Mi ojo derecho empezó a arder de nuevo. Una sensación de dolor sordo me subió por el cuello y la espalda, como si aquellas viejas heridas hubieran vuelto a abrirse.
Por suerte, la mirada de Zong Yanlei barría el lugar y, al pasar por mi cara, no se detuvo ni un segundo; a decir verdad, siguió de largo.
Mi respiración, que se había detenido, volvió a fluir. El corazón, que se me había subido a la garganta del susto, se me fue tranquilizando a medida que su mirada se alejaba.
Menos mal que no me quité el casco. No debería haberme reconocido.
Mientras me felicitaba a mí mismo por mi suerte, de repente, la voz del locutor irrumpió en el espacio, apasionada y vibrante:
—¡Celebremos el exitoso fin de esta carrera! El esfuerzo de los pilotos ha sido evidente para todos y los resultados son más que merecidos. ¡Rogamos a los tres primeros clasificados que suban al podio a recibir sus premios!
»Tercer puesto: el piloto Señor Xiang Arrasador y el copiloto Mesías…
Zong Yanlei levantó la vista hacia el cielo, frunciendo el ceño, como si no soportara tanto ruido.
—Me voy primero. No me des mi parte del premio, quédatelo tú —dijo y, con un destello, desapareció del lugar.
—¡Oye! —El copiloto rubio lo llamó con prisas, pero no consiguió retenerlo. Negó con la cabeza, resignado, y murmuró—: Al menos podrías decir «adiós» antes de irte.
—Segundo puesto: el piloto Cereza y el copiloto Gomaespuma de Leche… ¡Primer puesto! —El presentador hizo una pausa dramática y, luego, anunció con voz aún más vibrante el nombre del campeón—: ¡El piloto Agares y su copiloto Vals Perezoso! ¡Felicidades!
En las carreras clandestinas no se exigían nombres reales, así que muchos adoptaban identificaciones extrañas.
Agares, el segundo duque de los setenta y dos demonios de la Goetia, un gran demonio que comandaba treinta y un legiones del infierno. Curiosamente, el nombre le pegaba bastante a Zong Yanlei.
—Bueno, será mejor que me vaya a jugar con Xiao Mei —dijo «Vals Perezoso», rascándose la cabeza, y desapareció también antes de que el presentador terminara de hablar.
—¡Mierda! ¿Acaso no eran Zong Yanlei y Yi You del equipo Helios Racing? —Xiang Ze había aparecido no se sabía de dónde, agarrado al techo del coche, a la vez que miraba hacia el lugar donde habían desaparecido Agares y Vals Perezoso con cara de total estupefacción—. ¿Estos profesionales vienen a pisotear novatos aquí? ¡He perdido un montón de plata!
Me quité el casco, me sacudí el pelo y lo miré frunciendo el ceño.
—¿No habías dicho que habías dejado de apostar?
Xiang Ze se dio cuenta de que había metido la pata y encogió la cabeza.
—Lo estoy dejando, lo estoy dejando.
Mi padre también decía eso, pero fuese dejar la bebida, el tabaco o el juego, hasta el día de su muerte, no consiguió abandonar ni uno solo.
—Puedes no hacerme caso, pero espero que la próxima vez que apuestes pienses un poco en la tía Kou y en Xiao Rou.
El padre de Xiang Ze murió joven. Su hermana nació con una discapacidad intelectual y su madre, que enviudó muy pronto, los había criado a los dos con grandes esfuerzos. Si había alguien en este mundo que pudiera hacer despertar un atisbo de compasión en Xiang Ze, era su pobre madre.
Tal como esperaba, cuando mencioné a su madre y a su hermana, la cara de Xiang Ze se tensó visiblemente. Apartó la mirada, como si se sintiera culpable, y bajó la voz:
—Está bien.
Ojalá que esta vez lo hubiera entendido de verdad.
Miré la hora: ya casi pasaba la medianoche. Le dije a Xiang Ze que me desconectaba, que recogiera mi premio por mí, y salí de la cabina de navegación neuronal.
En las calles de Zengcheng a medianoche, todo estaba desierto. Había muy pocos automóviles y tampoco se veía a muchos transeúntes. Cuando iba andando a buscar el coche, pasé junto a una iglesia del Culto Purificador. De imprevisto, una sombra negra pasó a mi espalda y oí un ¡pum!
Me giré sobresaltado y vi que eran dos jóvenes de pelo gris, con mascarilla, que estaban lanzando botes de pintura contra la fachada de la iglesia. La pintura roja chorreaba por el blanco de la pared, como flores de sangre que estallaban.
Mientras lanzaban los botes, aquellos penglais soltaban risas estridentes y agudas. Al darse cuenta de que los estaba observando, me hicieron un corte de mangas y gritaron:
—¿Qué miras, descastado?
No quise meterme en problemas con ellos, así que apreté el paso y me fui.
Aunque en Penglai existían muchas religiones, la que sin duda dominaba con creces, la que contaba con más fieles, era una sola: el Culto Purificador.
El Culto Purificador adoraba a Baroka, «el dios que sostiene el sol». Este dios se encargaba de cargar con el sol día tras día, sacrificándose a sí mismo para dar calor al mundo. Era el padre todopoderoso en la mitología penglai. Por tanto, el dogma del Culto Purificador era «aceptar el sufrimiento». Creían que el sufrimiento era una prueba enviada por el cielo y que hay que aprender a disfrutarlo y transformarlo, no a rechazarlo ni odiarlo.
Esta exaltación explícita del «sufrimiento» provocaba que, en plena actualidad, cuando ya se empleaban universalmente en otros países las tecnologías de reproducción con médula ósea y úteros artificiales, los penglais siguiesen empeñados en que los niños de verdad deben nacer del dolor de la mujer. Rechazaban el uso de células de médula para crear células germinales, detestaban que los úteros artificiales reemplazaran el dolor del parto y aborrecían el matrimonio homosexual y la reproducción homoparental.
Desde la fundación de la dinastía Chu de Penglai, hacía trescientos años, el Culto Purificador había estado siempre a su lado. Era, sin duda alguna, la «religión sagrada» de Penglai. Como ocurre con toda organización grande que se precie, en sus inicios todo era rectitud e inmaculada pureza; pero, con el tiempo, era difícil evitar que los vicios y la corrupción se colaran poco a poco.
El actual sumo pontífice tenía ya noventa y cinco años. En los últimos dos años, salvo para algunos eventos multitudinarios a los que no podía faltar, apenas se le veía. De sus funciones se habían responsabilizado, sobre todo, dos obispos jóvenes. Aunque no se decía abiertamente, todo el mundo sabía que, salvo ocurriese algún imprevisto, el próximo sumo pontífice sería uno de esos dos obispos.
Sin embargo, hace dos meses, a esos dos obispos, los candidatos con más posibilidades de suceder al pontífice, se les destapó un escándalo: a uno se le acusó de tener dieciséis menores de edad para satisfacer sus deseos; al otro, de haber aceptado sobornos por valor de miles de millones para vivir una vida de lujos. La opinión pública encendió toda Penglai. Aunque la Secretaría del Culto Purificador se apresuró a emitir un comunicado negándolo todo, la indignación y las sospechas de la población no hicieron más que crecer, en especial entre los jóvenes penglais. En el último mes, yo mismo me había encontrado con varias protestas en Zengcheng que bloqueaban las calles por completo e impedían el paso de cualquier vehículo de cuatro ruedas.
Presionados, aunque no emitieron ningún parte nuevo, al final, los dos obispos fueron destituidos hace un par de días y enviados a parroquias de pueblos apartados como simples sacerdotes. Para el Culto Purificador, sin duda, aquello era ya la máxima concesión posible; pero los jóvenes penglais no estaban conformes. Si veías una cucaracha, es que ya había cucarachas por todas partes. Por ende, seguían concentrándose y protestando ante las iglesias, e incluso, por la noche, lanzaban botes de pintura contra las fachadas.
Puse en marcha la furgoneta y salí del aparcamiento. Al pasar junto a la iglesia volví a mirar hacia allí. Los jóvenes borrachos ya se habían ido, dejando solo manchas en las paredes y botellas rotas por el suelo.
Nadie sabía cuánto duraría aquel espectáculo. Imaginaba que la Secretaría del Culto Purificador debía de estar con la cabeza hecha un lío estos días.
Y al pensar en la «Secretaría del Culto Purificador», no podía evitar acordarme de la madre de Zong Yanlei.
La señora Zong, de nombre de soltera Wu Xiuli, pertenecía a una de las grandes familias de Penglai, los Wu. Tenía el mismo apellido que la difunta emperatriz Wu, madre del actual príncipe heredero. La familia Wu estaba muy vinculada con la casa real y muchos de sus miembros ocupaban altos cargos en el palacio. La señora Zong ocupaba el cargo de «Jefa de Prensa de la Casa Real». Ella y el padre de Zong Yanlei, Zong Shen’an, también tuvieron un compromiso de la infancia, pura alianza política. No sentían ningún afecto el uno por el otro.
Recuerdo que cuando yo acababa de llegar a la casa de los Zong, Zong Yanlei todavía se sentaba a comer con sus padres. A menudo, durante las comidas, escuchaba cotilleos de la familia real: que si este había sido infiel, que si aquel se iba a divorciar… y la mayoría de las veces, más bien eran peleas entre Zong Shen’an y Wu Xiuli.
Zong Shen’an era, indudablemente, el hombre más mujeriego que había visto en mi vida. Ni las flores del jardín, ni las silvestres, ni la hierba al lado del nido: todo le gustaba. No había amante que no hubiese pasado por sus brazos y las cambiaba casi cada semana, y era tan desvergonzado que no le importaba lo que dijeran los demás. Durante los años que viví allí, me topé varias veces con él y sus amantes en pleno encuentro nocturno dentro de la mansión. Durante mucho tiempo, cada vez que caminaba por la casa de noche, sentía pavor. Me paraba en cada esquina a escuchar con atención, por miedo a toparme de nuevo con alguna escena indecente.
Cada vez que sus padres se peleaban, Zong Yanlei seguía comiendo como si nada, como si estuviera acostumbrado, o tal vez, sencillamente, no le importara.
Recuerdo una mañana en que yo estaba detrás de Zong Yanlei sirviéndole el té y, sin querer, me quedé enganchado escuchando una discusión de sus padres. Wu Xiuli no soportaba las locuras de Zong Shen’an y le pidió que fuera más discreto. Zong Shen’an le respondió con otra pulla, diciendo que él era así de nacimiento y que, si no le gustaba, que no mirara.
Ding. Fue el sonido ligero de la porcelana chocando contra la cucharilla de té, sutil, pero lo suficiente como para ponerme en alerta. Volví la vista hacia abajo de golpe y vi a Zong Yanlei sosteniendo una taza vacía con una mano y una cucharilla de plata con la otra. Tenía la cabeza alzada y me observaba sin expresión.
En aquel instante, se me pusieron los pelos de punta. Como el perro de Pavlov, levanté las comisuras de los labios por reflejo y le dediqué una sonrisa.
—El té está un poco caliente. Tenga cuidado al beberlo —dije, mientras me inclinaba rápidamente para servirle de nuevo.
La mirada de Zong Yanlei, más fría que el hielo, vagó por mi rostro un momento y se detuvo en la comisura de mis labios.
Poco a poco, la sonrisa se me iba borrando. Manteniéndome inclinado, apreté los labios y no me atreví a sostenerle la mirada.
Dado el carácter de Zong Yanlei, ya me había preparado para que me lanzara el té caliente a la cabeza; pero él, como si nada, apartó la vista y giró el cuerpo hacia su sitio.
Suspiré aliviado para mis adentros, pensando que había sido magnánimo y me había perdonado; sin embargo, cuando terminó de comer y volvimos a su sala de estar, apenas se cerró la puerta, se giró y me abofeteó.
Resultaba que no era que no fuera a actuar, sino que lo iba a hacer más tarde, en un lugar más apropiado.
—¿Te pareció divertido ver pelear a mis padres? —preguntó, mientras caminaba hacia el sofá y se sentaba.
Con la cabeza baja y media cara ardiendo, no sabía qué responder. Sentía que cualquier respuesta sería una trampa.
—Sonríe. ¿Por qué no sonríes ahora? —Daba golpecitos con el índice derecho en el reposabrazos de cuero, produciendo un rítmico ta-ta-ta, como la cola de un demonio golpeando con impaciencia.
Sin atreverme a mirarlo a los ojos, mi vista solo podía recorrer la zona por debajo de su cuello. Mientras buscaba alguna escapatoria, vi de repente un punto rojo en la punta de sus dedos.
La piel de las zonas donde Zong Yanlei tenía la enfermedad era extremadamente frágil. Incluso rozarla con una tela suave podía causarle heridas; por tal motivo, en dichas zonas llevaba siempre vendajes de protección. Ahora, el vendaje estaba manchado de rojo. Claramente, la piel de debajo se había roto.
Al ver que él no parecía notarlo y seguía golpeando el reposabrazos, no pude evitar advertirle:
—Joven maestro, está sangrando.
El movimiento de sus dedos se detuvo. Zong Yanlei bajó la cabeza para mirarse la mano, hizo un «tsk» y, al cabo de un momento, levantó un poco el brazo y lo extendió en mi dirección.
Lo entendí de inmediato. Corrí hacia el armario bajo, saqué el botiquín y, de vuelta, me arrodillé en la alfombra junto a Zong Yanlei. Sostuve su mano entre las mías y comencé a curarle la herida con cuidado.
Desenrollé el vendaje, vuelta a vuelta. Al soltar el último tramo, apareció ante mí una mano llena de llagas. La yema del dedo corazón, que probablemente había sido la parte que más presión había recibido, tenía la epidermis rota y dejaba ver un pequeño trozo de carne roja. Durante todo el proceso, Zong Yanlei no emitió ningún sonido. Solo a veces, cuando pasaba el bastoncillo de algodón con crema antiinflamatoria sobre aquel trozo de carne, la punta de su dedo temblaba sin control.
Cuando terminé de curarlo, comencé a vendarle los dedos de nuevo, capa tras capa. Era un trabajo delicado: si apretaba demasiado, podía dañar la frágil piel de Zong Yanlei; si lo dejaba demasiado flojo, se caería. Tenía que quedar justo, ni muy apretado ni muy flojo, para que interfiriera lo mínimo posible en su día a día.
—Joven maestro, ya está.
Dejé con cuidado su mano sobre el reposabrazos e hice ademán de levantarme, pero un «¿Eh?» suyo me dejó clavado en el sitio.
—¿Te he dicho que te levantaras? —dijo mientras se miraba la mano derecha, con una lentitud peligrosa—. Aboféate a ti mismo y no pares hasta que yo diga.
El castigo por mi error aún no había terminado.
—Vale.
No pedí clemencia. Levanté los brazos y comencé a abofetearme obedientemente con ambas manos, una a cada lado.
No moderé mi fuerza. Mis mejillas se hincharon rápidamente. El castigo duró unos diez minutos. Cuando ya tenía la cara casi dormida, Zong Yanlei me ordenó parar.
—Cuida tus ojos. Si no los quieres, yo te los saco, ¿entendido? —Con la punta vendada de sus dedos presionó sobre mi párpado derecho, ejerciendo una leve presión hacia abajo.
Todos mis órganos le pertenecían a él. No dudaba ni por un segundo de que lo decía en serio.
—Entendido, joven maestro. —Soportando aquella presión malintencionada, le dediqué una sonrisa mansa y servil.
Más tarde, cuando la enfermedad de Zong Yanlei fue empeorando y la relación entre Zong Shen’an y Wu Xiuli también fue deteriorándose, cada vez fue menos frecuente verlos comer juntos a los tres. Los dos últimos años antes de que yo dejara la casa de los Zong, ya prácticamente comían por separado.
A principios de este año —desconocía si por tantos años de excesos entre alcohol y mujeres—, Zong Shen’an sufrió una crisis repentina y se desplomó en la oficina. Lo reanimaron, pero nunca volvió a despertar. Seguía en estado vegetativo. Al oír la noticia, mi primera reacción fue pensar: «La señora Zong debe de estar muy contenta, un culo menos que limpiar».
Cuando llegué a casa, Wei Jiarui seguía durmiendo. Lo miré un momento, me di una ducha y me fui a mi habitación a acostarme.
Por miedo a volver a encontrarme con Zong Yanlei, por más que Xiang Ze me rogara, ya no volví a acompañarlo a ninguna carrera. La última vez, incluso tuvimos un encuentro desagradable.
—¡Así que no me consideras un hermano! —dijo con el rostro lívido, dando una patada a un soporte de macetas, y se fue sin mirar atrás.
Las dos semanas siguientes apenas pude cruzarme con él. Y cuando lo veía a lo lejos en el vivero, siempre tenía el ceño fruncido y miraba hacia otro lado. Quería hablar con él tranquilamente, pero entre que durante el día andaba de aquí para allá con los repartos y por la noche tenía que cuidar de Wei Jiarui, no hallaba el momento adecuado.
Por consiguiente, cuando recibí su llamada a medianoche y le oí decir entre lágrimas que debía una gran cantidad de dinero a unos usureros y que, como no podía pagarlo ni vendiendo un riñón, lo mejor era morirse, mi sentimiento no fue tanto de sorpresa inesperada como de una melancólica inevitabilidad.
Al final, había llegado a ese punto.
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