Tras terminar las vacaciones de verano, el hombre abandonó Londres por asuntos de negocios y no regresó. Era la primera vez que dejaba desierta la mansión durante una semana entera. La residencia sin él perdió el aliento de vida en un instante. El escenario radiante y deslumbrante del verano también se descolorió. Ethan lo esperó.
Mientras estaba sentado en un Olmo a la falda de una colina, con un libro desplegado sobre las rodillas y mascando una hoja de hierba, escuchó a lo lejos un retumbar tenue. Un vehículo cruzaba la entrada principal adentrándose por el camino de acceso. Ethan se puso de pie de un salto. Corrió sin detenerse a pensar en recoger el libro que había arrojado en la sombra del pastizal.
Cruzando el puente de piedra sobre el lago, el vehículo subió la colina. Se detuvo en el patio delantero de la mansión, pavimentado con adoquines. Cuando el chófer le abrió la puerta, el hombre salió del asiento trasero.
—¡Edmund!
El hombre miró hacia atrás.
Ethan subió corriendo la colina de un solo aliento y, sujetándose las rodillas con la cintura inclinada, jadeó buscando aire. El aliento le subía hasta el tope de la garganta, dificultándole la respiración. Solo después de aplacar la respiración anhelante, levantó la cabeza.
—¿A dónde fue?
Su rostro blanquísimo, salpicado de finas gotas de sudor, sonreía.
Edmund no respondió. Tras contemplar a Ethan en silencio con un rostro inexpresivo, giró la cabeza.
A lo largo de todo el trayecto en que cruzaban el patio y subían la escalinata de la entrada principal, Ethan permaneció pegado a su lado charlando sin parar.
Incluso mientras el hombre se quitaba los guantes y el sombrero para entregárselos a un sirviente, y cruzaba el vestíbulo para subir la escalinata, Ethan no detuvo su conversación. Había muchas cosas que quería contarle. Aunque no podía decirle lo que verdaderamente deseaba, las palabras que tenía para ofrecer le sobraban y rebasaban. Absorto en cotorrear de esa manera tan frenética, Ethan no se percató de que, desde que había regresado a la mansión, el hombre había mantenido un silencio absoluto.
Fue solo al seguirlo al interior del despacho que se dio cuenta de que algo andaba mal. El hombre no dio muestras de reconocer la presencia de Ethan. No le acarició la cabeza ni le sonrió. A pesar de haber estado separados durante una semana entera, ni siquiera le preguntó por su estado.
La sonrisa que permanecía en la comisura de sus labios desapareció gradualmente.
—El señor Montfort dijo que las callejuelas de Venecia son sumamente hermosas. Ojalá algún día pueda ir junto con Edmund…
¿Acaso habrá ocurrido algo malo?
Sucedió mientras guardaba silencio observando el semblante del hombre. Él habló. Era la primera vez que abría la boca desde que había regresado.
—No hay de qué prestar atención a las palabras del señor Montfort. Ese sujeto se marchará pronto.
—¿Vendrá un nuevo preceptor?
—No.
Ethan lo miró fijamente.
El hombre se quitó la chaqueta y la depositó sobre el sofá. Era un movimiento sereno y refinado como de costumbre, pero algo era distinto. Albergaba un presagio funesto de naturaleza indescifrable.
Sin saber de qué se trataba, era evidente que las cosas no habían salido bien. Cegado por la alegría del reencuentro, no había sido capaz de ponderar a tiempo los sentimientos de la otra persona.
Ethan examinó con cautela la expresión del hombre.
—Un preceptor privado ya no es necesario en esta casa. Puesto que no hay ningún estudiante a quien enseñar. —Sin dirigirle la mirada a Ethan, con la vista fija hacia el frente, él añadió—: Irás a Eton.
Los ojos de Ethan se abrieron de par en par.
Antes de que pudiera preguntar algo, él continuó hablando. Era un tono rígido en el que no había ni la más ínfima rendija por donde colarse. La voz era desabrida y seca. Recordaba a un juez que dictamina ante el tribunal los hechos delictivos de un acusado.
—Debí haberte enviado antes, pero me he retrasado demasiado. Que un varón de tu edad permanezca encerrado en casa es algo insensato. Esto no es una escuela. Aceptar tus travesuras también llega hasta aquí. Si tú también eres un hombre, no querrás vivir recibiendo cuidados dentro de un invernadero. El ingreso es la próxima semana. Tenlo en cuenta.
Sintió como si le hubiera caído una bomba sobre la cabeza.
Ethan permaneció petrificado durante un largo rato. La mente se le quedó en blanco y los pensamientos se detuvieron, por lo que no le salía palabra alguna. Las palabras pronunciadas por él revoloteaban desordenando su cerebro. Era incapaz de mover un solo pie, como si tuviera la planta clavada al suelo.
Fue solo cuando él le dio la espalda, como dando por terminado lo que tenía que decir, que la lengua paralizada de Ethan logró moverse a duras penas.
—Antes sus palabras eran distintas… Me dijo que no tenía que ir.
—Fue un error mío.
El tono era frío y tajante.
—¿Acaso es porque teme que yo no sea capaz de valerme por mí mismo? No se preocupe. Puedo hacerlo… Si he sido demasiado malcriado, lo siento. En adelante me comportaré con madurez. Por eso…
—Ethan —dijo él, manteniéndose de espaldas—. ¿Acaso te parece que estoy haciéndote una propuesta?
No era una pregunta. Aquello era una notificación.
El hombre le estaba notificando unilateralmente a Ethan.
El rostro de Ethan quedó desencajado. Al instante siguiente, la ira brotó de forma paulatina.
—¿Y si me niego? —dijo Ethan clavando la mirada en la espalda del hombre. Era una forma de hablar entrecortada y mascullada en voz baja—. Si le digo que no lo necesito, que jamás iré, ¿qué es lo que va a hacer?
—En ese caso… —El hombre giró el cuerpo. —Tendrás que salir de aquí.
Solo entonces él miró a Ethan directamente.
Ethan quedó horrorizado ante la falta total de conmoción en el rostro del hombre. Se dio cuenta de que él tenía la intención real de expulsarlo. De que pretendía desterrarlo de aquella mansión que había sido como un sueño en pleno día.
¿Por qué?
De pronto, le llegó la revelación.
…Edmund estaba despierto.
Aquel día en el hotel, cuando yacía en el sofá con los ojos cerrados bajo la luz del mediodía y Ethan, incapaz de contenerse, lo había besado; Edmund había estado despierto.
Él lo sabía todo.
El anhelo del muchacho, aquella devoción que soñaba y anhelaba con pureza y que, al distorsionarse, había hecho florecer un deseo oscuro; la pasión por codiciar lo prohibido y alcanzarlo. La oscuridad en su interior.
—…Por favor, permítame quedarme aquí.
La voz que se filtraba débilmente temblaba con finura.
—No tiene que hacer nada por mí, no me importa. Incluso si tengo que mudarme a vivir al desván, no me importa. Si tengo que ganarme el sustento, trabajaré. Puedo hacerlo bien. Usted sabe que aprendo rápido. Puedo hacer cualquier cosa bien. Por eso…
“Edmund…”. Los labios con los que concluía la frase perdieron el color y temblaron intensamente como si estuvieran entumecidos por el frío.
No debió haber hecho eso.
No debió habérsele acercado. No debió aproximarse solo por el deseo de tocarlo aunque fuera un poco. Sin embargo, ¿cómo podría no haberlo hecho? Estando tan desesperado.
Las lágrimas se acumularon en sus pupilas de un gris claro y transparente. Ethan miró al hombre con angustia, como un niño perdido. Contempló aquel rostro inexpresivo, gélido y sereno como un lago cubierto por una fina capa de hielo, en el que no se podía hallar el menor atisbo de cambio.
—No habrá marcha atrás —dijo él—. Prepárate para marcharte a Eton en breve.
Él le dio la espalda, sacó una petaca de oro puro y, de forma irritable, sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Le prendió fuego y le dio una calada. Fue justo en el momento en que exhaló una larga bocanada de humo, como quien deja ir un suspiro…
—Lo amo.
Los movimientos del hombre se congelaron.
Ethan se movió. Tras dar uno o dos pasos con dificultad, terminó impulsándose contra el suelo y corrió con todas sus fuerzas.
Lanzó todo su cuerpo y se aferró enfáticamente a la espalda del hombre. Hundió el rostro en aquella espalda cálida y firme.
—Lo amo, lo amo, lo amo, Edmund.
La confesión mezclada con sollozos brotó como una explosión.
Ya no podía ocultarlo más.
Lo amaba.
Lo amaba locamente, hasta el punto de no poder expresarlo con palabras. Él lo era todo. Desde el momento en que abrió los ojos y comenzó a conocer el mundo, solo él lo había sido todo. Él se lo había enseñado todo: la alegría y la tristeza, la frustración, el deseo; absolutamente todo.
No podía siquiera imaginar un mundo donde él no estuviera.
—Por favor…
Acumuló fuerza en los brazos que rodeaban al hombre.
Las lágrimas continuaban cayendo sin cesar. Empaparon sus mejillas y tiñeron de oscuro la espalda a la que estaba adosado.
—No me… abandone.
Sollozaba en silencio, colmado de desesperación.
Se dio cuenta de que él pretendía abandonarlo. Se dio cuenta de que pretendía alejarlo de él, enviarlo lejos de aquél lugar. Las puertas del paraíso que tenía ante sus ojos se cerraron firmemente. El único dios al que servía el muchacho lo había desterrado.
—Lo amo, lo amo a usted, Edmund.
Como un dique que se rompe, las emociones contenidas cayeron a torrentes ardientes. Una fuerte corriente se desbordó, arrastrando el vasto río en un turbulento y turbio torrente. La desgarradora confesión fue vomitada. Era una súplica colmada de desesperación. Una confesión sacramental ofrecida a Dios al borde del precipicio. Ya no podía ocultarlo más.
—Para mí… no hay nadie más que usted…
Hundió sus labios mojados en lágrimas sobre la espalda del hombre.
«No me abandone, por favor.
A mí, que solo lo conozco a usted…»
El hombre colocó la mano sobre los brazos de Ethan, que le rodeaban la cintura con fuerza. Desató con firmeza los brazos que estaban entrelazados como un nudo y apartó el cuerpo de Ethan.
El hombre giró el cuerpo.
La serie de movimientos continuos era tan elegante que Ethan no pudo hacer más que contemplarlo con la mirada perdida.
Fuera de la ventana, ardía el resplandor del atardecer del color de la sangre. Parecía que el mundo llegaba a su fin. La figura del hombre de pie con la ventana a las espaldas no se veía al estar cubierta por la oscuridad del contraluz. Él extendió la mano como intentando sujetar algo.
Cuando la mano del hombre avanzó hacia su rostro, Ethan cerró los ojos. Dejó ir un profundo aliento con el rostro deslumbrante y mojado por las lágrimas.
No le importaba incluso si él sentía lástima por su persona. No le importaba si no era más que compasión.
Un brote tenue asomó la cabeza en la tierra pisoteada.
Los dedos que tanteaban el aire tocaron su rostro. Un agarre grande y firme descendió a lo largo de sus mejillas húmedas y recorrió el cuello. Sostuvo el pulcro cuello de la camisa. Al instante siguiente, le agarró las solapas de la camisa de un tirón.
Tras ser arrastrado hasta quedar justo ante sus ojos, sus miradas se cruzaron.
—Al final, tú también eres idéntico a tu padre.
El hombre estaba sonriendo.
Si es que a aquello se le podía llamar sonrisa.
Una mirada impregnada de furia, júbilo, aborrecimiento; la mirada de quien contempla a la criatura más rastrera del mundo, algo tan horrendo y sucio que resulta espantoso incluso al roce de las yemas de los dedos.
El hombre agarró a Ethan. Lo arrastró con extrema facilidad como quien manipula a un muñeco y echó a andar. Era imposible saber hacia dónde se dirigían. Fue solo al doblar la esquina del pasillo del segundo piso y alcanzar la parte más profunda que Ethan lo comprendió. Él insertó una llave en la cerradura y la giró. Al tiempo que se escuchaba un chasquido metálico, empujó a Ethan hacia el interior.
¡Bang! La puerta se cerró de golpe.
Al principio no se veía nada. Todo estaba sumido en una absoluta penumbra y era imposible discernir qué había allí. Sucedió entonces cuando resonó en el aire el rasguño de algo frotándose. Una llama brotó con ímpetu. La ola de luz que se propagó en un instante iluminó la oscuridad con resplandor.
Era una habitación sumamente suntuosa. Asimismo, poseía un aire exótico. A pesar de que la mayor parte permanecía sepultada en la penumbra y no se veía con claridad, se podía notar a simple vista que era ostentosa.
Cada vez que la llama de la vela oscilaba, las sombras dentro de la habitación también convulsionaban.
El hombre, arrastrando a Ethan como quien apresa a un rehén, lo empujó de golpe hacia el frente.
En el instante en que vio el cuadro ante sus ojos, Ethan se congeló.
Ante sus ojos se encontraba una persona que, vista a simple vista, era exactamente igual a él. De no haber sido por la vestimenta, sin duda habría creído erróneamente que se trataba de sí mismo. Una chaqueta de un deslumbrante color verde mezclado con dorado, una corbata que le envolvía el cuello con exuberancia, y un joven que reclinaba el cuerpo de forma relajada sobre un sillón mientras sostenía en la mano un bastón que destellaba con brillo plateado.
Un cabello negro que vertía un lustre semejante al de una hiedra elegante. Unas pupilas de tono grisáceo que brillaban repletas de confianza en sí mismo. Unos labios que sonreían con pureza como burlándose de algo.
Sintió un escalofrío ante una apariencia que se le asemejaba en exceso.
—Pensé que solo eran idénticos en el rostro… Pero veo que ese aspecto repugnante tampoco se fue a ninguna parte.
La voz del hombre se escuchó a sus espaldas.
—Tu padre no entendía de razones. Por más que lo rechazara, por más que arrancara y volviera a arrancar a ese sujeto que se aferraba como una sanguijuela, no servía de nada. Por eso, un día le dije lo siguiente: “Está bien. Si de verdad tus sentimientos son sinceros, si es así, entonces… Muérete”.
El susurro se adentró profundamente en el fondo de su pecho. Asemejaba a alguien que pegaba los labios a su oído para contarle un secreto. A pesar de que, en realidad, se encontraba bastante apartado de él.
—“Si verdaderamente te mueres, te creeré que esos malditos sentimientos son sinceros”
Sintió como si el corazón se le petrificara.
—¿Cómo crees que terminó la historia?
Ethan se giró lentamente. Las lágrimas que habían cubierto su rostro de forma abundante ya se habían secado por completo.
El hombre, tras cortar el cigarro, le prendió fuego, luego agitó el cerillo y lo arrojó al interior de la chimenea en penumbras.
Tras aspirar una calada profunda y pausada, exhaló un humo denso. Cubierto por el humo que fluía, el rostro del hombre no se veía.
—Tu padre lo llevó a cabo de forma espléndida.
El hombre, que hacía rodar dulcemente en su boca el humo que la llenaba como quien saborea un vino, lo exhaló a lo largo como si detallara un procedimiento. Tras un prolongado silencio, habló como quien coloca un punto final:
—Por eso es que yo estoy aquí.
Era un tono de voz frío, silencioso y al mismo tiempo rotundo.
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