Esa noche, Yu Cheng tuvo un sueño. Un sueño desordenado, de todo un poco.
Primero soñó con su tío materno menor, Song Dongping. Ya hacía varios años que no soñaba con él, pero esa noche soñó de repente con las vacaciones de verano de primer año de secundaria, cuando Song Dongping los llevó a él y a Tan Ximian, junto con Tan Ningxu —quien acababa de graduarse de tercero de secundaria—, a comer KFC.
En realidad deberían haber cogido un taxi, pero Tan Ningxu se mareaba en el coche. Así que, bajo un sol de justicia, los cuatro caminaron los dos kilómetros.
La escena era tan real que incluso el orden en que caminaban era el correcto: delante iban Song Dongping y Tan Ningxu; él y Tan Ximian un paso por detrás. En aquel entonces, Tan Ximian ya era muy alto, le sacaba una cabeza. Yu Cheng no empezó a crecer hasta después, cuando se puso a beber leche a todas horas y a saltar para estirarse.
—¡Pero hace mucho calor, Tan Ningxu! —se quejó Tan Ximian, pateando una piedrecita. La sombra a sus pies era tan corta que formaba un círculo alrededor de sus zapatos.
—Pero es que yo voy a vomitar en el coche. Y luego tú tendrás que disculparte con el conductor.
—¿Por qué yo?
—Porque soy tu hermana menor.
—Entonces también eres hermana menor de Yu Cheng, y sobrina del tío menor.
—Entonces, ¿llevo el apellido Yu o el apellido Song? —replicó Tan Ningxu.
—De ninguna familia. Solo eres la princesita de la familia Tan, hay que asumirlo —refunfuñó Tan Ximian, torciendo la boca.
Song Dongping, con el calor, tenía las gotas de sudor pegadas en las esquinas de las gafas y el borde del cuello de la camisa empapado, y aún así se reía:
—Si te apellidas Tan, también puedes ser mi sobrina, o la hermana de Yu Cheng. ¿Qué más da?
—Song Dongping, no te aproveches—. Tan Ningxu lo miró de reojo—. Cuando Tan Ximian cavaba agujeros para buscar bichos, tú eras el que hacía el hoyo. Él aprendió a jugar con el yo-yo contigo. Cuando te pedimos la paga del Año Nuevo, decías que éramos de la misma generación, ¿y ahora te crees mayor?
Song Dongping no se enfadó:
—Es que mi mentalidad es joven; si contamos la edad de verdad, apenas nos llevamos trece años, muchachita.
—Además, hoy invito yo. ¿Qué más da que me llames tío menor?—. Levantó la mano, fingiendo madurez, para intentar tocar la cabeza de Tan Ningxu, pero ella la esquivó.
—No pienso decírtelo, no, no, no. ¡Song Dongping, Song Dongping, Song Dongping!
—Qué niña está—. Song Dongping chasqueó la lengua entre risas.
Discutiendo así llegaron al KFC. La piel les quemaba, estaban bañados en sudor. Dentro, el aire acondicionado estaba tan fuerte que al entrar fue como pasar del fuego al hielo. Song Dongping le dijo a Tan Ningxu que sacara la chaqueta de la mochila y se la pusiera. Ella se negó, forcejearon un par de veces, pero al final se la puso. Luego Song Dongping le preguntó qué quería comer.
Ella dijo que quería el menú infantil.
—¿Pero qué edad tienes? —Tan Ximian se partía de risa.
Tan Ningxu le dedicó un insulto en silencio con los labios, y luego señaló el cartel detrás de él:
—Hoy regalan la figura de Doraemon. ¿Es que no te enteras?
Cuando tuvo la figura en la mano, lo entendió. Sí, era bastante divertida. Doraemon tenía una hélice de bambú en la cabeza, que al quitarla y hacerla girar, volaba de verdad.
Tan Ningxu jugó un rato con ella. Cuando quiso comer patatas fritas, descubrió que Tan Ximian se había comido todo el kétchup que ella había cogido. Y, como era de esperar, volvieron a pelearse.
—¡Ve a coger el tuyo, eres un pesado!
—Siempre con el “eres un pesado”, “eres un pesado”. Hoy comes en un entierro, y mañana podrías comer en otro.
—¿Eh? ¿Qué entierro?
—El del “pesado” que se murió.
—¡Ah, Tan Ximian, estás como una cabra!
Loco sí que estaba, un poco, pero también era muy gracioso.
Yu Cheng, incluso en el sueño, se rió y, siguiéndoles la corriente, dijo: “Jaja, pues yo me siento en la mesa de los niños”.
Pero no llegó a decirlo en voz alta. De repente, el sueño se desvaneció, no pudo retomarlo y se transformó en otro. Se convirtió en un Tan Ximian a la vez familiar y desconocido.
Esta vez, Tan Ximian estaba encima de él, justo al revés que cuando estaban haciendo las fotos. Tan Ximian sostenía la cámara apuntándole a él. No sabía por qué, pero al mirar fijamente ese objetivo, Yu Cheng sentía que estaba viendo la boca negra y profunda de un arma.
Tan Ximian lo señalaba con esa “arma”, pero sus palabras eran muy corteses, incluso negociaba con él:
—Maestro Yu, ¿puede estirar los brazos hacia arriba?
Como si estuviera hipnotizado, obedeció. Tan Ximian, siguiendo el movimiento de sus brazos, le presionó las muñecas.
Luego Tan Ximian dijo de nuevo:
—¿Puede abrir las piernas? Como si estuviera en su propia casa.
Él las abrió un poco, pero no se atrevió a seguir, por miedo a que a Tan Ximian le diera asco.
Pero a Tan Ximian no le dio asco. Al contrario, hizo que se sintiera muy incómodo. El objetivo también se desplazó hacia abajo, y la “boca del arma”, fría, recorrió su piel a una velocidad constante y pausada, registrando fielmente los diminutos granitos que se erizaban en su piel, el cambio de color entre las zonas que solían darle el sol y las que no.
Él no apartaba la mirada del rostro de Tan Ximian. Se imaginaba a sí mismo en la foto, anhelante, con el deseo a flor de piel. Sintió que estaba a punto de gemir, la voz atascada en la garganta, la nuez subiendo y bajando.
—Tan Ximian —pronunció al fin su nombre, seguido de un jadeo entrecortado.
Tan Ximian se detuvo de repente. Lo observó con detenimiento, con una mirada que parecía hechizar a alguien, con un deje de fiereza. Tras observarlo un rato, finalmente dijo:
—Me voy a volver a Estados Unidos.
Y entonces Yu Cheng se despertó.
Se sentó en la cama con un dolor de cabeza insoportable y descubrió que estaba durmiendo en la misma cama redonda en la que Tan Ximian se había tumbado hacía un rato, incluso en la misma posición.
La cena de anoche había terminado tarde y él estaba borracho. Volver a Xianlin era demasiado lejos, así que se quedó a pasar la noche en el estudio. La cama que habían usado para la sesión aún no se había desmontado, así que se acostó en ella. Ahora se fijó en que las flores de la barandilla ya las habían quitado, y estaban todas tiradas en cajas, esperando morir.
Las contó: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… 15 tallos.
Encontró un jarrón, lo llenó de agua y las puso dentro.
Levantó la vista para mirar el reloj: las 4 de la madrugada. Solo él y las flores no dormían.
Viernes por la tarde, salió el resultado.
Yu Cheng ya estaba inquieto desde la mañana.
Después de terminar este encargo, volvió a estar de vacaciones. Aburrido como una ostra, sobre las dos de la tarde le envió un mensaje a Xiao Yan. Xiao Yan dijo que aún no sabía nada, que si la maestra Cheng Jue se comunicaba con el estudio, le avisaría enseguida.
Con esa respuesta, ya no podía insistir más, o parecería demasiado impaciente. Esperó hasta las cuatro, y como no aguantaba más, le envió un mensaje a Zhao Yulei para preguntar, de manera indirecta, si la cena de esa noche seguía en pie.
—No he oído que cambien la hora, ni que Tan Ximian no vaya—. Zhao Yulei no adivinaba las intenciones de Yu Cheng—. ¡Ah! ¿Será que si él no viene, entonces vienes tú? ¿Tienes ganas de ver a los viejos compañeros?
Normalmente, Yu Cheng rara vez asistía a este tipo de reuniones: cantar, beber, socializar, nada de eso se le daba bien. Pero, pensándolo bien, era la primera vez que organizaban una reunión tan grande de todo el curso desde que se graduaron. Al hacerse mayor, es fácil volverse nostálgico. Que Yu Cheng cambiara de actitud y quisiera ir a verlos era bastante comprensible.
Sin esperar a que el otro pusiera objeciones, Zhao Yulei dijo rápidamente:
—Por la noche en la sala 308 de KTV Changliang, el de la calle Zhujiang. A las ocho. Si él no viene, te aviso.
Total, que nadie volvió a decirle nada.
Yu Cheng no sabía si era porque Tan Ximian no pensaba faltar, o porque el poco fiable de Zhao Yulei se había olvidado de él.
Estuvo dudando hasta las siete y media, y por parte de Xiao Yan tampoco llegaban noticias. Yu Cheng pensó: mejor voy y le pregunto a Tan Ximian en persona. Ya tenía la hora y el lugar. Si él estaba, genial; si no, se asomaba un momento y salía.
Así que, tomando la decisión, salió de casa. Para evitar tener que beber, cogió su propio coche.
En la autopista se circulaba bien, pero al llegar a la calle Taihu empezaron los atascos: avanzaban un metro cada varios minutos. Yu Cheng ya estaba un poco harto de pisar el freno cuando le entró una llamada de un número desconocido.
Le dio un vuelco el corazón. Se puso rápidamente los auriculares y deslizó el dedo para contestar.
—¿Dígame?
—Hola, ¿es el maestro Yu Cheng?
Era una voz femenina. No era Tan Ximian.
—Sí, soy yo—. No sabía por qué, pero Yu Cheng sintió un extraño alivio.
—Soy Qin Wei, del estudio de la maestra Cheng Jue. Hemos visto el conjunto de fotos que hizo y nos ha parecido excelente, sobre todo los primeros planos del rostro, esos grandes primeros planos.
Los primeros planos del rostro eran solo esas fotos que había tomado cuando estaba encima de Tan Ximian, disparando a bocajarro. Yu Cheng se sintió un poco violento, y como no sabía a qué venía la llamada, solo atinó a decir:
—Me alegra que les guste.
La otra persona se rió y continuó:
—Por eso le preguntamos si tiene disponibilidad a finales de junio o principios de julio. Nos gustaría invitarle a participar en el rodaje de «Almendra». Si está interesado, nosotros nos pondríamos en contacto con su jefe, el señor Hu.
Cheng Jue no carecía de excelentes fotógrafos. Que ella se fijara en él para participar en el rodaje era un gran reconocimiento y una oportunidad para hacerse un nombre. Pero Yu Cheng seguía preocupado por el resultado del casting:
—Disculpe, ¿ya han decidido el modelo? ¿Es Pedro?
Al otro lado de la línea, volvió a oírse una risa muy profesional:
—Eso aún no es oficial, de momento no podemos revelarlo.
Un poco decepcionado, Yu Cheng respondió:
—Entonces lo pensaré.
—Tiene de plazo hasta el miércoles de la próxima semana —dijo Qin Wei—. Esperamos su respuesta afirmativa.
Entre el atasco y la llamada, cuando llegó a Changliang ya eran las ocho y media, justo la hora de más movimiento del local. No había ningún camarero libre para indicarle el camino, así que se dirigió directamente hacia la sala 308.
El pasillo era muy oscuro, el aire denso, mezcla de humo de tabaco y alcohol. Las luces ambientales parpadeaban, multicolores y fantasmagóricas. Alguien cantaba “Moriría por amor”, sin técnica, solo puro sentimiento, desafinando completamente, cantando con toda la garganta. Pero este local tenía una cosa buena: las puertas no tenían ventanilla. No se veía desde dentro hacia fuera, ni desde fuera hacia dentro, así que daba igual lo mal que se hiciera el ridículo.
Llegó a la puerta de la 308. El ruido era demasiado, solo se oían risas y conversaciones confusas. Parecía que una chica cantaba: “Tú puedes comprender que tengo días de lluvia”. Yu Cheng apoyó la mano en el picaporte, se tomó tres segundos y respiró hondo.
En el instante en que abrió la puerta, todos los rostros eran un borrón, pero sintió una oleada de miradas que se abalanzaban sobre él como una marea. Yu Cheng, como si se estuviera ahogando, contuvo la respiración sin querer y ya estaba a punto de dar un paso atrás cuando, de repente, sus ojos se encontraron con los de Tan Ximian, que estaba sentado en el sofá de la derecha con un cigarrillo en la boca.
De repente, el ambiente se volvió sutilmente tenso. Los que estaban al tanto del asunto se miraron unos a otros. Se suponía que a las reuniones a las que iba Tan Ximian, Yu Cheng no asistía, y viceversa. Al fin y al cabo, Yu Cheng, en su arrogancia juvenil, había soltado más de una bravata. Cosas como:
—Si viene él, que no cuenten conmigo.
—Estamos peleados, ¿no?
—¿Qué significa estar peleados? Que si está él, no estoy yo; si estoy yo, no está él.
—¿Por qué? Pues porque él, en realidad, tampoco es para tanto.
La verdad es que nadie sabía a ciencia cierta qué había pasado entre ellos. Los dos, uno buen estudiante y el otro un desastre, aunque siempre se tiraban pullas y parecían no soportarse, al final, con solo que Tan Ximian le pasara el brazo por el cuello, iban y venían juntos a todas partes. Además, los dos eran bastante guapos, y las chicas de los institutos de alrededor, en privado, los llamaban “Las estrellas gemelas del Número 2”. Pero al acabar el instituto, de repente, las estrellas gemelas se separaron de forma tajante.
Algunos decían que Tan Ximian no había sacado buena nota en la selectividad, mientras que Yu Cheng había entrado en una universidad importante. La gente tiene orgullo, ¿no? Era normal que se distanciaran. Pero otros pensaban que a Tan Ximian las notas nunca le habían importado mucho, que le dieran o no para entrar en la universidad, a él personalmente le daba igual. No era como para dejar de ser amigos por eso.
Había otras especulaciones, pero, en fin, ninguna conclusión definitiva. La época de graduación es, de por sí, una época de despedidas. Unos amigos se convierten en enemigos, otros enemigos se hacen amigos. ¿Quién puede saberlo?
Pero qué dos estrellas gemelas acabaran así era, cuando menos, digno de lamentarse. Pasó bastante tiempo hasta que la gente dejó de especular, y simplemente asumieron que había mal rollo entre ellos. A la hora de organizar quedadas, había que tener cuidado. Y ya está.
Pero ahora, los dos que no se soportaban aparecían en el mismo sitio a la vez. No sabía dónde había fallado el plan. Fei Min, el organizador, estaba tan desconcertado que no podía dejar de mirar a Tan Ximian con los ojos como platos, haciéndole señas para indicarle que él no había invitado a Yu Cheng.
Fue Zhao Yulei quien reaccionó más rápido. Se levantó y salió al quite para salvar la situación:
—¡Yo invité a Cheng! Hacía tantos años que no lo veía, y esta vez estamos todos, ¿verdad?
Mientras hablaba, se acercó a la puerta para recibir a Yu Cheng y, en cuanto llegó a su lado, bajó la voz:
—Pero, chico, ¿cómo es que has venido? Quedamos en que si él estaba, te avisaba. Si no te avisé, ¿no es porque está él?
Yu Cheng, fingiendo naturalidad:
—No le tengo miedo. Todo eso es cosa del pasado.
Zhao Yulei, sorprendido, le pasó el brazo por el cuello:
—¡Vaya, hermano Cheng! Eso es menospreciar al enemigo desde un punto de vista estratégico.
Hablando, llegaron junto al sofá. Tan Ximian, como si ya esperara su llegada, no mostró gran sorpresa y, con un leve movimiento de cabeza, lo saludó. Fue entonces cuando Yu Cheng se fijó en que el cigarrillo que tenía entre los labios ni siquiera estaba encendido. No sabía si era porque no había tenido tiempo, pero lo tenía así, solo sujeto. Tenía una mano apoyada en el cubilete de los dados y, con los ojos aún risueños, dijo:
—¿Has venido? Siéntate.
Ante la mirada atónita de todos, como movido por un impulso inexplicable, Yu Cheng se sentó justo al lado de Tan Ximian.
Ese simple gesto dejó a todos patidifusos. Nadie se acordó de cantar el final de “Días de lluvia”, y la canción se fue desvaneciendo con la pista. La siguiente, automáticamente, saltó a “Escalera de color” de Lin Yiyu.
El acaparador del micrófono, al fin consciente de la situación incómoda, soltó el micrófono y puso la canción original. Se sentó a charlar un rato y a beber con los demás. Yu Cheng la reconoció: parecía ser la delegada de actividades culturales de la clase de Tan Ximian. Aparte de los ojos, parecía que todo lo demás había cambiado. Era más alta, su figura ya no era tan esbelta. En sus recuerdos, aún llevaba una cola de caballo alta y la cara lavada; ahora lucía pintalabios de Givenchy, melena ondulada y los párpados operados.
Muchos otros también habían cambiado. El que entonces era el último de la clase, al que el tutor regañaba constantemente porque no atendía en clase, ahora hasta repartía tarjetas de visita cuando salían de fiesta, para que todos visitaran su negocio. Él mismo, Yu Cheng, también había cambiado: ya no llevaba gafas, tenía el pelo más largo, ejercía una profesión inestable, se dedicaba al arte y le gustaban los hombres. El viejo tutor Wang nunca habría imaginado que el alumno más obediente de entonces sería ahora el más transgresor.
La vida, ¡ay, la vida!
—Oye, ¿y no dices que Yu Cheng ahora es un fotógrafo famoso?— Ya que había venido, Fei Min se acercó a entablar conversación para animar el ambiente—. Hablando de eso, tú y Tan Ximian, uno fotógrafo y el otro modelo, hacéis buena pareja.
Buena pareja. ¿Buena pareja para qué?
Yu Cheng volvió a recordar las escenas de la sesión de fotos de aquel día. Tan Ximian posaba y él fotografiaba. Ese tipo siempre tenía mucha personalidad, pero en el plató también tenía que obedecer sus indicaciones. Si él decía “túmbate”, se tumbaba; si decía “cierra los ojos”, los cerraba. Lo había tocado, y hasta casi lo besó.
—Es una gran coincidencia, de hecho ya nos vimos en el trabajo hace un par de días —Tan Ximian guiñó un ojo—. ¿Verdad, maestro Yu?
Después de un pequeño contratiempo inicial, unos cuantos saludos y bromas lograron reanimar el ambiente. Los dos que habían sido el centro de atención de la promoción, dejando atrás sus diferencias, llevaron la velada a su clímax. Chocaron las copas y los juegos se reanudaron.
Tan Ximian siguió agitando el cubilete de dados que aún no había abierto. Su forma de hacerlo, no sabía si aprendida en el extranjero, recordaba a la de los crupieres de Las Vegas. Sus movimientos eran fluidos y elegantes, y hasta con esa mano tan bonita, manipular algo tan vulgar como unos dados parecía un arte.
—¿Grande o pequeño?
—¿Eh?
Yu Cheng, distraído, pensó que se lo preguntaba a otro. Pero al darse la vuelta, vio que el cubilete se había detenido y que Tan Ximian lo miraba fijamente. Sus ojos tenían un ligero brillo de embriaguez, y su camisa blanca, sencilla y amplia, le daba un aire muy relajado, muy diferente de aquella noche en el restaurante Zhining.
—¿Tú qué dices, grande o pequeño? —repitió.
—No entiendo de esto.
Él ya tenía mala suerte de por sí, y solo de oír que quien fallaba tenía que beber, Yu Cheng se sintió aún más apurado.
—No importa, adivina lo que sea—. A Tan Ximian le costaba hablar con el cigarrillo en la boca, y cada palabra le salía un poco arrastrada, de un modo que provocaba cosquillas. Al ver la vacilación del otro, se inclinó hacia él, con un brillo pícaro en los ojos, y acercó la cabeza al oído de Yu Cheng—. Digas lo que digas, aparecerá lo que digas.
⁺˚⋆。°✩₊✩°。⋆˚⁺
Nota de la autora:
Tan Ximian, vaya tío.
*Un amigo me ha ayudado a crear una lista de canciones en NetEase Cloud Music. Búsqueda: 【Lente Melocotón】para llegar directamente. Podéis escucharla antes de dormir mientras leéis, creo que con música el ambiente será mejor. Iré añadiendo más canciones, y si tenéis alguna recomendación, podéis compartirla en los comentarios.
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