Mentira.
“El médico de cabecera dictaminó que había fallecido a causa de la fiebre. Sin embargo, cuando intentamos averiguar su paradero tras el funeral, descubrimos que se había esfumado sin dejar rastro.”
Es mentira.
“Todos los sirvientes guardamos un silencio sepulcral para que el joven amo Richard pudiera recibir la bendición de la Iglesia y partir al cielo en santa paz.”
Algo está mal.
Una cosa así jamás podría ser la verdad.
Ethan era incapaz de otorgarle total credibilidad a las palabras de la mujer. Aquel era un Edmund que él no conocía; un Edmund perteneciente a un mundo completamente distinto, uno distorsionado y deformado por el pavor de la servidumbre.
Sin embargo… ¿Es que acaso él conocía realmente su verdadera naturaleza?
“Si tanto extrañas a Richard, ¿por qué no te revuelcas con su cadáver? Seguro que Richard derramaría lágrimas de sangre en el infierno y saltaría de alegría.”
Edmund, sujetando la cabeza de Harold sin un ápice de piedad para sumergirla en el agua. Su figura mofándose de los muertos con una sonrisa gélida.
La ausencia absoluta de un solo retrato de su padre en toda la mansión.
“Prohibir incluso que se guarde luto por el único hermano… El Señor Edmund es, en verdad, un hombre despiadado.”
Los sirvientes, celebrando misas conmemorativas en secreto en el sótano.
“Joven amo. En la medida de lo posible, le sugiero que no se aproxime al Señor. Y mucho menos cuando no haya nadie alrededor.”
“¿Por qué?”
“Porque es peligroso.”
La advertencia que Phoebe le había hecho con extrema cautela poco después de haber llegado él a la mansión.
“Muchacho, más te vale ser cauteloso.”
La advertencia de Harold, provisto de una sonrisa extrañamente turbia y sugerente.
“Porque, verás, Edmund deseará que te ocurra una desgracia de una forma u otra. Vaya, mirándote de cerca, eres el vivo retrato de Richard. Qué lástima. En cualquier otra familia habrías recibido montones de amor por ser tan bien parecido.”
Palabras que, en aquel entonces, no habían sido más que enigmas carentes de sentido.
“Le aconsejo que procure no estrechar lazos con el señor Edmund. Porque terminará por lastimarlo.”
Las palabras de la señora Sutton, grabadas a fuego mientras le estrechaba la mano con desesperación.
Ethan, quien seguía el curso de sus pensamientos desbocados como un río desbordado por el deshielo, alzó la mirada con los ojos vacíos. Fuera de la ventana, la luna recortaba su silueta. Era una luna llena, deslumbrantemente radiante.
Aquella noche de invierno, bajo la claridad de la luna, en el instante en que se topó con aquel hombre en el pasillo frente a la biblioteca del segundo piso, el rostro de Edmund se había transformado como si le hubieran arrancado una máscara. Su semblante se desfiguró de forma pavorosa, lleno de un instinto asesino, como si el mismísimo enemigo al que había ejecutado con sus propias manos hubiera regresado de la tumba.
Unos ojos que interrogaban por qué seguía vivo y de pie en ese lugar.
En el preciso instante en que las piezas del rompecabezas incompleto encajaron y el nudo del enigma, antes difuso como la niebla, se disolvió, el corazón de Ethan se detuvo.
A Ethan se le cortó el aliento.
“Si tanto te intriga saber qué aspecto tenía ese infeliz… Mírate en un espejo. Porque ahí dentro verás a tu padre sonriendo de una forma espeluznante.”
Unos ojos desbordantes de aversión que lo acribillaban con una mirada homicida.
El veneno parecía propagarse por todo su cuerpo, paralizando sus nervios y despojándolo de la capacidad de pensar.
El joven preparó el arma. Tendido sobre la hierba, apoyó el cañón y apuntó con fijeza.
Entre el oleaje de los pastizales que se mecían con el viento, se divisaba la silueta difusa de un ciervo.
Dejó escapar un silbido agudo y penetrante.
El ciervo interrumpió su marcha. Alzó la cabeza y volvió la mirada con lentitud.
Un estallido seco resonó en el aire.
El ciervo se desplomó pesadamente, quedando sepultado bajo el manto de los pastizales hasta desaparecer de la vista.
El hombre avanzó abriéndose paso entre la maleza.
Cuando finalmente se adentró en aquel agitado mar de cañas plateadas, lo que halló tendido en el suelo fue un cadáver.
No era un ciervo.
Un hombre con el centro de la camisa empapado en sangre yacía muerto, con los ojos desorbitados y la cabeza ladeada.
Era su padre.
—¡Ah…!
Ethan abrió los ojos de golpe. Su corazón dio un vuelco violento, como si acabaran de sacarlo a rastras del fondo del agua.
La escena que había presenciado en su pesadilla permanecía intacta y nítida: el ciervo desplomándose, el hombre caminando a través del pastizal y el cadáver tendido a sus pies. La mancha de sangre, de un rojo encendido, extendiéndose sobre el pecho.
Dado que la imagen que poseía de su padre era borrosa, aquella figura adoptó de manera natural una fisonomía idéntica a la suya. Debido a ello, una oleada de náuseas aún más intensa le trepó por la garganta.
Por puro reflejo, se palpó el costado izquierdo del pecho. No había nada.
Ethan permaneció tendido, con la mirada perdida, igual que un ciervo que ha exhalado su último suspiro tras ser atravesado por una bala en el corazón.
—Buenos días —le saludaron.
—Sí, igualmente.
Los sirvientes sirvieron los platos. Tras asentar las fuentes de la comida, inclinaron la tetera de plata para llenar los vasos con agua hasta el borde. Ambos comenzaron a desayunar en el más absoluto silencio.
Ethan hacía esfuerzos sobrehumanos por no clavar la mirada en el hombre.
La escalofriante sensación de tener una bala incrustada en el corazón todavía no se había desvanecido.
Sentía la boca pastosa y amarga, como si estuviera mordiendo un pedazo de hierro oxidado.
El hombre untó mantequilla en el pan. El filo del cuchillo de plata destelló con un brillo gélido.
Acto seguido, Edmund empuñó el cuchillo.
Cortó la carne inclinando ligeramente el filo. Presionando el cuchillo con firmeza con el dedo, separó los tiernos fragmentos de la carne marinada en vino. Era un movimiento de una precisión milimétrica, comparable al de un cirujano dirigiendo una operación.
Una fuerza pavorosa residía en el interior de unas manos que se movían con semejante elegancia.
—Ethan.
Ethan se sobresaltó ante aquel llamamiento repentino. El hombre posó el cuchillo que sostenía en la mano sobre la mesa.
—Parece que tienes algo que decirme.
Él alzó la mirada para observarlo.
Eran unos ojos tan gélidos y afilados como un bisturí. Aquella mirada imperturbable parecía traspasar sus intenciones con una agudeza quirúrgica. Ethan apretó con fuerza los cubiertos que sostenía en las manos. Sintió un frío ramalazo en el estómago, como si le hubieran adivinado el pensamiento.
—Tío.
Su voz brotó baja y ligeramente ronca.
—¿Podría salir a pasear con Carus hasta el pueblo esta tarde?
—Por supuesto —respondió el hombre—. Carus es tu caballo. A estas alturas, ¿qué motivo tienes para pedirme permiso de una manera tan repentina?
—Es solo que… deseaba salir y alejarme un poco.
Ethan percibió que el hombre lo escrutaba con extrema atención. Bajó la cabeza y se concentró en la comida que tenía enfrente. En realidad, no era capaz de saborear nada; sus sentidos estaban tan anulados que era como si masticara un trozo de goma. Su corazón, cautivo de la ansiedad, martilleaba con fuerza.
«¿De verdad asesinaste a mi padre?»
Logró tragar a duras penas la pregunta que ya le subía por la garganta. El simple hecho de pensarlo le hacía sentir como si le estrujaran el corazón.
Si de verdad él hubiera hecho algo así, si fuera el asesino que ejecutó a su propio padre con sus manos, ¿qué se suponía que debía hacer?
Asesino.
Aquella palabra, afilada como una cuchilla de afeitar nueva, se le clavó en el pecho.
Ethan soltó los cubiertos con extrema dificultad; estuvo a punto de perder el control y dejarlos caer. Por un instante, tuvo que reprimir el impulso de empujar la silla y salir huyendo de la mansión.
El deseo imperioso de encarar al hombre y exigirle la verdad colisionaba de forma violenta con el ansia de cerrar la boca para siempre y fingir ignorancia.
Una oleada de bilis le subió por el estómago. Sintió unas náuseas espantosas. Apretó los dientes y contuvo a la fuerza el flujo amargo que amenazaba con brotar por su garganta. Sus palmas se cubrieron de un sudor frío y pastoso.
—No pareces encontrarte bien. Sube a tu habitación y descansa.
Aquel dictamen cayó sobre él, sin que pudiera distinguir si se trataba de un gesto de consideración o de una orden de expulsión disfrazada.
—…Gracias. Con su permiso, me retiro.
Ethan empujó la silla y se puso en pie. Durante todo ese proceso, fue plenamente consciente de que el hombre no apartaba la mirada de él ni por un segundo.
Para no dar la impresión de estar huyendo, frenó sus pasos, los cuales tendían a acelerarse de manera involuntaria. Aquella mirada permaneció clavada en su espalda hasta que cruzó el umbral de la puerta. Se sentía exactamente como una presa perseguida por un depredador.
Por primera vez desde su llegada a la mansión, entró corriendo al cuarto de baño y vomitó.
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