Edmund permanecía sentado, completamente solo en la vacuidad del despacho.
El rostro de Ethan, susurrando que la Señora West era una mujer hermosa tras enterarse de que había sido su prometida…
“Del tipo de belleza capaz de enamorar a cualquiera a primera vista.”
Aquella sonrisa extrañamente provocativa…
“A decir verdad, yo también me enamoré de ella a primera vista.”
“Uno no puede mandar en el corazón, ¿sabes? ¿No es así?”
Richard, soltando una risa burlona a escasos centímetros de su rostro, desafiándolo con descaro.
«¿Cómo te atreves?»
En aquel instante, ese había sido el único pensamiento que había cruzado por su mente.
Las brasas de una pesadilla que creía concluida hacía ya mucho tiempo, y que mantenía en el olvido, cobraron vida de forma vívida. Ante sus ojos, una atroz aparición se materializó con la nitidez de una burla.
«¿Cómo te atreves tú…?»
Apretó los puños con tal fuerza que parecía a punto de hacer añicos los reposabrazos del sillón.
Edmund inclinó la cabeza. Se llevó una mano a la frente, haciendo un esfuerzo supremo por sacudirse la aparición que rondaba de forma persistente en su mente.
«Ese muchacho no es Richard.»
Cerró los ojos con fijeza y apretó los dientes, conteniendo las emociones que amenazaban con desbordarlo.
La estructura ósea de su mandíbula, firme y afilada, se marcó con fuerza, mientras su cabeza se hundía cada vez más bajo el peso de un dolor tan abrumador como una roca que le oprimiera el cuerpo entero.
Al escuchar el eco de las campanadas del reloj que resonaban desde la planta baja, levantó la cabeza.
Edmund se puso de pie, tal como si intentara sacudirse la sombra que lo aferraba por los tobillos.
Removió los restos de la leña consumida. Tras verificar si aún quedaba alguna brasa viva en el interior de la chimenea, se dio la vuelta. La suela de sus zapatos de cuero suave tropezó con algo en el suelo.
Había un naipe atrapado bajo la alfombra, uno que no habían alcanzado a recoger durante el disturbio. Era el as de espadas.
“¡No me refería a eso en absoluto! No es verdad… No es verdad… No es verdad.”
Edmund clavó los ojos en la carta que sostenía en la mano y, tras una tensa contemplación, la depositó sobre la mesa.
Tiró del cordón de la lámpara de seda azul para extinguir la luz. Cerró la puerta tras de sí. Momentos después, la claridad se encendió en sus aposentos para desvanecerse casi de inmediato. La mansión entera quedó sepultada bajo una densa capa de oscuridad.
En mitad de esa negrura absoluta donde todo parecía haber conciliado el sueño, la única que parpadeaba débilmente era aquella brasa que continuaba con vida, conteniendo el aliento entre las gélidas cenizas de la chimenea.
* * *
En las residencias de la alta sociedad londinense, cuyos ventanales permanecían iluminados hasta altas horas de la noche, se celebraban fiestas fastuosas y rutilantes. El eco de las risas resonaba por doquier en el ambiente.
Una dama que lucía un brazalete de chapa de oro con amatistas incrustadas agitó la mano junto a su rostro mientras comentaba:
—Dicen que el Señor Wilson ya ha sido rechazado tres veces consecutivas en las puertas de la residencia de la Señora West.
—La primera vez, ella alegó que no podía recibirlo debido a una jaqueca nerviosa; la segunda, que carecía de tiempo por encontrarse posando para un retrato; y la última…
—Resulta que cuando él se presentó en la sala de recepción, la dama se encontraba en compañía del Señor Edmund.
—Y para colmo, completamente a solas.
—¡Por Dios! ¡Si el mundo entero está al tanto de que la historia entre ellos concluyó hace ya una eternidad!
—Eso no es todo. Hubo testigos que afirmaron haberlos visto sentados juntos en el teatro.
—¿Cómo habrán llegado a esto?
—Especialmente después de lo que ocurrió en el pasado… Cuando la Señora West, con el hermano de él…
—¡Shh! —advirtió alguien, llevándose un dedo a los labios en señal de cautela.
Una pareja acababa de hacer su ingreso al salón de baile.
La Señora West vestía un traje de noche con un escote de vértigo que dejaba su espalda completamente al descubierto, acentuando la pulcritud de sus hombros y la esbeltez de su ceñida cintura. Con una mano cubierta por un guante de seda, se mantenía sujeta del brazo del hombre con un ademán sumamente afectuoso.
Los presentes intercambiaron miradas preñadas de complicidad. En un rincón del salón, el Señor Wilson, quien se encontraba conversando con un grupo de caballeros, desvió el rostro de inmediato en cuanto la divisó.
—Miren allá.
Un camarero les aproximó una bandeja de plata, y el Conde tomó una copa de champán para ofrecérsela a la dama.
Aunque la Señora West era una mujer alta y estilizada, al permanecer de pie junto al Conde lucía pequeña y frágil. La estampa de ambos avanzando a la par acaparó de inmediato la atención de todos los grupos sociales.
—De modo que los rumores eran ciertos. Dicen que el Señor Edmund ha caído redondo ante las redes de su antigua amante…
—Y pensar que se trata de la misma mujer que lo abandonó en el pasado.
Aquellos caballeros que ridiculizaban al Conde mientras aspiraban con fuerza de sus pipas de espuma de mar, eran incapaces, no obstante, de apartar los ojos de la mujer mientras pronunciaban tales palabras.
Sarah West se hallaba en la cúspide de su opulencia y de su belleza. Sin importar el momento o el lugar, siempre contaba con una legión de pretendientes que hacían fila para venerarla. Todos ellos se desvivían por obtener aunque fuera un vestigio de su sonrisa, y ansiaban con fervor que llegara el día en que pudieran recoger del suelo un pañuelo o un abanico extraviado por ella para devolvérselo. Sin embargo, Sarah West era como un pez esquivo que, en cuanto se creía atrapado en la mano, se escurría con presteza a través de las mallas rotas de la red. Nadie había sido capaz de conquistar su corazón.
Y de buenas a primeras, el Conde de Leicester había aparecido para reclamarla ante los ojos de todos, como si fuera un trofeo legítimo.
Para el resto de sus pretendientes, aquello constituyó un auténtico cubo de agua fría en un día despejado. Merodeaban a su alrededor como canes hambrientos, pero ninguno poseía la osadía necesaria para plantarle cara al Conde. Nadie era capaz de sostenerle la mirada ante la inmensidad de su fortuna, su estatus, su temperamento gélido y esas pupilas implacables con las que parecía despreciar cualquier cosa que considerara insignificante.
La Señora West gozaba del amparo del Conde; aquello era una verdad absoluta que nadie en el salón ignoraba.
—Sea mi amigo. Y… Protéjame de esta guarida de lobos.
Esa había sido la condición estipulada por ella.
—Pretende instrumentalizarme —había señalado el Conde en su momento, empleando un tono de profunda burla.
—No es una demanda compleja. Si usted me brinda su protección dentro de los círculos de la alta sociedad, yo no le exigiré ninguna otra compensación a cambio. ¿Qué me dice?
—¿Me ofrece unos terrenos de un valor astronómico a cambio de una condición tan insignificante?
—Así es.
El hombre la había escrutado con una mirada afilada, recelando de sus verdaderas intenciones, y solo tras un prolongado silencio había aplastado la colilla de su cigarrillo en el cenicero.
—De acuerdo.
Edmund había cumplido los términos del acuerdo con absoluta fidelidad.
Resultaba irónico ver cómo, en cuanto ella se presentaba en los eventos escoltada por el Conde como pareja, los mismos sujetos que solían cortejarla de forma insistente se batían en retirada a trompicones, emulando a una manada de hienas que tropieza con su depredador natural. Era un espectáculo patético.
Tras conducir a la Señora West hacia un grupo de la nobleza de intachable reputación, Edmund se retiró del lugar de forma imperceptible, mediante un sutil desplazamiento.
Ella aportó un par de comentarios sobre las últimas tendencias de la moda de París mientras, con disimulo, desviaba la mirada hacia el fondo del salón. Allí divisó al Conde, rodeado por un séquito de magnates industriales de Londres y Nueva York, ministros del gobierno y miembros de la Cámara de los Lores. Bajo el resplandor de las luces, el hombre exhalaba lentamente el humo de su cigarro, evocando la imagen de una fortaleza medieval sepultada bajo una densa niebla gélida.
«¿Quién diablos sería capaz de abrir una brecha en esa muralla?
En esos muros de piedra maciza que no conceden el menor resquicio.»
Como si hubiera percibido el escrutinio, el Conde desvió la mirada.
Incluso en mitad de aquella multitud de cuerpos amontonados, localizó con precisión milimétrica a la persona que lo observaba y le sostuvo la mirada, fijando sus ojos en ella tal como quien apunta con el cañón de un fusil. Eran unas pupilas desprovistas de amor o de ternura; unos ojos en cuyo fondo no se reflejaba el menor residuo de afecto del pasado.
Unas pupilas de un azul glacial, emulando a un iceberg eterno que jamás habría de derretirse.
* * *
«Fui un estúpido.
¿Cómo tuve la osadía de intentar tantear sus intenciones?»
Una vez que el hombre hubo abandonado la habitación, Ethan se sentó en la cama, se rodeó la cabeza con los brazos y se encogió sobre sí mismo. Aunque los temblores del pánico que habían aprisionado su cuerpo entero ya habían amainado, las secuelas del impacto sufrido en aquel instante se negaban a desaparecer.
El momento exacto en que el Conde había dejado entrever su furia.
En el preciso segundo en que Ethan había pronunciado el nombre de aquella mujer mientras esbozaba una sonrisa, el rostro del hombre se había congelado de una forma tan espantosa, tal como si estuviera contemplando a un monstruo abominable.
«Jamás imaginé que se enfurecería hasta ese extremo.
Incluso si todavía albergara algún rastro de añoranza por ella, no creí que reaccionaría de una manera semejante. Como si yo hubiera cometido una atrocidad terrible e irreversible…»
Ethan se encogió aún más, víctima de una sensación pavorosa, como si un afilado bloque de hielo estuviera perforando el interior de su cuerpo. Sentía un frío tan lacerante como si se encontrase de pie en mitad de una llanura nevada donde rugía un viento ártico.
Comprendió que, en realidad, siempre lo había sabido; sabía perfectamente que un día como este habría de llegar tarde o temprano, pero se percató de que una parte de su corazón se había negado rotundamente a admitirlo.
Porque en el instante en que lo reconociera, el paraíso que lo rodeaba se vendría abajo en un abrir y cerrar de ojos, emulando a un castillo de arena edificado a la orilla del mar.
Aquellas jornadas idílicas donde las ovejas correteaban por las praderas y el pastor soplaba su flauta; un Edén celestial que evocaba la Antigua Grecia.
Sin embargo, aquel paraíso en el que Ethan había creído ciegamente jamás había existido en primer lugar. Solo había estado engañándose a sí mismo.
Al colisionar de frente contra la realidad, gélida y sólida como una roca, aquel paraíso incorpóreo y carente de solidez se hizo añicos, tal como un frágil cristal que estalla en mil pedazos. Los fragmentos de esa ilusión rota se incrustaron profundamente en su pecho, infligiéndole una herida lacerante. En el fondo de la herida, comenzó a estancarse una sangre oscura y densa.
Ethan inclinó la cabeza y contempló con la mirada perdida los vestigios de su paraíso destruido a sus pies, sumido en una absoluta desolación.
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