Yu Cheng, aturdido por la respiración de Tan Ximian en su oído, tenía la mente embotada. “Aparecerá lo que digas”. ¿Será verdad? ¿Tanto poder tiene?
—Grande —dijo.
Tan Ximian seguía mirándolo de cerca, con una mirada indolente que a Yu Cheng le resultaba insoportable.
—¿Quieres grande?
Yu Cheng sabía que se refería a la puntuación de los dados, pero sonaba muy raro.
—Grande.
—¿No cambias?
—No.
Tan Ximian sonrió. Giró la muñeca, el cubilete se levantó de la mesa y dio una vuelta en el aire. Aunque la boca del cubilete apuntaba hacia abajo, no se cayó ni un solo dado, como por arte de magia, todos quedaron dentro. Luego, con otro movimiento de muñeca, dejó caer el cubilete sobre la mesa con un golpe seco. Al destaparlo, efectivamente, era grande.
Los ojos de Yu Cheng se abrieron de par en par, incrédulos. La expresión de su rostro era todo un poema. Tan Ximian también se rió:
—Otra vez.
Así que volvió a agitar los dados. Esta vez Yu Cheng volvió a apostar a grande.
—De verdad que te gusta pedir grande—. Tan Ximian agitó el cubilete un rato con las dos manos—. ¿Me enciendes esto?
—¿Dónde está el mechero?
Tan Ximian ladeó ligeramente la cabeza, indicando su bolsillo izquierdo del pantalón:
—Sácalo del bolsillo.
Así que Yu Cheng metió la mano. Aunque lo que tocaba era el bolsillo de otro, se sonrojó él. Cuando por fin lo sacó, Tan Ximian acercó la cara, indicando que quería que se lo encendiera.
No se cortaba ni un pelo. Apenas dos días antes lo había besado a orillas del río Qinhuai, y ahora lo saludaba como un viejo compañero de clase, y con toda tranquilidad le pedía que le sacara el mechero y le encendiera el cigarrillo.
Quizás en el extranjero, un beso, un abrazo, un poco de contacto, decir algo para amenizar el ambiente, son solo formas de socializar. Pensó Yu Cheng.
Presionó el encendedor con el dedo. Clic.
La llama roja iluminó al instante el fondo de los ojos de Tan Ximian. El tabaco prendió, convirtiéndose en una brasa color sangre que se extendió rápidamente hacia el interior.
También fue en ese instante cuando los ruidos alrededor se atenuaron y la canción de Lin Yiyu en los altavoces se volvió de repente clara y perceptible:
“Si de verdad me tuvieras en tu corazón, no dejarías escapar esta chispa de tus labios…”
La canción parecía calarle hasta el fondo del alma, pensó Yu Cheng. Ahora la chispa estaba, pero ¿estaba él en el corazón de esta persona?
Desvió la mirada y vio a Tan Ximian aspirar el humo lentamente y exhalarlo poco a poco. El cubilete en su mano vibraba más rápido, con un ruido crepitante.
De repente, el movimiento cesó y el corazón de Yu Cheng dio un vuelco. El cubilete se abrió: esta vez los cuatro dados estaban apilados perfectamente, formando una columna. Con un movimiento de muñeca, cayeron ruidosamente desparramados, y su corazón también volvió a su sitio. Exhaló un suspiro. Al contarlos, efectivamente, era grande otra vez.
—¿Qué es esto? ¿Magia? —preguntó Yu Cheng, deslumbrado.
—Juegos para engañar a los niños —respondió Tan Ximian entre risas.
Sin haber bebido, sentía que el corazón se le aceleraba. Yu Cheng, aturdido, ganó varias partidas seguidas hasta que Tan Ximian se cansó. Apagó el cigarrillo, cerró el cubilete de golpe y dijo:
—Me duelen las manos. Voy a tomar el aire un momento.
En el vestíbulo, el aire era mucho más fresco. Había una zona de buffet con frutas y una barra de cócteles. Cuando Yu Cheng salió tras él, vio a Tan Ximian sentado en un taburete alto junto a la barra, con un vaso de agua delante, un plato de fresas y mandarinas, apoyado la cabeza en la mano mientras charlaba tranquilamente con el camarero.
Yu Cheng se acercó y se sentó en un taburete detrás de Tan Ximian. Los oyó hablar sobre ginebra y limones. Al rato, Tan Ximian lo vio. Quizás por aburrimiento, estaba él solo, encorvado sobre la barra, dibujando garabatos en una servilleta de papel con un bolígrafo de esos de rellenar encuestas.
Este hombre, con el pelo más largo y más alto, al inclinarse sobre la mesa, seguía pareciendo aquel buen estudiante. Tan Ximian lo observó un rato así, y cuando dejó de escribir, se acercó a ver qué dibujaba. Pegando la cara a la suya pudo distinguir unos cuantos números y unos trazos, a veces continuos, a veces discontinuos. La tinta del bolígrafo era demasiado abundante y cada línea se emborronaba por los bordes, dificultando su identificación.
—¿Qué calculas?
Yu Cheng, nervioso, hizo una bola con el papel:
—Nada.
A Tan Ximian también le dio igual, y preguntó sin darle importancia:
—¿Por qué no juegas?
Yu Cheng pensó para sus adentros: si Tan Ximian no le cubría las espaldas, seguro que empezaría a perder, y a él no le gustaba beber ni cantar.
—En realidad no he venido a jugar —dijo Yu Cheng, mirando a Tan Ximian con ojos suplicantes—. Yo…
Otra vez. Otra vez esa mirada.
Ya la había puesto cuando dijo que aún le gustaba, y también cuando, en la cena en el restaurante Zhining, habló de su orientación sexual.
No sabía por qué, pero Tan Ximian creía haber llegado a una especie de acuerdo tácito con Yu Cheng aquella noche a orillas del río Qinhuai. Cuando Yu Cheng le preguntó si tenía interés en él, si era ese tipo de interés para acostarse, él entendió que Yu Cheng estaba diciendo que ese tipo de relación también podía aceptarla, que podían probar, que no hacía falta hablar de amor o de gustar, que quizás él mismo pensaba que no llegaban a eso. Pero al verlo hoy, le parecía que Yu Cheng seguía sin captarlo del todo. Antes de querer acostarse con alguien, ¿quién mira a la gente con esos ojos, quién escucha con esa expresión?
¿Por qué ponerse tan serio? Qué aburrido.
—No pongas esa cara de angustiado —lo interrumpió Tan Ximian, inclinándose para rodearle el cuello con el brazo. Yu Cheng se tambaleó ligeramente con el abrazo, y sintió el cuello ardiendo—. Maestro Yu, sea un poco más alegre, ¿vale?
«—Mira, todo el mundo ha salido a divertirse. Tú dices que no entiendes. No pasa nada por no entender, lo importante es pasarlo bien. Decir que no entiendes con una sonrisa, o decirlo con esa cara de amargado, no es lo mismo».
Yu Cheng lo entendió. Lo siguió mirando:
—Entonces, ¿soy un tipo muy soso, verdad?
Tan Ximian se quedó parado un instante:
—No es culpa tuya. La culpa la tiene tu viejo.
Con lo de ‘el viejo’ se refería a su padre, Yu Hanjing. Solo Tan Ximian se atrevía a llamarlo así.
—El viejo no te dejaba jugar, así que no sabes jugar, y tampoco sabes cómo divertirte —dijo Tan Ximian.
—Entonces, ¿cómo puedo alegrarme? —preguntó Yu Cheng con toda sinceridad.
—Las cosas que el viejo no te dejaba hacer, todas son para alegrarte —volvió a sonreír Tan Ximian.
El viejo siempre quiso que estudiara ciencias, y él justo eligió letras, qué alegría. El viejo quería que hiciera un doctorado y enseñara en la universidad, y él no le hizo caso y se dedicó a la fotografía, qué gusto. El viejo le dijo que no perdiera la cabeza con mariconadas, y él no le hizo caso y volvió a declararse a Tan Ximian, qué liberación. Parecía que era así: lo que él prohibía, yo lo hacía, y era jodidamente feliz. Pensó Yu Cheng.
—También puedes echarte un sueño, o beber un poco.
No sabía bien a qué tipo de sueño se refería, pero lo que sí tenía claro era:
—El alcohol es muy fuerte, de verdad no me gusta.
Lo de la sala de antes parecía whisky y cerveza. Zhao Yulei podía beberse una botella de un tirón, pero él, de verdad que no le encontraba el gusto.
—Entonces, ¿qué sabor te gusta?
Yu Cheng lo pensó:
—No sé. Supongo que no me gusta muy fuerte, un poco dulce, pero sin pasarse.
—Qué especialito saliste —se rió Tan Ximian, y alargó la mano para coger el plato de fresas—. Me has picado el orgullo. Prueba estas.
—¿Para qué?
—Espera, te preparo una copa.
Y dicho esto, se metió detrás de la barra. Mientras se arremangaba la camisa, le pidió algunas cosas al camarero. A partir de ahí, Yu Cheng solo podía ver el movimiento de sus hombros y brazos; la zona de trabajo quedaba oculta tras la parte más alta de la barra, y no veía lo que estaba haciendo.
—¿De verdad estudiaste algo en Estados Unidos?
Al verlo tan hábil preparando cócteles y moviendo los dados, parecía que solo había aprendido a jugar.
—Algo estudié, supongo —respondió Tan Ximian sin dejar de hacer lo suyo, y con toda la desfachatez—. Había una asignatura que se llamaba Cálculo, ¿no? Pero ya en segundo de carrera firmé con una agencia, y la verdad es que no pasé mucho tiempo en la biblioteca.
Yu Cheng sabía que si su padre, Tan Anlin, aún viviera, nunca habría aceptado que en segundo de carrera se metiera en el mundo del modelaje. Le habría obligado a terminar los estudios. De hecho, si Tan Ximian era una cometa, Tan Anlin era el único hilo que lo sujetaba a tierra, la parte más real dentro de su irrealidad. Cuando esa parte desapareció, ya nadie podía impedir que Tan Ximian hiciera lo que quisiera.
Al ver la expresión ligeramente nostálgica en el rostro de Yu Cheng, Tan Ximian volvió a sonreír:
—¿No crees que saber divertirse es más difícil que saber estudiar?
—Cuánta gente es infeliz, y ni siquiera puede permitirse ser feliz. Yo soy así, puedo considerarme afortunado, ¿no?
Esta afirmación era bastante extraña.
Casi una herejía. Yu Cheng sabía que si Yu Hanjing la oyera, saltaría de su asiento indignado.
Pero, por otro lado, parecía muy acertada. Yu Cheng pensaba que estudiar era fácil; lo difícil era hacer feliz a uno mismo. Estudiar tiene sus pasos: preparar la lección, repasar, tomar apuntes, hacer los deberes, memorizar y luego examinarse. Cuando acaba el examen, sea cual sea el resultado, todo termina. Es solo una etapa. En cambio, hacerse feliz no es tan sencillo. Hoy eres feliz, pero ¿podrás serlo mañana? Si Tan Ximian no está, ¿podrá él seguir siendo feliz? Él podía definirse a sí mismo como un buen estudiante, pero no podía afirmar que era una persona feliz.
Clic.
Oyó el sonido de un mechero, como cuando él le encendió el cigarrillo a Tan Ximian en la sala hacía un momento.
Al levantar la vista, vio que Tan Ximian había colocado sobre la barra un soporte con cuatro cavidades. En cada una de ellas había una fresa de un rojo brillante. De las verdes hojitas que coronaban las fresas brotaban llamas azules, con chispas que saltaban y parpadeaban, como bengalas en miniatura.
Los ojos de Yu Cheng se iluminaron:
—¿Qué es esto?
—Creo que se llama… Corazón de Fresa —respondió Tan Ximian, secándose las manos con una servilleta—. ¿Quieres pedir un deseo? Está empapado en alcohol de alta graduación, solo arderá unos diez segundos.
No era su cumpleaños, y Yu Cheng se sintió un poco cohibido. Pero Tan Ximian lo apremió:
—Date prisa, date prisa.
Así que Yu Cheng cerró los ojos. Tan Ximian, apoyado con los codos en la barra, lo observó. Un segundo, dos segundos, tres segundos. Cuando volvió a abrir los ojos, las llamas se habían extinguido.
De repente, Yu Cheng pensó que mejor no los hubiera cerrado, así habría podido contemplar un poco más esas hermosas llamas. Después de todo, los deseos que se piden nunca se cumplen.
Efectivamente, Tan Ximian tampoco sintió curiosidad por saber qué había pedido. Solo dijo:
—Quita las hojitas de las fresas.
Yu Cheng bajó la vista y entonces se dio cuenta: la parte delantera de cada fresa había sido cortada a modo de tapita, y el centro estaba vaciado formando un pequeño cuenco. El borde de cada cuenco estaba cubierto de azúcar glas, y dentro había cuatro licores diferentes.
—Tequila, ginebra, vodka y Baileys —explicó Tan Ximian con un guiño—. Eres tan delicado que seguro que alguno te gusta.
Yu Cheng contempló aquella hilera de rojos, con forma de corazón.
No me hagas esto. Esto es el acabose.
Él solo dijo que no sabía cómo ser feliz, y Tan Ximian le enseñó cómo serlo. Dulce, picante, brillante, resplandeciente, que hace olvidar el mundo, todo lo bueno del mundo. Todo estaba ahí.
Ya le gustaba tanto Tan Ximian, y si encima hacía esto, ¿qué iba a hacer él?
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