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Pero bajo la mirada de todos, no podía moverse. Su reacción allí era demasiado evidente. Tan Ximian se había convertido en un tigre, y él estaba montado en él, sin poder bajarse.
Justo cuando estaba angustiado, pensando cómo demonios iba a levantarse de la cama sin que se notara, Tan Ximian, estirando el brazo por encima del de Yu Cheng, dirigió la mirada hacia fuera:
—Xiao Chai, el agua.
Era la señal de un descanso.
El ambiente tenso de la sesión se relajó de repente, como una goma elástica que pierde la tensión. La gente comenzó a moverse, se oyó un murmullo. El iluminador desvió la mirada y Xiao Yan también se enderezó, estirando su rígida espalda.
Yu Cheng aprovechó ese momento para bajarse de la cama, pero su postura, algo extraña, no pasó desapercibida para Xiao Yan.
—Maestro Yu, ¿se encuentra bien?
En realidad, no todos los fotógrafos del estudio recibían el tratamiento de “maestro”. Por ejemplo, a Rong Can la llamaban “hermana Rong Can”, no “maestra Rong Can”. A Yu Cheng lo llamaban “maestro” porque antes había realizado algunos trabajos fotográficos de corte documental, sobre temas de guerra, sociedad y protección animal, con los que había ganado premios y salido en periódicos; por lo que tenía cierto prestigio.
Para que ese prestigio no se viniera abajo, Yu Cheng adoptó un tono serio:
—Nada, solo que tengo la pierna un poco acalambrada de estar tanto rato de rodillas. Voy un momento al baño.
Al pasar junto a Tan Ximian, alcanzó a ver una sonrisa que aún no había borrado del todo de sus labios.
Qué fastidio.
8:10 p. m. Fin de la sesión.
Aunque todo había sido inesperado, al menos podrían cenar antes de las nueve. Yu Cheng se sintió ligeramente reconfortado.
—Buen trabajo a todos —dijo Ai Lin acercándose—. Maestro Tan, usted también ha trabajado duro. Acaban de volver al país, ¿qué tal si les invitamos a comer cocina de Nanjing? ¿Les parece bien en el “Dapaidang de Nanjing”?
Tan Ximian, que se estaba desmaquillando, no puso objeción.
—¿Por qué no cambiamos de sitio? —sugirió Yu Cheng, algo incómodo—. Él es de Nanjing.
Invitar a un local a comer en el “Dapaidang de Nanjing” era más o menos como invitar a un pekinés a comer pato laqueado en Quanjude; resultaba un poco extraño.
Ai Lin puso cara de sorpresa:
—¿De Nanjing? ¡Qué casualidad! El maestro Yu también es de Nanjing…
—Lo sé —admitió Tan Ximian sin tapujos en esta ocasión—. Fuimos compañeros de instituto.
Yu Cheng se encontró con su mirada a través del espejo. Al cruzarse sus ojos, Tan Ximian permaneció impertérrito.
—¡Ah, vaya! ¡Qué coincidencia!— Ai Lin sintió al instante que la presión de la velada se reducía a la mitad—. Entonces, maestro Yu, recomiéndenos un sitio auténtico. Cuando esté listo, nos ponemos en marcha.
Tan Ximian se levantó al oírlo:
—Justo estaba oyendo a la maquilladora que en su estudio hay duchas. ¿Le importaría si me aseo un momento? Es que el cuerpo me queda algo pegajoso.
—Por supuesto, por supuesto, faltaría más.
Ai Lin, por una cuestión de género, no podía acompañarlo. Primero buscó a Xiao Yan con la mirada, pero lo vio ocupado recogiendo el atrezo. Luego dirigió la vista hacia Yu Cheng: un antiguo compañero, también era apropiado, ¿no?
Yu Cheng estaba poniendo la tapa al objetivo de su cámara digital. Al levantar la cabeza, se encontró con la mirada fija de Ai Lin. Así que, sin entender nada, la miró de vuelta. Tras unos segundos de este intercambio mudo, Ai Lin chasqueó la lengua con resignación y decidió ser directa:
—Maestro Yu, haga de guía, ¿de acuerdo?
Yu Cheng contuvo un suspiro. Muerto de hambre, se levantó de la silla y se dirigió hacia la zona de descanso de los empleados, oyendo tras de sí los pasos de Tan Ximian que lo seguía.
—¿Estas de la pared son tuyas?
—Algunas sí—. Yu Cheng echó un vistazo rápido al pasillo lleno de fotografías.
—¿Esta?— Tan Ximian frenó el paso y señaló una de ellas.
Era una calle húmeda, de un rojo oscuro. Se notaba que acababa de llover. Los carteles de color rosado estaban cubiertos de gotas de agua; en el suelo, charcos ondulantes. Un hombre, con una pierna semiflexionada, estaba apoyado contra una pared desconchada, fumando un cigarrillo al borde de la calle. El humo se elevaba en espirales. Su camisa no estaba bien abrochada: el tercer botón de la izquierda estaba metido en el ojal del cuarto derecho, sujetando la tela de cualquier manera y dejando al descubierto buena parte de su clavícula. Sin embargo, en sus brazos lucía unos tirantes de manga impecables y pulcros, de esos que marcan la línea y resultan casi castos. Otro hombre, vestido con una chaqueta, pasaba junto a él con expresión inexpresiva. Se detuvo y, de repente, le dedicó una mirada. Los regueros de agua en el suelo serpenteaban, reflejando un mundo teñido de un rojo enfermizo, y a esos dos hombres que, de pronto, habían establecido una conexión.
La fotografía capturaba solo ese instante. Pero parecía que la historia completa surgía de ella. Se miraron, luego se reconocieron y, finalmente, entraron en la casa que tenían detrás. El cigarrillo sería apagado bruscamente, el tercer botón de la camisa sería desprendido del ojal equivocado, la chaqueta caería al suelo polvoriento.
¿Y luego qué?
Besos con sabor a tabaco. Ponerse el preservativo. Embestidas. Respiraciones ahogadas y gemidos.
A diferencia de las otras fotografías enmarcadas, esta tenía un grado más pronunciado y una mejor fusión de tonos. Poseía una textura fascinante, pero Tan Ximian no habría sabido explicar por qué exactamente.
Que hubiera elegido con precisión su obra entre todos aquellos marcos sorprendió a Yu Cheng:
—Esta la tomé en Tailandia. Allí el barrio rojo es legal, hay gente de todo tipo. Hice esta foto, me pareció muy interesante.
Mientras hablaba, entrecerró los ojos, como si aún pudiera recordar el vuelco en el corazón en el instante de levantar la cámara. Fue la primera vez que vio la atracción descarada, sin tapujos, entre un hombre y otro, y por fin encontró, en esos extranjeros, una justificación para su propio deseo. En el momento de disparar, temblaba, estaba emocionado, se sentía identificado.
Se acercó a mirar un rato más, confirmando el año:
—Es del 13, tomada con una cámara analógica. Para trabajar, la digital está bien, pero cuando hago fotos por mi cuenta, prefiero el carrete. Esta debería ser con película negativa en color Fuji Pro 160NS.
En cuanto empezaba a hablar de fotografía, sin darse cuenta se volvía más locuaz. Cuando Yu Cheng volvió la cabeza, descubrió que Tan Ximian no estaba mirando la foto, sino a él.
En ese instante, sintió que la mirada de Tan Ximian se parecía mucho a la del hombre que pasaba por la calle. Quizás, si él no se hubiera girado, habría seguido de largo, pero algo en Yu Cheng lo había detenido. En su rostro aún se conservaba la expresión inexpresiva del momento anterior, pero ya habían comenzado a formarse ondas en su semblante. Lo que vendría después era una incógnita.
Tan Ximian era una incógnita.
—Esta toalla es para invitados, es nueva —carraspeó para aclarar la incomodidad, tomó una y se la tendió a Tan Ximian—. En cuanto al gel y el champú, hay varios botes ahí dentro. A veces, cuando trabajamos hasta tarde, también nos duchamos aquí. Son cosas que traemos cada uno para usar, no son marcas raras. Úsalos como quieras.
Tan Ximian dirigió la mirada hacia el estante:
—¿Cuál es la tuya?
Qué pregunta más extraña.
Yu Cheng le echó un vistazo:
—La botella verde.
Tan Ximian entró y puso la mano en la puerta.
—El de la izquierda es el agua caliente, el de la derecha, la fría. El suelo resbala un poco, cámbiate esas zapatillas.
Tras soltar todo el discurso, vio que Tan Ximian lo miraba sonriente y soltó:
—Qué pesado.
Tan Ximian a veces le hablaba así.
Pesado.
Sensible.
Demasiado paranoico.
En el instituto, Tan Ximian ya le había otorgado esos tres calificativos. Pero no era un insulto en serio, siempre lo decía sonriendo, solo era una pequeña queja, como si le costara entenderlo, y a veces incluso levantaba la mano para despeinarle el cabello, dejándole un completo desorden.
Sin embargo, esta vez Tan Ximian no alzó la mano. La puerta se cerró frente a él.