01 | PRÓLOGO

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Parte 1, Capítulo 1

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Prólogo.

 

Era una noche de tormenta de nieve. El cielo, densamente cubierto por nubes borrosas, se cernía pesado, desatando una terrible nevada. En un abrir y cerrar de ojos, todo a su alrededor se tiñó de blanco.

​Un Rolls-Royce, que presumía de un brillo negro como el azabache, avanzaba abriéndose paso a través del camino nevado. El chofer, con las manos enguantadas, aferraba el volante y conducía el automóvil con extrema precaución.

Dado que la tormenta de nieve era verdaderamente pavorosa y que toda esa zona era propiedad privada de la familia, no se veía ni un alma por los alrededores. Por eso, en el preciso instante en que estaba por cruzar la puerta principal, el chofer se sobresaltó al escuchar una voz que provenía desde el asiento trasero.

​—Espera.

​El auto se detuvo, liberando una densa bocanada de gases de escape.

​—¿Qué es eso?

​El chofer, que observaba el asiento trasero a través del espejo retrovisor, siguió la mirada de su Señor y miró por la ventana.

La ventisca se arremolinaba con fuerza bajo la intensa luz de los faros delanteros. Solo se alcanzaban a distinguir vagamente las puertas abiertas de par en par, las columnas y la nieve que se acumulaba rápidamente a su alrededor. Fue justo cuando pensaba eso que el bulto que había considerado un montón de nieve se retorció levemente. Antes de que el chofer pudiera reaccionar por la sorpresa, la puerta se abrió de golpe y el hombre que estaba sentado en el asiento trasero salió apresuradamente.

​Alineando sus rodillas y agachándose, apartó con cuidado la nieve con sus manos cubiertas por guantes de cuero. Tras desenterrar algo, lo tomó en sus brazos.

Era una noche excepcionalmente gélida, de esas que calan hasta los huesos.

​William esperaba en los escalones de la entrada principal para recibir a su Señor, pero se sorprendió al verlo caminar por el sendero de acceso. El chofer lo seguía diligentemente por detrás, cubriéndolo con un paraguas.

Lo que llevaba en brazos estaba tan maltratado que era difícil distinguir si se trataba de un montón de harapos o de una persona.

​—Lleva al niño a un lugar cálido —dijo el hombre, entregándole el infante al mayordomo que había acudido corriendo. Subió los escalones de la entrada, entró a la mansión, le entregó sus guantes, sombrero y abrigo al sirviente y añadió secamente—: Llama al doctor Harrison de inmediato.

​De pronto, las luces de la habitación de invitados se encendieron a toda prisa, y el silencio de la gran mansión se transformó en un gran revuelo. Los sirvientes uniformados transportaban diligentemente leña de un lado a otro. El fuego encendido en la chimenea ardía con fuerza, proyectando sombras por doquier.

​Por lo general, en un día con semejante clima, lo normal habría sido rechazar una visita médica a domicilio; sin embargo, nadie podía rechazar el llamado de la familia Whitewood.

El doctor Harrison, un hombre de barba canosa, fue guiado por un sirviente hasta la habitación de invitados en el tercer piso. Tras usar el estetoscopio, levantar los párpados para examinar los ojos del niño con la luz y realizar el chequeo mediante varios métodos, finalmente concluyó que se trataba de deshidratación y desnutrición. Explicó que el niño estaría bien con solo descansar profundamente y alimentarse adecuadamente. Añadió que presentaba algunas quemaduras leves por congelación, pero que no habría mayores problemas tras unos días de tratamiento.

​—Estaba desmayado frente a la casa. No podía dejar que muriera congelado en un día como este —le explicó el hombre a William, quien lo atendía con una expresión llena de curiosidad. El hombre se frotaba la frente con los dedos, como si la inesperada situación lo tuviera exhausto.

​El niño dormía respirando suavemente. Su cabello negro y alborotado estaba ligeramente húmedo, y sus pálidas mejillas carecían de color.

A pesar de ser un niño pequeño, sus rasgos faciales eran tan definidos que transmitían una belleza delicada.

Sintiendo una extraña e inexplicable sensación de familiaridad, el hombre miró fijamente al niño. Una sirvienta, que estaba acomodando las ropas del pequeño, encontró algo y se lo alcanzó. Al iluminar el sobre con la luz de una lámpara con pantalla de seda verde, se reveló la dirección escrita en el exterior:

[Estimado Señor Richard Whitewood.]

​Tras rasgar el sobre con un abrecartas con mango de marfil, el hombre leyó rápidamente la carta, que constaba de apenas unas pocas líneas, y de repente clavó la mirada en el niño.

Aunque los párpados del pequeño estaban completamente cerrados, él podía adivinar de qué color serían los ojos ocultos tras ellos.

Fue el instante exacto en que se revelaba la verdadera naturaleza de un augurio funesto que hasta entonces había estado envuelto en el misterio.

El niño, que acababa de actuar como un sombrío mensajero del destino, permanecía sumido en un sueño profundo, sin tener la menor idea de la tormenta en la que estaba a punto de verse envuelto.

* * *

​Lo último que recordaba era una puerta, enorme como una fortaleza, emergiendo de entre la oscuridad a través de la tormenta de nieve.

​Cuando Ethan se despertó, no supo dónde estaba.

La leña ardía dentro de una chimenea de porcelana con esmalte azul. Las llamas, que rugían con fuerza, se expandían mientras consumían el aire frío.

Aunque la habitación estaba a oscuras, bastaba una sola mirada para darse cuenta de que no era un lugar común y corriente.

El cuarto era sumamente grande y espacioso. Y cada detalle era increíblemente lujoso. Desde la alfombra con patrones exóticos que cubría el suelo, pasando por el sofá tapizado en terciopelo verde, hasta los enormes marcos de latón y los tapices tejidos con hilos de oro. Más que ostentoso, resultaba abrumador.

Tanto, que parecía mentira que cosas así existieran en el mundo.

Las mantas que envolvían su cuerpo eran tan mullidas que se sentía como si estuviera flotando en una suave y cálida nube.

«¿Será este el cielo?»

Aun sabiendo que era imposible, albergó esa tonta duda.

Por fin había llegado al lugar correcto.

​Por instinto, se palpó los bolsillos en busca de la carta, pero al no sentir nada, bajó la mirada.

En lugar de su ropa vieja y desgastada, una camisa de lino limpio envolvía su cuerpo. Las costuras de sus pantalones nuevos estaban rígidas y, como era de esperarse, los bolsillos estaban vacíos.

El corazón le dio un vuelco.

«No puede ser.»

Se apresuró a salir de la cama y miró a su alrededor, pero no encontró lo que buscaba.

«¿Acaso tiraron la carta junto con mi ropa vieja?»

Se mordió los labios, carcomido por la ansiedad.

Ethan sabía perfectamente que esa carta no era una llave mágica que resolvería todos sus problemas. Existía la posibilidad de que, incluso después de leerla, no le creyeran y lo echaran a patadas.

Sin embargo, en este preciso instante, él estaba dentro de una casa y no afuera en la ventisca, y además estaba recibiendo hospitalidad. El hecho de encontrarse en una habitación lujosa y no en un granero viejo era la prueba de ello.

Su corazón, que galopaba desbocado por la ansiedad, se tranquilizó un poco.

Ethan volvió a meterse en la cama y se recostó.

Dado que se las había arreglado para entrar a salvo hasta aquí, no creía que lo fueran a echar de forma precipitada. Con un clima como ese, menos aún.

Si lo expulsaban, ya pensaría en qué hacer en su momento.

Quizás debido a que había estado demasiado tenso, el cuerpo se le desinfló por completo y el sueño lo invadió en un parpadeo. Una silueta borrosa se reflejó en su vista adormecida.

Había nardos blancos en pleno apogeo. Las flores abiertas inundaban un jarrón de porcelana. El aroma intenso y cautivador del nardo guio al niño hacia el mundo de los sueños.

Ethan se quedó profundamente dormido, como si estuviera muerto.

Y el tan ansiado encuentro no ocurrió sino hasta la noche del día siguiente.

—El Señor lo llama.

Siguiendo al mayordomo que caminaba a la vanguardia, bajó al segundo piso y llegó ante una puerta situada en lo más profundo del pasillo.

El mayordomo llamó a la puerta y esperó una respuesta. Al escuchar la señal de aprobación, tomó el picaporte, hizo pasar cortésmente a Ethan y cerró la puerta en silencio.

Ethan dio un paso adelante con cautela, como una fiera que se adentra en un territorio desconocido.

La habitación estaba oscura. Una penumbra densa, como tinta disuelta, oscilaba por doquier. Sentía como si hubiera entrado caminando a una cueva de profundidad indescriptible.

Las velas encendidas y las lámparas emitían una luz tenue. Aquella luminiscencia no hacía más que resaltar la oscuridad. Los muebles, que despedían un brillo sombrío, se alineaban a su alrededor como si intentaran amenazarlo.

En lo más profundo de la habitación, el fuego ardía.

Las llamas dentro de la chimenea de mármol sacaban la lengua y se agitaban constantemente, devorando la fría oscuridad.

Pudo ver un cuadro enorme colgado sobre la chimenea. Era una pintura de guerra rojiza, encajada en un viejo marco de latón.

Los cascos de un caballo de guerra aplastaban y rompían el cuello de un enemigo, y los cadáveres teñidos de sangre formaban una montaña. El caballero montado apuntaba con su lanza hacia otro objetivo.

Era una pintura majestuosa, pero espeluznante.

Frente a esa pintura de guerra impregnada del color de la sangre, había alguien sentado.

La espalda del hombre sentado en el sillón apenas se distinguía. Sobre el grueso respaldo de cuero, un cabello rubio platino destellaba tenuemente. Sus piernas estiradas hacían que incluso los pliegues de sus pantalones lucieran pulcros y afilados.

Sintiendo un aura imponente y difícil de abordar, los pasos de Ethan se detuvieron tras avanzar unos pocos palmos.

La carta desplegada sobre la mesa contigua al hombre capturó su mirada.

Él se puso de pie.

La silueta que se proyectó de golpe ante sus ojos era tan descomunal que Ethan no pudo evitar sentirse abrumado.

Como una estatua sagrada sobre un altar, el hombre, que parecía erigirse desde una altura inalcanzable, miraba a Ethan desde arriba.

—¿Ethan Graves?

Era una voz baja, con tono de interrogatorio.

La luz disipó las sombras, revelando la figura del hombre que hasta entonces había permanecido oculta tras el velo de la oscuridad.

El rostro del hombre parecía una escultura de mármol fría y lisa, desprovista de la más mínima pizca de calidez.

Un par de ojos, semejantes a un lago congelado, clavaban su mirada en el niño.

Como si se enfrentara a un pantano en el que podría hundirse por completo si cometía un error, Ethan reprimió desesperadamente su reflejo instintivo de retroceder. Mientras tanto, en algún lugar de su mente, deseaba con fervor escapar corriendo de allí de inmediato.

​Una mirada silenciosa recorrió a Ethan de arriba abajo. Aquellos ojos que lo escudriñaban de la cabeza a los pies eran tan fríos como una navaja afilada. Sintió como si una hoja invisible le tajara el cuerpo.

​—Eres horroroso.

​Ethan se sobresaltó ante aquel inesperado insulto. Sus ojos se abrieron de par en par. El desprecio y la hostilidad tan vívidos en esas palabras hicieron que su corazón se detuviera por un instante.

​—No te pareces en nada a tu madre.

​Aquella voz baja y profunda sonaba casi como una burla.

El hombre caminó hacia la chimenea mientras abría una cigarrera de oro puro, extraía un cigarrillo largo, se lo llevaba a los labios y lo encendía.

​—Lamento lo de tu madre.

​No había un ápice de sinceridad en sus palabras.

​—Es elogiable que hayas llegado hasta aquí, pero me temo que debo darte una noticia aún más lamentable.

​El humo del tabaco se elevaba sobre los hombros del hombre, que seguía de espaldas.

Ethan escuchó lo que decía con el cuerpo y la mente semiparalizados. Que su padre ya había muerto por una enfermedad hacía tres años; que, de acuerdo con los procedimientos legales, él, como hermano, había heredado el título; y que un hijo nacido de una relación extramatrimonial no tenía derechos legales de sucesión ni era reconocido como parte del linaje familiar.

​—¿Por qué tendría que acogerte yo?

​Una mirada espeluznantemente gélida se clavó en Ethan.

Lo que el hombre quería decir era evidente: “No tienes derecho a quedarte en esta casa.”

​—En cuanto amanezca, te enviaré a un orfanato. Será mejor que andar deambulando por los callejones oscuros y morir congelado en la calle.

​El hombre arrojó la colilla con un movimiento rápido de dedos hacia el fuego, que rugía silencioso. Fue un gesto preciso y pulcro, como quien se deshace de un asunto molesto. Luego, tiró del cordón de la campana que colgaba junto a la chimenea. Desde la distancia, el eco de unos pasos resonando en el pasillo se fue acercando.

​Toc, toc. Se escuchó llamar a la puerta.

​—Adelante.

​Ethan levantó la cabeza de golpe para mirar al hombre.

La fría realidad, que se filtraba bajo su piel como una helada, despertó su cuerpo por completo y lo hizo apretar los puños.

«¿Un orfanato?»

Ethan había oído rumores espantosos sobre los orfanatos del East End. Decían que allí se comía pan tan duro como un ladrillo, y que se debía trabajar bajo una estricta vigilancia, rodeados por muros altísimos. Si no obedecías, te azotaban como al ganado hasta hacerte sangrar, y te encerraban en un cuartucho infestado de bichos donde tenías que dormir amontonado junto a otros como si fueran bestias. Y luego, a las cuatro de la mañana, te despertaban de nuevo a golpes con la cachiporra del supervisor, con la vista nublada por el dolor, para empezar otra vez los trabajos del día.

¿Un orfanato?

No podía ir a un lugar tan terrible.

​—Sé cortar muy bien la leña —dijo Ethan a toda prisa, como si intentara aferrarse a los tobillos del hombre. —También se me da bien alimentar a los caballos, barrer y limpiar los establos. Puedo limpiar chimeneas. Soy bueno transportando carbón y haciendo recados para entregar cartas. Puedo lustrar los zapatos hasta que brillen. Sé hacer muchas otras cosas. Además, no como mucho. Me lleno con solo una patata y un tazón de sopa de repollo. No seré un desperdicio de comida.

​Era mentira, pero lo dijo de todos modos. Y tenía la intención de cumplir su palabra.

Con tal de que no lo echara.

​No hubo respuesta. Ethan observó fijamente la reacción del hombre y, finalmente, se arrodilló como muestra de sumisión.

No sintió vergüenza ni humillación. En ese momento, sobrevivir era lo único que importaba.

​—Por favor, déme una oportunidad.

​Estaba seguro de que eso era lo que pensaba, pero en el instante en que pronunció las palabras, sintió unas extrañas ganas de llorar. Era raro, porque no se sentía ni triste ni avergonzado. Ethan contuvo el llanto atrapado en su garganta y apretó los dientes.

Permaneció de rodillas y con la cabeza baja, como un criminal que suplica clemencia.

​A sus espaldas, se escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Ante la realidad que se le venía encima, el mundo se le volvió negro y el pánico se apoderó de todo su cuerpo. Se mordió el labio con tanta fuerza que estuvo a punto de sangrar.

El mayordomo, que ya se había acercado, tomó a Ethan para ponerlo en pie. Era un agarre considerado y cauteloso, pero Ethan se sacudió la mano que lo sostenía por el hombro y tomó la firme decisión de arrojarse a los pies del hombre. Tras el terror y la rabia desesperada que lo habían invadido, brotó en él una obstinada terquedad.

​Justo cuando iba a abalanzarse hacia el frente del hombre…

​—Basta.

​Fue una voz cargada de una autoridad fría y severa.

​—Corta ya con este melodrama barato. Detesto ese tipo de espectáculos.

​El rostro de Ethan se quedó completamente pálido. El acto de mendigar compasión entregando todo su ser había sido rebajado a una burla. Su cuerpo, consumido por la furia, temblaba incontrolablemente.

De repente, escuchó unas palabras que le hicieron dudar de sus propios oídos:

​—Ya veremos qué tan bien cumples con lo que has dicho.

​Antes de que pudiera abrir los ojos de par en par y reaccionar, el hombre dictó su orden.

​—William. Llévate al niño de inmediato. Y asegúrate de que no vuelva a cruzarse en mi camino.

​Fue una voz afilada como un cuchillo.

La puerta se cerró firmemente, dejando atrás la silueta de la espalda del hombre.

​Ethan regresó a la habitación guiado por el mayordomo. Solo cuando la puerta se cerró y finalmente se quedó a solas, sintió que las fuerzas lo abandonaban por completo y que las piernas le temblaban incontrolablemente. Caminó a tropezones hacia la cama y se desplomó sin fuerzas.

El sudor frío le cubría la frente en pequeñas gotas.

​En realidad, había tenido muchísimo miedo.

El rostro implacable de aquel hombre, su aura gélida como una cuchilla, su voz baja y monótona de la que no emanaba emoción alguna, y esa mirada afilada que parecía atravesarlo todo… Todo en él resultaba espeluznante.

​¿Qué vería qué tan bien lo haría de ahora en adelante?

¿Significaba eso que vigilaría qué tan bien se desempeñaba como sirviente? ¿O quería decir que aprovecharía el más mínimo error como pretexto para echarlo a patadas?

​Le dolía la cabeza como si fuera a estallarle.

Intentó seguir el hilo de sus pensamientos, pero debido a que la tensión se había disipado, su cuerpo debilitado se hundió pesadamente en un parpadeo. Sentía como si fuera succionado por un torbellino de arena. Incapaz de vencer el peso del cansancio, sus párpados se cerraron lentamente. Ethan se quedó dormido, cayendo en la inconsciencia.

​Antes de sucumbir al sueño, el último recuerdo que cruzó por su mente fueron los ojos de aquel hombre, que lucían como los de un frío e implacable juez.

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