—Nel.
La bestia, que ya arrancaba a correr para perseguir a Euichan, regresó de un solo salto al escuchar que la llamaban y frotó su cabeza contra la mano de Yeo Taehwon. Aquella mano tosca acarició la cabeza de Nel. Los ojos amarillos del felino miraron a Yeo Taehwon con un parpadeo lento, como si le preguntara por qué no iban tras él. Sin apartar la mirada de la entrada del parque, Yeo Taehwon alzó la mano que había rozado los labios de Euichan.
—Está bien darle algo de tiempo para que ordene sus pensamientos. Después de hoy… será mío de todos modos.
Una lengua roja lamió con parsimonia la yema de los dedos que habían acariciado los labios de Euichan.
***
No recordaba con qué pizca de cordura había logrado escapar de ese lugar. Solo le quedaba el nítido recuerdo de haber corrido como un loco. Aunque la ansiedad le cortaba el aliento, intentaba reconfortarse a sí mismo pensando que tal vez no era para tanto. En cuanto regresó al apartamento, Euichan pasó de largo junto a Park Ri-on, quien manipulaba unos dispositivos, y se encerró de inmediato en el baño.
—¿Euichan? ¡Euichan, estás herido! ¡H-hay sangre en el suelo!
¡Pum, pum! Detrás de la temblorosa puerta del baño, la voz alarmada de Park Ri-on cayó como un torrente. Euichan balbuceó algunas excusas incoherentes, diciendo que se había caído. Una vez que los rezongos de Park Ri-on se alejaron del baño, Euichan se quitó la ropa y, jadeando, procedió a revisar sus heridas. La pierna y la mano quemadas ya se habían hinchado horriblemente.
«El botiquín de primeros auxilios… Ah, estaba en la sala.»
¿Debía salir a buscarlo? El problema era que afuera estaba Park Ri-on con los ojos bien abiertos, y si veía a Euichan herido, sin duda armaría un alboroto. Como era un tipo sumamente curioso por naturaleza, seguro estaba esperando con ansias a que Euichan saliera de bañarse para gritarle: “¡Euichan, ¿quién te hizo esto?! ¡¿Qué demonios estás haciendo por ahí?! ¡No puedo vivir tranquilo con la ansiedad que tengo por tu culpa!”. Euichan sacudió la cabeza con fuerza y decidió aguantar el dolor hasta que Park Ri-on se durmiera. Tenía confianza en su capacidad para soportar el dolor. «Lo mejor será salir temprano mañana para ir al hospital a que me revisen, y de paso, comprobar el estado de los bebés». Tras tomar una decisión, Euichan tomó el cabezal de la ducha, pero en ese instante, el mundo le dio una vuelta tremenda.
¡Clang!
—¡Aaagh… ugh!
Como si los bebés, que habían permanecido agazapados en silencio, rompieran a llorar al disiparse la tensión, un dolor espantoso lo embistió. El cabezal de la ducha golpeó contra los azulejos provocando un ruido estridente. Al mismo tiempo, su cuerpo tambaleante se desplomó de bruces contra el suelo. Sobresaltado por el estruendo que venía del baño, Park Ri-on corrió a toda prisa y golpeó la puerta.
—¡Euichan! ¡¡Euichan!! ¿Qué pasa? ¡¿Voy a entrar, de acuerdo?! ¡¿Puedo?!
Al ver que la perilla estaba con el segundo, Park Ri-on dejó de golpear la puerta con desesperación, trajo herramientas y comenzó a destrozarla. En cuanto la cerradura cedió por completo, empujó la puerta de golpe. Al asomarse al cuarto de baño inundado de vapor, el rostro de Park Ri-on se quedó pálido como el papel.
—¡Euichan!
Bajo el chorro de agua que salía disparado de la ducha invertida, Euichan, completamente empapado, yacía boca abajo en el suelo gimiendo de dolor. Los brazos con los que se cubría el vientre temblaban violentamente por la agonía. Park Ri-on soltó un grito de horror al ver la sangre que brotaba a borbotones de su muslo.
—¡Euichan, tú… tú! ¡Tu pierna! ¡Estás sangrando!
Sin embargo, Euichan no se presionaba la pierna, sino que se aferraba con fuerza al vientre. No había duda de que lo que le dolía era el abdomen.
—¿Te… te duele el vientre? ¿Es un dolor estomacal? ¡¿Qué hago…?!
Pensando que primero debía sacarlo de allí, Park Ri-on sujetó a Euichan por los hombros y lo incorporó. Con el rostro lívido por un frío, Euichan apenas movió los labios. Su rostro estaba crispado por un sufrimiento insufrible.
—Mi… Mi vientre… Al hospital, tenemos que ir al hospital… El hospital.
—E-el hospital… De acuerdo, iré contigo.
Los ojos de Park Ri-on temblaron de forma caótica al mirar el cuerpo desvestido de su amigo. Cerró la llave del agua a toda prisa y le dio la espalda a Euichan.
—Súbete a mi espalda, Euichan.
Park Ri-on pasó los brazos de Euichan alrededor de su cuello y lo cargó a cuestas de un tirón. Con la mente atolondrada por el pánico, no paraba de balbucear incoherencias.
—Primero hay que vestirte, tomar tu identificación… Ah, ¡el hospital! Tengo que buscar un hospital.
Tras secar el cuerpo de Euichan y vestirlo, Park Ri-on salió de la casa cargándolo a la espalda.
—P-pero ¿a qué hospital debemos ir? ¿Vamos a la sala de urgencias?
En medio de una noche tan oscura como el azabache, él miraba a todas partes intentando encontrar un hospital. Solo cuando Euichan pronunció el nombre de una clínica entre gemidos, Park Ri-on empezó a correr con fuerza por los bordes de la alargada ciudad. Sin embargo, le asaltó la duda de si el hospital estaría abierto a tan altas horas de la noche. Aquella incertidumbre se esfumó por completo en cuanto llegaron. Al descubrir el logotipo de la Cruz Roja grabado en la parte superior del edificio, el rostro sombrío de Park Ri-on se iluminó de alivio. Era un hospital privado de emergencias que abría las 24 horas. Corrió directo hacia la entrada de la sala de urgencias buscando a un médico.
—¡Aquí, hay un paciente! ¡Es mi amigo! ¡Mi amigo está muy enfermo, doctores, por favor, dense prisa!
Ante el grito desgarrador de Park Ri-on, varias miradas afiladas volaron desde distintos puntos y se clavaron en él. Una enfermera que estaba en el mostrador corrió rápidamente hacia ellos y guió a Euichan hacia una camilla vacía. Tras correr la cortina, la enfermera se acercó con una tabla médica para preguntar por sus datos personales y sus síntomas.
—¿Qué le duele para haber venido aquí?
—B-bueno, tiene unas heridas que parecen quemaduras en la pierna y en la mano. Pero creo que ahora mismo le duele mucho más el vientre. ¿Qué… qué hacemos?
Park Ri-on, haciendo el mayor esfuerzo por dar la explicación que podía, juntó las manos suplicando que salvaran a su amigo. Cuando la enfermera se acercó un poco más para examinar los síntomas de Euichan, este, encogido sobre sí mismo, apenas movió los labios.
—Por… favor… llamen a un tocoginecólogo…1
—¿Un ginecólogo? ¿Acaso… es usted un gestante masculino?
—Sí… Sí.
—Por fortuna hay un especialista varón en ginecología de turno justo ahora. Un… un momento, por favor.
Como el estado de Euichan, que se retorcía presionando su vientre, parecía sumamente grave, la enfermera salió corriendo a toda prisa. Tras intercambiar unas palabras por teléfono desde el mostrador, la enfermera regresó para informarles que el especialista vendría enseguida. Sin embargo, un pesado silencio ya se había instalado en el interior de la camilla rodeada por la cortina. Frente al agonizante Euichan, Park Ri-on se quedó estupefacto, con la boca abierta y el rostro completamente ido.
—¿Un… ges… tante…?
Al principio pensó que había escuchado mal. Pero al ver que nadie tenía la menor intención de corregir las palabras en aquella situación, Park Ri-on terminó por desplomarse de la impresión. ¿Euichan estaba embarazado? ¿Un hombre embarazado?
—¡Es imposible!
Mientras Park Ri-on se tiraba de los pelos, Euichan rogaba internamente para que no fuera nada grave. Poco después, la cortina se abrió de golpe y entró un hombre con bata blanca. Euichan abrió sus ojos entornados y miró al hombre. A través de su visión distorsionada, reconoció a su médico de cabecera. Era el mismo hombre de aspecto afable que le había notificado su embarazo por primera vez.
—Paciente, ¿puede decirme qué síntomas tiene? ¿Dónde y cómo le duele? Intente explicarme el dolor con el mayor detalle posible.
—¡D-doctor…! ¡¿Cómo que un embarazo?! ¡¿Qué clase de embarazo?! ¡Es imposible que mi amigo esté en esa situación! Este chico mira a la gente como quien ve pasar un tren; ¡no tiene el más mínimo interés en nadie! Se… se desplomó de repente mientras se bañaba. ¿No se habrá lastimado la cabeza por si acaso?
Park Ri-on, consumido por la ansiedad, hablaba mientras se aferraba con desesperación a la bata del médico. El doctor examinó al agonizante Euichan con un rostro bastante consternado. Sin embargo, pronto sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Señor Ha Euichan?
—¿Conoce a mi amigo?
El médico, Oh Ju-hyok, se acomodó las gafas y se apresuró a sujetar a Euichan por los hombros. Al estirar su cuerpo encogido, quedó al descubierto el rostro de Euichan, empapado en sudor. Con el semblante sombrío, Oh Ju-hyok frunció el ceño y procedió a examinar el vientre de Euichan.
—Primero… hagamos una ecografía. El paciente subirá de inmediato, así que preparen todo, por favor.
—¡Ay, Euichan! ¡Doctor, rápido! ¡A este paso mi Euichan se va a morir!
Euichan hizo un esfuerzo sobrehumano por aferrarse a su conciencia, que se desmoronaba. A través de su visión borrosa, alcanzó a ver las cortinas ondeando. La deslumbrante luz de las lámparas fluorescentes le lastimó los ojos. Los cerró con fuerza y encogió su cuerpo para soportar la agonía. «Por favor». Cubrió por completo su vientre con ambas manos. «Por favor, que no sea nada malo». ¿Acaso se debía a que se había sobreexigido demasiado? ¿O tal vez porque no se había alimentado de manera adecuada? Debió haber guardado reposo absoluto, pero en lugar de eso, anduvo saltando por las azoteas y terminó herido… ¿Sería esto el pataleo de los niños, que intentaban marcharse al sentir que este lugar no era seguro? Una culpa y un arrepentimiento tardíos le desgarraron el pecho. Mientras sentía la mano de Park Ri-on secando sus mejillas y diciéndole que todo estaría bien, Euichan apretó los dientes en silencio sobre la camilla que rodaba ruidosamente.
Quizás perdió el conocimiento por un momento. Recordaba que su visión se había hundido en una densa bruma, pero más allá de eso, sus recuerdos se cortaban como si chocaran contra un muro. Cuando Euichan abrió los ojos, los alrededores estaban inundados por destellos de luz que flotaban como el reflejo del sol en el agua. Al mover los pies, escuchó el crujido de las hojas de hierba. Era una pradera de un verde radiante. Un viento similar al de una meseta soplaba con fuerza, barriendo las flores silvestres como si fueran olas. Era un lugar que emanaba una atmósfera elegante y sublime. Euichan caminó un rato. Tras avanzar a paso lento hasta cierto punto, divisó a lo lejos unas siluetas blanquecinas. Al acercarse y observar con atención, descubrió a dos pequeños cachorros de tigre blanco que se mordisqueaban el uno al otro en medio de una pelea. Haciendo honor a su naturaleza salvaje, aquellas pequeñas criaturas ya mostraban los dientes y arrugaban el hocico con ferocidad. Temiendo que la situación terminara mal, Euichan estiró las manos para separarlos. Entonces, ocurrió algo asombroso.
Las dos bestias abrieron de par en par sus ojos redondeados y se le quedaron mirando fijos hacia arriba. Con unas pupilas brillantes como cuentas de cristal, parpadearon con total inocencia como si estuvieran contemplando a su propia madre; eran, sin lugar a dudas, unos cachorros indefensos. Se veían tan adorables y a la vez tan vulnerables. Tras frotar efusivamente sus cabezas contra las manos de Euichan, las pequeñas criaturas bajaron las orejas y comenzaron a sollozar con amargura, dejando escapar agudos gemidos. Como si algo los tuviera profundamente desconsolados y afligidos, unas gruesas lágrimas se acumularon en sus ojos.
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