Capítulo 3: «Cambiemos de sitio»

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Capítulo 3: «Cambiemos de sitio»

Yu Cheng empezó a llevar gafas más o menos cuando pasó del primer ciclo de secundaria al instituto, así que había sido durante muchos años. En el recuerdo de Tan Ximian, estaba más acostumbrado a verle el rostro enmarcado por unas gafas negras de montura fina, sentado muy erguido junto al pupitre, con un aspecto bastante intelectual.

Ahora, sin las gafas, las partes que antes quedaban ocultas se revelaban nítidas: había que reconocer que era guapo. Llevaba el pelo sin cortar desde hacía unos días; el flequillo, ni largo ni corto, le cubría el extremo de las cejas, dándole un aire artístico al estilo de Hong Kong. Tenía unos párpados dobles muy bien definidos, las pestañas ligeramente curvadas hacia abajo, y cuando bajaba la mirada, transmitía una gran tranquilidad.

En el extranjero, Tan Ximian estaba acostumbrado a ver a gente rubia de ojos azules y nariz prominente, pero las cosas demasiado llamativas a menudo carecen del encanto que realmente atrae. Al cruzar sus miradas, Tan Ximian sintió que, de repente, chocaba de lleno con esa pureza y sutileza que emanaba de Yu Cheng.

—Para enfocar bien con el visor, las gafas eran un estorbo, así que directamente me operé —respondió Yu Cheng. A esa distancia tan corta, podía percibir el perfume masculino de Tan Ximian, apreciar que sus labios tenían cierto grosor; unos labios que él había besado y que ahora seguían ejerciendo sobre él una atracción letal. Al ser consciente de ello, se humedeció los labios instintivamente.

—Estás más guapo sin ellas —dijo Tan Ximian.

¿Era una pulla? ¿O una broma?

Yu Cheng buscó en sus ojos, pero solo pareció captar una admiración sincera. Eso pareció darle el valor para entablar una conversación casual:

—Estos años, ¿cómo te ha ido en el extranjero?

Tan Ximian apretó ligeramente los labios, con una expresión que parecía querer decir “no muy bien”, pero lo que salió de su boca fue:

—Bien, ahí vamos.

Y entonces Yu Cheng esperó. Esperó a que le contara qué significaba exactamente ese “bien, ahí vamos”: ¿Qué había estudiado en la universidad?, ¿cómo le iba en el trabajo?, ¿si había tenido pareja? …

Pero después de esperar un rato, descubrió que Tan Ximian no tenía intención de entrar en detalles. Siete años, resumidos en esas palabras. Justo cuando había despertado la curiosidad de Yu Cheng, todo se vino abajo.

Esa sensación de ambigüedad, de estar cerca pero lejos a la vez, le provocó una leve irritación. Yu Cheng solo atinó a seguir preguntando, aturdido:

—Entonces, esta vez que has vuelto, ¿cuándo te marchas?

En cuanto lo dijo, se dio cuenta de su torpeza. Lástima que no fuera un mensaje de WeChat, porque ahora no podía borrarlo.

Tan Ximian se rio:

—¿Por qué? ¿Tantas ganas tienes de que me vaya?

Otra vez como un gato que se acerca voluntariamente.

—No es eso lo que quería decir… —. Yu Cheng estaba un poco enfadado consigo mismo, y sin darse cuenta apretó más la mano con la que aplicaba el aceite—. Te preguntaba cuánto tiempo te ibas a quedar esta vez.

—Si consigo el papel principal en «Almendra», igual ya no me voy —dijo Tan Ximian.

¿Eso significaba que pensaba volver a China definitivamente para desarrollarse profesionalmente? ¿Que volvería a Nanjing?

Una simple frase provocó en Yu Cheng un exceso de reflexión. Al ver la expresión absorta en su rostro, propio de quien está sopesando algo, Tan Ximian descubrió que no le gustaba verlo así.

—Maestro Yu —lo interrumpió, sujetándole la muñeca para llevársela lentamente hacia arriba—. Cambiemos de sitio.

Había cruzado esa línea, esa frontera imaginaria.

En el Xiangqi, el ajedrez chino, incluso un simple peón que cruza el río también puede capturar las fichas del carro o del elefante. A Yu Cheng le sobrevino una repentina y desesperada valentía, como de quien quema sus naves negándose toda retirada, y presionó la palma de la mano hacia abajo.

La sensación allí no era exactamente igual que en los abdominales. Era algo más blando, pero la palma de la mano se arqueaba con facilidad. Bajo la piel y la carne, sentía un pum, pum, pum… el latido firme y pausado de un corazón. La temperatura también era más ardiente, y ese calor se extendía por su brazo, incendiándolo. Se sintió como una vela ardiendo.

—Maestro Yu, ¿tienes calor?

—No, qué va.

—Pero tienes las orejas muy rojas.

—… Bueno, puede que sí, un poco de calor.

Incoherencias; todo eran incoherencias.

Yu Cheng sintió que él mismo estaba teniendo una reacción, pero no se atrevió a bajar la mirada para confirmar si el otro también la tenía. Lo más probable era que no. Porque ocho años atrás, Tan Ximian le había dicho claramente que no le gustaban los hombres, y él no quería buscarse otra humillación.

Pero estos pensamientos suyos parecían ser fácilmente captados por Tan Ximian, que de repente soltó una risa:

—Maestro Yu, ¿no estará pensando en aprovecharse de mí?

Claramente, Tan Ximian estaba bromeando, pensó Yu Cheng. Entonces, yo también puedo bromear, ¿no? No será para tanto.

—Sí, claro —respondió. Aunque sentía la garganta oprimida, fingió una expresión desenfadada y ligeramente resignada—. Con decir: «A que con un beso te aseguro el papel en «Almendra»», o «Si te acuestas conmigo, te hago unas fotos mucho más guapas», sería más que suficiente. Lástima que no tenga ese poder, y que a ti no te gusten los hombres.

Tan Ximian, acostumbrado a ver a Yu Cheng siempre tan serio y formal, lo encontraba divertido ahora, viéndolo hacer un esfuerzo por contar un chiste a pesar de su incomodidad. Reflexionó un instante:

—En este momento… no estaría tan seguro, ¿las cosas cambian, no?

Yu Cheng abrió los ojos con incredulidad.

—Pero a ti sí te gustan, ¿verdad? —Tan Ximian, tras decir esto, pensó que quizás aquel antiguo y disparatado cortejo de Yu Cheng solo había sido una rebeldía de adolescente, un impulso pasajero, y que tal vez su situación ahora hubiera cambiado. Así que añadió—: ¿Todavía te gustan?

«¿Acaso?»

«Sí»

«¿Todavía?»

«Sí»

O mejor dicho: ahora tenía 26 años, había vivido 26 años, y nunca le había gustado una mujer, ni ningún otro hombre. Solo le había gustado Tan Ximian. ¿Eso contaba como “todavía”?

Yu Cheng sintió que esta pregunta lo diseccionaba, lo dejaba al desnudo, hecho un desastre y muy vulnerable. En realidad, si esa pregunta se la hubiera hecho cualquier otro, probablemente se habría enfadado. Me rechazaste y ahora vienes a preguntarme si me gustan los hombres, qué extraño, como si todo aquel cariño que sentí en su momento fuera para otra persona, como si no tuviera nada que ver contigo. Pero cuando Tan Ximian preguntaba, su mirada era profunda, con una expresión de sincero interés. Además, era guapo, su voz era agradable. Yu Cheng no podía enfadarse con él.

—Mmm. Supongo que sí—. Esta vez, Yu Cheng levantó la cabeza y sostuvo la mirada de Tan Ximian. Era una mirada bastante firme, más bien como si le hubieran preguntado aquello muchas veces, como si lo hubiera ensayado en numerosas ocasiones, exponiéndose siempre ante los demás hasta que, ahora, ya no le importaba—. Pero tampoco he tenido una relación. Hablar de gustar o no gustar, al final, no tiene mucho sentido.

Cuando terminó de hablar, ambos se sumieron en el silencio. Tan Ximian observó sus ojos con detenimiento. Un segundo, dos segundos, tres segundos. Luego, desvió la mirada.

En realidad, él ya sabía la respuesta de forma vaga, pero aun así preguntó. Y después de preguntar y escuchar la respuesta, todavía se sintió sorprendido. Tan Ximian, sin saber bien por qué, sintió una punzada de irritación. Echó la espalda hacia atrás, apoyándose de nuevo y distanciándose de Yu Cheng:

—¿Ya está bien, maestro Yu?

En comparación con la parte de aplicar el aceite, ayudarle a subir la cremallera de la espalda resultó ser algo sencillo y trivial, que no merecía ni mencionarse. Como alguien que, después de una comida copiosa, se enfrenta al postre y no puede evitar distraerse.

Los omóplatos de Tan Ximian eran como dos pequeñas montañas, aunque la comparación con montañas no era del todo precisa; quizá como islas en la superficie del agua. Debido a la firmeza de los músculos de su espalda, el surco vertebral era muy profundo. Yu Cheng, siguiendo esa línea, juntó las dos partes separadas de la tela. Los dientes de la cremallera se engancharon y encajaron, como una especie de ensamblaje corporal. De repente, pensó: ¿y si de verdad lo hubiera besado hace un momento? ¿Se habría enfadado Tan Ximian? Él, más bien, quería verlo enfadado, ver cómo se le quebraba la sonrisa en la cara, ver su sorpresa.

Quizá todavía estaba a tiempo de llevarlo a cabo. Pero justo en ese instante, la cremallera llegó a la cima.

—¿Ya está?

—Ya está.

La mirada de Tan Ximian se volvió hacia él. Yu Cheng sintió que la vela se había consumido por completo y que él se había convertido en un charco derretido.

Cuando salió del vestidor, la luz del día, que antes era suave en el interior, se había transformado en una luz equívoca, de un tono rosado y tornasolado. El aire que tocaba su piel era húmedo, su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor, y en su lengua había un sabor especiado, como si estuviera en el cuarto oscuro de su casa. En ese momento, Yu Cheng sintió un instante de desconcierto: ¿lo que había ocurrido en el vestidor era un sueño, o era esto de ahora lo que constituía una gran ensoñación?

—¿Maestro Yu?— Xiao Yan estaba junto a la ventana, pegando el papel celofán rojo para la sesión. Se sorprendió al ver a Yu Cheng salir del vestidor—. ¿Estabas ahí dentro? Hace un momento no te encontraba, pensé que habías ido a hacer otra cosa.

—Entré a coger algunos accesorios —respondió Yu Cheng de pasada, recuperando finalmente un poco la sensación de pisar tierra firme—. ¿Ya está todo el atrezzo preparado?

—Para la primera escena, con terminar de pegar este papel celofán aquí ya estará.

—¿Y las otras?

Recordaba que en la segunda escena había una cama.

—Bah, lo de la cama ya lo terminamos hace tiempo.

Solo de pensar en esa sesión, volvió a sentir irritación. Ya en el vestidor había pasado lo que había pasado, y encima había que hacerlo en la cama. ¿Cómo se suponía que iba a rodar en la cama?

Yu Cheng se obligó a desviar la atención. Echó un vistazo a su alrededor:

—¿Y el asistente de Tan Ximian?

Xiao Yan tardó un par de segundos en caer en quién era Tan Ximian:

—Ah, ¿dices Xiao Chai? Está abajo. Parece que su empresa tiene algún tipo de acuerdo de confidencialidad que tenemos que firmar nosotros. Ai Lin está ahora mismo negociando con ellos.

Yu Cheng, sin entender:

—¿Qué hay que mantener en secreto?

—Seguramente es para que esta serie de fotos solo pueda usarse para la selección del protagonista de «Almendra» y no pueda filtrarse desde más antes —Xiao Yan alisó la última esquina del papel celofán y saltó del alféizar de la ventana—. Calculo que no quieren que las marcas extranjeras con las que colaboran sepan que ha vuelto a China para buscar oportunidades, ya que aquí aún no está confirmado nada.

—¡Maestro Yu! —Alguien lo llamó desde abajo. Yu Cheng se asomó por la barandilla para buscar y sus miradas se encontraron con las de Ai Lin—. Maestro Yu, baje un momento.

Junto al sofá de la sala de estar, Xiao Chai le tendió el bolígrafo con mucha cortesía:

—Maestro Yu, por favor, fírmelo también usted.

Yu Cheng repasó las cláusulas. Una de ellas estipulaba que la serie de fotos «Amante Secreto» no podría hacerse pública hasta después de que se anunciara el actor principal de «Almendra».

Señalándola, le preguntó a Xiao Chai:

—¿Una vez anunciado, ya no hay que mantenerlo en secreto?

Xiao Chai parpadeó, con un aire ligeramente enigmático:

—«Almendra» es muy importante para Pedro. Con el respaldo de la maestra Cheng Jue, será muy fácil hacerse un nombre en China. Para entonces, es posible que el centro de atención de la agencia se traslade a China. Cuando terminen de rodar «Almendra», podrán utilizar este proyecto para promocionarlo como quieran.

Yu Cheng asintió con comprensión y estampó su firma al final.

Cuando volvió al segundo piso, todo estaba ya perfectamente dispuesto. La maquilladora estaba dando los últimos retoques: con el mango de un peine de punta fina esponjó el flequillo de Tan Ximian y luego fijó ligeramente el peinado con un poco de laca.

Cuando ella se retiró con su maletín de maquillaje, Tan Ximian ya estaba sentado en la zona de luz y sombra como una obra de arte. En la parte superior, llevaba la camiseta negra de malla; los músculos que se vislumbraban a través de los agujeros relucían tenuemente con cada movimiento. En la inferior, vestía unos pantalones muy amplios de terciopelo negro, cuya textura parecía combinar la suavidad mate del terciopelo con una sensación de calidad. La luz ambiental de tono rosado chocaba con ese negro lujoso, fusionándose en una belleza exuberante, y las cadenas metálicas que adornaban el conjunto añadían un toque de rebeldía indómita.

Visualmente, la parte superior era de una transparencia extrema; la inferior, de una pesadez igualmente extrema. Transmitía una sensación maravillosa de opresión llevada al límite, que estallaba por completo.

Rong Can tenía un gusto exquisito para elegir. Y la capacidad expresiva de Tan Ximian era, ni más ni menos, la adecuada.

Tenía una pierna flexionada, el cuello erguido, mostrando con generosidad la línea del pecho, y los ojos ligeramente entornados hacia abajo, como una planta sensual en plena fotosíntesis.

Era una corriente subterránea, un crecimiento, un enredo.

Amante Secreto.

De repente, en la mente de Yu Cheng apareció el análisis de este tema en el borrador del proyecto:

«”Secreto” nace de la ausencia de tiempo y espacio; “amante”, de la honestidad de un cuerpo que se desnuda».

Levantó la cámara y enfocó el objetivo hacia la persona que tenía delante.

Los veintiséis años de su existencia se desvanecieron. Nanjing, el centro de Xinjiekou, Xianlin, el instituto adscrito a la Universidad Normal, todo desapareció. También se esfumó aquel “¡Estás loco!” que le gritaron sus padres. Incluso le costaba recordar por qué había llegado a odiar a Tan Ximian. ¿Fue por animarle a hacerse un piercing en la lengua, lo que le valió una paliza de su padre al volver a casa? ¿O por llevarle a hacer novillos, lo que de golpe le hizo bajar diez puestos en la clase? ¿O fue porque le besó y luego dijo que no le gustaba, que no sentía nada?

En ese momento, Yu Cheng fue claramente consciente de que el Tan Ximian frente al objetivo quizá no era del todo real, pero el Yu Cheng tras la cámara, en ese instante, era sin duda absolutamente auténtico.

Ese rincón profundamente enterrado en su corazón había sido desenterrado, devuelto a la luz del día, metido en un frasco de cristal y colocado ante sus ojos.

Dentro de ese frasco estaba Tan Ximian.

El Tan Ximian de antes, el de ahora. El Tan Ximian inconfesable.

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