Oats miró a Joshua, que le sujetaba del brazo con fuerza y no lo soltaba. Tenía en el rostro una expresión de súplica sincera, algo tan raro que, en otra persona, sería difícil de creer.
Para ser honestos, él tampoco quería separarse de Joshua… realmente no quería. Pero Han Ruien estaba a punto de descifrar la décima cerradura de seguridad, y Du Golin —que permanecía a su lado— seguía siendo un misterio en cuanto a identidad e intenciones. Solo con eso, ya le resultaba imposible marcharse a Próxima Centauri.
Aun así, Oats vaciló largo rato sin decir nada. Joshua, tras un momento de duda, fue quien habló primero:
—¡No! Esposa, no puedes venir conmigo.
Joshua se levantó, dio unos pasos, volvió sobre ellos, una y otra vez, como si estuviera muy contrariado:
—Ian probablemente esté reuniendo a sus remanentes para una rebelión. ¡No puedo permitir que vuelvas a ponerte en peligro! ¡No puedo dejar que mi hijo y mi esposa corran riesgos otra vez!… Tú… mejor quédate aquí… esposa…
Su voz se fue apagando hasta convertirse en un suspiro.
Oats se levantó, caminó hasta él y lo abrazó suavemente por detrás:
—Estás pensando demasiado, esposo. Yo no soy solo Chu Yan, soy Oats. Con mi alma completa, Ian no es rival para mí. ¿Lo entiendes?
Joshua giró un poco y tomó ese brazo, acariciándolo una y otra vez:
—Claro que lo entiendo. Pero incluso así, llevas a nuestro pequeño dentro… y eso inevitablemente te afectará.
Oats sonrió:
—Eso será dentro de al menos tres meses. Ahora mismo no tengo ninguna molestia.
Joshua seguía intranquilo:
—No. Esposa, no quiero que te pase nada.
—No me pasará nada. ¿Cuándo fue que empezaste a desconfiar tanto de ti mismo? —Oats pasó la mano por su pecho, jugueteando—. Chu Yan cayó en manos de Ian porque no estaba dentro de tu círculo de protección… Ahora, y en el futuro, yo seré muy obediente…
Joshua atrapó esa mano traviesa, se dio la vuelta y lo abrazó con fuerza, respirando con cierta agitación:
—Esposa… ¿de verdad puedo?
Oats bajó la cabeza, continuando con su juego sobre ese pecho:
—Sí… pero espera a que lo de Han Ruien y Du Golin termine, y luego iré a buscarte. ¿De acuerdo?
Los finos dedos acariciaban su pecho una y otra vez. Esa promesa de “buena esposa” casi volvió loco a Joshua. Sin dudarlo, alzó el rostro de Oats para besarlo… pero descubrió que su rostro ya estaba completamente enrojecido.
Para ser claros, Oats nunca había intentado seducir a nadie de forma tan directa. Joshua entendió perfectamente el significado de ese rubor.
Lamiendo su mejilla sonrojada, Joshua dejó escapar una risa baja:
—Esposa, estoy tan feliz… Recuerda venir a buscarme pronto, cuanto antes, mejor.
—Mm—. Oats asintió levemente.
Aspirando profundamente ese aroma tan agradable, Joshua se puso meloso:
—Entonces, esposa… esta noche… ¿puedes ser tú quien tome la iniciativa?
Se besaron hasta llegar al balcón. Bueno, “balcón” era un decir: en realidad era un espacio de unos nueve metros cuadrados formado por la bifurcación principal del enorme árbol blanco.
Sobre el piso había una gruesa alfombra blanca y una gran tumbona.
El rostro de Oats seguía rojo. Lo tomó y, de manera “brusca”, lo empujó contra la pared del tronco, comenzando a tironear de su ropa.
La fuerza era tal que Joshua sabía que no podría resistirse, así que… mejor rendirse felizmente.
Oats, rápido de manos, le quitó la ropa casi en un instante. Lo hizo con tanta destreza que, antes de que Joshua se diera cuenta, las prendas ya estaban en el suelo. Y en sus manos, Oats sostenía su inseparable daga Diez Mil Enemigos, cuyo filo brillaba con frialdad.
Joshua, que segundos antes se sentía en la gloria como si estuviera sumergido en aguas termales, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
¿Por qué… por qué hacer esto? ¿Acaso pensaba…?
Cuando vio a Oats acercar la daga a su pezón plano, Joshua se sintió avergonzado y arrepentido al mismo tiempo:
—Esposa… ¿puedes no…?
Oats arqueó las cejas y soltó un bufido:
—¿Tú qué crees?
Joshua solo pudo soportar el “trato igualitario”: la hoja helada de Diez Mil Enemigos le enfrió el pezón hasta dejarlo entumecido.
Viendo que el “prisionero” se comportaba con docilidad, tras varios minutos de juego Oats guardó la daga con un giro elegante, levantó la mirada y le lanzó a Joshua una simple mirada… pero ¡qué mirada! Era tan intensa que Joshua sintió como si le dispararan directamente al corazón.
De inmediato, su miembro comenzó a endurecerse:
—¡Esposa, dámelo!
Oats miró de reojo su erección, sonrió levemente y, con su mano, la sostuvo… para luego cambiar la mano por la boca, inclinándose a lamer y morder con fuerza ese pezón que antes había enfriado.
El pecho de Joshua nunca había recibido un trato así. Del frío de antes, pasaba ahora al calor húmedo de esa boca, provocando una sensación indescriptible. Sumado a la mirada seductora de antes y a la caricia experta de esa mano sobre su entrepierna, Joshua sintió que perdía el control:
—¡Mmm! Esposa…
Jamás habría pensado que su pecho podría ser “adiestrado” de tal forma, al punto de que la excitación le dejara sin alma. Su erección creció aún más.
—Basta, esposa, basta… ¡déjame entrar!
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