Capítulo 1: «La prenda tiene cremallera en la espalda»

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 1: «La prenda tiene cremallera en la espalda»

Todo el piso estaba impregnado del aroma del café. En Nanjing, conseguir un café es demasiado fácil; en el centro, ni siquiera hace falta cruzar la calle, bajando las escaleras y a dos tiendas encontrarás un buen lugar. Por la tarde, como de costumbre, era el momento de más trabajo en el estudio, y todos estaban acostumbrados a sobrevivir a base de café. Si les faltaba ese sorbo, se volvían mustios.

Preparar el espacio, el atrezzo y la iluminación llevó una hora y media. A las cuatro y media llegaría el modelo ya maquillado, contaría con media hora para retoques y para cambiarse de ropa, y a las cinco empezaría la sesión. Corría el rumor de que el modelo de hoy acababa de volver del extranjero: era espectacular, proporcionado, sin exigencias y nada divo. Si, además, resultaba tener algo de talento, quizá podrían cenar antes de las nueve. Yu Cheng, sentado en una banqueta alta mientras limpiaba los objetivos, pensaba en eso.

La luz del día, cortada por los cristales de la pequeña villa de estilo extranjero, se proyectaba en su rostro con forma de escamas de pez. Hacía tres años que se había operado de miopía y era algo sensible a la luz, pero, por suerte, el sol de principios de verano aún no había mostrado todo su filo y no era insoportable. Sin embargo, no sabía si era por no haber dormido bien la noche anterior, pero el párpado del ojo derecho no paraba de temblarle. El ritmo era muy sutil, no le afectaba al ver, pero sí que resultaba molesto.

—Es descafeinado. Así te despeja un poco sin afectarte al sueño.

Xiao Yan le tendió en el momento justo un café con leche. Como asistente de fotografía, conocía a la perfección las preferencias de todos: para la hermana Rong Can, de Sichuan, el menú tenía que ser picante y el café, un americano con tres dosis de café; Ai Lin, de Shanghái, era de paladar dulce, fanática del té con leche; y en cuanto al maestro Yu Cheng, era sensible a la cafeína: un grandullón de casi uno ochenta, pero no podía con la cafeína pura; con una taza, fijo que se quedaba sin dormir.

—Gracias —aceptó Yu Cheng el café—. En realidad no es que tenga especial sueño, es que el párpado me molesta de lo mucho que me tiembla.

—¿El izquierdo o el derecho?

—El derecho.

Xiao Yan, con mucho aplomo, chasqueó la lengua y dijo:

—Dicen que temblar del izquierdo es dinero; del derecho… ya sabes(*). ¿Quieres que te eche las cartas, maestro Yu?

Según contaba, su tesis de fin de carrera trató sobre el «I Ching, el Libro de los Cambios». Luego descubrió que de la quiromancia no se podía vivir y se pasó a la organización de producción. Desde que cambió de oficio, esta habilidad suya incluso le venía bien; creyera o no la gente, antes de empezar un rodaje siempre le pedían que les echara una predicción.

Yu Cheng se echó a reír. Era solo con esa expresión cuando aún se le notaban los resabios de haber llevado gafas durante tanto tiempo: sus párpados, de doble pliegue muy fino, eran delicados y sus ojos se entrecerraban al máximo, como si en ese instante renunciara a examinar al otro para mostrar una sencillez introvertida.

—Si tu predicción es mala, ¿puedo decirle a Lao Hu, que renuncio?(NT: también puede entenderse como “Viejo” y por lo tanto: Viejo Hu).

Lao Hu era su jefe, Hu Yunfeng. Un trotamundos rudo y barbudo que solo pasaba medio año en Nanjing; el resto del año, su paradero era un misterio. Sus momentos en redes sociales lo mostraban hoy en Atenas y mañana en Sídney. Solo gracias a lo avanzado de las redes y a la tecnología en esta época podía dirigir y planificar las cosas desde la distancia, ganando las batallas estratégicas sin moverse de su sitio.

Así que, en ese momento, llamarle por teléfono transoceánico para decirle que renunciaba no servía de nada. Igual estaba dando de comer a las palomas al borde de la Fontana de Trevi, con la cabeza en la paz eterna, el corazón como un tigre que olfatea suavemente a las palomas blancas, y solo con una llamada al teléfono seria capaz de soltar un taco: «Joder, si no sigues tú, ¿quién lo hace?»

En cuanto oyó a Yu Cheng sacar a colación al Rey Demonio Hu, Xiao Yan se alejó mohíno. En pocas palabras, ahí estaba lo inútil de la adivinación: para el currante de hoy en día, aunque sepas el resultado, igual tienes que hacerlo, y eso significaba hacer horas extras.

Pero lo más importante era que Yu Cheng no era supersticioso. Al menos, por el momento, todo el mundo estaba ocupado sin perder la compostura; todo seguía el plan y los preparativos eran perfectos.

Hasta que, quitando el último resto de polvo del objetivo de la cámara, Yu Cheng dejó el objetivo, dio un sorbo a su café, cogió el móvil y vio una actualización de estado de Fei Min, un compañero del instituto:

“—¡Quedar a cenar con el Hermano Tan, transferidme 50, apuntarse en la lista y esperar a que llamen el número!”

En la foto que ilustraba el texto, el fondo era un neón desenfocado. En el centro de la imagen había dos botellas de cerveza marrones, con los cuellos chocando. Una mano sujetaba una de ellas por el cuerpo. La mano era esbelta, de líneas marcadas, con venas de un tono verde pálido que serpenteaban bajo la piel morena, y en la comisura del pulgar tenía un lunar pequeño de un rojo oscuro.

Era el nivel normal de foto de un hombre heterosexual. La imagen era muy oscura, con tonalidades de vino tinto.

Siguió deslizando el dedo por la pantalla. Había un montón de ‘me gusta’ y no pocos comentarios de antiguos compañeros de instituto pidiendo “+1”. No estaba claro si realmente alguien le había transferido los 50 yuanes a Fei Min, pero sí que dejaba clara la popularidad de ese tal «Hermano Tan».

La imagen que había imaginado se corrigió a sí misma: no parecía vino tinto, sino champán.

Yu Cheng se sintió como el corcho de una botella de champán que sale disparado por las burbujas: su corazón, que latía con calma, dio un brinco repentino.

Su primer impulso fue abrir la ventana de chat en WeChat con ese tal «Tan» para confirmarlo con él en persona, pero la fecha del último mensaje se quedó fijada en siete años atrás, en una época en la que WeChat apenas empezaba a popularizarse.

“Cheng: ¿Te vas al extranjero?”

Sin respuesta.

Más atrás estaban todas las tonterías que él había escrito por iniciativa propia, cosas como “Ya se lo he dicho a mi madre”, “Ya lo he demostrado”, y algún “Tú verás” que sonaba a enfado. En resumen, había muchos más bocadillos verdes que blancos.

Teniendo en cuenta que su último mensaje aún no había obtenido respuesta, preguntar de nuevo siete años después parecía inapropiado. Además, no sabía si esa persona habría cambiado de número o si todavía usaría esa cuenta de WeChat.

Tras un breve momento de estupor, cambió a la lista de contactos y marcó el número de Zhao Yulei.

Zhao Yulei no era como Fei Min. Este último había estado en la clase 6 de Ciencias, en el mismo curso que Yu Cheng pero en otra clase, mientras que Zhao Yulei y él habían estado juntos en la clase 3 de Letras, y además era uno de los pocos amigos íntimos del instituto que aún conservaba en su agenda y con los que seguía en contacto después de la universidad.

El tono de llamada sonó tres veces. Normalmente, ese tipo respondía al instante, pero cuando realmente tenías prisa, no lo localizabas.

Yu Cheng bajó la vista a su reloj de pulsera: eran las cuatro y veinticinco, pronto empezaría el trabajo.

—¡Anda, hermano Cheng! —La voz de Zhao Yulei llegó, tardía, con su habitual tono informal y un deje de sorpresa. Porque, conociendo a Yu Cheng como lo conocía, ese hombre con fobia social era de los que, si podía enviar un mensaje de texto, jamás llamaba por teléfono. Las veces que él había llamado por iniciativa propia se podían contar con los dedos de una mano. —¿Qué pasa? ¿Me echabas de menos?

—Te echo… —Yu Cheng se calló a tiempo. Zhao Yulei sabía que lo que quería decir era “te echo de menos… un cuerno”, pero Yu Cheng era un tipo formal de toda la vida; su educación lo constreñía como un aro dorado en la cabeza de Sun Wukong, impidiéndole soltar tacos y groserías. Así que se tragó la última palabra. Zhao Yulei adoraba provocarlo así, y soltaba una risita tonta al teléfono cuando lo conseguía.

Yu Cheng levantó la vista y echó un vistazo a sus compañeros. Optó por salir a la terraza, un lugar más despejado, para hablar:

—¿Puedes ser serio? Te pregunto una cosa: ¿Tan Ximian ha vuelto?

Al salir ese nombre de entre sus dientes, la sensación era extraña también. Como si estuviera mascando palabras de alguna corriente de conciencia.

Cada carácter le resultaba muy familiar, pero, al juntarlos, se volvían extraños.

Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea, como si estuviera saboreando si la otra persona estaba contenta o enfadada. Pero Yu Cheng fingía despreocupación, sin que se le notara el estado de ánimo. Zhao Yulei solo pudo soltar una risa seca:

—Volvió el fin de semana pasado. El viernes que viene estábamos todos insistiendo en hacer una cena de grupo. Pero, como tú y él estáis distanciados desde la graduación, no me atreví a decírtelo.

—…

Ciertamente, no podía culpar a Zhao Yulei. Todo el mundo creía que la relación entre Yu Cheng y Tan Ximian no era buena. ¿Quién iba a ofrecer mejillas calientes para besar un trasero frío?

Yu Cheng iba a decir algo más, pero alguien golpeó suavemente dos veces el cristal de la puerta. Se giró y vio a Xiao Yan señalando hacia abajo, indicando que el modelo había llegado y que estaban a punto de empezar en cualquier momento.

Su corazón seguía siendo un caos, pero Yu Cheng no tenía tiempo para ocuparse de nada más. Colgó la llamada apresuradamente y bajó por la escalera de caracol. El párpado le temblaba con más fuerza; volvió a bajar la mirada mientras se presionaba el arco superciliar con los dedos para contenerlo.

En la entrada, la algarabía era un hervidero: saludos afectuosos, cuchicheos excitados de las chicas de postproducción, y luego el ruido confuso de pasos que entraban. Aunque ya llevaba muchos años trabajando, Yu Cheng a menudo se sentía incómodo en momentos como este. En lugar de seguir la corriente, halagar o reír las gracias poco divertidas de los demás, prefería ser un observador de la vida, esconderse tras el objetivo. Apuntar a los demás con su cámara era la distancia más segura y cómoda.

Los pasos se acercaron. Él se detuvo en el último escalón. Al levantar la vista, el modelo retornado, que llegaba rodeado de un séquito como la luna por sus estrellas, apareció en la curva y sus miradas se encontraron de lleno.

De repente, todos enmudecieron. Las miradas se posaron en los dos que estaban uno frente al otro, esperando que sonrieran y se dieran la mano. Solo haría falta un segundo para pasar rápidamente al siguiente paso.

Pero Yu Cheng se quedó rígido, mirando fijamente la mano excesivamente perfecta que el otro le tendía, y ese pequeño lunar de un rojo oscuro en la comisura de su pulgar, sin poder reaccionar durante un largo rato. Sintió como si de repente hubiera pasado de ser un observador de la vida a convertirse en el centro de una farsa, como un extra que de repente fue empujado al escenario para ser el protagonista, con la mirilla concentrada en él, pillándole por sorpresa y desarmado.

—Maestro Yu—. La expresión del otro no mostraba sorpresa, solo se le dibujó una sonrisa en el rostro.

A ojos de los demás, probablemente se trataba de una sonrisa sin doblez, muy luminosa. Era alto, de rasgos marcados, con un cuerpo de proporciones áureas y la piel bronceada por el sol de California, lo que dotaba a su sonrisa de un aire canalla y atractivo, radiante y saludable a la vez.

Pero en los ojos de Yu Cheng, ese rostro era complejo. Había visto en él la muestra más sincera y directa de cariño, y también la expresión más distante y fría.

Vacío. Un vacío breve y eterno. Luego, a su lado, llegó el susurro de Xiao Yan: —¡Maestro Yu!

Su cuerpo se tambaleó ligeramente. Por fin, Yu Cheng bajó del escalón y unió su mano con la del otro, entrelazando las comisuras de los pulgares en un apretón superficial.

—Pedro —dijo el hombre.

Acto seguido sintió cómo los dedos de la otra persona se tensaban sobre los suyos. Sin darle importancia, su sonrisa se ensanchó mientras continuaba con la presentación:— Tan Ximian.

En realidad, a Yu Cheng lo habían traído para cubrir un hueco.

Esta sesión se realizaba por encargo de la reconocida planificadora, la maestra Cheng Jue, para hacer, a varios modelos que ella tenía en cartera, un conjunto de fotos temáticas titulada «Amante Secreto», con el fin de ayudarle a seleccionar al protagonista del próximo fotolibro narrativo que estaba a punto de entrar en producción, «Almendra». Así que también podía decirse que era una prueba de selección. Quien había estado llevando este proyecto desde el principio era su compañera Rong Can, pero ayer, su suegra falleció repentinamente y tuvo que pedir una excedencia por duelo. Así que Lao Hu, de urgencia, había traído de vuelta a Yu Cheng, que estaba de descanso.

Bajo el apremio de la misión, Yu Cheng solo había tenido tiempo de echar un vistazo superficial al concepto del proyecto. Del modelo, solo sabía que su nombre artístico en el extranjero era Pedro, y también había hojeado una o dos páginas de sus trabajos anteriores. Pero no sabía si era por la moda imperante en el extranjero, pero el maquillaje era muy cargado, el estilo demasiado vanguardista, y era imposible apreciar la verdadera esencia de la persona. Solo le pareció que tenía buena expresividad, y dejó el álbum a un lado.

Además, ya habían pasado siete años.

Yu Cheng se consolaba a sí mismo. El tiempo y las fotos mienten mucho; dejarse engañar por ambos no era para tanto.

El asistente de Tan Xianian salió del vestidor. Era un chico bastante espabilado, tendría unos veinte años, con el pelo teñido de castaño. Sostenía un termo negro y preguntó con mucha educación:

—Maestro Yu, ¿dónde puedo llenarlo de agua?

Yu Cheng acababa de bajar un pie de la barra transversal del taburete alto y no había tenido tiempo de levantarse. Xiao Yan se adelantó y se llevó al chico:

—Yo le acompaño.

—Qué de “usted” ni “usted”, llámeme Xiao Chai nomás.

Xiao Chai. Un nombre bastante curioso.

Tenía los ojos un poco saltones, como los de un perro Shiba Inu, con el rabillo del ojo hacia abajo y las pupilas brillantes.

Al poco, llegaban fragmentos de la voz de Xiao Yan: «Tu línea de la vida es muy larga…», «Sumando los trazos de tu nombre da el hexagrama Dui, ¿eh?», «Dui representa la alegría, seguro que tendrás una vida de paz y felicidad», y demás frases para congraciarse.

Pero, ¿qué relación tenía la línea de la vida con los trazos del nombre? ¿Por qué había que cogerle la mano a alguien para luego contar los trazos?

Yu Cheng se obligó a centrar su atención en las otras personas, pero al final descubrió que, independientemente de lo que oyeran sus oídos, su mirada no se había apartado ni un instante de la puerta, no muy sólida, del vestidor.

Ahora, dentro solo quedaba Tan Ximian. El segundo piso había sido despejado, no había mucha gente. El sol declinaba hacia el oeste y la puerta color crema se teñía gradualmente de un tono naranja cálido. Yu Cheng quería traspasar esa puerta, tenía muchas preguntas que hacerle.

Quería preguntarle cómo le había ido en estos siete años, qué le parecía el Nanjing de ahora, y también por qué había regresado de repente a China.

Todas esas preguntas eran mesuradas, como el saludo entre antiguos compañeros. Pero Yu Cheng sabía bien que lo que en realidad quería preguntar eran las cuestiones detrás de esas cuestiones: por ejemplo, si se había arrepentido de haberle rechazado entonces, si en estos siete años había pensado en contactarle, si su regreso a China tenía, aunque solo fuera un poquito, que ver con la nostalgia, y por qué, si desde los tres años se bañaban juntos en la misma palangana y se habían visto desnudos mutuamente, hacía un momento había fingido indiferencia.

Al pensar en esto, esbozó una sonrisa amarga e irónica. Parecía que tenía la costumbre de hacerse ilusiones con Tan Ximian, y ni en todos estos años la había perdido.

Pero, a fin de cuentas, Tan Ximian no le debía nada.

A él le había gustado, y el otro sabía que le había gustado. ¿Y qué más daba que lo supiera? No puedes exigir que los demás también te quieran.

Sus dedos se tensaron sobre la pantalla del móvil. De repente, a Yu Cheng le surgió el impulso de huir, de hacerse el desertor. Quería llamar a Lao Hu y pedirle que enviara a otro. En el estudio no solo había dos fotógrafos. Aunque eso le valdría una buena bronca, quedaría fatal ante la colaboradora, demostraría falta de ética profesional y cierto desapego a la palabra dada, total, no era que no hubiera otra opción en su campo. Él todavía podía echarse atrás.

En ese momento, un «¡Maestro Yu!» interrumpió su desgaste mental. Quien estaba dentro de esa puerta lo llamaba. La voz llegaba apagada, con un timbre grave que añadía una resonancia magnífica, que acariciaba los oídos y los huesos.

—¿Te importaría ayudarme? Échame una mano.

Yu Cheng, instintivamente, quiso retroceder, pero luego pensó que esa prevención era innecesaria. Después de todo, era imposible que Tan Ximian atravesara esa puerta de inmediato para devorarlo.

Respiró hondo y se acercó:

—¿Qué pasa?

—La prenda tiene cremallera en la espalda. Entra y ayúdame.

⁺˚⋆。°✩₊✩°。⋆˚⁺

Nota de la autora:

* Decaf: bajo en cafeína. shots: dosis de café expreso.

Este libro trata de pequeños amores, de pequeños sentimientos. Del laberinto interior del que no se puede salir. La premisa principal es: escena de rodaje, tensión sexual, ambigüedad y tira y afloja. Algunos consejillos:

  1. El protagonista masculino (gong) en el instituto no tenía conciencia de las relaciones homosexuales. No fue hasta la universidad en el extranjero cuando supo que existían. Después de eso, el protagonista masculino tiene algo de experiencia (nada de promiscuidad), el otro (shou) no tiene ninguna. Tras el reencuentro, son 1 contra 1 (monógamos), las exparejas no aparecen. Pinceladas de dirty talk. Chico bueno con T de top y J de bottom (nota: T/J son roles en relaciones lésbicas, pero aquí se usa de forma figurada para los roles de pareja).
  2. Sobre que el shou persigue al gong, un aviso: primero, que te rechacen al perseguir a alguien es normal. Segundo, quien es perseguido y tarda en aceptar también tiene sus razones. En mi opinión, la línea sentimental es agridulce, no angustiosa. Nadie es un canalla ni un desgraciado. Espero que todos lo veáis con ecuanimidad.
  3. Los nombres de lugares son una mezcla de realidad y ficción, por favor, no investiguen. Si dejan de leer, no hace falta que avisen.

Un sueño bochornoso. Que disfrutéis de la lectura.

── ⋆⋅𖤓⋅⋆ ──

 

(*)N/Traducción: La frase dicha por Xiao Yan: “Dicen que temblar del izquierdo es dinero; del derecho… ya sabes”, es  una modificación a un dicho popular “左眼跳財,右眼跳災” que se traduce como: “Si tiembla el ojo izquierdo, viene la riqueza; si tiembla el derecho, viene la desgracia”.

Similitudes en español:

“Me pica/tiembla el ojo” — en varios países de Latinoamérica existe una creencia parecida: que el temblor o picazón en el ojo anuncia que “vas a llorar” o que “te va a pasar algo”. No siempre se distingue tan claramente entre ojo izquierdo/derecho como en la tradición china, aunque en algunas regiones sí se dice que un ojo anuncia alegría y el otro tristeza.

“Me pitan los oídos” — no es sobre los ojos, pero es un paralelo interesante: en español también existe la superstición de que si te zumba o pita el oído, alguien está hablando de ti (a veces distinguiendo oído izquierdo de derecho para bien o mal, igual que en el dicho chino).

“La comezón de la mano” — otra superstición similar en cuanto a estructura: si te pica la mano derecha vas a recibir dinero, si es la izquierda vas a darlo (o viceversa, según la región).]

── ⋆⋅𖤓⋅⋆ ──

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x