Por extraordinario que sea un héroe, si ha permanecido encerrado en el infierno durante un tiempo que un ser humano corriente ni siquiera se atrevería a imaginar, es imposible que conserve intacta la cordura. Ni siquiera «Orma» sería una excepción.
Por haber extendido la mano hacia la Copa de Dios y codiciado su licor dorado para salvar a un mundo que se encaminaba a la destrucción, tuvo que perderlo todo. Un futuro brillante y dichoso, riquezas y honores que cualquiera desearía, la persona a la que amaba e incluso el descanso que algún día habría de llegar.
En plena crisis, los humanos habían respaldado la elección de Orma, asegurándole que todo saldría bien y que no había otra alternativa; sin embargo, cuando apareció Dios enfurecido, se apresuraron a esconderse y lo dejaron solo. No, incluso lo empujaron hacia delante y exigieron a gritos que lo castigara, mientras ellos se postraban ante Dios para implorar su misericordia.
No obstante, cuando Dios se encontró cara a cara con Orma y habló con él, no le impuso castigo alguno. Como si nunca se hubiera enfadado, volvió a ocultar su presencia y adoptó una actitud de mero observador. Aun así, los humanos que habían acorralado a Orma se autoproclamaron representantes del dios y fueron ellos quienes lo castigaron.
—¡Silencio! Se abre el juicio contra el acusado Orma.
Orma mantuvo la boca cerrada incluso mientras añadían a su acusación toda clase de cargos insólitos durante el juicio. Tal vez fuera porque, a esas alturas, nada cambiaría por mucho que hablara y prefería dedicar ese tiempo a contemplar un día más las cosas del mundo de la superficie.
—… Por lo tanto, se condena a Orma, culpable de haber osado codiciar el dominio de un dios, a cadena perpetua en el infierno.
Quién sabe, quizá, al ver que el interesado no pronunciaba ni una sola palabra, los humanos quisieran arrancarle alguna reacción, aunque fuera provocándolo, porque le preguntaron si tenía algo que decir antes de ir al infierno.
Orma, que había adquirido unos resplandecientes ojos dorados tras beber el licor de Dios, recorrió lentamente a los presentes con la mirada. Por desgracia, la persona amada que lo había traicionado no parecía haber asistido al juicio.
«… Mmm. Parece que, después de todo, le queda algo de remordimiento».
Tras formular para sus adentros aquella reflexión cargada de amor y odio, Orma curvó sus ojos de comisuras afiladas en una sonrisa socarrona, como la de un zorro.
Los humanos, que esperaban verlo protestar indignado, preguntando qué crimen había cometido o forcejear porque no quería quedar encerrado en el infierno con un cuerpo incapaz siquiera de morir, lo miraron desconcertados.
Se quedaron contemplando sin comprender a quien una vez había sido su héroe.
—Yo…
Glup. De pronto, reinó un silencio tan profundo que podía oírse cómo la persona de al lado tragaba saliva de los nervios. En medio de aquel silencio, una voz que contenía a duras penas las emociones desbordantes dejó escapar, entre risitas, una reflexión semejante a una profecía.
—Espero con ansias el día en que vuelva a la superficie.
Aunque no había especificado qué haría ni cómo, los humanos, con el rostro pálido, se apresuraron a arrojar a Orma al infierno. Rezaban con fervor para que nunca llegara el día en que regresara a la superficie, tal como él había dicho.
Pero, por desgracia para los humanos, aquel día terminó por llegar.
╬ ╬ ╬
—Mmm, pociones…, ya las tengo, y también he reparado todo el equipo… Entonces, ¿entramos?
El ambiente era como si el mundo estuviera a punto de llegar a su fin.
El sol, que normalmente hacía sentir su presencia en el cielo con un fulgor capaz de quemarlo todo, se había ocultado por completo. Incluso aquello parecía un presagio de la calamidad que anunciaba que el dios maligno, sepultado en las profundidades del infierno, había trepado hasta la superficie.
Desde una extraña extensión de tierra suspendida, solitaria, en el aire, caía sin cesar arena negra. Los granos se precipitaban hacia un mar oscuro como la tinta, saltaban al chocar contra él y, después, se hundían.
Allí, donde el sonido de las olas acompañaba al cielo brumoso y soplaba un viento cargado de sal, se encontraba el escenario de la batalla final del juego.
Después de contemplar durante un buen rato el mundo del juego en el monitor, Ban posó con cuidado la mano sobre el ratón e hizo que su personaje avanzara un paso. Entonces, la música de orquesta que hasta ese momento apenas se oía aumentó de volumen, desplegando toda su grandeza y solemnidad, mientras aparecía una ventana del sistema.
[¿Deseas entrar?]
Más allá lo esperaba Orma, el jefe final del juego.
Orma, que había pasado tantísimo tiempo confinado en el infierno que había terminado por convertirse en un dios maligno.
〈MOX NOX〉, un juego con un título de profundo significado que en latín quería decir «Pronto llegará la noche», era el lanzamiento que Ban había esperado con impaciencia. El día en que vio por casualidad su tráiler, se interesó por un videojuego por primera vez en su vida y empezó a buscar información sobre él y su fecha de lanzamiento.
Un apartado artístico hermoso e impresionante, una música de fondo majestuosa, una sensación de impacto adictiva, una gran jugabilidad y un mundo y una ambientación singulares. No solo Ban: jugadores de todo el mundo lo esperaban con entusiasmo, proclamando ya que el premio al Juego del Año (GOTY) sería para 〈MOX NOX〉.
Como buen soulslike, 1 tenía una dificultad altísima. Su fama era tal que muchos lo abandonaban, uno tras otro, quejándose de lo mucho que picaba; aun así, siempre acababan volviendo a rastras para jugar entre lágrimas, de tan irresistible que resultaba su picante.
Para Ban, que nunca antes se había enganchado tanto a un videojuego, suponía un desafío considerable, pero llegó al capítulo final antes de lo que había imaginado.
—¿Cuánto tardaré en pasármelo?
Sería un problema si le llevaba demasiado tiempo…
Sin embargo, por lo que había visto en la información y las reseñas del juego, parecía tener más talento del que creía, así que quizá no tuviera que pasar días y noches enteros en vela como los demás. Una vez tomada la decisión, Ban pulsó sin vacilar el «Sí» situado en la parte inferior de la ventana de entrada.
De ese modo, comenzó la secuencia de aparición de Orma, la razón por la que había empezado a jugar, y toda su atención quedó atrapada al instante.
El tema musical de Orma, Llegará la noche, anunciaba solemnemente el fin, mientras que los hilos dorados y la niebla, impregnados del poder del dios, proclamaban con elegancia la muerte del jugador en un espacio cubierto de blanco y negro.
Mientras Ban contemplaba la escena como hechizado, el mal sagrado reveló por fin su figura. Era el primer duelo en el que su personaje se enfrentaba a aquel mal. Dio un pequeño paso, pensando que primero debía aprender sus patrones de ataque, pero en el instante en que Orma blandió su arma…
—¿Eh?
El personaje de Ban murió de un solo golpe.
—… ¿Esto tiene algún sentido?
Ban murmuró sin darse cuenta, con voz atónita. Nunca le había ocurrido algo así…: morir por recibir un solo golpe. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero, al mismo tiempo, se avivó su espíritu competitivo.
Por algo era el jefe final. Sí, así sería mucho más emocionante cuando consiguiera pasarlo. Bueno, no le quedaban muchos días libres… Pero volvió a intentarlo.
Si moría, podía resucitar. Podía volver a luchar. Mientras aquello fuera un juego, Ban jamás moriría.
Así que…
╬ ╬ ╬
—Mmm…
Ah, ¿qué día de la semana era hoy? Ban gruñó suavemente mientras se hacía aquella pregunta y se subía la manta hasta cubrirse la cabeza.
¿Se habrían acabado ya sus días libres? Solo recordaba haber logrado derrotar por fin a Orma una madrugada, cuando estaba saliendo el sol.
Mmm… Pero ¿por qué le dolía tanto todo el cuerpo? Lo tenía dolorido por todas partes, como si sufriera agujetas después de haber hecho ejercicio intenso.
—… Contemplad. La noche blanca… De nosotros se apiade… Mas…
Pero ¿qué era esa voz? Alguien estaba rezando con una voz juvenil, serena y, a la vez, fervorosa, aunque el contenido de la plegaria resultaba extraño.
La repetía sin cesar, como si estuviera recitando un conjuro en vez de una oración, y Ban aguzó el oído sin darse cuenta.
—Contemplad la calamidad. La noche blanca llegará. Dios se apiada de nosotros; no tembléis, pues, de eterno temor, y perdona nuestros pecados, mas…
Ban conocía las palabras que seguían a aquella oración. Aunque aún estaba medio dormido, sus labios se movieron involuntariamente.
—Mas líbranos del mal…
La persona que rezaba dio un pequeño respingo, como si hubiera oído aquel murmullo. Después, apartó con cuidado la manta que cubría a Ban y le habló con los ojos brillantes.
—¡Ban! ¿Ya estás despierto? ¿Te he despertado yo?
Ban abrió a duras penas los ojos, todavía adormilados, y miró a su alrededor.
Solo después de recorrer con la mirada soñolienta la habitación, demasiado pequeña para dos personas, los viejos muebles de madera y el atuendo sacerdotal, modesto pero pulcro, comprendió la realidad y abrió lentamente la boca.
—No… Me he despertado solo.
—Menos mal. Temía que mi oración de madrugada hubiera interrumpido tu sueño.
—… Mmm.
En realidad, sí había sido así, al menos en parte. Ban soltó un suspiro somnoliento y se guardó la verdad por consideración a su ingenuo y bondadoso compañero de habitación. Luego, se incorporó despacio y se presionó ambos ojos con las manos, recordando que había soñado con su vida anterior por primera vez en mucho tiempo.
Ya habían pasado veinte años desde que había renacido en el mundo del juego.
Sí, en el mundo del juego.
Lo último que Ban recordaba era una breve conversación y las opciones que habían aparecido después de derrotar a Orma, el jefe final.
Después, de repente, todo se había oscurecido y había perdido el conocimiento… Y, en algún momento, Ban había acabado renaciendo en el mundo del juego con un cuerpo nuevo. Al principio, no podía creerlo y estaba convencido de que tenía que ser un sueño, pero, después de tantos años, no le había quedado más remedio que resignarse y aceptarlo.
—Eh, ¿adónde vas?
—Ya que me he despertado temprano, voy a entrenar un poco de madrugada.
También en este mundo Ban había nacido huérfano. El niño de padres desconocidos había sido acogido por el templo, donde creció rodeado del cariño de los sacerdotes de alto rango hasta convertirse en un destacado paladín.
Poseía un talento que evidenciaba el amor de Dios por él, una apariencia misteriosa y hermosa, y una personalidad amable y afectuosa, por lo que algunos podrían pensar que había tenido suerte. Sin embargo, para Ban, que conocía tanto el futuro de aquel mundo como los secretos que ocultaba, no era una situación nada bienvenida.
Por mucho que fuera un huérfano de origen desconocido, cuando todo encajaba con tanta precisión, como si ya estuviera predeterminado, era inevitable darse cuenta de quién era.
La única esperanza de salvar aquel mundo, el buscador de la verdad que habría de ejecutar a Orma o guiarlo por el buen camino, el jugador.
«… Sí, ese soy yo».
Ban se tragó una maldición y se levantó con expresión impasible, como si hubiera aceptado su destino, para luego mirar de reojo el mensaje del sistema que le recordaba quién era.
[Mes de la Oveja, día 6, 06:17 *¡Tienes una nueva notificación!]
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