A las nueve de la noche, la tía Kou y Xiang Rou se fueron a dormir. Yo me disponía a salir.
—Papá, ¿a dónde vas?
Wei Jiarui se despertó ni bien abrí la puerta de la habitación.
De repente, tuve un gran dolor de cabeza. Me llevé el dedo índice a los labios y le dije en voz baja:
—Papá tiene que salir a hacer un recado. ¿A que te quedas dormido solito como un campeón?
El pequeño gordinflón, sentado en la cama de tablas, no paraba de enredar la manta con los dedos. Al oírme, frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No, yo también quiero ir.
Si se ponía pesado, no paraba y seguro que despertaba a la tía Kou. Si ella me veía conduciendo a Jade Blanco tan tarde, me preguntaría por qué y, tanto si le decía la verdad como si le mentía, la preocuparía.
—Vale, vale, te llevaré conmigo —cedí, resignado, y le hice señas para que viniera.
La cara de bollo de Wei Jiarui se relajó al instante. Saltó de la cama y se abrazó a mis piernas.
—Si te da sueño, duérmete. Y si cuando te despiertas papá no está, esperas tranquilamente en el coche, que enseguida vuelvo. —Lo cogí en brazos y salí de puntillas, sin dejar de advertirle—. Y mañana no le digas a la abuela Kou que hemos salido de noche, ¿entendido?
Asintió con fuerza y también imitó mi tono de voz baja:
—¡Entendido!
Media hora después, el pequeño ya dormía plácidamente en el asiento del copiloto.
La dirección que me había enviado Xu Chengye estaba en la montaña Luoying, en la zona acaudalada de Jade Blanco, un conocido sector para los ricos.
Cuando salí de Zengcheng, el día estaba despejado, sin una nube. Pero ya fuera por lo cambiante de la niebla en la montaña o por la diferencia climática entre las dos zonas, cuando llegué a la ladera de la montaña Luoying, empezó a llover. Para cuando llegué a la imponente mansión de Zong Yanlei, que ocupaba un terreno enorme, la lluvia había arreciado tanto que ni con el limpiaparabrisas a máxima velocidad podía hacer frente al diluvio.
La puerta principal estaba a varios cientos de metros de la residencia. No había garita de vigilancia. Por suerte, en el coche llevaba un paraguas. Aparqué la furgoneta frente a la puerta y me adentré en la lluvia bajo el paraguas.
Piiii… piiii…
Después de dos timbrazos, una voz de hombre, grave y autoritaria, respondió al otro lado:
—Esta es la residencia Zong. ¿En qué puedo ayudarle?
Me humedecí los labios. La mitad de mi cuerpo ya estaba empapada.
—Me envía el señor Xu.
Del otro lado hubo un breve silencio, como si estuvieran verificando algo. Dos minutos después, la voz volvió:
—Lo siento. El señor Xu nos avisó, pero no sabíamos que su coche era una furgoneta. Hoy hay una recepción en la casa y los coches de los invitados ya han llenado el garaje. ¿Podría molestarse en dejar su vehículo en la puerta trasera y entrar por allí?
El hombre había intentado ser lo más cortés y diplomático posible. Yo no era un invitado ni siquiera tenía categoría para entrar por la puerta principal. Que me permitieran entrar en una noche tan concurrida ya era gracias a Xu Chengye.
—Está bien, está bien. Disculpe las molestias.
Me di la vuelta. Caminé rápido de regreso al coche. Di media vuelta, rodeé casi toda la mansión y aparqué en la puerta trasera. Al bajarme, me aseguré de bajar un poco la ventanilla para que Wei Jiarui tuviera ventilación.
La puerta trasera era bastante más pequeña que la principal. Junto a la verja negra había una garita. Al acercarme, el hombre de dentro abrió solo una rendija de la ventana para confirmar mi identidad; luego, abrió una pequeña puerta en el extremo y me indicó que pasara.
Asentí con la cabeza en señal de agradecimiento y entré bajo mi pequeño paraguas.
Nada más cruzar, vi un camino recto que conducía directamente a la residencia principal. A ambos lados del camino había arbustos bajos, y cada diez metros, había una farola de luz tenue que, en aquella noche oscura y lluviosa, me guiaba más o menos.
No eran más de cien metros, pero pareció que caminaba mil. Para cuando llegué a la residencia, no solo tenía mojados los brazos, los pantalones y los zapatos, sino que hasta el cabello me goteaba.
Levanté el paraguas para observar aquel edificio que, pasada la medianoche, seguía iluminado y lleno de gente. Por un momento, me quedé aturdido.
Antes, a Zong Shen’an también le encantaba organizar banquetes. Siempre hacía dos o tres al mes. Era muy bueno en eso, todo un experto en socializar entre los círculos altos.
Fiestas temáticas, cenas benéficas, espectáculos para adultos… Sus banquetes cambiaban de tema según la temporada y las modas. Quienes también disfrutaban organizando fiestas no tenían su creatividad o no tenían su estatus. Por ello, las fiestas de la familia Zong llegaron a ser un sello de distinción en el área adinerada. Todo el mundo se sentía orgulloso de poder asistir a un banquete de los Zong.
Cuando yo tenía doce años, Zong Shen’an organizó una gran cena benéfica a la que asistió incluso la emperatriz de entonces, con la princesa Chu Lu.
Esa emperatriz era la tercera esposa del actual rey de Penglai. Provenía de una familia de clase media de abogados. Como emperatriz plebeya, no tenía mucho apoyo en los círculos aristocráticos, así que siempre andaba halagando a los nobles con cuidado para intentar integrarse. Pero, por desgracia, dos años después de aquella cena, el rey de Penglai la repudió. Tras el divorcio, se fue, apenada, a otro país, y luego no se supo mucho más de ella.
Aquella cena benéfica fue tan solemne que hasta en los medios de comunicación se hizo eco. Incluso Wu Xiuli, que odiaba ese tipo de eventos, se vio obligada a sonreír fingidamente toda la noche. Como Zong Yanlei llevaba unos días con fiebre baja, en principio, podría haberse saltado el evento; pero dado que tenía un compromiso de la infancia con la princesa, Zong Shen’an insistió en que se dejara ver.
Mientras se cambiaba de ropa, Zong Yanlei ya tenía una cara terrible. Al llegar al salón y ver que todo el mundo lo miraba con curiosidad, su cara empeoró aún más.
Yo lo seguía como una sombra, no sin cierta satisfacción maliciosa.
Si cuando lo miré un poco más de la cuenta aquella vez se enfureció tanto, ahora con tanta gente mirándolo, no sabría cuánto se iba a enfadar.
Atravesamos el salón en línea recta. La gente se apartaba como si pelaran una cebolla, hasta dejar al descubierto a las cuatro personas del centro: Zong Shen’an y su esposa y la emperatriz con su hija.
—Ah, este es mi hijo Zong Yanlei —dijo Zong Shen’an con una sonrisa llena de ternura—. Yanlei, ven rápido a saludar a sus altezas.
Para entonces llevaba dos años en la casa de los Zong, no mucho, pero tampoco poco, y jamás había visto a Zong Shen’an mostrar interés por su hijo. A veces, incluso pensaba que, para él, Zong Yanlei no valía tanto como un cuadro o un jarrón. «¿Yanlei?» No sé si a Zong Yanlei se le pondría la piel de gallina, pero a mí sí.
—Buenas noches, alteza emperatriz. Qué las estrellas brillen con usted.
Mientras Zong Yanlei saludaba a la emperatriz, yo, aprovechando que él no tenía ojos en la espalda, eché un vistazo a la princesa Chu Lu, que estaba a un lado.
Si de verdad existían los ángeles en el mundo, debían de tener el aspecto que tenía Chu Lu ese año.
Era un año menor que Zong Yanlei y que yo. Ella tendría once para aquel entonces. Su larga y hermosa cabellera plateada, su piel blanca como la nieve y su expresión ingenua e inocente la hacían parecer, a primera vista, una exquisita muñeca de porcelana.
Como todos los demás, sentía una gran curiosidad por Zong Yanlei. La diferencia era que ella miraba con mucho más descaro. Sus ojos azules como el mar se clavaban en las manos vendadas y la parte inferior del rostro vendado de Zong Yanlei, y ni siquiera con la mirada aterradora que él le devolvía ella se amilanaba.
—Buenas noches, alteza princesa. Qué las estrellas brillen con usted —dijo Zong Yanlei al saludar a la princesa. Su tono era mucho más frío que cuando había saludado a la emperatriz.
En los últimos dos años, Chu Lu había aparecido con frecuencia en actos benéficos, centrándose especialmente en la atención médica y la educación de los niños con enfermedades raras, ganándose el cariño de gran parte de la población con su fuerte carisma. Algunos medios decían que estaba imitando burdamente a su madre, tratando de forjarse una imagen bondadosa y cercana al pueblo. Pero yo sabía que no estaba imitando a nadie. Era así desde pequeña.
Ese día, después de que Zong Yanlei la saludara, Chu Lu hizo algo que dejó a todos boquiabiertos.
—Hola —dijo con una dulce sonrisa, abriendo los brazos y dándole un fuerte abrazo—. No sabía que estabas tan enfermo; si lo hubiera sabido, te habría venido a ver antes.
Si con once años ya estaba fingiendo ser «bondadosa», su actuación era soberbia.
Zong Yanlei se quedó rígido. Con su piel tan frágil que incluso un abrazo suave le producía dolor, ese día, sin embargo, permitió que Chu Lu lo abrazara durante mucho tiempo en público.
—Chu Lu. —La llamó la emperatriz, frunciendo ligeramente el ceño, pensando quizá que era una falta de decoro.
Chu Lu hizo un mohín, soltó los brazos de Zong Yanlei y se giró hacia su madre.
—Solo quería darle mi bendición.
Aunque la princesa y Zong Yanlei tenían un compromiso de la infancia, ¿qué madre querría casar a su hija con un hombre enfermizo lleno de vendas? El rostro de la emperatriz se ensombreció ligeramente.
—Alteza, aún no ha conocido a la esposa del nuevo ministro de Hacienda. Permítame presentársela —dijo Wu Xiuli, que debió de notar la incomodidad, desviando hábilmente la conversación.
—Cierto, aún no he visto los objetos de la subasta de esta noche. Yo la acompañaré dentro de un rato. Hay una pintura que es realmente… —Zong Shen’an, esta vez, coordinó a la perfección—. Yanlei, si no te encuentras bien, vete a descansar.
La pareja escoltó a la emperatriz mientras se alejaban. Chu Lu los siguió obedientemente, pero mientras caminaba, no dejaba de volverse hacia atrás para despedirse a escondidas.
Zong Yanlei permaneció inmóvil en su sitio. Al principio, pensé que era por cortesía, pero después de esperar mucho rato, hasta que las figuras de la emperatriz y los demás se perdieron entre la multitud, él seguía sin moverse.
Extrañado, lo llamé en voz baja:
—¿Joven maestro?
Se lo repetí varias veces, pero no parecía oírme. Di un paso hacia un lado hasta ponerme a su costado y miré su rostro. Sus ojos, esos ojos azul verdosos siempre tan fríos, llenos de arrogancia y terquedad, seguían la dirección por la que se había ido Chu Lu y, en ellos, brillaba algo que nunca antes había visto: una pasión desenfrenada.
El enamoramiento de un joven siempre era así de sencillo.
A partir de entonces, Zong Yanlei, que nunca había mostrado interés por la vida social, comenzó a enviarme a todos los eventos a los que asistía Chu Lu. Cada vez que yo volvía de uno, me hacía repetir hasta el más mínimo detalle. Además, imitando a los grandes amantes, empezó a escribir cartas de amor. Cuando terminaba una, me la daba y me amenazaba para que se la entregara personalmente a la princesa.
Con la princesa, el carácter de Zong Yanlei mejoró notablemente. Pero si algún día Chu Lu no le respondía o si había conversado demasiado con algún joven aristócrata, Zong Yanlei se volvía aún más insoportable.
Para que mi vida fuera más llevadera, no tuve más remedio que seguir ocultándole que la princesa no pensaba casarse con él y que rechazaba sus cartas de amor. En efecto, la princesa nunca había aceptado esas cartas o, más bien, las aceptó una o dos veces y, luego, apurada, las rechazó, diciendo que lo que sentía por Zong Yanlei era solo lástima, que no pensaba cumplir el compromiso y que quería tener libertad para enamorarse.
No sabía si era ella demasiado ingenua o yo demasiado mundano, pero cuando lo dijo, sinceramente, me pareció que vivía en un mundo de fantasía.
Si se lo contaba a Zong Yanlei tal cual, estaba muerto. Así que cada vez volvía inventándomelo todo, relatando con todo detalle las expresiones y palabras de la princesa al recibir las cartas, cartas que en realidad nunca existieron.
Para que no se descubriera el engaño, leí atentamente cada carta y luego la quemaba. En sus cartas, Zong Yanlei vertía sus sentimientos: el libro interesante que había leído ese día, las clases a las que no quería asistir al día siguiente… Al principio, yo solo intentaba imitar el tono de la princesa y responder con afectación, pero poco a poco, por pura malicia, empecé a decirle cosas que lo dejaran perplejo y confundido, para luego deleitarme viéndolo fruncir el ceño.
Zong Yanlei escribió cartas durante cuatro años. Al principio lo hacía con mucha frecuencia; luego, quizás aprendió a ser más reservado y fue escribiendo cada vez menos. Llegó un momento en que pasaban cuatro o cinco meses antes de que escribiera una y el contenido era más bien de cortesía. Cuando entramos en la universidad, dejó de escribir por completo.
La luz de detección del alero se encendió y casi al instante la pesada puerta de madera negra se abrió desde dentro. Un joven sirviente asomó medio cuerpo y preguntó:
—¿Señor Jiang?
—Sí, soy yo —dije mientras cerraba el paraguas al acercarme.
Se apartó para dejarme pasar, pero al verme con gran parte del cuerpo empapado, frunció el ceño con cara de preocupación.
—Viene muy mojado. Voy a buscarle una toalla seca. Deje el paraguas junto a la puerta y espéreme un momento.
Me insistió en que no me moviera de allí ni mucho menos me acercara al recibidor y, luego, desapareció.
Me quité la chaqueta empapada y me senté en un pequeño taburete junto a la puerta (probablemente el banco donde los sirvientes se cambiaban de zapatos). Esperé unos diez o quince minutos, el tiempo suficiente para que mi cuerpo helado recuperara el calor. La música de baile de fondo cambió una y otra vez, pero él no volvió.
Esperé unos diez minutos más. Me di cuenta de que seguramente me había olvidado. Intenté llamar a Xu Chengye, pero no contestó.
Decidí no esperar más. Me levanté y caminé en dirección a la música.
Donde hay música, hay gente, y donde hay gente, se puede preguntar dónde está Zong Yanlei. No molestaría a los invitados distinguidos; solo buscaría a algún criado para preguntarle. Con ese pensamiento, fui siguiendo el pasillo.
Para la ocasión, me había puesto un parche ocular para disimular mi ojo derecho, pero con la lluvia se había despegado un poco. Así pues, me lo arranqué de un tirón y me lo guardé en el bolsillo.
Al acercarme, reconocí la pieza que estaban tocando: una danza para piano. Las notas, agudas y rápidas, como la lluvia torrencial del exterior, se sucedían sin dejar un instante de respiro. Me acompañaron durante medio trayecto, hasta que, en el momento en que salí del pasillo, cesaron de repente.
El panorama que se abrió ante mí me dejó sin aliento.
Vegetación exuberante, enormes lámparas de cristal resplandecientes, copas entrechocando en el salón de baile. Todos los asistentes vestían lujosamente y llevaban media máscara de animal en el rostro. El aire olía a tabaco, alcohol, pieles y dinero.
Aunque Zong Shen’an no legó a Zong Yanlei buenos genes, sí parecía haberle heredado su talento para organizar fiestas.
Las notas del piano renacieron como un fantasma, ligeras y alegres, como libélulas rozando la superficie del agua. Di un paso, luego otro…
Cada vez más personas me miraban a través de sus máscaras. En sus ojos se veía curiosidad, desprecio, burla e, incluso, deseo.
De pronto, una mano me agarró del brazo con fuerza y me apartó a un lado.
—¡Oiga! —Todos mis músculos se tensaron al instante. Di un tirón para soltarme, retrocedí dos pasos y lo miré con recelo—. ¿Qué hace?
—Tranquilo, soy yo —dijo el hombre con máscara de conejo gris, levantando las manos en señal de paz.
Reconocí su voz.
—¿Señor Xu?
—Sí, soy yo.
Se quitó la máscara y dejó ver su rostro amable y refinado.
—¿Cómo es que no te ha traído nadie dentro? —Me miró de arriba abajo—. Estás todo mojado.
La chaqueta, que estaba empapada, me la había quitado en la entrada. La camiseta blanca que llevaba debajo, donde la chaqueta la había protegido, estaba más o menos bien, pero en el pecho, sin protección, se pegaba al cuerpo y casi transparentaba.
Me ajusté el cuello de la camiseta, que dejaba gran parte de las clavículas al descubierto, y sonreí con cierta vergüenza mientras le contaba lo del sirviente que nunca volvió y que no había conseguido comunicarme con él.
Xu Chengye sacó el móvil, lo miró y se disculpó avergonzado:
—Lo siento, lo siento. A la hora a la que suelo dormir, el móvil se pone automáticamente en modo nocturno. Estarás muy incómodo con la ropa mojada. Voy a buscar una toalla…
—No hace falta, no hace falta —lo detuve—. Por favor, lléveme directamente a ver al señor Zong.
Mi hijo seguía esperándome en el coche; podía despertarse en cualquier momento. No podía perder más tiempo.
—Bueno…, de acuerdo —cedió Xu Chengye y me dio un mantel individual de la mesa para que me secara. Luego me guio, sorteando a la gente, hacia el otro extremo del salón.
Mientras caminaba, no dejaba de advertirme: que no lo delatara a él, que no dijera tonterías, que no mirara a lo loco y, sobre todo, que saliera corriendo lo más rápido posible si Zong Yanlei se enfadaba.
Acepté todo con entusiasmo. Llegamos ante una pesada puerta vigilada por guardaespaldas.
Xu Chengye se volvió a poner la máscara de conejo gris e indicó a los guardias que abrieran. Estos, a su señal, cogieron el pomo, uno a cada lado, y empezaron a abrir lentamente la pesada puerta de madera tallada. Al instante, una música sensual, íntima, casi obscena, se derramó por la abertura, formando un fuerte contraste con la elegante y refinada música de piano del salón principal.
El espacio cerrado estaba impregnado de un denso olor a tabaco. Había tres amplias mesas de póquer, cada una repleta de fichas, y bajo la supervisión de los crupieres, se desarrollaban apuestas millonarias.
En un rincón de la habitación, una hermosa rubia cantaba con voz suave, sus labios rojos ligeramente entreabiertos, su mirada sensual. En el otro extremo, dos bailarines, de extremidades largas y esbeltas, envueltos únicamente en un tul blanco a la altura de la cintura, se enroscaban como serpientes alrededor de una barra metálica, mostrando una flexibilidad y una fuerza asombrosas.
Aquella era mi última oportunidad para escapar.
Cuanto más avanzaba con Xu Chengye, más me impulsaba un instinto de salir corriendo. Cuando nos detuvimos ante la mesa del fondo, Xu Chengye se colocó detrás de una figura vestida de negro. Al instante, se me erizó el vello de la nuca, y mi ojo derecho, mi espalda, incluso el lugar donde me habían extraído médula ósea en el cóccix, comenzaron a doler.
Xu Chengye se inclinó y le dijo algo al oído. El hombre volvió ligeramente la cabeza. Su máscara blanca de ave tenía plumas realistas y un pico como el de un águila, con la ferocidad de un animal carnívoro.
El corazón me latía con fuerza. Quería huir. Reprimí a duras penas aquella advertencia de peligro, casi biológica, y sostuve la mirada de Zong Yanlei.
Con un puro entre los dedos, sus ojos de piedra del río de pino se entrecerraron. Me examinó de arriba abajo con una mirada crítica mientras exhalaba, lentamente, una bocanada de humo blanco. Su expresión decía claramente: en un banquete tan cuidadosamente preparado por él, ¿cómo demonios había aparecido este payaso ridículo?
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