**Voy a dividir este acto en partes ya que el final de la historia es esencialmente larga.
La luz del sol era intensa, resplandeciente. Jean despertó, aún aturdido por el sueño. Al recuperar la vista, pudo ver el rayo de luz chocar contra la ventana, fragmentándose al entrar en la habitación. Un caballete familiar se alzaba bajo la luz. Jean dirigió la mirada lentamente, buscando al hombre que buscaba. El príncipe pintaba frente al caballete.
Jean sonrió. Se llevó la mano a la barbilla y observó a Maximillian. Como absorto en la meticulosa labor de su arte, Maximillian se colocó justo frente al lienzo, concentrado en el delicado movimiento de su lápiz. Parecía ajeno a la presencia de Jean. Jean carraspeó levemente, y solo entonces Maximillian lo miró. Sus miradas se cruzaron, pero el príncipe fue el primero en desviarlas, dirigiendo la vista hacia otro lado. Una sutil sonrisa se dibujó en sus labios. Le echó un vistazo rápido al cuadro antes de cubrirlo con una tela.
“He terminado mi esbozo, la base para el lienzo”.
Maximillian lo anunció con satisfacción, esbozando una sonrisa. Jean se quitó el edredón de encima, dejando al descubierto su cuerpo desnudo.
“Aún debo pintar sobre ello para estar seguro, pero al presente, me hallo muy complacido con ello”.
Jean oyó una melodía que el príncipe tarareaba. Jean extendió los brazos hacia el hombre y esperó a que este se dejara caer en ellos.
Y Maximillian, como si quisiera cumplir con las expectativas, se acercó a la cama. Se dejó caer en los brazos de Jean, y este besó la mandíbula del príncipe. Jean estaba a punto de decirle a su príncipe que era maravilloso saberlo.
“Agradezco el servicio que habéis devotado1. Poseéis una destreza para proporcionar una deleitosa compañía”.
Mientras acariciaba la mejilla de Jean, Maximillian habló. Sus palabras sonaban bastante ambiguas. Jean parpadeó, con la cara aún acurrucada contra el pecho del príncipe. Cuando Jean levantó la mirada, Maximillian le sujetó suavemente la barbilla y se la levantó. Le besó la punta de la nariz, haciendo un ruido de chasquido mientras seguía hablando.
“He de hacer que vuestro carruaje sea dispuesto”.
El tono era dulce y tierno, pero el mensaje no. Jean, aturdido, reflexionó sobre las palabras que acababa de oír. Mientras tanto, Maximillian, tras terminar sus besos, se acercó a abrir las ventanas. El viento se coló. Su cabello rojo se mecía y flotaba en el aire, el movimiento de sus mechones era muy vívido. Igual de vívido era el movimiento de la tela al caer sobre el caballete.
“…Maximin.”
Jean no fue capaz de hablar hasta pasado un buen rato. Notaba un frío extraño en el cuerpo. Vio que Maximin se giraba para mirarlo.
“No comprendo lo que vos—” Jean intentó continuar.
El príncipe parpadeó. Tenía el cutis claro y una expresión se había apoderado de su rostro. En ese momento, Jean recordó las palabras rencorosas que Matt Grisham había escupido entre dientes. Su pulso latía de forma inquietante.
“Ah,” Maximillian, sujetando la cortina, esbozó una suave sonrisa. La luz del sol se derramaba sobre su cabeza mientras hablaba.
“Lo que es mi intención expresar es que ya no requiero de vuestros servicios, Lord Erhardt”, El príncipe continuó hablando.
“…”
“¿De cierto esta nueva os produce gran regocijo?”
No, de ningún modo, Jean no supo qué responder ante unas palabras que no esperaba oír. Se quedó simplemente sentado, con la mirada perdida y aturdido. Se sentía como si le hubieran empapado con agua helada. Jean se frotó la mejilla, preguntándose si aún estaba atrapado en un sueño.
“¿Qué?…”
Fue un milagro que pudiera abrir los labios. Sin embargo, las palabras no le salían con facilidad. Se quedó boquiabierto durante un buen rato, abriendo y cerrando la boca, sin saber qué decir.
“Vuestras palabras me confunden…”
Tenía la voz ronca. Notaba cómo la mirada inocente de Maximillian se posaba en él. El príncipe arqueó las cejas.
“¿Qué os perturba?”
Retomó la pregunta que Jean quería hacer, preguntando con tono de sincera curiosidad. A continuación, el príncipe añadió, mirando por la ventana.
“Vuestro carruaje os espera. Vestíos, Erhardt”.
El príncipe habló con su tono habitual. No parecía ocultar ninguna emoción, ni tampoco parecía estar bromeando. Al ver que Jean no se movía, el príncipe le trajo la prenda. Jean intentó recomponerse, abrochándose los botones uno a uno. Mientras tanto, Maximillian había encargado a un sirviente que retirara el lienzo, y uno nuevo estaba siendo colocado en su caballete. Su tarareo penetró la mente en blanco de Jean. Era tan alegre y jovial como el trino de un pájaro.
“…Un momento, Maximin”.
Quizás, debido a la melodía, Jean despertó de su estado de hechizo y desconcierto, uno que era similar a ser arrastrado por las olas.
“Me resulta difícil comprender el significado detrás de las palabras, Vuestra Gracia.”
Jean habló tras vestirse rápidamente. Maximillian estaba tocando el nuevo lienzo, como si estuviera evaluando su calidad. Frunció ligeramente el ceño, aparentemente preguntándose cuál era el problema.
“¿Acaso habéis olvidado? Procuré vuestro servicio como musa para mi pintura. He completado la base para mi obra. Por tanto, vuestro servicio ya no es requerido”. El príncipe tomó la palabra.
“No creo que sea un asunto lo bastante complejo como para requerir una explicación”, añadió Maximillian.
A Jean le brotó una risa vacía y, sin darse cuenta, arqueó las cejas.
“Maximin, os ruego, ¿qué queréis decir?”
¿Acaso el vínculo entre tú y yo no fue más que el de un pintor y su musa? Las palabras casi escaparon de los labios de Jean, pero se hundieron de vuelta en su interior antes de lograrlo. Quizás las palabras de Jean quedaron ahogadas por el ademán gélido y distante de Maximillian, un comportamiento que apenas correspondía al de un amante que, tan solo la noche anterior, le había brindado tiernos besos y le había entregado su amor con tanta dulzura.
“….¿Acaso os he ofendido, Vuestra Gracia?”
Tras guardar silencio durante un buen rato, Jean preguntó. Le temblaban las manos.
“Disparates. Habéis sido una musa excelente. Un modelo por mucho más hermoso que cualquier otro ser.”
“Entonces… Entonces, ¿qué estáis proponiendo, Vuestra Gracia? Si mi presencia en el palacio ya no hubiese de ser requerida…”
Jean no pudo evitar que su voz se quebrara. Las palabras que Maximillian le dirigió tenían un tono que parecía una despedida definitiva. A Jean le invadió la sensación de que aquello no era un simple anuncio de que se había completado una tarea. Le temblaban los labios.
“Bueno….” El príncipe se sobresaltó.
¿Cómo podía el príncipe mostrarse tan indiferente?
“La víspera pasada, reparé en el llamativo semblante del Conde de Palatine. De no acontecer nada peculiar, creo que habré de seleccionarlo como mi próxima musa y esforzarme por capturar su esencia sobre mi lienzo.”
¿Cómo podía el príncipe hablar como si lo único que les uniera a los dos fuera la pintura?
Las palabras de Maximillian traspasaron el corazón de Jean con tal claridad que convirtieron su capacidad de oír en una cruel desgracia.
‘Me pregunto cuándo vuestro… lienzo será terminado, mi lord.’
Jean recordó las palabras de Grisham, de las que se había reído en su momento. Ahora aquella voz parecía burlarse de él.
‘Jean.’
Jean se preguntaba si el hombre que tenía delante era el mismo que lo había llamado por su nombre la noche anterior.
‘Mi Montespan.’
¿Era él realmente el príncipe heredero de Jean, aquel que le había susurrado algo anoche? No, sobre todo….
‘Os ofrezco mi presente; la luz. Que la halléis de vuestro agrado.’
¿Cómo es posible que no le revelara su verdadera identidad a Jean?
“¿Acaso se debe a que… yo podría descubrir quién sois vos en verdad?”
Jean reflexionó largo tiempo antes de pronunciar las palabras. Después de todo, Maximillian había evitado que Jean supiera que él era la Pequeña Perla. Jean desconocía la razón detrás de esto, pero conjeturaba que el príncipe deseaba ocultarle esa información. Quizás el príncipe temía que su cercanía terminara por revelar la verdad detrás de su identidad. Jean no podía concebir ninguna otra explicación. Sin embargo, Maximillian, que había estado apoyado contra el alféizar de la ventana, simplemente ladeó la cabeza.
“¿Qué queréis decir?”
Maximillian le devolvió la pregunta antes de echarse a reír.
“¡Oh, por mi vida! No me digáis que no habéis sabido hasta este momento que yo soy Maximillian Joachim, el Príncipe Heredero del Imperio Joachim.”
Llevó sus dedos encorvados a la punta de la nariz, cubriéndose la boca para no resultar tan descortés con su risa. Parecía encontrar la pregunta de Jean sumamente entretenida.
“Ya no tenéis que disfrazaros, Vuestra Gracia. Yo ya lo sé.”
Jean no retrocedió y, por alguna razón, jadeaba ligeramente. Vio que el príncipe fruncía el ceño. Maximillian parecía ahora molesto. En lugar de mirar por la ventana, abandonó su postura y arrastró una silla para sentarse.
“¿Y qué es lo que vos ya sabéis?”
Con la barbilla ligeramente levantada, Maximillian preguntó en un tono arrogante, similar al que había empleado al principio de su encuentro. A Jean le parecía un desconocido, pero siguió hablando. Le dijo al príncipe que sabía lo que este había hecho por él. Jean se mostraba seguro de sí mismo, sin ninguna vacilación en su convicción.
“¿Qué es lo que yo he hecho por vos?”
“.…Que me habéis otorgado mantos en los fríos días de invierno, dispensado alimento y cobijo, conocimiento y alma, y libertad.”
Jean pronunció sus palabras sin apartar la mirada de Maximillian. Se aferró a la capa que había llevado la noche anterior, la cual Maximillian le había quitado. Jean sabía que la expresión de su rostro era de súplica desesperada. Sin embargo, le resultaba sumamente difícil controlar su semblante. Jean desconocía si el príncipe era consciente de sus sentimientos o no. Solo podía ver al príncipe, bajando la mirada, frunciendo y relajando el ceño. Sus labios se curvaban sutilmente al compás del cambio en su expresión. Parecía estar evocando recuerdos; también parecía estar meditando su respuesta …
“¿Acaso lo hice?”
—y él también parecía estar mofándose.
“¿Acaso lo hice?, Lord Erhardt?”
El silencio de la sala dio paso a la risa de Maximillian. Empezó como un pequeño soplo de aire. Luego, fue creciendo poco a poco, hasta llenar todo el espacio. Maximillian se reía ahora a carcajadas, lo que hacía que sus hombros subieran y bajaran de la risa. Jean ya no sabía qué expresión tenía en el rostro. La confusión y la ira, la traición y la vergüenza lo invadieron por completo, arañándolo como si fueran demonios. Mientras tanto, Maximillian se secaba las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos tras su carcajada desenfrenada.
“Os ruego, ¿quién es esta persona de quien habláis? ¡Oh! acaso se trata de aquel pretencioso mecenas de quien hablasteis previamente. ¿Me habéis confundido con tal persona?”
“…”
“¡Oh, Jean! ¡Válgame Dios! No alcanzo a recordar la última vez que me reí tanto. Vos me deleitáis, incluso hasta vuestro mismísimo último momento. Decidme, os lo ruego, ¿fue por esa razón que hicisteis mención de Montespan? ¿Fue por esa razón que habéis estado tan ansioso y apasionado?”
Jean notaba cómo su rostro se iba tensando cada vez más eso, al menos, lo tenía claro. No encontraba las palabras para expresarlo. Cada pregunta que le hacía Maximillian le sonaba a burla. Jean intentó rebatir al príncipe, pero no encontró las palabras para hacerlo. Desde el principio, lo único que tenía no eran pruebas, sino una mera confianza basada en indicios, y el hombre que le había infundido esa misma confianza se reía ahora de sus palabras.
“No había anticipado que poseyerais un rasgo tan adorable en vos.”
“…”
“Os ruego que me digáis, ¿acaso os parecí un simple mentecato a vuestros ojos, alguien que haría la adquisición de un catamita y se convertiría en su mecenas confidencial? ¿O un imbécil que, habiendo invertido oro y riquezas, se rehúsa no obstante con terquedad a desvelar su identidad?”
“…Por favor, detente.”
Estas fueron las palabras que Jean apenas logró pronunciar. Para él, las palabras de Maximillian no eran diferentes de cañones lloviendo sobre su cabeza. Raspó lo que quedaba de su corazón y se aferró a ellas, tal como se aferraba a su capa.
“No necesitáis escarneceros para esconderos de mis ojos, Vuestra Gracia”.
Jean lo dijo, aunque le temblaban los labios. Sentía náuseas, como si el suelo bajo sus pies se estremeciera. Sin embargo, sus rodillas se mantuvieron firmes. A pesar de las palabras venenosas de Maximillian, la convicción de Jean permaneció inquebrantable.
Tenía que ser él. Si no era el príncipe, ¿quién más podría ser?
Maximillian desprendía un aroma similar al del abrigo que Jean había recibido diez años atrás, en invierno. Además, poseía la habilidad de articular y encarnar la esencia de las palabras de la Pequeña Perla, escritas en la correspondencia privada, como si fueran suyas. Si no era la Pequeña Perla, ¿quién más podría ser? Jean estaba seguro de que el príncipe mentía, pero Maximillian se rió a carcajadas ante su comentario.
“¿Ocultarme de vuestros ojos? ¿Por qué habría yo de hacer tal cosa?”
El tono del príncipe se asemejaba al de alguien que le habla con dulzura a un niño. Antes de que pudiera evitarlo, Jean se encontró mirándo con ira al príncipe, quien no parecía inmutarse, con una expresión indiferente. ¿Por qué…? Jean intentó encontrar una razón—la condición real del príncipe debe entrar en conflicto con los ideales de los revolucionarios, lo que limita su capacidad de acción personal como Maximillian Joachim—Esas ideas se agolpaban en la mente de Jean. Sin embargo, él no intentó confirmar esas conjeturas, por temor a que Maximillian no quisiera que él lo supiera. Jean no respondió, sino que guardó silencio, sin llegar a conocer la verdad que se escondía tras sus conjeturas.
Y estas ideas eran demasiado peligrosas para mencionarlas en ese momento. Por muy seguro que estuviera Jean, por muy firme que fuera su convicción de que Maximillian era la Pequeña Perla, era demasiado peligroso hablar abiertamente de los revolucionarios delante del Príncipe Heredero.
Así pues, Maximillian rió cuando Jean no expresó sus pensamientos. Su semblante denotaba cierta lástima, demasiado burlón y arrogante para ser de compasión y bondad. Jean se mordió el labio. Estaba cada vez más indignado con el príncipe.
“…Habré de demostrarlo. No os sería posible simular ignorancia con tanta ligereza entonces”.
Jean adoptó un tono solemne y anunció su decisión. Y esta vez, Maximillian no se rió. Se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa que se dibujaba en sus labios, parecida a una luna creciente. Jean se quitó la capa y salió del palacio. Se apresuró a acudir al único lugar que se le vino a la mente en ese momento.
*
La taberna de Cornell estaba abierta. Jean pudo ver a algunos hombres bebiendo cerveza, pero no eran de su calaña. Jean se dirigió a la barra. Cornell, que se estaba sirviendo una copa, lo miró con los ojos muy abiertos. Jean se sentó frente a él, sin decir palabra. Sintió la mirada de Cornell posarse brevemente sobre él antes de apartarse. Jean pidió un vaso de whisky.
El potente licor le resultó muy amargo.
Pasó el tiempo y los clientes del pub fueron saliendo uno a uno. Jean tuvo que esperar un buen rato —aunque menos de lo que había previsto— antes de quedarse a solas con Cornell. Resultó que había valido la pena el esfuerzo de ir al pub a esas horas intempestivas, con el corazón latiendo con fuerza. Jean apartó el vaso que había vaciado mientras tanto. Tras cerrar el local, Cornell se giró para mirar a Jean solo después de haber corrido las cortinas.
“Me habéis dejado estupefacto, mi lord. ¿Qué os ha conducido a este lugar sin previa notificación alguna?”
Cornell preguntó, sacudiéndose la humedad de las manos mojadas. Jean se limpió el whisky de los labios con el dorso de la mano. Estaba sentado con la espalda recta. Echó un vistazo a la puerta cerrada. A continuación, se puso de pie para abrirla de un tirón. Era una forma de asegurarse de que no había nadie escuchando. No había ningún motivo en concreto, pero Cornell chasqueó la lengua en señal de desaprobación.
“Caminasteis a grandes zancadas aquí dentro sin inhibición alguna para alguien que encarna la vigilancia, mi señor. Fue insensato, una hazaña por completo ajena a vos. ¿Acaso ha acontecido una tribulación de magnitud?”, preguntó Cornell, sentándose junto a Jean.
Jean suspiró. Era consciente de que había sido precipitado y tonto al venir a la taberna. Se sentía como un imbécil por haberse apresurado a acudir al local. Jean negó con la cabeza y se frotó ambas mejillas con las manos.
“De cualquier modo… es de lo más favorable que estéis aquí, por cuanto tengo un asunto que deseo transmitiros a vos también, mi lord.”
Mientras Jean se quedaba sin palabras, Cornell inició la conversación. Lo miró fijamente a los ojos. Un asunto que comunicar… Jean suspiró ante el anuncio de Cornell. Estaba ansioso por llegar al pub, pero ahora que miraba a su amigo a los ojos, no sabía por dónde empezar. Se presionó las sienes; le palpitaban. Le dolía la cabeza.
“¿Desearíais que tomase yo la palabra en primer término? Es un relato de buen agüero, al menos.”
Cornell, que se cubría la boca con ambas manos, preguntó. Debió haber intuido por el semblante de Jean que no traía buenas noticias. Jean asintió. Su corazón aún no estaba preparado para decir lo que tenía que decir. Su relato sería largo, y si Cornell decía que había perdido el rastro de la Perla Pequeña, Jean se convencería aún más. También estaba el gemólogo que Chantelle le había presentado. Jean había estado anticipando los frutos de esa presentación, pero también debía prepararse para lo imprevisto. Jean se tranquilizó con estos pensamientos. Eso fue hasta justo antes de escuchar lo que Cornell tenía que decir.
“He hallado a aquel a quien habéis buscado incluso en vuestros sueños”, comenzó Cornell, haciendo una pausa antes de añadir las siguientes palabras: “existe un ligero problema, no obstante.”
Jean casi no escuchó la segunda frase. Había saltado de la sartén para caer directamente en medio de las llamas2. El tema que Jean había querido posponer se le presentó en bandeja de plata. Se sintió acorralado. Vio a Cornell escudriñando su rostro, tratando de adivinar su estado de ánimo. La mirada parecía incitar a Jean a confesar. Y como si la mirada lo hubiera declarado culpable, Jean arqueó una ceja, con el rostro lleno de preocupaciones. Reinó el silencio por un instante. Y cuando los labios de Cornell se movieron como para decir algo, Jean lo interrumpió.
“Esperad, ¿quién más está al tanto de este asunto?”
Jean fue el primero en preguntar. Cornell pareció quedarse desconcertado.
“Cornell, os ruego, ¿quién más sino vos conoce la identidad de la Pequeña Perla?”
“Soy únicamente yo, por el tiempo presente, mi lord. Juzgué prudente informaros a vos primero antes que a cualesquiera otros, razón por la cual he retenido la información…”
Un rayo de esperanza para Jean. Le temblaban ligeramente las manos. Pidió otro vaso de whisky. Al tragar el licor, sintió como si le quemara la garganta. El calor solo duró un instante, pero infundió tal valor en Jean que casi parecía una ilusión.
“…Perdonadme por interrumpir vuestro discurso, más debo interponer palabra antes de que vos continuéis”.
En semejante aprieto, sus camaradas no considerarían a Maximillian un aliado. Sobre todo cuando él mismo negaba la verdad. Por lo tanto, Jean decidió que lo mejor sería confiarle la verdad primero a Cornell y luego pedirle que prometiera guardar el secreto. Mientras que una revelación aislaba a una persona, una confesión la reconfortaba.
Jean empezó a hablar, y las palabras le salían a toda velocidad.
“Soy consciente de quién es él. He tropezado con la verdad recientemente por azar; en verdad, por puro azar. No era mi intención ocultároslo… mas no ha transcurrido mucho tiempo desde que yo mismo lo sé. Y parece que él tampoco desea desvelar su identidad, por lo que no he sido capaz de transmitiros el asunto. No, si pudiera ser sincero, él mismo está negando el hecho.”
“¿Disculpadme, Sir?”
“Es también la razón por la que he acudido a vos en el día de hoy. Estoy en necesidad de vuestra ayuda, Cornell. Él debe reconocer su identidad para que yo pueda urdir un plan, plan alguno; sin embargo, yo… y, sin embargo, yo … . no alcanzaba a ver cómo aventurarme a avanzar desde aquí”.
Jean terminó su discurso y luego miró a Cornell, buscando su reacción. Cornell tenía una expresión extraña en el rostro. Su semblante no denotaba ni amistad ni enemistad, pero a Jean le pareció que tenía un aire gélido. Si Cornell insistía en que abandonara a Maximillian… En ese momento, Jean se sorprendió pensando en su pistola. Tenía la boca seca.
“Aguardad, no comprendo el asunto del que estáis hablando, Lord Jean. ¿Acaso estáis afirmando”, Cornell empezó a hablar con cara de mal humor.
“Deseo ayudarle en la huida.”
—Interrumpió Jean a Cornell.
A Cornell se le quedó la boca un poco abierta y una clara expresión de sorpresa se dibujó en su rostro. Jean tragó saliva antes de retomar lo que estaba diciendo.
“Sé que es una tarea desafiante. No habría de pediros nada más a vos. Procuro partir antes del día del hecho. A nadie he de dañar, y nada habré de hablar sobre el plan. Os lo juro a vos. Sin embargo, vos debéis ayudarme a convencerle. Ayudadme tan solo un poco”.
“No deja de negar su verdadera identidad”, Jean continuó con un tono casi lastimero, concluyendo su confesión, honesta y sincera.
A partir de ese momento, la decisión recaía en Cornell. Si ignoraba la súplica de Jean y consultaba con sus compañeros sobre la identidad de La Petite Perle y cómo dirigirse a él, Jean se vería obligado a tratar a sus antiguos camaradas con la misma severidad. En su mente, él ya pensaba en las armas que podría usar en lugar de su pistola, que le había dado a Maximillian. Sus nervios, más tensos que nunca, le evocaban diversos escenarios.
“Lord Jean”.
Un instante después, Cornell pronunció su nombre en voz baja.
“Deberíais calmaros primero un poco. Y… algunas correcciones parecen ser oportunas. En primer lugar, aquel a quien habéis estado buscando no es ningún ‘él’”.
Cornell habló de una manera muy clara y serena. Como si temiera que Jean pudiera perder los estribos, Cornell aferró una de las muñecas de Jean. El agarre era más fuerte y firme que el de algunos caballeros, y ayudó a Jean a calmarse. Sin embargo, al mismo tiempo, se quedó desconcertado. ¿No era un ‘él?’.
“Ella es la hija primogénita del Marqués de Baden de la frontera sur, Lady Ariel Baden.”
Jean parpadeó, y Cornell siguió explicándose mientras miraba fijamente a esos ojos que parpadeaban.
“Cuando hablé de tribulaciones más temprano, me refería a la distancia hacia la hacienda del marqués. Es bastante lejana, mi señor, lo cual os impediría hacer una visita con facilidad.”
La voz de Cornell resonó en la pequeña taberna, con el rostro aún lleno de confusión.
¿Con quién la has confundido? Su voz pasó por el oído de Jean como un sueño. Jean no pudo articular palabra. La hija mayor de un marqués. Lady Ariel Baden… Jean no lo había previsto, ni lo más mínimo.
“.…Pruebas.”
Jean se quedó en silencio, incapaz de hablar, durante un buen rato. Habían pasado diez minutos antes de que pudiera pronunciar la palabra. Su voz le sonaba horrible incluso a él mismo.
“¿Poseéis… pruebas?”
Jean podía oír el eco de la risa de Maximillian. Jean apretó con fuerza su vaso vacío. Le temblaban las manos, mucho más que antes.
“El gemólogo me informó del origen de las perlas y gemas con las que me habíais confiado. Lady Chantelle tenía razón: él era muy capaz. Y entre las casas nobles que han comprado las piedras preciosas, las reduje a aquellas propensas a haberos visto en la academia. Por encima de todo, Lady Ariel respondió a la misiva que yo había enviado como el paso final hacia la afirmación”.
Cornell dejó a Jean a solas un rato, entrando y saliendo de su habitación, que estaba contigua a la taberna. Al regresar, llevaba un trozo de papel en la mano. Era un trozo amarillento y viejo.
Permitidme ofreceros indumentaria como un presente tras nuestro encuentro. He de adornarla con las perlas y gemas que me habéis otorgado. No, ¿qué tal si os construyera una mansión? Si bien no tengo certeza de si sería de vuestro agrado… En cualquier caso, todo lo que os pido es que no estiméis estas como promesas vacías de un joven insensato.
La carta, escrita con letra desordenada, continuaba. Jean pudo detectar errores gramaticales aquí y allá. La carta estaba llena de promesas y ofertas, y el tono era sorprendentemente torpe. Sin embargo, la pasión y la emoción se plasmaban vívidamente en el papel, como si aquel trozo amarillento hubiera atesorado la ilusión del joven Jean.
Tan entrañablemente deseo encontraros.3
Esa frase ponía fin a una carta que se prolongaba durante mucho tiempo. Era una forma ambigua de concluir una correspondencia, pero Jean sabía mejor que nadie por qué había terminado de forma tan abrupta. Simplemente no tenía nada más que decir. Escribió esa frase, pues ese era su deseo más antiguo y único.
No sabía nada de su mecenas. Ni su nombre, ni su rostro, ni su voz. Solo podía agradecerle su generosidad un número limitado de veces. Por eso llenaba sus cartas con lo que haría, con lo que aspiraba a hacer por él. Las escribió cuando no tenía nada, las escribió cuando lo tenía todo. Y durante mucho tiempo, no había deseado más que una sola cosa.
“…”
Sin embargo, ¿cómo era posible que se sintiera tan profundamente desdichado en ese preciso momento?
“…¿Escribisteis la carta de vuestra propia mano, mi lord?”
Jean estaba sumido en la miseria a pesar de la inminente perspectiva de encontrarse con su mecenas.
Jean entreabrió los labios para hablar. Era algo sencillo, pues solo necesitaba confirmar la pregunta de Cornell. Sin embargo, Jean no pudo pronunciar palabra.
El rostro de tez particularmente clara y rasgos delicados seguía presente en su mente. Tenía esa sonrisa, la misma que Jean había visto al final de aquel oscuro túnel.
¿Acaso la sensación que lo invadió entonces era un veneno dañino del que debería haberse abstenido?, pensó Jean, aturdido.
“…Debo viajar hacia la frontera sur.”
Solo después de un largo rato, Jean logró responder. Sus manos habían dejado de temblar, pero su semblante habitual aún no había regresado. La voz burlona de Maximillian y sus susurros en la cama se fundieron en uno solo, resonando en su oído. Jean tuvo que aferrarse a la esquina de la mesa. Su mundo se estremecía, como si fuera a derrumbarse en cualquier momento.
*
‘No alcanzaba a creer que una persona tan racional como vos cometiese tal equivocación.’
Jean se marchó en un carruaje. Una vez fuera de la capital, viajó a caballo. Se tendría que cabalgar día y noche durante un mes para llegar a la frontera sur del Imperio Joachim. Si no hubiera sido porque la dama ya estaba en camino hacia el norte, Jean probablemente se lo habría pensado dos veces antes de emprender su viaje. Fue una gran suerte que Cornell hubiera enviado un mensaje con anticipación.
‘Todos los nobles aprenden el oficio de semejante caligrafía4. Y la senda por la cual él había llegado a conoceros, él mismo os la había explicado, y tampoco las palabras que él había pronunciado resuenan tan particulares a mi oído.’
Jean había acordado reunirse con la dama en una zona de la provincia central. Le habían dicho que la dama estaba gravemente enferma cuando cesó su correspondencia. El marqués también había estado enfermo, lo que había hecho decaer a la Casa de Baden. La caligrafía de la carta que ella había enviado era perfectamente idéntica a la de la Pequeña Perla.
‘Por encima de todo… Él es el Príncipe Heredero.’
Jean detuvo su caballo en un pequeño pueblo de la región central. Se trataba de un territorio bajo el dominio del conde de Francis, y Chantelle, al enterarse de las circunstancias, tuvo la amabilidad de acoger a la dama en la residencia de la Casa de Francis. Jean entró en la mansión, tras haber dado a conocer su identidad y su rango en la puerta. Llevaba una semana cabalgando sin descanso alguno, pero, curiosamente, no se sentía cansado.
‘Él es nada menos que el mayor enemigo para nuestra causa. ¿Cómo podría él posiblemente ser vuestro ser más atesorado?’
Un sirviente corrió a recibir a Jean y lo guió adentro. Él subió las escaleras con paso firme. Hubo un tiempo en que la mera idea de encontrarse con la Pequeña Perla lo embelesaba, haciéndole sentir que caminaba por un sendero donde la luz goteaba de la araña. Por el contrario, Jean era sumamente lúcido. Se detuvo frente a la cámara donde le habían dicho que su Pequeña Perla lo esperaba. Mientras el sirviente llamaba a la puerta, Jean esperó pacientemente. La sensación era similar a la de estar ante la puerta efímera de la vida, donde los mortales vivían cada instante a pesar de saber que su muerte era segura e ineludible.
“Por favor, pasad.”
Una voz tranquila provino del interior. Fue casi al mismo tiempo que la puerta se abría. Jean bajó ligeramente la mirada. Pudo ver la alfombra roja en el suelo. Su color le recordaba al cabello de cierta persona, tejido y trenzado.
“¿Jean?”
La dama estaba sentada; su vestido era elaborado, pero no tosco ni ostentoso, un detalle que Jean notó. Sobre la mesa, donde cabría esperar encontrar tazas de té humeantes, reposaban un libro abierto y una pluma con tinta. Jean se obligó a sonreír, aunque fue una sonrisa bastante forzada.
“Yo misma he envejecido considerablemente, más puedo ver que vos, mi señor, también os habéis convertido en un hombre. Me habría resultado del todo desafiante reconoceros de haberos encontrado en el exterior”.
‘Me pregunto cuántos habrá allí que recordarían a un muchacho de hace una década. Me pregunto quién recordaría a un muchacho que ni siquiera estaba en su propio hogar, o reconocería al hombre en el que había crecido hasta convertirse…’
Jean vio cómo la sombra de una sutil sonrisa de cierta persona se dibujaba en los delicados rasgos de la dama. Ni siquiera se atrevió a mostrarle un gesto de cortesía. Solo tras un largo rato fue capaz de tomar la mano de la dama y besarle el dorso.
“Yo soy Ariel Baden, la hija primogénita del Conde de Baden.”
“…Soy Jean, mi lady. Vuestro…”
“Siempre os habéis dirigido a vos mismo de tal forma por escrito, mi Lord. Vuestro Jean. Una dulzura que debisteis de ofrecer a cambio de mis perlas, más la he hallado por completo de mi agrado.”
“…”
Jean no se atrevió a responder. La sonrisa de Ariel era tierna, pero Jean permaneció inmóvil, paralizado en el sitio. Vuertro Jean. Era, en efecto, la forma en que siempre se había dirigido a sí mismo, la forma en que siempre había firmado sus cartas.
“Siempre habéis escrito que desearíais encontraros conmigo en persona, mas no había anticipado que verdaderamente hubieseis estado en mi búsqueda”, dijo Lady Ariel, cerrando su libro.
El título de la cubierta encuadernada en cuero quedó al descubierto,『Igualdad』.
Era el libro que Jean había leído hacía mucho tiempo, era el libro del que Jean le había hablado a la Pequeña Perla durante mucho tiempo y que ahora se había convertido en un símbolo de gran importancia. Jean se quedó mirando las letras mientras una inexplicable sensación de tristeza se apoderaba de él.
“Habíais dicho que esperaríais….”
Jean no fue capaz de hablar hasta después de una larga pausa. Aunque sabía que la dama lo miraba fijamente, con gran curiosidad en la mirada, simplemente no conseguía abrir los labios para hablar.
“Habíais dicho que esperaríais… Y de tal suerte me apresuré, preocupada por si pudiera haceros esperar”.
“Ah.”
“¿Acaso vos… no pretendíais verme?”
No hubo respuesta. Ella se limitó a esbozar una sonrisa. Jean rozó lentamente la esquina de la mesa con la yema del dedo, y la sensación de la madera le pareció tan real que le dio miedo.
“No he gozado de buena salud desde hace un tiempo, mi lord”.
Ariel habló lentamente. Jean se fijó en sus mejillas, que tenían un tono rosado como el de un melocotón maduro, y en su exuberante melena dorada. Ariel añadió, con una voz suave pero llena de vida, que su salud había mejorado mucho desde entonces.
“Era del todo evidente cuál era vuestra opinión sobre mí, y yo no era capaz de acopiar el valor para haceros frente. No en semejante estado, no sabiendo vuestros sentimientos hacia mi persona. Y después… Bueno, ¿acaso no os hallabéis vos en una situación delicada si yo hubiese de entablar conocimiento con vos, Lord Jean Erhardt?”
“No había anticipado que vos estuvieseis al tanto de mi inclusión en la alta sociedad.”
“Estaba al tanto de ello. Puede que no os haya visto, mas ello no significa que no haya velado por vos. No me bastaba con meramente examinar vuestras misivas siempre que la oportunidad lo permitiese, he enviado personas para que me trajesen vuestras nuevas, por cuanto yo, también, os estimo en demasía.”
Ariel sacó un fajo de cartas de un pequeño cofre y se las mostró a Jean. Cada una de ellas había sido enviada por él. Estaban hechas jirones y desgastadas. Las esquinas rotas de las cartas le indicaban a Jean que habían sido leídas tanto como él había leído las cartas que le envió la Petite Perle, atesoradas en su propio cofre.
Aquí y allá en las cartas, Jean distinguió manchas notablemente irregulares, como si la mano que las había sujetado hubiera ejercido una presión excesiva. Estas zonas también parecían de un tono más oscuro.
“Fue en la academia donde os vi por vez primera, y os he guardado afecto desde entonces.”
Ariel susurró. Era su respuesta a la pregunta que Jean no se atrevía a formular. Contuvo la respiración.
“Vos estabais examinando el libro como si pretendierais grabar sus palabras en vuestra mente, mas vuestros ojos no tenían codicia alguna en ellos; podía darme cuenta incluso desde la distancia. Desde aquel momento, me hallé observándoos en cada baile y banquete. El difunto Johnny os mantenía en su compañía con bastante frecuencia. En la academia, y en las reuniones sociales”.
“Vos me habéis visto antes del baile de aquel invierno, asumo”.
“Por supuesto. Aquella emoción momentánea no habría bastado para que yo fuese vuestra mecenas, quien os había aguardado y anticipado durante tanto tiempo. Os he conocido desde mucho tiempo antes, mi lord. Si bien mi antiguo ser de entonces no había procurado prolongar nuestro conocimiento, ni tampoco preveía yo que ello hubiese de ser posible”.
Ariel terminó la frase con un tono enérgico. Jean recordó cómo era de joven, leyendo en la biblioteca de la academia. Con cada pregunta formulada y cada respuesta dada, la verdad se iba revelando, desnudándose capa a capa. Ariel no mentía. Tenía pruebas fehacientes, las cartas que había enviado, el vívido recuerdo y las perlas que habían vuelto a manos de su antigua dueña.
“… Entonces, ¿me es permitido preguntar qué os impulsó a tomar acción en aquel día?”
No cabía la posibilidad de que ella no fuera la Perla, y no tenía motivo alguno para sentirse obligada a mentir. Sin embargo, Jean se vio a sí mismo poniendo a prueba una y otra vez su sinceridad, como un discípulo escéptico que duda de la Resurrección del Santo. Ella debió de darse cuenta, pues sus ojos se entrecerraron.
“Bueno”, Ariel comenzó a hablar, asintiendo con la cabeza y con la mano apoyada bajo la barbilla, “digamos que hallé a un catamita que recibiría una bofetada en el rostro y pondría en peligro su vida para rescatar la de otro, alguien por mucho más noble que un aristócrata que elegiría guardar silencio cuando todo lo que podía perder eran su honor y reputación”.
Con esto concluyó su conversación privada, pues Lady Ariel, la hija mayor del Conde de Baden, deseaba hablar con Jean como uno de los líderes de los revolucionarios. Estaba al tanto de todo lo que sucedía y conocía los recientes asuntos del ejército del Gran Duque. Era, en efecto, la heredera del conde, y se hacía cargo de los asuntos que su anciano padre no podía asumir. Reía con jovialidad, preguntándose cómo Jean y sus hermanos habían planeado semejante plan sin persuadir a la Casa de Baden para que apoyara su causa. Su tono era alegre, pero era evidente que se burlaba.
“Al comienzo del hecho, habremos de cerrar las puertas de la fortaleza por anticipado. Informaríamos al ejército de que debemos consultar con el Gran Duque. Conjeturo que serviría como una justificación suficiente para mantenerlos dentro del dominio. De cierto, otros condes harían lo mismo y, por lo tanto, no sería desafiante emplear semejante estrategia. No obstante, espero que surja una causa legítima para que golpeemos al ejército del Gran Duque antes de que transcurra mucho tiempo”.
Ariel desplegó el mapa ante ellos y explicó brevemente la estrategia. Le decía a Jean que, pasara lo que pasara en el Palacio Real, el ejército del Gran Duque no podría avanzar más al norte, cruzar las puertas de la Fortaleza de Baden y regresar a la capital. La Pequeña Perla de Jean no le había mentido después de todo, no solo estaba preparada para el cambio del nuevo mundo, sino que también tenía el poder de propiciar su surgimiento, incluso estando atada por un corsé, incómoda por el peso de una simple prenda decorativa.
“…Como es común con la mayoría de los condes, se me ha dicho que la Casa de Baden ha sido un condado particularmente leal a los miembros de la realeza de Joachim desde su nombramiento como el Conde de la Frontera Sur”.
Así pues, Jean se vio obligado a plantear esta pregunta. Sabía que la desconfianza que se desprendía de la pregunta no era diferente de una blasfemia cometida contra su Pequeña Perla. Sin embargo, era una seguridad que tenía que confirmar de antemano, pues sin ella, la situación podría volverse sumamente peligrosa.
“Lo era, y todavía lo es”.
Ariel respondió con tono sereno. Afuera, el sol se ponía.
“Un nuevo mundo y su nuevo proceder habrán de hacer su avance, y en tanto en cuanto pisemos el suelo de Joachim, Baden habrá de alzarse para guardarlo. Baden habrá de salvaguardar al pueblo, la cultura y el arte de esta tierra, por cuanto tal es el deber ordenado sobre esta casa, y sobre mí misma”.
Jean se quedó mirando fijamente durante largo tiempo el rostro de la dama que había hablado con tanta firmeza. Al contemplar la cara con la que había soñado durante tantos años, un sentimiento de inexplicable vacío surgió en su interior. Quizás fue provocado por el desconcertante sueño que había tenido justo antes. ¿Acaso no había estado tan embriagado por ese sueño en particular que por un momento había perdido de vista la realidad?
“La Casa de Baden es un súbdito leal de Joachim, no del poder que reina sobre él”.
Ariel murmuró con una sonrisa. Su mirada se perdió en la lejanía, igual que la de Jean. Hablaba como si estuviera recordando algo.
“Me fue dicho por alguien a quien guardo gran respeto, y son también las palabras por las que vivo”.
Su conversación terminó abruptamente. Solo después de un largo rato Jean pudo hablar. Le informó a la dama sobre varios asuntos que requerían ser discutidos, con un tono formal y distante. Él también miraba al vacío, buscando el rostro de alguien que seguía apareciendo en su mente.
Su conversación terminó mucho después, y fue a la mañana siguiente cuando Jean abandonó la residencia de la Casa de Francis, despidiéndose de Lady Baden y prometiéndole su próxima visita.
Jean había anticipado durante años que, si se encontraba con la Petite Perle, no podría contener la emoción. Sin embargo, su corazón latía con la calma habitual, y su respiración no se veía alterada por la emoción. Todo se sentía tan tranquilo. Tan tranquilo.
*
“¿Me sería permitido preguntar qué asuntos os han compelido a la región de las provincias centrales?”
Se oyó un sonido sordo, el inconfundible ruido de armas de fuego al recargarse. Jean dirigió la mirada hacia un lado, donde se encontraba el gran duque Robert, empuñando una escopeta de caza. El arma apuntaba a Jean, pero su postura no denotaba estar preparado. El duque parecía bromear, pero al mismo tiempo parecía amenazante. Jean esbozó una sonrisa.
“He conocido a Lady Baden, la hija primogénita del Conde de Baden, Vuestra Excelencia”.
A continuación, levantó la pistola que tenía en la mano. Era un revólver del calibre 32, y Jean no apuntaba al duque, sino hacia el bosque. Los dos estaban cazando. Se oía ladrar a los sabuesos.
“La Casa de Baden es un centinela de antiguo cuño de la Casa Real de Joachim. Carezco de las destrezas para articular su lealtad en favor de mi hermano, ahora postrado en una cama”.
Lealtad… Una sutil sonrisa se dibujó en los labios de Jean, ya que le recordó lo que había dicho la dama Ariel.
Escuchó pasos detrás de él, pero no se dio la vuelta para mirar. No se volvió incluso cuando un objeto —muy probablemente la boca de un arma—le apuntó por la espalda.
“La dama me dijo que la fidelidad de Baden reside en Joachim, no en su familia real”.
Jean se había tomado la libertad de modificar ligeramente las palabras de la dama, pero no lo consideró un error grave. Mantuvo la mirada fija al frente. Su mente estaba despejada y no sentía aprensión alguna. Vio a dos perros arreando a un jabalí y acercándose a él. Esperó un poco más con paciencia. La bestia gemía mientras se dirigía hacia Jean, que apretó el agarre de su escopeta mientras la sostenía con ambas manos. Dos perros y un jabalí avanzaban entremezclados. Jean apretó el gatillo, seguido del sonido del disparo. Su cuerpo se tambaleó ligeramente por el impacto.
“Comprendo el sentimiento de vuestro desasosiego—”
Jean empezó a hablar. Solo había una persona con la que podía comunicarse en el idioma de los humanos. Ante él, una bestia yacía boca arriba, mostrando el vientre, y temblaba. Movía las extremidades en el aire como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico.
“—pero si hubieseis de errar y cazar al sabueso, la presa habrá de huir, Vuestra Excelencia”.
El que recibió el disparo era uno de los dos dóberman, que momentos antes perseguían a un jabalí. Jean observó cómo los ojos del perro se ponían en blanco. El otro seguía al jabalí, pero Jean notó que la distancia entre las dos bestias aumentaba gradualmente. Sintió cómo la boca del arma se alejaba. Se giró y vio que el Gran Duque Robert lo observaba con los ojos entrecerrados.
“He invitado al Conde de Baden en diversas ocasiones. No ha respondido ni una sola vez a mis peticiones y, sin embargo, accedió a veros a vos. ¿Acaso no veis cómo la circunstancia justifica sospecha alguna?”
“En el estado actual, temo que el poder del conde no reside en el conde mismo. Observé que es Lady Ariel quien toma el control de la mayoría de los asuntos. Y Vuestra Excelencia no dirigió la correspondencia a Lady Ariel. ¿Estoy en lo correcto al conjeturarlo?”
Jean pudo ver cómo la vigilancia del gran duque se iba disipando al oír sus palabras. Sus ojos, que hasta entonces habían estado entrecerrados, se movieron lentamente, mirando de un lado a otro. El duque se encogió de hombros.
“No me malinterpretéis, por cuanto guardo gran respeto y afecto por las mujeres. Son criaturas exquisitas. No obstante, son también seres dictados en gran medida por sus emociones, ¿no os parece?”
“Parecemos albergar visiones divergentes sobre esta materia, Vuestra Excelencia. Vos tenéis derecho a vuestros pensamientos, tal como yo a los míos, y creo que el hecho sería una empresa más desafiante sin el auxilio de la dama. Tanto más difícil si os halláis en duda de vuestro sabueso”.
Mientras hablaba, Jean procedió a poner fin al sufrimiento del perro, que temblaba. Iba a morir en breve, y consideró que era mejor evitarle un sufrimiento prolongado. El gran duque soltó una risita sin mostrar ningún tipo de incomodidad ni vergüenza.
“He hallado esta hazaña vuestra bastante de mi agrado incluso desde antes. Vos no habríais de ceder, ni siquiera ante este anciano”.
El duque aseguró el gatillo y se colgó el arma a la espalda. A continuación, formuló una pregunta.
“¿Poseéis prueba alguna de que Baden eligió alzarse a vuestro lado?”
Jean respondió con un tono tranquilo.
“Lady Ariel viajará pronto al norte.”
“¿Viajará hacia el norte?”
“Ella tiene un anuncio que hacer en la alta sociedad. Sospecho que ello bastaría como prueba. Si todavía dudáis de mí, entonces… Bueno.”
Jean recordó al perro muerto tendido en el suelo. Guardó su arma. Fue una decisión deliberada ambigua terminar su discurso. Jean Erhardt no era sirviente del duque. Su libertad era ilimitada y no sentía ni deber ni lealtad hacia él. Mientras el ejército del duque estuviera alimentado y alojado con el oro del tesoro de Jean, el Gran Duque no podría abandonarlo. Jean sospechaba que el duque tramaba ejecutarlo tras usurpar el trono. Y eso le bastaba.
“Se me ha dicho que ya no hacéis visitas al palacio”.
Él no habría estar sentado en el trono.
“El retrato está concluido, por fortuna”.
Así también lo estaría aquel hombre endeble del príncipe heredero en el Palacio Real.
“El Príncipe Heredero ha hallado una nueva fuente de entretenimiento. Su Alteza Real ya no habría de requerir mis servicios”.
‘Jean.’
Jean ya no tenía motivos para protegerlo. Tampoco tenía por qué fingir que no deseaba al príncipe, pues, para empezar, no tenía razón para desearlo. Su idea de escapar con el príncipe a caballo en caso de emergencia se desvaneció antes de convertirse en un plan formal. Desde el principio, había sido solo una fantasía fugaz. Ahora, la Pequeña Perla de Jean estaba a su lado en persona, y ya no necesitaba soñar con su huida junto a su salvador.
“Os agradezco de todo corazón, Su Excelencia”.
‘Mi Montespan.’
Por lo tanto, Jean no tenía motivos para obsesionarse con su último recuerdo del príncipe —Maximillian despidiéndose de él de forma cruel— ni para guardarle rencor.
“Comencemos cuando mi ejército arribe a la frontera. Sería sobremanera conveniente si Lady Ariel de Baden pudiera alcanzar la capital por anticipado”.
No hay motivo para que Jean piense tanto en él.
Todo había vuelto al punto de partida. Se había dejado llevar brevemente por la corriente, pero no fue más que un breve error. Maximillian tenía razón. El príncipe no era lo suficientemente noble como para adquirir un catamita y convertirse en su protector confidencial, ni lo suficientemente humilde como para ocultar su identidad incluso después de haber invertido su oro y riquezas. Era el mismo hombre que Jean había conocido al principio. Simplemente era alguien que disfrutaba desnudando a otros bajo el pretexto del arte y disfrutaba contemplando el espectáculo. Simplemente era alguien que disfrutaba del libertinaje más que nadie, usando su sangre real como escudo y lanza.
“Vuestro lienzo será colgado en el corredor antes de mucho, Vuestra Excelencia”.
Eso era, sencillamente, todo lo que era.
*
Lady Ariel llegó a la capital una semana después, y durante ese tiempo, los rumores de que el Conde de Palatine entraba y salía de la cámara del Príncipe Heredero se habían extendido por la alta sociedad. Podrían haber actuado con prudencia, aunque no tanto como Jean. Lamentablemente, no lo hicieron, y el resultado fue que sus historias se convirtieron en tema de conversación. Y la mayoría de las conversaciones hablaban del particular favoritismo del príncipe hacia el conde, pues lo llevaba consigo a todas partes. Numerosos relatos de haber visto a la pareja paseando del brazo circularon ampliamente entre la gente.
“Lord Jean”.
Y así fue también hoy. Los dos estaban juntos en la iglesia. Fue un encuentro que Jean no se esperaba. Jean se quitó el sombrero y saludó al príncipe, mostrando un nivel de cortesía adecuado.
“No había previsto veros en la iglesia”.
Las palabras de Maximillian detuvieron a Jean justo cuando estaba a punto de continuar su camino. Maximillian sostenía el brazo del Conde de Palatine, como si sostuviera un delicado cristal. Detrás de él, Jean contempló los brillantes colores de la vidriera, a través de la cual un santo impartía su bendición al Príncipe Heredero. Jean sonrió, torciendo los labios con desdén.
“Y de igual modo, jamás imaginé tropezar con la presencia de Vuestra Gracia en el sagrado recinto de la iglesia, mi señor príncipe”.
Maximillian se encogió de hombros y, al poco rato, sus labios comenzaron a silbar una suave melodía.
“Ciertamente, no soy devoto de este santo lugar, más fui informado de que mi amado se complace en venir aquí. ¿Acaso habéis venido vos a elevar vuestras plegarias?”
Su tono era demasiado indiferente. Si alguien lo oyera, no sería más que una conversación largamente postergada entre un Lord y su súbdito. La situación le pareció tan absurda a Jean que casi se echó a reír. Guardó un breve silencio. De Palatine bajó la mirada al encontrarse con la de Jean, lo que hizo que este sospechara que el príncipe le había hablado de él.
“He venido a solicitar la bendición del arzobispo para mis nupcias”.
La voz que se oyó a continuación no temblaba. Tampoco había en ella ningún matiz de vacilación. Era precisamente el tono con el que Jean había querido hablar.
“¿Habéis de desposaros, mi lord?”
El conde reaccionó más rápido. Jean asintió con la cabeza, esforzándose por no mirar a Maximillian.
“No tenía constancia de ello. Mis plácemes, mi lord Jean. Debo asimismo extender mis buenos deseos y remitir un presente al duque de Erhardt. Os ruego me disculpéis, más ¿se me permitiría inquirir el nombre de vuestra fiancée?”
“Es la primogénita del marqués de Baden, de la frontera meridional, la dama Ariel Baden.”
A De Palatine se le quedó la boca abierta al oír la presentación, aparentemente totalmente sorprendido. Jean esbozó una leve sonrisa. Conocía muy bien la reputación de que gozaba lady Ariel en la capital, quien se había negado a integrarse en la alta sociedad y había optado por permanecer en la frontera, ocupándose de los asuntos del territorio. Incluso se decía que, a pesar del calor del sur, el agua se congelaba en hielo debido a la presencia de Ariel Baden.
“La unión de Baden y Erhardt. Sospecho que Joachim se hallará en una disposición de lo más locuaz durante un buen tiempo. Os reitero mis felicitaciones, mi Lord Jean.”
El Conde De Palatine habló tras una breve pausa. Parecía animado. Su serena tez hizo que Jean se preguntara si su percepción anterior había sido errónea. Habría sido muy difícil fingir tanta indiferencia si el joven conde hubiera sabido que era Jean quien se había acostado en la cama del príncipe antes que él. En ese momento, Jean escuchó el sonido de un bostezo.
“De Palatine. ¿No me habíais manifestado con anterioridad que teníais un asunto del que ocuparos? Aseverasteís que se trataba de una cuestión de suma urgencia, razón por la cual os he escoltado hasta este lugar. Y sin embargo, ahora discurrís sobre menesteres tan tediosos que me conducen al borde del letargo”.
Maximillian le habló a De Palatine mientras le acariciaba suavemente los labios. Jean vio lágrimas en los ojos del príncipe, provocadas por el bostezo. La pregunta parecía haberle recordado a De Palatine sus obligaciones. Desapareció rápidamente, siguiendo a un sacerdote que pasaba por allí. Fue después de haberle pedido al príncipe que le disculpara. Jean observó la escena y luego asintió con la cabeza a Maximillian, que estaba a punto de marcharse.
“Me parece recordar que abandonasteis el palacio aseverando el empeño de probar cierta certidumbre”.
Y si Maximillian no se hubiera burlado de él de esa manera, Jean se habría marchado. Jean miró hacia atrás. Una irracional sensación de traición no dejaba de crecer en su interior. Venía acompañada de una vergüenza justificada y de una ira injustificada.
“…Os he ocasionado muchos problemas, Vuertra Gracia. Por favor, perdonadme”.
El príncipe estaba ahora sentado en uno de los bancos, con la espalda apoyada en el respaldo, aparentemente ajeno por completo a la tormenta de emociones que amenazaba con abrumar a Jean.
“Todo se ha debido a un craso malentendido de mi entera autoría”.
El arcoíris de luz solar se filtraba a través de la vidriera, ligeramente desalineado con el rostro del príncipe. Y tal vez debido a esa mala iluminación, la belleza que Jean había despreciado, la belleza de la que se había enamorado, ahora pertenecía a la oscuridad. Tanto era así que Jean ni siquiera podía ver con claridad cómo el príncipe entrecerraba los ojos. Ah—Maximillian dejó escapar una leve exclamación.
“¿Es un malentendido, verdad?”
La voz sonaba ahogada. Jean esperaba que el príncipe continuara, pero no lo hizo. Se limitó a abrir y cerrar la boca varias veces. Jean se quedó inmóvil. Pensó en marcharse, pero, curiosamente, sus pies se negaban a moverse. Tenía los nervios de punta, como si se hubiera topado con los susurros de un secreto importante, como si estuviera esperando a que se dijera algo.
“Todo parece hallarse en debido orden, entonces.”
Maximillian habló al cabo de un buen rato.
“Mis felicitaciones por la noticia de vuestro compromiso.”
Jean sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo de golpe. Era como si alguien le hubiera atado todo el cuerpo con una cuerda, dejándole suspendido y balanceándose en el aire, para luego cortarla de un solo tirón. Esa sensación bastó para hundirle el alma. Jean se mordió el labio y Maximillian no dijo nada más. Se limitó a silbar una melodía y a mirar a lo lejos, como si la situación en la que se encontraba le aburriera.
“¿Felicitaciones… dijisteis, Vuestra Gracia?”
Jean detestaba tener que recuperar el aliento para pronunciar las palabras en voz alta. Se aferró a la parte superior del banco de la iglesia. Su pecho hervía de calor.
Esto es odio, se repitió a sí mismo.
“Sí, felicitaciones. ¿Acaso esperabais que lo maldijera? Poseo al menos esa medida de civilidad común, Jean, de la cual vos parecéis inconsciente, por cuanto me percibís con demasiada frecuencia bajo una luz negativa”.
“No tengo ningún deseo de tratarte con la cortesía habitual, no obstante, tales asperezas resultan harto impropias para con alguien con quien, hace apenas unas noches, se ha compartido la velada”.
“Ah ¿Y vos, que habéis anunciado vuestro compromiso ante ese mismo hombre, os pretendéis ordinario?”
“¿Por qué? Exhibís vuestro nuevo juguete de alcoba ante mis ojos, y yo meramente he correspondido a la naturaleza de vuestra broma de la misma manera, Vuestra Gracia”.
“Erhardt”, Maximillian silbó suavemente.
“¿Por qué os invade la cólera?”, preguntó el príncipe, aún a la sombra de la iglesia.
Fue entonces cuando Jean se dio cuenta de que las venas del dorso de la mano se le marcaban. Le dolían los dedos. Seguramente se había agarrado con demasiada fuerza al adorno decorativo del banco.
“¿Inculparme de cólera? Jamás osaría, mi señor príncipe”.
“Estáis enfadado. Ahora mismo. Conmigo”.
“No es más que un malentendido”.
“No. A diferencia de vos, no soy hombre de fáciles malentendidos. Gozo de sano juicio y de un ingenio harto agudo. Si no os habíais percatado de ello, permitid que os lo haga saber en este instante. Y vos estáis manifestando vuestra indignación hacia mi persona en este preciso momento, con un proceder en verdad descortés”.
“…”
“¿Qué os acontece?”
Maximillian, sentado en el banco, giró ligeramente el cuerpo hacia Jean. Tenía un brazo relajado a la espalda, apoyado en el respaldo del banco, con la cabeza apoyada en él. Jean no respondió.
“Vos, y solo vos, habéis errado en la comprensión de estos menesteres; y sin embargo, os conducís como si yo os hubiese infligido un engaño. Ya os declaré con anterioridad que no fui yo. Y si me habíais brindado vuestra compañía por ese único motivo, ahora que os consta que no soy vuestro mecenas, no os asiste razón alguna para guardarme resentimiento, ¿no es así? El precio de vuestros servicios en calidad de musa ya ha sido debidamente pagado con mi silencio. Decidme, os lo ruego, ¿por qué mostráis tal insolencia?”
Maximillian no se equivocaba.
“Vuestra Gracia”.
Pero tampoco tenía del todo razón.
“Dispensad mi grosería y permitid que desvele la verdad ante vuestros ojos”.
Jean esperó a que Maximillian asintiera y le diera permiso para retirarse. Maximillian o Maximin. Jean solía llamarlo por esos nombres, y el hombre le perdonaba la osadía. Pero el hombre que tanto apreciaba a Jean ya no estaba allí. Era como si hubiera desaparecido de este mundo, por lo que Jean sería un tonto si esperara recibir otra vez un trato tan amable por parte del príncipe. El príncipe finalmente asintió.
“No guardaba afecto alguno hacia vuestra persona sino por el único hecho de que erais mi mecenas”.
“…”
“Hallaba gracia y belleza en vos porque erais mi mecenas; os dispensaba mi amabilidad porque erais mi mecenas; compartía vuestro lecho porque erais mi mecenas. Sin embargo, jamás he profesado amor ni afecto alguno hacia Maximillian Joachim que se despoja de tal condición. Al príncipe heredero, por el contrario, era alguien a quien, más bien, detestaba”.
Maximillian frunció el ceño.
“¿Detestado?”, preguntó el príncipe.
Jean no asintió ni negó con la cabeza. Simplemente esperó la respuesta de Maximiliano. Curiosamente, sintió náuseas. Lo invadió una extraña sensación de excitación, como si acabara de confesar sus sentimientos, una sensación similar a la que había experimentado antes de escuchar las felicitaciones.
“¿Es así? Extraño, harto extraño para alguien que perseguía este cuerpo como un perro”.
Maximillian esbozó una sonrisa. Jean acababa de darse cuenta de que el príncipe llevaba puesto el justacorps de color rosa pálido que él mismo le había regalado. Los ópalos engastados a modo de botones brillaban en marcado contraste con las palabras soeces de su dueño.
“¿Y no es esto un mero intento de hallar vuestro camino de regreso a mi lecho?”
Maximillian preguntó de manera sugestiva, y Jean cerró la boca de golpe. Consideró que ya no valía la pena perder el tiempo conversando con el príncipe. En el momento más oportuno, la puerta detrás de Jean rechinó al abrirse. De Palatine parecía estar de regreso de sus asuntos.
“¿Qué tal si de vez en cuando me hicieseis una visita para tomar el té? Como hacíamos en nuestros encuentros anteriores. Lo mantendré en secreto ante vuestro mecenas”.
Maximillian se atrevió a hablar sin inhibiciones, lo que hizo que Jean quisiera reír. Hacer una visita para tomar el té. Era la misma trama que el príncipe había empleado inicialmente para llevar a Jean al Palacio Real. Jean retiró la mano del banco. Su mano estaba marcada con el relieve del mueble. Podía oír la voz alegre de De Palatine viniendo desde detrás de ellos, por lo que Jean bajó la voz antes de hablar.
“Maximin”.
Su voz era tan fría que parecía capaz de cortarle su propia lengua. Y, bajo esa frialdad, su tono estaba impregnado de un deseo furioso de matar al príncipe.
“No me recordéis jamás ese desventurado recuerdo—”
Fue entonces cuando el ángulo de la luz del sol empezó a cambiar, lo que permitió a Jean ver el rostro de Maximillian con un poco más de claridad. Su rostro carecía de emoción, y sus ojos gris ceniza no revelaban nada. Jean se detuvo un instante y, a continuación, apretó la mandíbula.
“—si no deseáis saber de lo que es capaz un hombre de bajo nacimiento, Vuestra Gracia”.
Ahí terminó su conversación. Jean se dio la vuelta, se despidió de De Palatine y se marchó enseguida. No volvió a oír las palabras de Maximillian, que lo habían cautivado cada vez que las pronunciaba, como un anzuelo que atrae a los peces. Sintió una extraña opresión en el pecho.
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