Copos de nieve blancos caían, silenciosos, sin hacer ruido. El mundo entero parecía estar formado solo por mi padre y yo, caminando con dificultad entre la nevada.
Otra vez este sueño.
En el momento en que vi la nieve blanquecina cubriéndolo todo y la espalda familiar de mi padre más adelante, supe que estaba soñando de nuevo.
De mi boca salía sin parar vapor blanco. Con cada paso, la nieve fina se filtraba por los huecos de mis botas, clavándose con un frío penetrante. Poco a poco, perdí la sensibilidad en ambos pies. Qué increíble es el cerebro humano: aunque sea un mero sueño, el dolor se siente con suma claridad.
—Cuando veas al señor importante, no digas tonterías. ¿Recuerdas lo que te enseñé? —preguntó mi padre, girando un poco el rostro hacia mí.
Apenas superaba los cuarenta años, pero por su vicio perpetuo al tabaco y el alcohol, aparentaba casi cincuenta. Sus dientes, aquellos que aún no se le habían caído, estaban amarillentos y en mal estado. Poseía un cuerpo extremadamente delgado, con las mejillas hundidas, lo que hacía que sus ojos rojo oscuro resaltaran aún más. Pero lo peor era el olor: desprendía un hedor agrio y punzante, especialmente notorio, incluso en el frío invierno al aire libre.
—Sí, lo recuerdo —asentí, y, en mi mente, fui repasando con los dedos las «enseñanzas» de mi padre.
Cuando vea al señor importante, debo sonreír, inclinarme, observar solo la punta de sus zapatos, no levantar la cabeza bajo ningún concepto, responder a lo que me pregunten y no mirar a otro lado.
—No me culpes por ser cruel —suspiró hondo mi padre, mientras sus pasos avanzaban firmes hacia la imponente y opulenta mansión de piedra grisácea en medio del paisaje nevado—. Jiang Man, los que somos de Wo tenemos este destino. Con estos ojos rojo fuego, en ningún lugar nos respetan. Yo también quisiera buscar un trabajo honrado con mis propias manos para mantenerte a ti y a tu abuela, pero este mundo no lo permite…
Yo, pequeño, caminaba detrás de él sin contestar. Aunque solo tenía diez años y ni siquiera sabía leer bien, percibí al instante que las palabras de mi padre no eran más que excusas pomposas y vacías.
Cuando yo tenía cinco años, estalló una guerra civil en nuestra tierra natal, el país de Wo. Mis padres, mi hermano pequeño, mi abuela y yo —los cinco de la familia— huimos al territorio vecino: Penglai. Decenas de miles de refugiados de Wo salieron con nosotros, y, al llegar, causaron un gran revuelo en Penglai.
Hambrientos y agotados, se abalanzaron sobre los campos como langostas para devorarlos; saquearon tiendas, casas e incluso a los transeúntes, y los más violentos aprovecharon el caos para matar y herir. Todo esto provocó una profunda indignación y quejas entre la población de Penglai.
Aunque Penglai no tardó en implementar políticas para calmar a la gente y reubicar ordenadamente a los refugiados en zonas fuera de la ciudad principal, el desprecio de los penglais hacia los de Wo quedó arraigado. Años después, cuando el cabecilla de los rebeldes que había ocupado el país de Wo se rindió ante Penglai, y el país de Wo se anexionó a Penglai, convirtiéndose los «wo» en la única minoría étnica de Penglai, los penglais seguían sin considerarnos compatriotas. Ellos tienen plata y ojos azules; nosotros, cabello castaño y ojos rojos. Para ellos, quizás una rata tendría más afinidad genética que los wo.
En ese ambiente, conseguir un trabajo digno para un wo era ciertamente muy difícil; sin embargo, mi padre no estaba tan hundido por esas razones.
Desde que tengo memoria, casi nunca estaba en casa. Pasaba el tiempo apostando fuera o bebiendo con otros, o haciendo ambas cosas a la vez. Dicen que así fue cómo mi madre se hartó y se fue: una mañana cualquiera, salió por la puerta con mi hermano, dos años menor, y nunca volvió.
Después de que ella se fuera, él no cambió su conducta, sino que apostó cada vez con más vehemencia, siempre gritando: «Un día haré que esa mujer se arrepienta. Le voy a mostrar lo capaz que soy». Y, en cada ocasión, terminaba perdiendo hasta el último centavo. Las pocas joyas que mi abuela había recogido con prisas al huir, él las robó. Cualquier objeto de valor que hubiera en casa, lo vendió. Por último, cuando yo cumplí diez años, no le quedó nada más por vender y puso sus ojos en su propio hijo.
Quince días antes, no sé con qué contactos, se enteró de que una familia noble de apellido Zong en la capital Jade Blanco buscaba un compañero de estudios para su hijo. Viajó en tren conmigo hasta allí para la selección.
En el lugar de la entrevista, el piso estaba tan brillante y limpio que reflejaba las figuras. Todos vestían batas blancas idénticas, y la gente iba y venía sin hacer el más mínimo ruido. Me hicieron dar dos vueltas dentro de una cabina semitransparente, me sacaron varios tubos de sangre y me dejaron ir. En ningún momento me hicieron alguna pregunta.
Esperamos así medio mes en casa. Mi padre ya se había desanimado, pensando que no había esperanza, cuando un día recibió una llamada proveniente de Jade Blanco.
Un elegante coche flotante negro se detuvo directamente frente a la puerta de la casa, contrastando por completo con el entorno ruinoso y caótico. Mi padre me tomó de la mano, tan erguido como un gallo que acaba de ganar una pelea, y se metió en el asiento trasero.
Salimos de Zengcheng, donde vivíamos, viajamos más de doscientos kilómetros hasta Jade Blanco, y, finalmente, nos detuvimos en el patio trasero de la gran mansión de la familia Zong, en la zona pudiente de la ciudad.
—Papá, hace un rato en el coche, ese hombre dijo que, además de los doscientos mil que nos dará hoy, a partir de ahora, me pagará un salario cada mes… Tú toma los doscientos mil, ¿y yo podría darle mi salario mensual a la abuela?
El hombre que iba delante detuvo ligeramente el paso al oír esto, pero pronto siguió caminando.
—Ay, no te preocupes, que esos doscientos mil también se los daré a tu abuela, todo para que ella los ahorre.
Mentira. Hasta pensándolo con las rodillas se sabía que, en cuanto recibiera los doscientos mil, los iba a apostar sin falta.
Doscientos mil. Qué barato. La vida de un niño wo solo vale doscientos mil.
Al principio mi padre dijo que iba como compañero de estudios, pero en realidad no era así. ¿Cómo iba a querer un noble de Penglai a un niño wo como acompañante de estudios? Lo del compañero era falso. La verdad era que iba a ser una bolsa de sangre ambulante y un banco de órganos viviente.
La familia Zong, siendo de la nobleza, quizá por tantos matrimonios entre parientes, llegó a una generación con muchas dificultades para tener descendencia. Después de años de intentos, solo lograron concebir a un hijo: Zong Yanlei. Pero la desgracia era que este pequeño joven maestro, de mi misma edad, nació con una enfermedad en la sangre. Desde pequeño fue débil y frágil; la piel se le ulceraba con solo tocarla. No solo tenía que tomar grandes cantidades de medicamentos a diario, sino que también necesitaba transfusiones periódicas para mantenerse con vida.
Mi tipo de sangre era igual al suyo, gozaba de buena salud y, además, tenía una compatibilidad total de antígenos leucocitarios, algo poco común. En pocas palabras, si le trasplantaban cualquier órgano mío, sería como si hubiera nacido con él; no habría ningún problema.
Desde los diez hasta los diecinueve años, fui su bolsa de sangre hasta que un avance médico encontró la cura para su enfermedad. Entonces, dejé la familia Zong. De eso ya han pasado seis años.
—¡Rápido, ven por aquí!
La puerta principal de la familia Zong no nos iban a dejar entrar bajo ningún concepto. Solo podíamos pasar por la puerta lateral. En el sueño, el secretario, que caminaba muy rápido, ya nos esperaba junto a la pequeña puerta, enfrentándose a la nevisca. Tenía el ceño fruncido por la impaciencia.
—¡Ya vamos, ya vamos! —contestó mi padre sin parar y, volviéndose para tomarme de la mano, corrió hacia la entrada.
Nada más cruzar la puerta, me fijé de inmediato en un enorme ramo de flores colocado en el vestíbulo. Eran unas flores amarillas, preciosas, cada una del tamaño de una palma, de una especie que jamás había visto en el campo. Se erguían exuberantes dentro de aquella mansión silenciosa, sin el más mínimo rastro de marchitez. No hacía falta siquiera acercarse para saber que eran flores de verdad.
En pleno invierno, en casa llevábamos un mes sin ver verduras frescas, y, allí, hasta en la puerta lateral, que solo utilizaban los siervos, habían puesto hermosas flores. Por primera vez en mi vida, entendí de verdad lo que significaba ser «aristócrata».
El secretario nos guio por los pasillos que usaban los sirvientes. Dimos muchas vueltas. Tomamos el ascensor dos veces y caminamos unos diez minutos hasta que, por fin, nos detuvimos frente a una puerta de madera tallada con exquisitos motivos.
—Señora, ya han llegado —dijo el secretario, llamando suavemente a la puerta con tono respetuoso.
Del otro lado no se oyó ningún sonido, pero, al poco tiempo, la puerta se abrió desde dentro.
En teoría, con mi memoria, debería recordar perfectamente cada imagen de aquel día al entrar en la habitación. No obstante, por extraño que parezca, solo recuerdo a Zong Yanlei.
La doncella que abrió la puerta, el mayordomo Li junto a la chimenea, la señora Zong tomando el té, mi padre y el secretario que estaban conmigo se convirtieron en manchas borrosas y sin forma.
Solo Zong Yanlei quedó nítidamente grabado en mi mente.
Estaba sentado con las piernas cruzadas en un sillón de alto respaldo, los codos apoyados en los brazos, las palmas sosteniéndose la barbilla. Tenía los dedos y medio rostro vendados, y aparentaba estar bastante aburrido. Cuando entramos, mantuvo la mirada baja. Solo cuando nos detuvimos levantó la vista con pereza.
Solo con esa mirada, se me cortó la respiración. Me olvidé por completo de las advertencias de mi padre y me quedé mirando fascinado aquellos ojos prodigiosos, pasmado ante su color, tan poco común en el mundo.
En mi tierra natal, Wo, existía una gema que, por la combinación de distintos minerales, brillaba bajo el sol con un tono azul verdoso de ensueño, parecido a una gota de rocío colgando de la punta de una aguja de pino que refleja el azul de un río. Por esta razón, se llamaba «piedra del río del pino».
Mi abuela tuvo un anillo de piedra del río del pino. Yo lo vi. Y, porque lo vi, en ese instante perdí la noción del tiempo.
Qué maravilla. Alguien podía tener unos ojos tan parecidos a una gema, combinando perfectamente ambos colores.
En ese momento aún no sabía que eso se llamaba «heterocromía iridis», la mutación genética más insignificante dentro del frágil cuerpo de Zong Yanlei.
—¿Qué miras? ¿Acaso me ves raro? —Entre el tiempo que me quedé atontado, aquellos ojos se entrecerraron ligeramente, cubriéndose de hielo. Su tono no era agresivo, pero imponía autoridad—. ¿Cómo te atreves a mirarme directamente con esos ojos tan sucios? Descastado de Wo.
Yo, que en aquel entonces era un palurdo recién llegado a la ciudad y no entendía nada, me aterroricé por completo con ese pequeño joven maestro. Aunque conocía las «enseñanzas» al pie de la letra, en medio del nerviosismo solo recordé una: sonreír.
Así que, con rigidez, torcí los labios y le dediqué a Zong Yanlei una sonrisa tonta.
En seguida, sus cejas se fruncieron y sus ojos se volvieron aún más gélidos.
—Te atreves a sonreír…
—Joven maestro, cálmese. Este hijo mío no ha visto mundo. Usted que es tan magnánimo, no se lo tenga en cuenta.
—¡Mm!
Al segundo siguiente, antes de que pudiera reaccionar, mi padre me agarró con fuerza del brazo y me obligó a arrodillarme, aplastándome la cabeza contra el suelo. Toda mi cara estaba hundida en la alfombra.
—… ¿Jiang Man? ¿Dónde estás? Te traje de comer…
Sentí una punzada en la nariz, pero mis oídos percibían débilmente voces fuera del sueño. Supe que estaba a punto de despertar.
Mejor así. Si no despertaba ahora, según lo que venía después en la memoria, Zong Yanlei, aunque decidió quedarse conmigo, esa misma noche me dio un gran escarmiento.
Me hizo sostener una bandeja con el agua que iba a tomar antes de dormir y tuve que arrodillarme junto a su cama toda la noche. Recuerdo perfectamente que los moratones en mis rodillas no desaparecieron hasta una semana después y todo solo porque me atreví a mirarlo un poco más de la cuenta cuando lo conocí.
Ya que así era, mejor habría mirado un rato más.
Desafiando la fuerza de mi cuello, tomé una decisión completamente distinta a la de mi recuerdo real: levanté la cabeza con esfuerzo y volví a mirar a Zong Yanlei sentado en el sillón.
Pero antes de que pudiera verle bien la cara, el sueño se disipó por completo, como si alguien hubiera accionado un interruptor.
Abrí los ojos. Debajo de mí, la tierra cálida; sobre mí, las verdes hojas desordenadas de los árboles. La luz ardiente del sol se filtraba entre las rendijas. Era pleno verano, todo lo contrario al sueño.
—¿Otra vez te habrás quedado dormido en algún lado? ¿No te da miedo enfermar de tanto encerrarte aquí…?
Parpadeé, me incorporé sosteniéndome el ojo derecho, que me dolía un poco, y respondí en voz alta, con la garganta ronca:
—Aquí estoy. ¡Ya voy!
Aparté un manojo de enredaderas. En la entrada del invernadero, detrás de una desgastada mesa de madera roja, Xiang Ze iba sacando la comida de una fiambrera térmica. Me miró de reojo e hizo un gesto con los labios:
—Hoy hay estofado de ternera. Mi madre lo hizo expresamente; lo coció mucho tiempo. Dice que te gusta.
Sonreí. Tomé los palillos que me tendía y me senté frente a él.
—Dale las gracias a la tía Kou de mi parte.
Mientras yo comía, Xiang Ze se dejó caer en una tumbona y se puso a mirar el móvil. Por lo que oía, eran noticias sobre el torneo GTC.
Con los avances en la tecnología de conexión cerebro-ordenador, las cabinas de navegación neuronal ya no eran algo inalcanzable para la gente corriente. En los últimos años, se habían popularizado muchísimo. Bastaba con implantarse un chip en la nuca para que cualquiera pudiera acceder a un «metaverso» infinitamente cercano a la realidad.
GTC eran las siglas de Holo-Global Terrain Challenge. Era una competición creada por Penglai que solo existía en el metaverso y combinaba los deportes electrónicos con los deportes de motor extremos.
Al desarrollarse en un mundo virtual donde no se moría de verdad, las carreras eran mucho más arriesgadas y espectaculares que las tradicionales. Desde su creación, se había vuelto un fenómeno en Penglai y, con los años, se había consolidado como el evento anual más popular entre los penglais.
El «demonio» del circuito GTC, Zong Yanlei, del equipo Helios Racing, ¿por qué de repente se ha «apagado» estos dos años? Su rendimiento se ha desplomado. Pasó del podio a quedar fuera de la zona de puntos. Aquí, en Rally Chismorreo, se lo contamos de inmediato.
Al escuchar el nombre «Zong Yanlei», los palillos temblaron en mis manos sin poder controlarlo. A Xiang Ze le gustaba tanto el GTC que, aunque yo no siguiera las carreras, con el paso de los años, había terminado memorizando los datos de todos los equipos.
Zong Yanlei se convirtió en piloto profesional de GTC hace cinco años, es decir, un año después de que yo dejara la casa de los Zong. En su momento, pensé que había oído mal el nombre y hasta busqué en internet para comprobarlo. Pero con todo el listado de títulos «el heredero único del Grupo Helios», «el hijo del jefe de prensa de la casa real», «el nuevo esposo de la princesa Chu Lu», «el guerrero que venció una extraña enfermedad y renació de las cenizas»…, no me quedó ninguna duda. Sí, era él.
El equipo Helios Racing fue fundado y financiado íntegramente por el Grupo Helios, el negocio de la familia Zong. Al principio, nadie apostaba por aquel joven joven maestro nacido con una cuchara de plata en la boca. Todos pensaban que solo quería entretenerse un rato con algo nuevo.
Pero quién iba a decir que Zong Yanlei, arrollador, se abriría paso imparable. Tras convertirse en el piloto principal de Helios, ganó el título de campeón anual del GTC tres años seguidos, pulverizando todas las críticas y pronósticos negativos. Con su linaje aristocrático y su atractivo físico, estuvo en lo más alto. Había muchos que lo detestaban, pero aún más que lo amaban. En su momento de mayor furor, su cara estaba en vallas publicitarias por todas las calles.
Todo se detuvo anteayer, lamentablemente.
… Fuentes internas revelan que Lance, el copiloto y excompañero de Zong Yanlei, no se fue porque el equipo María le ofreciera un sueldo más alto, sino porque ya no soportaba el mal carácter de Zong Yanlei y sus exigencias excesivas. Cuentan que hubo un tiempo en que Lance tenía tanta presión que hasta le salió una calva por estrés…
—Ja. —Xiang Ze soltó una risa fría—. Si me pagaran ese sueldo a mí, no digamos una calva, podría quedarme completamente pelado si hiciera falta.
Hace seis años, cuando dejé la familia Zong, regresé a Zengcheng. Desde entonces, había estado trabajando en el vivero de plantas de Xiang Ze. Él solo sabía que había pasado un tiempo en Jade Blanco, pero nunca me preguntó qué hacía allí y yo nunca se lo conté.
—Dime, ¿qué ventana le cerró el cielo a Zong Yanlei? —siguió diciendo mientras veía el vídeo—. Es guapo, tiene buena familia y, además, una esposa princesa… Ah, bueno, quizás el único inconveniente sea la esposa princesa. Dicen que no se llevan muy bien, que llevan tiempo separados. Ahora él vive en Jade Blanco con su hijo y la princesa vive en Xuanpu con su hija.
Su voz se entremezclaba con la del vídeo de fondo.
… La marcha de Lance trastocó por completo el ritmo de competición de Zong Yanlei. Las carreras de GTC dependen en extremo de la sincronización entre piloto y copiloto…
—¿Ah, sí? —Tragué la comida que tenía en la boca y respondí con indiferencia—. No se puede creer todo lo que dicen los tabloides de cotilleos.
… En dos años, Zong Yanlei no ha parado de cambiar de copiloto, pero sus resultados son cada vez peores. Con la nueva temporada a la vuelta de la esquina, el director del equipo ha llegado incluso a convocar una selección pública para encontrar un copiloto…
Xiang Ze soltó un bufido despectivo:
—Cuando el río suena es porque piedras trae. Si no, ¿por qué no viven juntos? ¿Acaso es que su cama de ciento ochenta metros cuadrados les queda pequeña?
No, no es que la cama sea pequeña; es que el matrimonio de tres personas resulta un poco apretado.
La princesa de Penglai se llama Chu Lu. Aunque tenía un compromiso de la infancia con Zong Yanlei, la verdad es que no hacía buena pareja. Es una larga historia, pero resumiendo: los dos hijos gemelos de Zong Yanlei no son de él.
En su momento, la princesa confesó antes de la boda que estaba embarazada del guardaespaldas. Yo estaba allí, lo oí en primicia, bien clarito. Si hubiera sido otra persona, seguro que la boda se cancelaba. Pero estos dos no solo se casaron, sino que lo hicieron bastante rápido. Yo me fui de la familia Zong y ellos se casaron casi al instante. Ocho meses después, nacieron los mellizos: la niña lleva el apellido de la princesa, Chu, y el niño lleva el apellido de Zong Yanlei, Zong.
Un hombre tan orgulloso, que nunca se había rebajado ante nadie, aceptó criar hijos ajenos. Quien lo oía no podía dejar de alabar su gran amor. Pero bueno, si cuando era pequeño, me hacía entregar sus cartas de amor durante tantos años… Si no le gustara de verdad, ¿cómo iba a soportar el dolor de escribir con su puño y letra?
Aunque la mayoría de esas cartas las quemé yo y nunca llegaron a manos de la princesa.
—Oye, Jiang Man, ¿por qué no te presentas a la selección de copiloto de Zong Yanlei? Con lo bien que memorizas las rutas, sería una lástima que no te dedicaras a esto profesionalmente. Dicen que el copiloto de su equipo gana dos millones al año.
Levanté la cabeza justo cuando él me miraba. Me señalé con la punta de los palillos el ojo derecho, que no veía, y sonreí con ironía:
—¿Un copiloto descastado y encima tullido?
Cuando tenía dieciocho años, la enfermedad de Zong Yanlei le afectó los ojos. Yo le doné la córnea de un ojo. Más tarde, por no cuidarla bien, ese ojo se infectó, le salió una mancha blanca en la superficie y se quedó nublado. A veces, hasta yo me asustaba cuando me miraba al espejo y no digamos los demás.
… ¿Podrá el antiguo prodigio volver a la cima? ¡Permanezcan atentos!
Supongo que Xiang Ze también se dio cuenta de lo descabellado de su sugerencia, carraspeó y cambió bruscamente de tema:
—¿Tienes planes esta noche? A las diez, acompáñame a una carrera.
Las «carreras» de las que habla solo pueden ser de GTC, pero no oficiales.
La adrenalina y el peligro del GTC fascinaban a muchos jóvenes. Cualquier cosa que se relacionaba con el GTC se convertía en tendencia. Así, surgieron las competiciones ilegales que lo imitaban.
No eran tan formales, eran más pequeñas, tenían nombres de lo más variopinto, y, en general, se las conocía como «el GTC clandestino». Estas carreras satisfacían el anhelo de los jóvenes por el GTC y les ofrecían la oportunidad de correr en un circuito. Aunque había gente de todo tipo, eran muy populares entre los aficionados.
Xiang Ze era uno de esos pilotos ilegales que se dedicaban al GTC clandestino.
Hace tres años, de repente, me preguntó si me interesaría probar el GTC y me invitó con entusiasmo a ser su copiloto. No sabía nada de carreras, ni siquiera sabía qué hacía un copiloto; pero, ante sus constantes súplicas, al final, acepté intentarlo.
En tres años, en las carreras en las que habíamos participado, habíamos ganado alrededor del setenta por ciento de las veces. Era un porcentaje bastante alto; pero, precisamente por eso, ya no quería seguir participando.
—¿Volviste a apostar?
En Penglai hay dos formas legales de apuesta: el póquer texano y el GTC. Tanto en las carreras oficiales como en las clandestinas, el GTC tenía casas de apuestas.
Hace seis meses, Xiang Ze y yo participamos juntos en una carrera. Sin previo aviso, empezó a cometer errores continuamente y perdimos estrepitosamente. Noté que algo andaba mal, y, después de insistirle, confesó que estaba apostando en las carreras.
—¿Acaso crees que con vender dos macetas de flores se gana dinero? Mira a tu alrededor, mira Penglai entero, ¿quién no apuesta?
Otro perro apostador.
En ese momento, la figura de Xiang Ze casi se superpuso con la de mi padre. A partir de entonces, ya no volví a participar con él en las carreras.
—¡Que no, que no, lo he dejado de verdad! —Xiang Ze se incorporó de golpe y, frotándose las manos, me suplicó—. Solo esta vez. Es que ya no encuentro a nadie. El premio lo repartimos setenta y treinta para ti… No, no, ¿noventa y diez, te parece?
Si pudiera, no correría con él, pero… en casa tengo a un devorador de monedas. No sabía cómo le cabía el estómago a ese niño; tenía un cuerpo pequeño, pero un apetito enorme. Con mi sueldo mensual no me alcanzaba ni para alimentarlo. Ya estábamos casi a fin de mes, justo cuando andaba más corto de dinero. Hasta sospechaba que Xiang Ze había calculado esto al dedillo para proponerme ese reparto.
—Está bien —dudé un momento, pero al fin asentí—. Pero, como muy tarde, a las doce me desconecto. Si Ruirui se despierta por la noche y no me ve, se pone a llorar.
Xiang Ze se iluminó de alegría al instante:
—Déjalo en casa de mi madre, ¡ella encantada de cuidarlo! Y a mi hermana también le agrada. Siempre pregunta cuándo vuelve el pequeño gordinflón.
Sin pensármelo dos veces, rechacé la oferta:
—¿Cómo voy a abusar siempre de la amabilidad de la tía Kou? Además…, si él me llama «papá», tengo que hacerme responsable.
Nota de la autora:
Ciberpunk y feudal a la vez, tan avanzado como atrasado. El grado de avance y atraso se ajustará según las necesidades de la trama.
Habrá muchos flashbacks. A los que no les gusten los flashbacks, absténganse.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.