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En su mente apareció al instante la imagen de esa prenda: una malla negra, con una cremallera invisible que empezaba en el centro de la espalda. Con la anchura de hombros de Tan Ximian, era ciertamente difícil que pudiera subírsela él solo con la mano contraria, así que pedir ayuda era una petición completamente razonable. Y que hubieran elegido una prenda así para la sesión era, ni más ni menos, por culpa de Yu Cheng.
En su momento, Rong Can había estado muy preocupada por el vestuario y vino a pedirle su opinión. Quería transmitir la sensación de “el deseo encarnado”, y le preguntó qué estilo sería mejor. Él lo pensó y dijo que tal vez podrían optar por un diseño calado, que se viera la piel a través de los espacios delimitados por las líneas negras. Lo mejor sería un hombre escultural, con aceite corporal, para que así se marcaran los brillos de los músculos y las sombras cruzadas bajo sus perfiles afilados.
En su imaginación de entonces, buscaba algo sensual sin llegar a lo obsceno, así que el tejido de malla no debía ser demasiado abierto, con huecos por los que cupiera un pez pequeño. Pero cuando Rong Can le trajo la prenda terminada, comprendió que, una vez que una mujer se decide a dar rienda suelta a su creatividad, los hombres ya no tienen nada que decir. En esta prenda, los agujeros eran tan grandes que hasta un salmón real podría colarse. Llamarla “camiseta de malla” era quedarse corto; más bien parecía lencería erótica.
Pero juraba que jamás había imaginado que una prenda así diseñada fuera a vestir el cuerpo de Tan Ximian. Ni siquiera en sus sueños húmedos de juventud con Tan Ximian se habría atrevido a imaginar algo semejante.
Mientras él dudaba, la cerradura de la puerta hizo clic al abrirse desde dentro y las bisagras giraron, dejando al descubierto una rendija, como una invitación a medio ocultar. La camisa de satén azul cielo que Tan Ximian llevaba antes colgaba de un gancho en la pared. De vez en cuando, un movimiento del brazo del otro la hacía ondearse, como unas olas del mar tentadoras y reflectantes.
En el instante en que Yu Cheng puso un pie dentro, pensó que todo su desgaste mental anterior no había servido de nada. No tenía resistencia ante Tan Ximian, nunca había podido evitarlo.
Primero reparó en la mesita auxiliar cerca de la puerta. Sobre ella, Tan Ximian había vaciado sus bolsillos: un mechero, media cajetilla de cigarrillos Nanjing, un cinturón negro y estrecho. Luego, su mirada se topó con la anchura de unos hombros desnudos y una cintura estrecha. Este hombre había crecido, había madurado, desprendía un aroma a hormonas desbordadas. Su espalda, en forma de triángulo invertido, le resultaba, francamente, desconocida.
A continuación, Tan Ximian giró el cuerpo. Su musculatura, en su punto justo, era firme y hermosa. Los pantalones informales que vestía en la parte inferior tenían el botón y la cremallera desabrochados, colgando ligeros sobre sus firmes y anchos huesos de la cadera. Allí también se vislumbraba el borde de un calzoncillo negro, y la protuberancia, cual pequeña colina, que se extendía hacia abajo. En cuanto a la camiseta de malla negra, de agujeros muy grandes, acababa de pasarla por la cabeza y yacía, sin apenas presencia, arrugada sobre sus clavículas.
A través de su expresión, Tan Ximian parecía haber adivinado ya la respuesta. Apoyándose con ambas manos, se sentó directamente sobre la mesa que tenía detrás. Las perneras de los pantalones cayeron más, cubriéndole por completo el empeine. Inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Su nuez se volvió prominente en ese momento, y también quedaron al descubierto la sombra azulada de la barba sin afeitar en su marcada mandíbula y sus pectorales, aún más definidos, de un moreno trigueño.
Con la cabeza todavía embotada, Yu Cheng, como un autómata, cogió el frasco, se sirvió aceite en la palma y lo frotó para extenderlo. Parecía contener algún tipo de esencia de rosas; un aroma muy embriagador estalló en el estrecho espacio, rebotando de un lado a otro.
Por un segundo.
Su mirada se posó en los imponentes pectorales del otro y en esos dos puntos de un rojo oscuro. Yu Cheng sintió como si un tsunami asolara su cerebro. La distancia de seguridad que le permitía vivir hacía tiempo que se había convertido en ruinas.
Dos segundos.
Notaba que Tan Ximian, con los ojos entrecerrados, esperaba y, al mismo tiempo, lo observaba. No era una mirada especialmente íntima, más bien parecía divertido, como si le hiciera gracia la situación.
Tres segundos
Yu Cheng, con el cuero cabelludo entumecido por la intensidad de esa mirada, decidió buscar una salida airosa. Finalmente, posó la mano sobre el abdomen de Tan Ximian.
En un principio pensó que esa zona le resultaría más normal, pero la firmeza del tacto volvió a impactarle. Primero, la yema de sus dedos recibió la respuesta flexible de la piel; luego, la segunda falange; por último, la palma extendida de la mano. Con el movimiento de su muñeca, las perfectas líneas en forma de V (músculos abdominales inferiores) rozaban lentamente su palma. La temperatura en la superficie de contacto aumentaba, y la untuosidad del aceite caliente transformó ese contacto, volviéndolo ambiguo, difícil de expresar con palabras.
Esa especie de masaje pareció resultarle placentero al otro. Vio cómo Tan Ximian entornaba ligeramente los párpados, con una expresión relajada.
Pero lo extraño era que ese placer también se transmitía, a través de las yemas de sus dedos, al cerebro de Yu Cheng. Todo su cuerpo se entumeció, como si lo hubiera atravesado una corriente eléctrica.
Pum, pum, pum, pum.
Algo se había descarrilado. Parecía ser la segunda vez en la vida metódica y disciplinada de Yu Cheng que algo se salía de los raíles.
Cuando la yema de sus dedos llegó al borde inferior del pectoral, Tan Ximian se separó repentinamente de la pared. Apoyándose en un brazo, inclinó el cuerpo hacia él, acercándose hasta casi juntar sus frentes.
La respiración de Yu Cheng se detuvo un instante. Le oyó decir en voz baja:
—Yu Cheng, recuerdo que antes llevabas gafas.
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Nota de la autora:
En este libro, probablemente escribiré sobre besarse en el cuarto oscuro de revelado de fotos. Luz roja oscura, aroma especiado, el aire frío que se calienta en su boca para luego pasar a sus labios y dientes. Empujones, la espalda golpeando de repente contra la pared, sacudiendo las cuerdas donde se secan los negativos, cada negativo temblando, el mundo temblando, las personas temblando. También quiero escribir sobre hacerlo en un sofá, de cuero marrón, que al sentarse está un poco frío. Durante el Año Nuevo, los padres de ambas partes sentados alrededor charlando cortésmente. Él, sentado en el sofá con las piernas cruzadas, comiendo de una bandeja de frutas, escuchando a sus propios padres alabar a esa persona por ser tan formal y buen estudiante. Más tarde, a espaldas de sus padres, lo inmoviliza contra el mismo sofá, desabrochando el cinturón negro, brillante y duro. ¿Y qué si es un buen estudiante? Un buen estudiante también tiene que llorar, tiene que suplicar, para que él se lo haga.
PD: Yu Cheng ya apareció de puntillas en el extra de *Fetiche oscuro*, pero seguramente nadie se dio cuenta (voz muy baja). NT: Publicado en Pabellón dentro de la trilogía de la autora.