Al terminar de decir esto, el mundo pareció pulsar el botón de silencio. De repente, todo quedó en suspenso un instante.
A decir verdad, ahora no tenía miedo de decir esa frase, pero ciertamente no había imaginado que el silencio posterior sería tan difícil de sobrellevar. Mientras pisaba la tapa de una alcantarilla en el suelo, Yu Cheng incluso pensó: ojalá me cayera dentro, que el suelo se abriera en un agujero y me tragara.
Hasta que, al doblar una esquina del callejón, Tan Ximian finalmente habló. La sorpresa había desaparecido de sus ojos, y de nuevo mostraba una sonrisa, pero ahora con un dejo más juguetón:
—Estás a punto de cumplir 27, Yu Cheng. Ya no tienes 18 ni 19.
—Lo sé.
—Bien. Entonces, ¿qué es lo que te gusta de mí?
¿Qué le gustaba de él?
Parecía que nunca se había parado a pensar en esa pregunta. A Tan Ximian siempre le había gustado a mucha gente. No era de los primeros de la clase, actuaba por impulsos, se saltaba las clases, no seguía las normas, hacía los ejercicios matutinos sin energía, como si practicara taichí. Pero había algo en él, una especie de relajación, de falta de tensión, que hacía que fuera fácil gustar de él. Y Yu Cheng no era más que un miembro anodino dentro del amplio “club de fans de Tan Ximian”.
Quizás solo porque iban juntos a la escuela, a veces también volvían juntos, porque él se tumbaba en su cama a dormir, usaba su toalla, comía los fideos instantáneos que él había dejado a medias. Vivían cerca, sus padres se llevaban bien, y por estar tan cerca, él había sido el primero en alcanzar la luna, y eso le había hecho sentir que no podía vivir sin ella.
¿Era así?
Al ver su vacilación, Tan Ximian mostró una expresión de “me lo esperaba”:
—¿Te das cuenta? Todas las relaciones definidas son, en realidad, etapas. Decimos que somos amigos, nos referimos a que lo fuimos, a que lo somos ahora, pero no lo fuimos durante esos siete años pasados. Y lo que seremos en el futuro, nadie lo sabe. Así que, sea de una manera u otra, en realidad no es tan importante como crees.
Yu Cheng no lo entendió:
—¿Y entonces?
—Entonces no te lo tomes tan a pecho. Si realmente tienes necesidades, como adulto hay muchas otras opciones. No hace falta que lo averigües todo a la fuerza, ni que hables de amor o de gustar.
Yu Cheng seguía en las nubes:
—¿Qué otras opciones?
Sintió que la sonrisa en el rostro de Tan Ximian en ese momento le resultaba familiar. Era la misma que tenía en segundo del instituto, cuando le animó a saltarse las clases, saltar la tapia del colegio e ir a hacerse el piercing en la lengua.
Su expresión entonces era así. Contenía, probablemente, un 50% de seducción, un 25% de picardía y un 25% de diversión. Estaba pensando en cómo corromper al buen estudiante, cómo teñir de negro lo blanco, cómo bajar del pedestal al intocable.
—Otras opciones son… —Tan Ximian alargó la última sílaba. Lo miró fijamente, y Yu Cheng también lo miró a él. Parecía que algo estaba a punto de salir de sus labios, pero al final no vio la luz. Esa sensación de incertidumbre era muy desagradable. Yu Cheng sintió la garganta muy apretada y un escozor en los ojos.
—Conocer a alguien que te interese, puedes quedar, besar, acostarte. Si te apetece, puedes volver a verlo; si no, pues se acabó—. Tan Ximian hablaba despacio.
Yu Cheng seguía confundido. No sabía si se refería a que él podía hacer eso con otros, o a que podía hacerlo con Tan Ximian.
—Claro, esa es solo una opción. Mucha gente lo hace así, pero tú también puedes no hacerlo.
Sin embargo, por alguna extraña razón, Yu Cheng sintió que él no tenía esa elección. Tragó saliva con dificultad.
—Entonces… ¿tú tienes interés en mí? Del modo que dices.
Sentía el corazón como asado a fuego lento, pero la respuesta tardaba en llegar. Tan Ximian sonrió, y no volvió a contestar.
La cena fue insípida, sin sabor.
Para colmo, los asientos estaban juntos. El aroma del gel de baño de Tan Ximian, que antes le parecía agradable, ahora le alteraba los nervios.
Abrieron una botella de vino.Yu Cheng bebió apenas una copa cuando le empezó a doler el estómago, así que decidió cambiar al licor de arroz dulce, tomando solo pequeños sorbos mientras comía. Mientras tanto observaba a Ai Lin y Xiao Yan socializar.
—El pato salado está bueno—. Xiao Yan se mostraba solícito sirviendo comida a los demás—. Xiao Chai, prueba.
Se veía blanquecino, sin mucho color. Xiao Chai lo miró con los palillos, sin decidirse a probarlo.
—Está rico —insistió Xiao Yan con entusiasmo—. ¿Sabes cómo llaman también a Nanjing?— y sin esperar respuesta, se contestó a sí mismo—: ¡La capital del pato!
Sonaba un poco ambiguo, y Xiao Chai soltó una carcajada.
—Como dice el refrán, tres días sin comer pato, y al andar resbalas. Ningún pato logra cruzar vivo Nanjing. Aquí nos comemos 100 millones al año. Pato laqueado, pato salado prensado, fideos con sangre de pato, empanadillas fritas de pato, pero lo más típico es el pato salado. Tienes que probarlo.
Y vaya si lo convenció. Xiao Chai comió algunos trozos y empezó a saborearlo.
—¿Y el maestro Tan? —preguntó Ai Lin. Se había fijado en que Tan Ximian apenas había probado bocado. Seguro que era por la profesión, para mantenerse en forma, pero un poco de pato le vendría bien—. Se lo acerco.
—Yo mismo lo hago.
—A él no le gusta el pato.
Tan Ximian y Yu Cheng hablaron a la vez, y sus voces, al solaparse, no fueron precisamente bajas. Toda la mesa se quedó en silencio un instante, y el ambiente se volvió muy sutil.
—Ah, vale. Pues prueba otra cosa—. La mirada de Ai Lin pasó del rostro inexpresivo de Tan Ximian a la oreja ligeramente enrojecida de Yu Cheng.
Estos dos decían ser compañeros de instituto. Si se trataba de intimidad, no parecía mucha: uno en el asiento del copiloto, otro en el trasero. Pero si se trataba de distancia, tampoco se podía suponer: sabía lo que le gustaba y lo que no.
No era tan sencillo, pensó Ai Lin.
Y la segunda mitad de la velada se volvió aún más extraña. La comida estaba casi terminada, pero aún quedaba vino. Para amenizar, Xiao Yan propuso jugar al juego de “sin fisuras”. La botella giraba y a quien señalara el cuello, debía contar un secreto que nadie más en la sala supiera. Si no podía, tenía que beber.
Cuando la botella empezó a girar a toda velocidad, Yu Cheng sintió que se le iba el alma. En este tipo de juegos, tenía muy mala suerte. Como en el instituto, cuando jugaban al “pásalo” con un cojín: cuando paraba la música, el cojín siempre acababa en sus manos.
Finalmente, la botella giró lentamente y se detuvo frente a Ai Lin.
—Pues voy a decir uno—. Ai Lin dejó los palillos sin ningún reparo y admitió con naturalidad—. El que vino a buscarme anoche al salir del trabajo es mi novio. Acabamos de empezar.
Al oír este chisme, Xiao Yan, emocionado, golpeó la mesa con entusiasmo. Pero cuando quiso preguntar más detalles sobre la relación, Ai Lin se negó rotundamente a seguir hablando. Como había gente ajena a la empresa, Xiao Yan abandonó oportunamente y volvió a hacer girar la botella. Esta vez se detuvo frente a Tan Ximian.
¿Qué podría saber él que Yu Cheng no supiera? Yu Cheng aguzó el oído y, sin darse cuenta, enderezó la espalda.
Tan Ximian abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero de repente se detuvo. Cogió la copa y se la bebió de un trago:
—Parece que no tengo nada que contar.
Xiao Yan chasqueó la lengua:
—Así no vale, maestro Tan.
—De verdad que no se me ocurre nada —sonrió Tan Ximian—. Mi antiguo compañero está aquí, ¿qué puede haber de mí que él no sepa?
La frase sonaba halagadora, pero si se analizaba un poco, tenía un deje ambiguo.
Todos giraron la cabeza para mirar a Yu Cheng y se rieron. Yu Cheng, tieso y con la cabeza gacha, haciéndose el avestruz, se levantó como quien huye y giró la botella:
—Dejémoslo, pasamos ronda.
La botella volvió a girar y, casualidades de la vida, se detuvo frente a él.
—…
—¡Menuda mano tienes, maestro Yu! —Xiao Yan estaba encantado. Para él, Yu Cheng siempre había sido un tipo elegante, de pocas palabras, de esos con los que tratas pero no profundizas. Sentía una curiosidad inmensa por sus secretos—. Tienes que decir uno. Esta vez no vale beber en su lugar.
Yu Cheng miraba fijamente la botella, muy apurado:
—¿Tiene que ser algo que nadie sepa?
—Que nadie sepa —confirmó Xiao Yan. Luego, pensando que con un antiguo compañero presente el juego podía ser complicado y no quería espantar a otro participante, le rebajó amablemente la dificultad—. O vale también si lo sabe Pedro, pero nosotros no.
Que el café le daba insomnio, eso lo sabía Xiao Yan. Que a mediodía había comido pollo empanado, eso lo sabía Ai Lin.
¿Qué más podía haber?
El instituto. Cosas sin importancia. Que hoy saqué un 120, pasado un 130, que al volver de dos días de baja médica me encontré el cajón lleno de exámenes en blanco. Y las veces que me salté clase. Eso no era algo para “sin fisuras”, no valía la pena contarlo.
—Puede que yo sea algo diferente a la mayoría —dijo Yu Cheng de repente. Miró a su alrededor y vio que todos lo observaban fijamente, con una sonrisa en los labios, como si no hubieran captado aún a qué se refería con eso de “diferente”—. Creo que me di cuenta en el instituto.
«—Al principio no lo entendía. Por qué cuando esta persona me pasaba el brazo por el cuello, a mí me parecía tan extraño, mientras que si lo hacía alguna compañera, me resultaba completamente normal—. Decidió no mirarles a la cara y desvió la vista hacia el cazo que había en la sopera—. Mi padre siempre me decía que para ser alguien en la vida había que hacer esto y lo otro: ser diligente, obediente, no dar la lata a los demás. Pero al ver a esta persona, que no era así en absoluto y aun así era muy feliz, yo me sentía aliviado, también me alegraba, sentía que podía respirar de nuevo. Era como… una persona que era como el oxígeno».
La mesa se quedó en silencio. Notaba que Tan Ximian también lo miraba; esa mirada le quemaba el lado izquierdo de la cara.
—Así que parece que me gusta la gente de mi mismo sexo. ¿A que es bastante “sin fisuras”? —Yu Cheng se rió, ya sin ningún reparo, de verdad se había soltado—. ¿No os lo esperabais, verdad? ¿Pensabais que era bastante heterosexual?
—Bah—. Xiao Yan cambió rápidamente de expresión y se rió también—. Maestro Yu, no sabía que eras tan moderno. En este gremio es algo normal, ¿no? ¿Verdad, Ai Lin?
—Sí, completamente normal —secundó Ai Lin. Pero Yu Cheng notó que sus ojos no decían lo mismo. Parecía que le daba pena. Aunque no por el hecho de que le gustaran los hombres, sino por otra cosa. ¿Por qué sería?, pensó.
Ah, claro. Por su salida del armario, hecha con fingida naturalidad pero en el fondo con desesperación. Por haber utilizado esa salida del armario para, de forma encubierta, declararse otra vez, sin obtener respuesta. Por eso le daba pena.
Ya no era fácil seguir con la conversación. Xiao Yan se levantó en el momento oportuno:
—Bueno, pues ya está bien. Voy a brindar con la última copa…
—Por nuestro guapísimo Pedro, que consiga el papel en «Almendra». Por la hermana Ai Lin, que sea muy feliz con su nuevo amor. Y por nuestro maestro Yu… —hizo una pausa—, que encuentre pronto a esa persona especial. Chico, chica, lo que le guste, que sea lo bueno.
Así que todos alzaron sus copas. Yu Cheng dejó a un lado el licor de arroz y de un trago se bebió el resto de vino que le quedaba. El alcohol le quemó la garganta como si le hubiera clavado espinas. Se le irritó la nariz y, acto seguido, se le humedecieron los ojos.
10 de la noche.
Todo eran restos de comida sobre la mesa. Satisfechos, dieron por terminada la velada.
Yu Cheng recordaba no haber bebido mucho, pero al levantarse notó un ligero mareo. Aguanta poco el alcohol y además es de los que se sonrojan con facilidad. Seguramente ahora mismo su cara estaba tan caliente que podría freír un huevo en ella. Debía de tener un aspecto horrible, la cara roja como un borracho. En cambio, Tan Ximian no aparentaba en absoluto haber bebido.
Era un poco tarde y costaba encontrar taxi. Xiao Yan y los otros estaban parando coches en la carretera. Tan Ximian se mantenía un poco apartado del grupo, de pie fumando un cigarrillo. Sobre su cabeza, las ramas de un frondoso ficus movidas por el viento producían un suave susurro.
Después de que Yu Cheng jugara la última ronda, él ya no había hablado mucho. Yu Cheng imaginaba que, como mínimo, le haría alguna broma, pero tampoco. Quizás estaba realmente cansado, ya no se mantenía tan erguido como antes; su actitud y expresión eran distantes y perezosas.
Los faros de los coches en la calle parecían las luces de un travelling de cine. Primero se proyectaban directos desde lejos, se acercaban gradualmente, luego eran quebrados por las paredes y, finalmente, seguían su curso imperturbables hacia adelante.
Cada vez que un taxi así pasaba de largo, el corazón de Yu Cheng daba un vuelco hasta que confirmaba que no era libre, y entonces volvía a su sitio.
Se dio cuenta de que no estaba preparado para que Tan Ximian se fuera. Ni siquiera tenía su WeChat actual.
—Tan Ximian—. Yu Cheng dio un paso hacia él— si no te eligen y tienes que irte, avísame. Te llevo al aeropuerto.
Tenía el rostro sonrojado, parecía muy nervioso y había bebido, lo que le daba una especie de audacia temeraria, esa valentía del borracho. Tan Ximian lo encontraba divertido, y también un poco adorable.
—¿Sigues teniendo el mismo teléfono? ¿O WeChat? —Yu Cheng sacó el móvil, como si quisiera anotarlo con cuidado.
Pero Tan Ximian no se movió. Solo lo miró a través de la bruma del humo, con el cigarrillo entre los dedos:
—¿Quieres que no me elijan?
—Claro que no —la respuesta brotó de sus labios sin pensar. Si no estuviera borracho, quizá habría sido más diplomático, pero ahora no podía fingir.
Se oía el rumor continuo del agua del río Qinhuai, las pértigas de las barcas hendiendo la superficie. La cancioncilla de la orilla aún no había cesado; su volumen era más bajo, pero sonaba, si cabe, aún más melosa y apasionada.
“Yo tengo una historia de amor; la cantaré a todos ustedes”.
Sopló una ráfaga de viento. La enorme copa del árbol se meció, inclinando su sombra hacia ellos.
—Si no quieres que me elijan…
La frase quedó inconclusa.
Yu Cheng vio cómo el rostro frente a él se agrandaba de repente. Esos ojos profundos, la nariz alta y recta, los labios de líneas marcadas pero carnosos, con un tenue aroma a tabaco, rozaron suavemente su mejilla.
Aunque ese gesto fue como una pluma, de una suavidad extrema, un roce que se separó al instante, sin carga erótica, casi como el beso en la mejilla protocolario de los saludos en el extranjero, para Yu Cheng tuvo un impacto equiparable, quizás, al cambio climático provocado por la traslación de la Tierra.
Fue como el Despertar de los Insectos. De repente, el tiempo se volvió cálido. O como un deshielo repentino, la capa de hielo rompiéndose de golpe y fluyendo río abajo.
Fue solo un instante.
—¡Ya tenemos taxi! —gritó Xiao Yan, saludándoles con la mano.
Tan Ximian apagó el cigarrillo y avanzó hacia la multitud, mientras Yu Cheng seguía paralizado en el mismo lugar.
—¿No decías que querías aprovecharte de la posición de poder? ¿Que qué tenía de malo un beso, que qué tenía de malo pasar la noche juntos?— Tan Ximian no volteó la cabeza, solo dejó esas palabras de sentido ambiguo flotando en el aire—. Entonces asegúrate de que consiga el papel en Xingren (*), maestro Yu.
Nota T: 杏仁 (Xìngrén) significa literalmente “almendra” y lo iré alternando durante la historia.
⁺˚⋆。°✩₊✩°。⋆˚⁺
Nota de la autora:
Yu Cheng (emocionado): ¡Yo también puedo hacerte fotos más guapas! ¿Podemos dormir una vez?
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