Cuando el sol que iluminaba intensamente el mundo se ocultaba a lo lejos, detrás de la cordillera negra, la larga jornada llegaba por fin a su fin.
Era el tenue atardecer en el que el sol desaparecía y la luna se alzaba.
El momento en que quienes habían abandonado sus hogares para realizar un trabajo agotador regresaban y recibían la bendición llamada comida. También era la hora en que Wade Wesley volvía a llenarse de vida.
Al llegar ese momento, el humo blanco se elevaba desde las chimeneas de distintas formas instaladas en cada casa.
Para aquellas personas, la cena también constituía una ocasión sagrada en la que celebraban haber sobrevivido otro día en aquel mundo despiadado y haber regresado sanos y salvos al seno de sus familias.
Por eso, aunque tuvieran que excederse, procuraban utilizar mejores ingredientes y servir alimentos más sabrosos, al menos durante la cena.
¿Por qué los nobles se mostraban tan ansiosos por incorporar a sus familias a artesanos y maestros de la cocina?
¿Por qué uno de los motivos de orgullo de los plebeyos era decir ‘mi mujer cocina muy bien’?
Porque la cena poseía un significado muy especial en aquel lugar. Con solo observar la mesa durante la cena, se podía conocer de un vistazo la situación de una familia.
Sin embargo…
—…Ah.
La cena del Orfanato Esperanza se encontraba a un nivel que resultaba un poco, tan solo un poco, vergonzoso de llamar bendición.
—… ¿Qué voy a hacer?
En una cocina de unos cinco pyeong, [enf_note]Equivalen a aproximadamente 16.53 metros cuadrados[/efn_note] una aguada papilla de avena hervía a borbotones dentro de una enorme olla de hierro que ocupaba el centro de la estancia.
Gracias a eso, el particular olor a cereal de la avena impregnaba toda la cocina.
Aunque no habían tenido otra opción, habían utilizado avena de mala calidad, por lo que un olor rancio asomaba repetidamente entre el aroma tostado.
Sin embargo, la mujer vestida con un hábito negro que se encontraba frente a la olla de hierro…
El entrecejo de Lurud Grace no estaba fruncido únicamente por aquel insoportable olor rancio.
«Por más vueltas que le dé, creo que no será suficiente.»
Era el resultado de haber recorrido el pueblo durante todo el día.
Había logrado conseguir algunos trozos más de pan para acompañar la papilla de avena, pero, teniendo en cuenta el número de niños que vivían en el orfanato, la cantidad era literalmente insuficiente.
—Ah…
Aunque intentara contenerse, el suspiro escapaba de sus labios.
Más que aflicción o tristeza, lo que sentía era miseria. No era más que un pan duro de cereales variados que apenas podían masticar apropiadamente.
No era más que papilla de avena diluida con una enorme cantidad de agua porque no habían podido prepararla en abundancia.
Y, pese a eso, ni siquiera podía proporcionarles una cantidad suficiente.
Ese hecho era sencillamente miserable.
«…Oh, Angélica. Te suplico que protejas a estos pobres corderitos.»
Justo cuando cerraba con fuerza los ojos debido a su sufrimiento:
—¡Hermana, hermana! ¡Hermana Lurud!
Una voz apremiante llegó desde el exterior de la cocina.
La hermana Anna, directora del Orfanato Esperanza, entró corriendo en la cocina mientras jadeaba.
Sin molestarse siquiera en recuperar el aliento, gritó con urgencia. Sus primeras palabras fueron las siguientes:
—¡É-él ha venido!
—…
En ese instante, el delicado entrecejo de Lurud volvió a fruncirse.
La hermana Anna fingió no darse cuenta y esbozó una sonrisa forzada en su rostro cubierto de arrugas.
Incluso añadió comentarios innecesarios: que era admirable que hubiera hecho el esfuerzo de visitarlas y que esta vez no debía tratarlo con tanta frialdad como la anterior.
—…
Lurud pensó:
«Ni siquiera la hermana Anna puede resistirse al dinero…»
Por supuesto, si intentaba comprenderla, tampoco era algo incomprensible.
Sabía que, debido a la lamentable situación en la que se encontraban, no podían rechazar las bolsas de dinero que les ofrecía aquel pedazo de basura.
Lo único que la enfurecía era que ella misma, Lurud Grace, fuera la garantía de aquellas bolsas de dinero.
Quizá por eso le costaba tanto mover los pies.
Tal vez se debía a que no podía evitar comparar su situación con la de cualquier animal llevado por la fuerza al mercado para ser vendido.
«Pero, si no salgo, seguramente volverá a comportarse de manera atroz con los demás.»
Lurud se mordió con fuerza el labio para contener sus sentimientos.
Después, siguió de mala gana a la madre superiora.
Sus pasos, tan pesados como sus complicados sentimientos, avanzaron lentamente hacia la vieja puerta de madera de la iglesia.
Creeec…
La puerta de madera se abrió con un sonido desagradable, y el frío aire exterior despejó su mente.
En ese instante, los ojos de Lurud Grace se abrieron de par en par.
—¡Ya les dije que no voy a irme a ninguna parte! Por favor, vengan de uno en uno y despacio… ¡No, primero formen una fila, mocosos! ¡Una fila!
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Démelo rápido! ¡Démelo rápido!
—¡Eh, eh! ¡No tires de mí! ¿Quieres que no te dé nada? ¡He dicho que no te daré nada!
¿Estaría viendo una ilusión en aquel momento?
Lurud dudó de sus propios ojos.
Los niños, que recibían comida y prendas de vestir entre alegres chillidos, sin saber nada.
E Ian Blake, que se encontraba entre ellos y se divertía como un niño.
Ante sus ojos se desarrollaba una escena que jamás debería haber sido posible, teniendo en cuenta la personalidad de aquel sinvergüenza.
En cierto modo, que ella se sintiera desconcertada era una consecuencia inevitable.
Sin embargo, solo duró un instante.
—…Qué repugnante. —Una voz cargada de ira escapó entre sus rojos labios.
Exactamente una semana atrás, cuando el sol comenzaba a ocultarse lentamente tras la cordillera negra…
Cuando había ido al pueblo para conseguir ingredientes, se había encontrado con una situación idéntica a la actual.
Sin embargo, el ambiente había sido completamente distinto.
Aquella sonrisa que ahora parecía tan alegre había sido una evidente mueca de desprecio. Y por los rostros de los niños que se habían reunido a su alrededor habían corrido gruesas lágrimas en lugar de sonrisas.
Además…
“¡Cómo se atreven estos mendigos de mierda! ¡¿Saben quién soy?! ¿Tocaron mi carruaje con esas manos asquerosas? ¡Muy bien, deben de haber perdido la cabeza!”
La actitud del sinvergüenza Ian Blake también había sido distinta.
Aquello… no había sido propio de un ser humano.
“¡Oigan! ¡Córtenles las muñecas a esos mendigos de mierda!”
Una bestia.
Sí.
Aquel hombre… había sido una bestia.
—…
Le resultaba difícil contenerse.
Le rechinaban los dientes con solo ver aquel rostro.
El niño al que le habían cortado la mano por tocar el carruaje pertenecía precisamente al Orfanato Esperanza. Era un pobre niño que había perdido a sus padres a manos de los monstruos.
«Y, aun así… Aun así, tú…»
Todavía lloraba todas las noches al recordar lo sucedido aquel día. Ni siquiera sabía cuánto había llorado ni cuánto lo había maldecido.
«¿Y ahora aparece ese desgraciado comportándose así? ¡No tiene ninguna gracia!»
Su comportamiento era tan repugnante que ni siquiera podía soltar una risa seca.
Pero, entonces… Uno de los niños, que corría sonriente con las manos cubiertas de barro, tropezó con sus propios pies y chocó contra el carruaje en el que había llegado Ian Blake.
Como resultado, una línea terrosa quedó dibujada sobre el brillante carruaje. En ese instante, como si todos lo hubieran acordado, se hizo el silencio.
—Ah…
El rostro de Lurud palideció. Lo sucedido aquel día acababa de atravesar su mente.
Uno de los mercenarios que permanecían junto a Ian frunció el ceño y dio un paso hacia delante.
Exactamente igual que cuando había ocurrido aquella tragedia.
—¡N-no…!
Era evidente lo que sucedería a continuación.
Por eso tenía que impedirlo.
Ese era el único pensamiento que podía formular Lurud.
En ese momento, el niño cubierto de barro se sorprendió al sentir todas las miradas sobre él y empezó a gimotear.
«¡No llores! ¡Por favor, aguanta!»
Lurud corrió hacia ellos, sobresaltada. Si además empezaba a llorar, ni siquiera podía imaginar lo que podría suceder.
Por eso corrió desesperadamente hacia Ian Blake.
Tenía que evitar la tragedia de alguna manera y, sin embargo…
—¡Oye! ¡Me asustaste!
Entonces sucedió algo realmente sorprendente.
La persona a la que Ian Blake había gritado no era otra que el mercenario que permanecía junto a él.
—¡¿S-sí?!
—¿Qué quieres decir con ‘sí’? Hablo contigo, imbécil. ¿Por qué no relajas esa cara? Es malo para el estado emocional de los niños y tú sigues frunciendo el ceño con todas tus fuerzas. ¿No ves que has asustado al niño? Vaya, sonríe. ¿No vas a sonreír?
—E-es que… la última vez usted me dijo que debía mantener siempre esta expresión y asustar a quienes me rodearan…
—Ah… Esto va a volverme loco de verdad. ¿Cuántas locuras más habrá cometido este maldito sinvergüenza por todas partes…? No, espera. Incluso teniendo eso en cuenta, ¿también te comportas así con los niños?
—Porque fue una orden del señor Ian…
—¿Una orden? No me jodas. ¿También morirías si te ordenara que murieras? Claro que no. ¡Bah, apártate, imbécil!
Ian Blake apartó al mercenario de un empujón y avanzó con grandes pasos. Sin vacilar, se arrodilló sobre una pierna y bajó la mirada.
A pesar de que el suelo estaba lleno de lodo, no le prestó la más mínima atención y se colocó a la altura de los ojos del niño. Después, utilizó la manga para limpiarle el rostro sucio y quitar el barro de su ropa.
—¿Estás bien? ¿No te lastimaste en ninguna parte?
—¿Qué? Sí…
—Bien, me alegro. ¿Cómo te llamas?
—Tommy… Me llamo Tommy.
—Oh, Tommy. Es un buen nombre. Aunque no sé qué significa. En cualquier caso, te caíste y ni siquiera lloraste. ¡Qué valiente eres!
—¡Sí! ¡Soy valiente!
—Mmm…
Ian se acarició la barbilla con gestos exagerados, fingiendo que reflexionaba sobre algo. Entonces dejó escapar una pequeña exclamación.
—¡Ah! En ese caso, habrá que darle un premio al niño valiente, ¿verdad? Toma, precisamente por eso. —Rebuscó en el carro de carga y sacó un grueso trozo de carne seca. Cuando lo depositó en las manos de Tommy, el niño sonrió radiante de alegría—. Ten más cuidado la próxima vez.
—¡Sí!
—Bien, buen chico.
Frot, frot.
Ian acarició un par de veces la cabeza de Tommy y volvió a ponerse de pie.
—Pero… ¿Por qué está el ambiente tan raro?
“Probablemente él fuera la única persona que no sabía la razón”. Eso era lo que pensaban todos los presentes.
Lurud, Gren y los demás mercenarios. Todos ellos.
—¡B-bueno! ¡Jo, jo, jo!
La persona que solucionó aquel ambiente sumamente ambiguo no fue otra que Anna, la madre superiora.
—Debe de estar agotado después de recorrer un camino tan largo, así que entre primero. También prepararemos un pequeño refrigerio para sus escoltas. Si esperan un momento dentro, estará listo enseguida… Ah, primero, niños. Vamos, lávense las manos y entren rápidamente.
—¡Sííí!
Los niños desaparecieron dentro de la iglesia entre alegres respuestas.
De vez en cuando podía verse a alguno que se resistía, protestando que todavía no había recibido todos sus regalos. Sin embargo, al final Anna los tomó de la mano y prácticamente los arrastró al interior.
Gracias a eso, solo quedaron Ian, la Compañía Mercenaria Gren y Lurud.
Entre ellos, Lurud tenía una expresión complicada. Parecía estar pensando en muchas cosas. Sin embargo, su expresión no tardó en endurecerse hasta quedar tan fría como al principio.
Era repugnante.
Sin duda, tanto aquel comportamiento como aquella sonrisa eran falsos.
«Seguro que hoy también pasará toda la noche diciendo estupideces. Después volverá a soltar tonterías y me pedirá que acepte sus sentimientos.»
Lurud apretó ambos puños sin darse cuenta.
A pesar de todo, le avergonzaba no poder rechazarlo con frialdad.
La situación económica del orfanato era tan grave que no podía apartar la mano que él les tendía.
No podía rechazarlo.
No tenía otra alternativa que utilizar su condición de monja como excusa y proteger desesperadamente su cuerpo.
Quizá por eso Lurud tembló con solo pensarlo.
«¡Lo peor de todo es que se aproveche de mi debilidad y me manipule!»
Incluso ahora, bastaba con observarlo.
Como siempre, la contemplaba fijamente.
Ian Blake siempre la había mirado de una forma tan descarada que resultaba desagradable, prácticamente babeando.
Su mirada revelaba sus oscuras intenciones, por lo que ella la odiaba hasta el punto de sentir escalofríos.
Sin embargo…
«Es extraño. Hay algo… diferente.»
Así era. Al menos aquel día, había algo extraño.
Él la observaba con una mirada que ella no lograba comprender.
Pero no era la misma mirada lasciva de siempre. Tenía una expresión tan seria que parecía haber comido algo que le había sentado mal.
«… ¿Era capaz de poner una expresión como esa?»
En cuanto ese pensamiento apareció involuntariamente en su mente, Lurud apretó los dientes para librarse de aquellas distracciones.
No se trataba de cualquier otra persona.
Era el sinvergüenza de Ian Blake.
Tanto la apariencia que mostraba ahora como su comportamiento de hacía unos instantes debían de ser falsos. No podía pensar otra cosa que no fuera que, como ninguno de sus métodos anteriores había funcionado, ahora había decidido interpretar aquel papel.
«¡Al fin y al cabo, debes de estar lleno de deseos sexuales retorcidos!»
—…Entremos.
Por mucho que intentara ocultarlas, sus verdaderas intenciones terminarían saliendo a la luz.
«¡Por eso jamás bajaré la guardia!»
Tras reafirmar su determinación, abrió a la fuerza unos labios que se negaban a moverse.
Sin embargo, aquel día sería recordado por ella como el más extraño de toda su vida.
—Eh… Verá, ahora mismo estoy un poco ocupado.
—¿Cómo?
—Quiero decir que vendré en otra ocasión. Bueno… No se decepcione demasiado. Cuando tenga algo de tiempo libre, buscaré un momento para volver a visitarla.
—… Ah.
—Entonces, me retiro.
Impecable.
¿Existía una palabra que se adaptara mejor a la situación actual?
Ian Blake se dio media vuelta con tal limpieza que esa era la única descripción posible.
No mostró ni el menor rastro de insistencia. Se limitó a ordenarles a varios mercenarios que trasladaran los artículos donados. Después subió inmediatamente al carruaje y desapareció en la distancia.
—… ¿Acaso estoy soñando?
Lurud soltó una risa seca con expresión desconcertada. Como si estuviera hechizada, levantó una mano y se pellizcó la mejilla.
—…Duele.
La tenue voz que escapó distraídamente de sus labios reflejaba a la perfección lo que sentía en aquel momento.
╬ ▪ ╬ ▪ ╬
[Misión secundaria n.º 10 completada]
[Donación (1/1): Has realizado una buena acción. Obtienes 37 puntos de estadísticas.]
Más allá del mensaje del sistema que anunciaba que había completado la misión… Miré de reojo la iglesia que se alejaba al otro lado de la ventanilla del carruaje.
Lurud Grace era una mujer tan hermosa que mis ojos se dirigían repetidamente hacia ella sin que pudiera evitarlo.
Cabello negro como el ébano y ojos también negros.
Además de unos ojos ligeramente caídos y un marcado lunar bajo uno de ellos.
«Sinceramente, es mi tipo ideal.»
Pero, por encima de todo, aquel corazón tan amplio como el inmenso océano… Ejem.
«…Ah. Algún día me libraré de este puto rasgo de eunuco.»
Aunque ya nos habíamos alejado bastante, mi mirada permanecía fija en Lurud Grace, que todavía seguía en el mismo lugar, y no parecía dispuesta a apartarse de ella.
Por supuesto, no continuaba observándola únicamente por su apariencia.
Lo juro.
—…No estoy muy seguro, pero, juzgando solamente por sus estadísticas, parece alguien que debería estar en un gran templo y no en este lugar. ¿Me equivoco?
Al menos, entre todas las personas que había visto hasta el momento, sus estadísticas puras estaban entre las mejores de las mejores.
«Si yo tuviera esas capacidades, jamás viviría de esa manera.»
Resultaba sorprendente que llevara una vida tan pobre teniendo aquellas estadísticas.
Parecía que no podía abandonar el orfanato con facilidad debido a rasgos como el espíritu de servicio o la maternidad. Pero, en realidad, los rasgos que más llamaban la atención eran estos:
[Lujuria] [Obscenidad]
«Una sacerdotisa con dos caras; una monja obscena cuyo deseo sexual está a punto de explotar. Por eso se dice que nunca se puede conocer a alguien únicamente por su apariencia.»
¿Quién podría mirar a Lurud e imaginar que su interior estaba teñido de rojo para mayores de diecinueve años?
Podía afirmar con seguridad que nadie se lo habría imaginado.
«Ahora que lo pienso, mi habilidad sí que está rotísima.»
El hecho de poder conocer casi todo sobre una persona con solo mirarla.
Al principio no me había dado cuenta, pero cuanto más avanzaba, más comprendía lo absurdamente poderosa que era.
Mientras contemplaba satisfecho la ventana de estado, bastante complacido por aquello:
—¿Hoy no se quedará en el orfanato? —Gren acercó su caballo al costado del carruaje y me habló de repente.
—¡Joder, qué susto!
—Lo siento.
—Tsk, no importa. Me sorprendí porque… bueno, no esperaba que fueras tú quien iniciara una conversación.
—… Sentía mucha curiosidad.
—¿Por qué? ¿Por qué salí inmediatamente de allí?
—…
En lugar de responder, Gren se limitó a mirarme en silencio.
«Mmm… ¿Cómo debería contestar aquí?»
Reflexioné con cuidado, elegí mis palabras y continué:
—Si tuviera que dar una razón, diría que fue porque no había ningún motivo para quedarme. Ya cumplí el objetivo de entregar los artículos donados. En cualquier caso, el propósito final por el que abandonamos la mansión es participar en el mercado negro, ¿no?
—… Entiendo.
—¿Por qué? ¿Hay algo más que quieras decir?
—… Nada en particular.
«No lo hay.»
Aquellas tres palabras permanecieron únicamente dentro de la boca de Gren.
En algún momento, sin que hubiera visto cuándo se había movido, su mano había alcanzado la empuñadura de la enorme espada que llevaba a la espalda.
«Así que unas estadísticas de ese nivel permiten realizar movimientos sobrehumanos como este.»
Justo cuando lo admiraba de manera espontánea, Gren comenzó a relajar poco a poco su intensa cautela.
Después, habló con voz inexpresiva.
—La escolta de Amileur ha empezado a seguirnos.
—¿Amileur?
Antes de que recibiera una respuesta a mi pregunta, el carruaje comenzó a reducir lentamente la velocidad.
El lugar en el que terminó deteniéndose era un solitario camino forestal desde el que podía verse el lago.
Siguiendo las indicaciones de Gren, descendí cuidadosamente del carruaje.
Como si hubiera estado esperando ese momento, una persona con una capucha negra profundamente calada salió lentamente de la oscuridad.
—Señor Ian Blake. Lo escoltaré hasta Amileur.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.