Julian sostenía en la mano una hoja con el alta médica recién tramitada. Después de pasar por múltiples revisiones, todos los indicadores de salud del general Oats eran ya normales, y había conseguido exitosamente el permiso para salir del hospital.
—General, ya podemos regresar —le dijo Julian, alzando ligeramente las cejas con una pizca de emoción en la voz. Estaba sinceramente feliz de que la salud de Oats se hubiese estabilizado.
Oats se estiró con pereza y se levantó del banco.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Acaso los muchachos del ejército ya no me reconocen?
Pues claro que no, pensó Julian en silencio. En los últimos años, Oats había ido desapareciendo poco a poco del ojo público, y las impresiones sobre él eran cada vez más difusas. Aun así, dijo en voz alta:
—¿Cómo podría ser? Alguien como usted, general, es imposible de olvidar una vez se lo ha visto.
Y lo decía en serio: alguien tan afable, sereno y lleno de luz como Oats no pasaba desapercibido dondequiera que estuviera.
Oats sonrió y comenzó a caminar sin dar mayor importancia al asunto.
Julian lo siguió de cerca. Para ella, el general Oats seguía siendo el mismo de siempre, sin grandes cambios. Al parecer, realmente no recordaba nada de aquel episodio cuando su alma se separó de su cuerpo.
De repente, Oats se detuvo en seco.
—¿General? —preguntó Julian con desconcierto.
Los ojos de Oats brillaron un instante.
—Ve y dile al señor Dandy, el portero, que a partir de ahora devuelva todo el correo que venga de la Estrella Gemela. Aquí ya no vive ningún Oats.
Julian asintió. No esperaba que el general se preocupara por esas cartas, pero incluso si él no lo hubiera dicho, ella ya tenía pensado hacer lo mismo. El que ahora existía era el general Oats, no ese tal Chu Yan. Joshua debía entenderlo cuanto antes.
Oats y Julian regresaron a la habitación. Las cortinas se movían levemente con la brisa.
—General, cámbiese de ropa y partamos cuanto antes. Hay que presentarse ante Su Majestad, el emperador del planeta M —dijo Julian.
Oats hizo un gesto con la mano.
—Sal un momento. Me voy a cambiar.
Julian, al escuchar eso, no se quedó más tiempo. Caminó hacia fuera con elegancia y sensualidad, calzando sus tacones de doce centímetros.
Oats sacó del armario su conocido uniforme militar verde oliva. También había una gorra con visera negra. En el centro de la gorra, en la parte superior, había una insignia dorada: unas alas extendidas, como si fueran a alzar el vuelo. Cada pluma estaba esculpida con sumo detalle, con una delicadeza extrema. Esa era la insignia que representaba su estatus como el Dios de la Guerra.
Oats se puso el uniforme con destreza, abrochó el cinturón de cuero, se calzó las botas altas con remate de piel de tigre, y su presencia entera resplandecía con energía y autoridad.
Solo le faltaba tener en la mano un pequeño látigo de cuero. Hacía ya mucho tiempo que no usaba ese atuendo. Según su memoria, la última vez que se vistió así fue durante la Primera Guerra Galáctica.
Oats abrió la puerta de la habitación, y Julian entró de inmediato. Sus ojos brillaron de asombro.
—General, sigue teniendo la majestad de un comandante supremo.
—Hoy has dicho más halagos que en todo el último año —respondió Oats con una sonrisa.
Julian soltó una risita.
—General, todo lo que digo es verdad. Lo digo desde el fondo de mi corazón.
Oats le dirigió una mirada sin contestar, y dijo simplemente:
—Vámonos.
Mientras caminaban por el pasillo del sanatorio, Oats mantenía siempre una sonrisa amable en el rostro. Todos los que se cruzaban con él —adultos, niños, pacientes o médicos— le saludaban con un saludo militar, y lo llamaban con respeto:
—General Oats.
Ese nivel de respeto no se había visto nunca antes en ese amplio sanatorio. Oats era una persona que realmente se había ganado el corazón del pueblo, un verdadero héroe a los ojos de todos.
Julian fue al estacionamiento a recoger el vehículo, mientras Oats lo esperaba a un lado. Su postura era tan erguida como un pino, su aspecto no mostraba ni un atisbo de debilidad. Nadie diría que acababa de salir del hospital.
—General, que le vaya bien —le dijo un anciano paciente en silla de ruedas, quien había perdido el uso de sus piernas. Le hizo un saludo militar con gran respeto.
—Gracias, y le deseo una pronta recuperación —le respondió Oats con una leve sonrisa. Esa sonrisa le dio al anciano un enorme aliento, y sus ojos brillaron con renovada esperanza.
—General —dijo Julian con respeto, al detener el vehículo junto a él. Luego abrió la puerta para que subiera.
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