¿Que hasta cuánto tenía pensado pagar? ¿Y tú hasta cuántos insultos te has tragado en tu vida?
Me obligué a tragarme aquellas palabras que ya me habían subido hasta la garganta.
«Aguanta… Todavía no. Todavía no.»
¿Acaso solo me había encontrado una o dos veces con estafadores como ese? Gracias a ello, estaba bastante curtido en eso de enfrentarme a tipos que intentaban desplumarme.
Resultaba un poco amargo considerarlo algo de lo que enorgullecerme, pero no sería exagerado decir que los conocimientos adquiridos durante mi vida en una empresa explotadora seguían vivos y respirando dentro de mí. Por eso, si me lo proponía, podía conseguir todo lo que quisiera reduciendo al mínimo las pérdidas.
Sin embargo, esta vez el caso era un poco distinto. No. Para ser exactos, tenía que ser distinto.
«Al ver a este tal Yongpal, no sé por qué he vuelto a recordar aquella pesadilla.»
Había ocurrido cierto día de un frío invierno, cuando un empleado de una empresa cliente que tenía los ojos desiguales estuvo a punto de apuñalarme seriamente por la espalda.
Descubrí justo a tiempo que intentaba manipular los precios y las cantidades de las piezas, y le di una lección como era debido. Gracias a eso, no solo conseguí cerrar la operación bajo condiciones favorables, sino que incluso me metí en el papel de un artista marcial de una novela de wuxia y le lancé un feroz rugido de león. Hasta ese momento, creía que me había convertido en alguien importante.
«Era la primera vez que podía pavonearme así ante una empresa cliente.»
Supongo que tenía motivos para inflar el pecho de orgullo. Por desgracia, el problema fue que los efectos de aquel subidón no duraron demasiado.
“Lo siento… Lo siento. De verdad, de verdad que lo siento…”
No mucho después de que sucediera aquello, el miembro más joven del equipo apareció de repente con el rostro pálido como un cadáver, la cabeza profundamente inclinada y lágrimas en los ojos. Después de tranquilizar y consolar al muchacho, que no hacía más que repetir que lo sentía, de su boca salió un nombre inesperado.
“¿Industrias Taebon? ¿Por qué sale ahora el nombre de esa empresa?”
“Todo es culpa mía. Lo siento. Lo siento…”
Al investigar, descubrí que aquel cabrón de ojos desiguales le había tendido una trampa de principio a fin. Había manipulado hábilmente los documentos, y aquel idiota no los había revisado como debía. Como consecuencia, todo el equipo estuvo a punto de acabar en la calle en pleno frío por responsabilidad colectiva. Sin embargo, aquel día no reprendí al novato.
«Porque, si yo hubiera solucionado definitivamente el problema cuando descubrí su primera jugarreta, esto no habría ocurrido.»
Al igual que Agwi cuando le destrozó la mano a Go Gwang-ryeol 1 yo también debería haber castigado a aquel tipo desde el principio. De haberlo hecho, quizá no habría aparecido otra víctima de esa manera.
En cualquier caso, solo extraje una lección de aquel incidente: “Nunca se sabe cuándo ni dónde volverán a enredarse de la peor manera los vínculos entre las personas; por eso, cuando haya que cortarlos, hay que hacerlo de manera definitiva”.
Desde ese punto de vista, Yongpal era, sin necesidad de considerar nada más, una relación que debía cortar de forma tajante. Era el tipo de basura que, si lo dejabas hacer lo que quisiera, se te subiría a las barbas sin conocer límites. Por eso decidí quitármelo de encima.
Precisamente allí, en Amileur.
—Mmm…
Obligué a enderezarse las comisuras retorcidas de mi boca y esbocé la sonrisa más torpe que pude.
«Si me consideras un incauto, está bien. Durante un rato seré un incauto para ti».
Así que ríete todo lo que puedas mientras todavía tengas ocasión. Porque en el futuro no tendrás muchas oportunidades de sonreír enseñando una dentadura tan sana.
—Ejem, ejem. Tú también lo sabes, Yongpal, ¿verdad? Normalmente me basta con echarle una sola mirada a alguien para calcular de inmediato cuánto vale. Pero quizá porque ayer no dormí bien, hoy no me encuentro del todo en condiciones… Ejem.
—Ah, así que era eso. Vaya, qué contrariedad… Entonces, aunque quizá sea demasiado atrevido por mi parte, ¿podría echarle un vistazo a esto?
Con una amplia sonrisa, Yongpal sacó de entre sus ropas un pergamino y una pluma. Después frunció el ceño, fingiendo que reflexionaba seriamente sobre algo, y no tardó en mover la pluma con gran destreza mientras murmuraba en voz baja.
—Ah… De verdad que no debería hacer esto. Tsss… —Yongpal levantó la pluma después de marcar el punto final y me mostró el pergamino. En él estaba escrito lo siguiente—: Un esclavo humano, varón y de poco más de cuarenta años: 250 monedas de oro. ¿Qué le parece?
—…
—Como esta es la primera transacción entre el señor Ian y yo, me armé de valor y decidí ofrecerle un precio realmente excepcional. Ja, ja.
Una sonrisa que lo hacía parecer una buena persona.
En cuanto la vi, me mordí rápidamente la lengua sin que Yongpal se diera cuenta.
Por poco estallaba en carcajadas. Al final, todos los lugares habitados por personas eran iguales.
«Y el repertorio de los estafadores también es siempre el mismo.»
Contuve la risa desesperadamente y continué interpretando al idiota.
—Mmm… ¿Doscientas cincuenta monedas de oro? Me parece un poco caro…
—¿Qué? ¡Eso es imposible! Vaya donde vaya, ¿cree que podrá conseguir a este precio un esclavo de semejante calidad? Jamás.
—¿D-de verdad?
—¡Por supuesto! Además, si no lo compra ahora, no puedo garantizarle que pueda ofrecérselo al mismo precio cuando regrese. El valor de mercado de los esclavos continúa cambiando incluso en este preciso instante.
—Y-ya veo…
¿Qué iba a ver? ¿Acaso los esclavos eran criptomonedas, mierda? Como para que su precio diera semejantes saltos a cada segundo.
Vaya trabajo que era contener la risa. De verdad que sí.
—Ah… Entonces, ¿lo dejamos… en 250 monedas de oro?
—¡Oh, es una elección excelente! ¡Como cabía esperar del señor Ian!
—Ja, ja, ja…
—¡Mmm! Muy bien. Como el señor Ian ha confiado tan fácilmente en mí y ha decidido realizar la compra, soportaré una pérdida adicional.
¡Ras, ras!
Entusiasmado, Yongpal levantó la pluma delante de mí y trazó una línea recta sobre la cifra de 250. Después, como si estuviera haciendo gala de una generosidad extraordinaria, escribió encima el número 230 y elevó sutilmente la voz.
—Doscientas treinta monedas de oro. Pongo en juego mis diez años de experiencia como anfitrión de mercados de esclavos para garantizarle que este precio contiene la mayor muestra posible de mi buena voluntad.
—Oh… ¿De verdad puedes garantizarlo? ¿Poniendo en juego tu experiencia como anfitrión?
—Por supuesto.
—¿Sí? Entonces tendré que creerte. Lo compraré por 230 monedas de oro.
—Muchas gracias. Es una elección verdaderamente excelente.
En cuanto el sujeto inclinó ligeramente la cabeza con una amplia sonrisa, dos soldados de enorme tamaño, que parecieron surgir de la nada, se acercaron rápidamente a la jaula.
Aunque, siendo precisos, más que soldados parecían guardias. Llevaban el torso descubierto y bolsas de pan caladas sobre la cabeza. Sin perder tiempo, tomaron las llaves que colgaban de sus cinturas y abrieron la puerta de la jaula. Cuando se escuchó el áspero sonido del metal, sentí que las miradas de los demás se concentraban momentáneamente en nosotros.
—Entonces lo prepararemos todo para que pueda llevárselos juntos cuando se marche. Bien, sáquenlo de aquí.
Apenas Yongpal dio la orden, uno de los guardias agarró a Delan por un brazo y lo arrastró fuera de la jaula.
Durante el proceso, Delan, aterrorizado, se sobresaltó y forcejeó, pero, teniendo en cuenta la diferencia de tamaño y todo lo demás, su resistencia acabó siendo inútil. Mientras contemplaba en silencio cómo lo arrastraban fuera de la cueva de granate, Yongpal se aclaró ligeramente la garganta.
—Si me permite tomarme la libertad de decírselo, no queda demasiado tiempo antes de la subasta secreta.
—Ah, ¿sí? Entonces no podemos seguir perdiendo el tiempo de esta manera. Gracias por estar pendiente.
—Solo he hecho lo que debía.
Puf.
Esta vez no conseguí contenerme y terminé soltando una carcajada. Por lo visto, aquel sujeto se proponía aprovechar la ocasión para llenarse bien los bolsillos.
«Pero cuanto más hagas esto, más jodido acabarás tú. Qué lástima.»
Tanto si lo sabía cómo si no…
—¿Qué le parece este esclavo?
Entusiasmado, Yongpal señalaba distintas jaulas mientras hablaba cada vez con más fervor. Yo le seguí la corriente y asentí en los momentos apropiados mientras caminaba tranquilamente detrás de él.
Solo tenía que aguantar un poco más. Solo… un poquito más.
╬ ▪ ╬ ▪ ╬
«Creo que con esto ya he reunido más o menos suficientes datos.»
El resultado de haber interpretado con toda mi dedicación y sinceridad el papel del incauto no estaba nada mal. Como aquel Yongpal había resultado ser diligente en un aspecto inesperado, se había vuelto mucho más sencillo establecer un criterio para calcular los precios de los esclavos. Por ejemplo, funcionaba así:
—Este esclavo cuesta… 170 monedas de oro. No, espere. Como ha comprado tantos, ¡puedo ajustárselo hasta las 160 monedas!
Si el precio estaba en el rango de las cien monedas de oro, descontaba diez.
—Por este esclavo tendríamos que recibir al menos 290 monedas de oro. Ah… Lo siento. Aunque me lo diga de esa manera, suspiro… Esto es complicado. Si reduzco más el precio, de verdad que no nos quedará ningún beneficio… No hay otro remedio. Solo por esta vez: ¡270 monedas de oro!
Si estaba en el rango de las doscientas monedas de oro, fingía ceder y descontaba veinte.
Con las trescientas ocurría lo mismo.
No sabía si él mismo se había dado cuenta, pero aquella fórmula jamás fallaba.
Eso significaba que, en más de veinte transacciones, el mismo patrón se había repetido todas y cada una de las veces.
«Viendo que no aplica un porcentaje, sino que establece exactamente diez o veinte monedas de oro, debo asumir que, para él, la primera cantidad rebajada carece de importancia. Por tanto, lo que debo considerar ahora es el importe restante después de descontar esa rebaja.»
Si suponíamos que el precio inicial de un esclavo era de doscientas monedas de oro, la cantidad que Yongpal terminaría ofreciendo sería, naturalmente, de ciento ochenta.
Sin embargo, un comerciante debía tener presente la posibilidad de reducir el precio entre un diez y un veinte por ciento adicional, puesto que ya habría calculado de antemano que el cliente intentaría regatear.
Eso significaba que el precio estimado del esclavo ofrecido inicialmente por doscientas monedas se encontraba entre unas ciento cuarenta y cuatro y ciento sesenta y dos monedas de oro. Por tanto, si lograba calcular cuánto margen de beneficio intentaba sacar Yongpal de la transacción, todos mis cálculos quedarían perfectamente completados.
«Si tiene conciencia, alrededor de un veinte por ciento; si necesita dinero con urgencia, un treinta por ciento; y, si cree que ha encontrado a un incauto, más del treinta por ciento.»
Pero, dada la situación actual, aunque no pudiera saberlo con certeza…
«Sin duda supera el treinta por ciento. Aun así, no parece que llegue hasta el cincuenta… Si calculo alrededor del cuarenta por ciento, el margen de error no debería ser demasiado grande.»
Resultado final.
Si Yongpal ofrecía inicialmente un precio de doscientas monedas de oro, el precio exacto de aquel esclavo sería de unas ochenta y seis a noventa y siete monedas… Esa fue mi conclusión. Dicho de manera sencilla, significaba que se embolsaba la mitad del precio inicial.
«Este hijo de puta mandó su conciencia de vacaciones.»
Quizá la expresión ‘vivir como si no hubiera un mañana’ se refería precisamente a tipos como aquel. Aun así, parecía que la familia de ese sinvergüenza tenía suficiente importancia como para caminar por ahí sacando pecho. Era demasiado temerario, incluso para alguien sin miedo.
«¿O de verdad piensa dar un gran golpe y desaparecer?»
Lo medité detenidamente, pero tampoco parecía ser el caso. Entonces solo quedaba una conclusión.
«Parece que me considera ridículo. Vaya. Un hombre puede hacer reír a los demás, pero nunca debe permitir que lo tomen a broma. Mmm.»
Pensé que también tendría que tener cuidado con eso en el futuro. Porque parecer una persona fácil de pisotear no traía nada bueno, sin importar adónde fueras.
Mientras organizaba mis pensamientos, Yongpal se detuvo delante de una jaula.
—Creo que ya lo hemos visto casi todo, señor Ian. Este es el final de la cueva de granate.
—Mmm… ¿Sí?
—Sí. El esclavo de esta jaula es el último que puede verse en la cueva de granate. Sin embargo…
—¿Hay algún problema?
—Ja, ja. Que sea la última jaula significa que la calidad del esclavo es igualmente baja. Por eso, salvo en circunstancias especiales, no solemos recomendarlo.
—Ya veo. —Ignoré a medias las palabras de Yongpal y me acerqué a la jaula.
Después de todo, mis criterios para elegir esclavos eran muy distintos de los suyos. Lo mismo había ocurrido en las transacciones anteriores.
Personas que habían sido capturadas después de recibir acusaciones injustas. Personas que, obligadas por la pobreza, no habían tenido más opción que venderse.
Como podía verse, tenía mis propios criterios bien definidos. Esa era también la razón por la que no había prestado demasiada atención a sus estadísticas.
«Después de todo, son personas a las que voy a liberar.»
Cumpliría las condiciones de la misión secundaria Liberación de esclavos y, al mismo tiempo, realizaría una buena acción. Por otro lado, dejaría un historial de compras en Amileur, elevaría mi categoría y podría participar en la subasta secreta. Tres beneficios con una sola acción.
¿Qué podía ser más eficiente?
Por eso, las capacidades de los esclavos, que constituían el criterio de Yongpal, no tenían importancia para mí en ese momento. Eso era lo que debía haber ocurrido.
«… ¿Qué demonios pasa con este tipo?»
=========================
| Cedric Conrad | Hombre | Edad 21 años | Raza humana |
◈ Genio desesperado ★★★★
Nivel: 21 ▼FUE: 8 ▼
INT: 89 ▼
DES: 12 ▼
CON: 11 ▼
CAR: 8 ▼
Rasgos:[Versátil]
[Talento comercial]
[Gestión de fondos]
[Codicia material]
[Ambición]
[Debilitamiento]
[Esclavo]
[Desesperación]
Alineación: Neutral
Potencial: Rango [S]
=========================
«Qué demonios… ¿Esas son sus estadísticas después de haber sido reducidas por los dispositivos de restricción?»
Un joven extremadamente delgado estaba encerrado dentro de la jaula. A diferencia de los demás, aquel joven de cabello castaño me dirigía una mirada aburrida, pero sus estadísticas eran, literalmente, extraordinarias. Para ser exactos, no solo sus estadísticas: tanto su potencial como sus rasgos se encontraban en un nivel absurdo.
«Es la primera vez que veo un potencial de rango S.»
Teniendo en cuenta que incluso Lurud Grace solo tenía potencial de rango A, el rango S resultaba tan increíble que me hacía soltar una risa incrédula.
«Además, es un esclavo de cuatro estrellas. ‘Genio desesperado’… ¿Se debe a la influencia de sus rasgos? Aunque no parece haber nada que lo justifique especialmente.»
En cualquier caso, que no pudiera comprenderlo de inmediato no era motivo para vacilar a la hora de comprarlo. No solo cumplía mis criterios, sino que además poseía aquellas estadísticas monstruosas, así que pensaba cerrar el trato cuanto antes, antes de que alguien se lo llevara.
—Ejem, ejem…
Intentando que no se me notara, llamé a Yongpal con tono indiferente. Sin embargo, su reacción fue extraña.
—¿Cuánto cuesta este?
—¿Cómo? ¿Está pensando en comprar a ese sujeto?
—¿Por qué? ¿Acaso no se puede?
—No es que no se pueda. Mmm… Si insiste, puedo incluir a ese muchacho por mi cuenta sin cobrarle nada.
—…
¿Había comido algo en mal estado este tipo?
Mientras lo miraba fijamente sin darme cuenta, Yongpal agitó las manos.
—No tengo ninguna otra intención. Como el señor Ian puede ver con solo mirarlo, es un sujeto que no sirve absolutamente para nada. Al principio llegaron a tasarlo en alrededor de cincuenta monedas de oro, pero eso fue hace varios meses. A estas alturas, incluso a nosotros nos resulta más rentable regalárselo al señor Ian que dejarlo aquí consumiendo comida.
—… ¿Cincuenta monedas de oro?
Durante un momento no tuve más remedio que dudar de mis oídos. ¿Acaso aquel tipo se estaba burlando de mí?
Lo sospeché brevemente, pero no parecía ser así.
Quizá interpretando mi reacción de otra manera, Yongpal añadió de inmediato:
—Como le dije, lo de las cincuenta monedas de oro ya pertenece al pasado. El precio asignado actualmente a ese sujeto es de apenas diez monedas. Una cantidad así puedo incluirla perfectamente por decisión propia.
—… ¿Diez monedas de oro? ¿De verdad?
—Sí, así es. Es el precio establecido por los tasadores de esclavos de primera categoría de Amileur, por lo que es exacto.
—Dices que es exacto…
«Pues a mí no me lo parece.»
Volví la mirada una vez más hacia el joven de cabello castaño. No. Hacia Cedric Conrad. Inmediatamente volví a utilizar mi habilidad de tasación para revisar sus estadísticas.
Tal como pensaba, no me había equivocado al verlas.
«Entonces, ¿qué hay de la posibilidad de que esos supuestos tasadores de primera categoría sean, en realidad, unos novatos de tercera?»
Por mucho que lo considerara, eso no podía ser. Sin importar cómo cambiara mi manera de pensarlo, aquella posibilidad carecía demasiado de realismo. Eso significaba…
«Parece que mi habilidad de tasación es todavía más especial de lo que imaginaba.»
En el momento en que la conclusión que surgió de forma natural me hizo soltar una risa incrédula sin darme cuenta…
—…
Mi mirada se encontró con la de Cedric Conrad, que seguía encerrado dentro de la jaula.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.