te ve aquí, volverá a culparme por dejarte entrar.
En una ocasión, mientras estaban en pleno acto, se olvidaron de cerrar la puerta. Solo cuando terminaron, empapados en sudor, se dieron cuenta de que el gato estaba sentado junto a la cabecera de la cama observándolos fijamente. Xie Qingji acababa de eyacular y su pene, que ni siquiera había tenido tiempo de sacar del cuerpo de su propio hermano mayor, aún estaba erecto, pero al ser observado de esa manera por los ojos redondos y oscuros del animal, se ablandó al instante.
Desde entonces, siempre que Xie Ran estaba de visita, él no permitía que el gato durmiera en el dormitorio.
Xie Ran gemía en la cama mientras arañaba la espalda de Xie Qingji, y el gato maullaba afuera mientras arañaba la puerta. Ambos torturaban a Xie Qingji al unísono.
El gato volvió a lanzarle un maullido agudo a Xie Ran. Al oír el ruido, Xie Qingji se acercó mientras se ajustaba la corbata, tomó al gato en brazos, le echó un vistazo y dijo sin ninguna emoción:
—Otra vez lo estás molestando.
—Eso es favoritismo puro y duro. ¿Por qué cuando te llamé hace un rato no viniste, pero en cuanto este bicho maúlla un par de veces vienes corriendo?
Xie Qingji no dijo nada. El gato se apoyaba sobre su brazo, con la grasa de sus nalgas desbordándose por los bordes de su antebrazo firme y musculoso. Tanto desde una perspectiva biológica como psicológica, ese gato era un eunuco que, valiéndose del poder de su dueño, miraba a Xie Ran con aire de superioridad.
Xie Qingji se inclinó para dejarlo en el suelo y el animal, muy oportunista, se marchó.
Él cargaba al gato muchas más veces de las que abrazaba a Xie Ran.
—¿A dónde vas? Vas vestido muy formal.
—Hoy vienen los altos mandos de la Oficina Municipal de Seguridad Pública a dar una conferencia a la escuela. El profesor me pidió que fuera en representación de los estudiantes.
Xie Qingji alzó de pronto la mirada y observó a Xie Ran. La expresión de este no cambió; se quedó tumbado perezosamente en la cama mientras le hacía una señal con la mano.
—Entendido. Ven aquí, dame un beso. Ya casi es tu cumpleaños, ¿qué quieres de regalo?
La expresión de Xie Qingji mostró un rastro de incomodidad. Se quedó de pie sin moverse y giró la cabeza hacia un lado. Xie Ran soltó una risa burlona y le reclamó:
—¿No te dije que vinieras o no me oíste? ¿Qué tiene de malo que me des un beso? No te veías tan tímido cuando me tenías presionado contra la cama dándome con todas tus fuerzas.
—Cállate.
Xie Ran no supo cuál de sus palabras había molestado a Xie Qingji, pero el rostro de este se ensombreció de repente.
Aunque solo fue una palabra, sonó con una firmeza incontestable. Como era de esperar, Xie Ran guardó silencio y se quedó mirando fijamente a su hermano menor. El que estaba siendo observado mantuvo la cabeza baja, por lo que no alcanzó a ver el apego, la renuncia a separarse y el pesar que se mezclaban en la compleja mirada de su hermano mayor.
Xie Ran se rascó la cabeza con torpeza y murmuró para sí mismo:
—Está bien. Si no quieres besarme, no me beses. Pero no te arrepientas luego.
Xie Qingji caminó hacia la salida, pero al llegar a la puerta se detuvo un instante, como si tuviera la intención de mirar atrás.
Esa esperanza de Xie Ran que estaba a punto de extinguirse fue como una llama que encuentra el viento: de pronto, las cenizas volvieron a arder, extendiéndose con la fuerza de un incendio forestal. Sus manos y pies comenzaron a calentarse y su corazón se aceleró, pero acto seguido, Xie Qingji se marchó sin mirar atrás.
Desde la planta baja llegó el sonido de la puerta al cerrarse. Xie Ran se desinfló de nuevo y se quedó allí, aturdido y perdido en sus pensamientos, murmurando para sus adentros:
«Si no quieres besarme, pues no me beses…»
Hizo un mohín y, a continuación, se levantó de la cama para ponerle comida al gato y prepararse a sí mismo algo de comer. Al momento de salir, cambió de opinión; rebuscó en el fondo del armario hasta sacar una camisa blanca, algo amarillenta y desgastada por el tiempo. Se miró en el espejo de cuerpo entero mientras se ajustaba el cuello con aire de suficiencia, y solo se atrevió a encender un cigarrillo una vez que estuvo fuera de la casa.
Xie Qingji era sumamente meticuloso y un fanático de la limpieza. No le permitía fumar dentro del hogar.
Un taxi lo llevó hasta el centro de entretenimiento que estaba a su nombre. El botones, que ya lo conocía, se apresuró a escanear el código para pagar la tarifa del taxi, le abrió la puerta y lo guió hacia el interior. Pensando que Xie Ran venía ese día a revisar las cuentas, llamó de inmediato a todos los encargados que se encontraban en el local.
Uno de ellos, inclinándose con servilismo, le ofreció un cigarrillo. Xie Ran lo aceptó y se lo llevó a los labios, pero cuando el hombre intentó acercarse para encendérselo, lo apartó con un gesto suave.
—¡Vaya! ¡El jefe viene hoy con camisa blanca! ¡Por un momento pensé que era algún universitario que pasaba por aquí!
Al oír que lo comparaban con un estudiante universitario, Xie Ran sintió que moriría de la felicidad, aunque mantuvo la modestia de dientes para afuera.
—No está mal, ¿verdad? Es ropa de mi hermano. ¿De verdad se ve tan bien? Bueno, a decir verdad, yo también creo que me queda bien, ja, ja, ja. ¿Y dónde está el Viejo Qiao?
—Qiao-ge fue hoy al sector este de la ciudad. Hace un par de días denunciaron uno de los locales de por allá y la pasma 1 fue a hacer una inspección. Qiao-ge no se quedó tranquilo y estos días ha ido personalmente a vigilar. ¿Lo buscaba por algo importante, jefe?
—Nada importante… solo que lo extrañaba, vine a echar un vistazo porque quería verlo un rato, pero bueno, si no está, ni modo.
Xie Ran tenía el rostro lleno de pesar.
Hacía mucho tiempo que ya no necesitaba patrullar sus locales personalmente; hoy había venido exclusivamente porque quería ver al Viejo Qiao. Sus hermanos de armas habían terminado muertos, en la cárcel o prófugos; a lo largo del camino, solo ese viejo contador calvo, que no servía ni para cargar un bulto ni para levantar un arma, seguía a su lado.
Xie Ran se dio la vuelta para marcharse mientras un grupo de subordinados le abría paso para despedirlo. De pronto, se detuvo y dijo con seriedad:
—Y dejen de llamarlos «la pasma». Mi hermano se gradúa este año de la Academia de Policía y pronto será un honorable oficial de la policía del pueblo. ¿A quién creen que están insultando? Díganle al Viejo Qiao que, ahora que tiene dinero, se compre un celular mejor. Instálenle el WeChat, que nunca se le encuentra cuando lo llaman. Ese teléfono para ancianos que tiene ya debería estar en la basura. Y ustedes, de ahora en adelante, sean más listos al hablar y actuar, y traten de ahorrar más dinero.
Los subordinados asintieron uno tras otro, asegurándole que habían entendido.
Xie Ran los sermoneó un rato más, pero al ver sus rostros temerosos y confundidos, sintió que no tenía sentido seguir.
Subió a un autobús y se hundió en un asiento junto a la ventana en la última fila. Hizo el recorrido de sur a norte de la ciudad varias veces, hasta que al pasar por cierta parada, el altavoz anunció:
[Próxima parada: Cementerio Yonghe. Los pasajeros que así lo deseen, por favor, bajen por la puerta trasera.]
En realidad no quería bajar, pero como le había cedido el asiento a una anciana, estaba de pie junto a la puerta y la multitud lo empujó hacia afuera. A los ancianos de cierta edad no les importa qué clase de pez gordo seas cuando se trata de abrirse paso en el autobús.
Compró un ramo de flores y se quedó un momento en la entrada hasta que vio a un desconocido que venía a visitar a sus difuntos. Lo detuvo, le dio algo de dinero, le indicó la ubicación y el nombre en la lápida, y le encargó que presentara los respetos en su lugar. Luego, ignorando su mirada extraña, tomó un taxi de vuelta a la casa que compartía con Xie Qingji. Estrictamente hablando, ese lugar únicamente era el apartamento de Xie Qingji, y Xie Ran se había mudado allí a base de pura insistencia y descaro.
Se arremangó para cocinar, pero sintió el ansia de fumar y buscó un cigarrillo; entonces recordó de repente la advertencia de Xie Qingji y tuvo que retirar la mano.
—¡Joder! —Xie Ran, empuñando la espátula, soltó de pronto un insulto con saña y refunfuñó—: Ni siquiera sabes cómo cuidarme un poco, ¿por qué demonios tengo que hacerte caso?
Sacó un cigarrillo y, como si quisiera llevarle la contraria a Xie Qingji a propósito, fumó a gusto en la cocina.
Este pez gordo de la mafia, que afuera era capaz de convocar al viento y a la lluvia, pero que era despreciado por todos, maldecía a su propio hermano mientras se desvivía cocinando para él sin queja alguna. Sin embargo, una vez que terminó de preparar la comida, no probó bocado. Se quitó el delantal y el reloj y dejó el celular junto a las llaves sobre el mueble de los zapatos. Si no fuera porque lo arrestarían por andar desnudo en la calle, realmente habría preferido no llevarse puesto ni la ropa.
No quería llevarse nada consigo.
Xie Ran se detuvo en el vestíbulo, giró la cabeza y echó una última mirada a la casa.
El gato estaba sentado sobre la mesa del comedor, observando con una mirada inquietante a aquel bastardo que se comportaba de forma tan extraña.
—De ahora en adelante, ya no habrá nadie que compita contigo. —Xie Ran soltó una risa burlona.
El viejo gato ladeó la cabeza y, de pronto, saltó de la mesa para hacer algo que dejó a Xie Ran estupefacto.
… Se acuclilló junto a sus pies y se frotó contra él, soltando un «miau» con una vocecita tierna y delicada.
Ese era el tipo de maullido lisonjero y seductor que el animal emitía solo cuando quería que Xie Qingji lo acariciara.
Xie Ran, desconcertado y lleno de dudas, echó una mirada al cuenco del gato; al ver que todavía tenía comida, no pudo estar seguro de si el gesto significaba lo que él pensaba. Tras vacilar un largo rato, se puso de cuclillas con cautela, manteniéndose alerta por si el felino lo arañaba, y le acarició la cabecita peluda.
El gato también se frotó contra su palma.
Su pelaje emanaba calidez mientras rozaba suavemente la mano de Xie Ran.
Esas dos criaturas que solían echar chispas apenas se veían, de repente, en cierto momento de aquel día, alcanzaron una extraña reconciliación. Ni siquiera Xie Ran sabía explicar el motivo.
Al final resultó que los animalitos de verdad son muy perceptivos; lo saben todo.
Xie Ran dijo de pronto:
—Tienes más humanidad que Xie Qingji.
Acto seguido se puso en pie sin mirar atrás. Aquel invitado no deseado que había usurpado el nido ajeno, aquel líder de la mafia que todos detestaban, finalmente abandonó el hogar de Xie Qingji, el futuro oficial de la policía del pueblo.
Xie Ran tomó un taxi. El conductor le preguntó a dónde se dirigía y él respondió que al mar. Al llegar a su destino, por puro acto reflejo, se palpó el bolsillo buscando el celular para escanear el código y pagar, solo para recordar que lo había dejado en casa. En estos tiempos, ¿quién sale ya con efectivo a la calle?
El taxista lo miró fijamente con los ojos muy abiertos; Xie Ran, con el rostro lleno de vergüenza, empezó a balbucear, habiendo perdido por completo la soltura y el desapego que mostró al quitarse el reloj y dejar las llaves.
—Oiga, no es que quiera irme sin pagar, es que de verdad no traigo el celular. Hagamos algo, ¿conoce el centro de entretenimiento de la calle Huaibei? Es mío; vaya después a buscar a un tal Viejo Qiao para que le dé el dinero.
En cuanto el conductor lo oyó mencionar al local de la calle Huaibei, su expresión cambió drásticamente; no se atrevió a pedirle más dinero a Xie Ran y se apresuró a dejarlo bajar del auto.
Xie Ran, el infame y notorio maleante, bajó del taxi con el rabo entre las patas, pensando: «Qué maldita vergüenza».
El cielo empezaba a oscurecer. Tiró sus zapatos en un cubo de basura y caminó descalzo hasta el dique; saltó la barandilla de protección y se quedó allí, de pie y en silencio, escuchando el rugido de las olas y respirando la brisa marina cargada de salitre.
A esas horas, la gente torturada por una larga jornada laboral arrastraba sus cuerpos entumecidos a casa para cocinar, o bien, los que ya habían cenado, a caminar o a bailar en las plazas. Desde que habían terminado las obras de relleno sanitario en esa zona de la playa, casi nadie iba por allí.
Una gaviota pasó planeando con las alas extendidas, rozó ligeramente la superficie del mar con el pico y volvió a elevarse para perderse en la distancia.
Xie Ran no supo cuánto tiempo permaneció allí de pie. En cuanto el sol se ocultó, el cielo se volvió negro. Y con la oscuridad, la zona quedó desierta; incluso las aves se habían marchado. La brisa marina traía consigo ráfagas de calor húmedo y salado, pero Xie Ran tenía las manos y los pies helados.
Allí, a solas en ese instante, finalmente alcanzó una paz que rara vez había tenido en su vida.
Xie Ran parecía estar reflexionando, o quizás simplemente estaba absorto en sus pensamientos. Se preguntó si Xie Qingji se enfadaría al llegar a casa y notar el olor a tabaco en la cocina. Se preguntó si lamentaría no haber rascado uno o dos valiosos segundos antes de salir para darse la vuelta y darle un beso.
Las olas y el viento se hacían eco mutuamente; unas golpeaban las rocas mientras el otro susurraba al oído de Xie Ran. Su corazón, en ese instante, rebosaba una serenidad absoluta. Entonces, esbozó una leve sonrisa y, como un pájaro que escapa de su jaula, saltó al vacío sin el menor rastro de nostalgia.
No quiso llevarse nada consigo, y sin embargo, se marchó vistiendo aquella camisa blanca que Xie Qingji había comprado hacía siete años. Su vida ya estaba en cuenta regresiva, pero en medio de su urgencia, se tomó el tiempo de prepararle a Xie Qingji una comida que este no necesariamente se comería.
En cuanto el sol se ocultó, el cielo se oscureció; con la oscuridad, las aves se marcharon; y cuando las aves se fueron, Xie Ran también se fue.
Era el año 2018, y el último sonido que este mundo le reservó a Xie Ran, a sus treinta años, fue el seco impacto contra el agua al saltar desde el dique y hundirse en el mar.
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