—El Señor solicita su presencia para la cena.
Esa misma tarde, el doctor Harris declaró la total recuperación de Ethan. Finalmente, recibió el permiso para salir de su habitación. Ethan caminó hacia el comedor siguiendo los pasos del mayordomo. Era la primera vez que compartiría la mesa con aquel hombre. Se sentía sumamente tenso, temeroso de cometer algún error.
Tras cruzar el vestíbulo y llegar a lo más profundo del pasillo, el mayordomo abrió la puerta con delicadeza.
Era una estancia revestida con un suave papel tapiz de color verde claro. Sobre el reluciente suelo de madera se extendía una alfombra rosa de gran grosor, y hermosas acuarelas de aves y flores decoraban las paredes por doquier.
Las cortinas de damasco amarillo brillaban con un sutil resplandor. Las llamas que danzaban en la chimenea teñían de calidez el mantel, blanco como la nieve. Se respiraba una atmósfera cómoda y acogedora, exenta de cualquier rigidez formal.
Ethan vaciló.
Aquel ambiente extrañamente íntimo le provocaba un cosquilleo en el estómago. Se sentía como si hubiera sido invitado a una habitación secreta, oculta en lo profundo de un castillo.
—Pasa.
El hombre lo estaba esperando.
Al sentarse a la mesa, Ethan se tensó ligeramente al percatarse de que la distancia entre ambos era menor de lo que esperaba. La cálida luz proyectada por las velas infundía delicadas sombras sobre el rostro del hombre, otorgándole un aspecto que era a la vez severo y suave.
Él posó su mirada en Ethan. El cuerpo del niño, que se había relajado debido a la atmósfera, se tensó de inmediato de forma instintiva.
—La ropa te queda grande.
Ethan abrió los ojos de par en par ante aquella inesperada observación.
Llevaba puesto un traje de cachemira confeccionado con una gruesa tela de color gris. Tanto los calcetines como los zapatos eran de excelente calidad y, debido a que habían sido tratados con sumo cuidado, no mostraban las huellas del paso del tiempo. Sin embargo, dado que era ropa que el hombre había usado durante su propia infancia, la talla no era la adecuada. La camisa le iba holgada y los pantalones eran tan largos que había tenido que doblar el dobladillo varias veces.
La mirada del hombre recorrió la figura de Ethan.
—Habrá que confeccionarte ropa nueva.
—Estoy bien así —respondió Ethan con prontitud. El muchacho estaba genuinamente satisfecho. Las prendas eran lo suficientemente abrigadoras y tan suaves como el pelaje de un gato. En comparación con sus días en los barrios bajos, esto era un lujo con el que ni siquiera habría podido soñar. No tenía motivos para quejarse solo porque la talla no fuera la correcta.
Los sirvientes vestidos de uniforme comenzaron a servir los platillos.
Primero se presentó una sopa caliente de langosta europea, seguida de bacalao cocido con espárragos y queso brie. Posteriormente, se sirvió pato asado acompañado de puerros dorados y finas rodajas de pera.
—Come.
—Sí.
Ethan, que había estado tan concentrado en el hombre que permanecía tenso, bajó la mirada hacia la mesa un instante después. Sus pupilas se dilataron por completo.
Si hubo algo que la señora Hamilton pasó por alto al asumir la educación de Ethan, fue que el muchacho lucía tan refinado que ella ni siquiera pensó en la necesidad de enseñarle modales en la mesa.
Ethan se topó con un obstáculo colosal.
«¿Qué es esto?»
La cantidad de cubiertos dispuestos en la mesa era excesiva. No tenía idea de cuál debía utilizar.
Aunque su madre le había enseñado una estricta etiqueta, Ethan desconocía el uso de la cubertería en un banquete formal. En su vida en los barrios bajos, un tosco cuchillo y un tenedor hechos de peltre habían sido todo su repertorio, por lo que su confusión era natural.
La pesada vajilla de plata resplandecía ante sus ojos con una presencia imponente y casi amenazadora. Los utensilios alineados a ambos lados del plato parecían un ejército ordenado en perfecta formación. Su mente se quedó en blanco.
«¿Qué hago?»
Por reflejo, paseó la mirada a su alrededor intentando hallar alguna pista, pero no encontró nada. Sentía tanta impotencia y frustración de mostrar una figura tan torpe en su primera invitación a cenar, que estuvo a punto de romper en llanto. Se mordió los labios con fuerza.
Fue justo cuando miró de reojo hacia el frente, como quien se aferra a un clavo ardiendo.
El hombre tomó la cuchara situada en el extremo exterior y tomó un poco de la sopa servida en el cuenco hondo. Se llevó la cuchara a la boca.
Ethan contuvo el aliento mientras lo observaba y, con lentitud, tomó la cuchara que se encontraba en el extremo exterior.
Los movimientos del hombre eran pausados. Se movía con una soltura pausada, como si estuviera realizando una demostración para alguien. Sus ademanes, elegantes y silenciosos, infundían una sensación de serenidad con solo mirarlos. Ethan continuó con la cena, observándolo con el rabillo del ojo. A medida que lo imitaba paso a paso, comenzó a vislumbrar un patrón constante.
«Ah, se usan en orden, empezando desde los extremos.»
Una vez que descifró la regla, la ansiedad se disipó, dando paso a la tranquilidad. Fue en ese momento cuando finalmente pudo percibir el sabor de los manjares que deleitaban su paladar. Ethan dejó atrás la tensión y comenzó a disfrutar de la comida con comodidad.
De pronto, le vino el pensamiento de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cenado acompañado de alguien. Una cálida tibieza se propagó por el interior de su cuerpo. Aunque la comida también era magnífica cuando comía a solas, el festín de ahora le resultaba mucho más sabroso y exquisito.
Sin haberse percatado de ello hasta ese instante, parecía que se había sentido muy solo.
—¿Qué estás aprendiendo últimamente?
Le agradó que el hombre mostrara interés en él; sus hombros se erguieron con orgullo. Ethan ocultó su entusiasmo y respondió con naturalidad:
—Estoy aprendiendo poesía. Hoy estudié los poemas de Horacio.
—¿Horacio? —Los movimientos del hombre, que se encontraba cortando la comida, se detuvieron por un instante—. ¿Sabes leer latín?
—Sí… Y también sé escribirlo —añadió Ethan con timidez. No era su intención jactarse, pero deseaba hacérselo saber.
Al ver la sorpresa en los ojos del hombre, Ethan experimentó una íntima satisfacción.
—Mi madre me lo enseñó. Decía que debía conocerlo sin falta si quería vivir en un mundo más amplio.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, un nudo de emoción se formó repentinamente en su garganta. Ethan cerró la boca.
Su ánimo, que hasta hace un momento estaba elevado, decayó drásticamente.
No alcanzaba a comprender por qué su humor se había hundido de tal manera. No es que acabara de enterarse de la muerte de su madre, pero la emoción que lo asaltó de nuevo lo dejó desconcertado. Parecía que aquella atmósfera tan confortable y relajada había tocado una fibra sensible en su interior. Clavó la mirada en su plato con todas sus fuerzas para contener las lágrimas.
—¿Cómo era tu madre?
Ethan levantó la cabeza ante aquella pregunta inesperada.
El hombre había girado el rostro y contemplaba el fuego que ardía en la chimenea. Parecía sumido en sus pensamientos. Al observar aquella estampa, el corazón agitado del niño se apaciguó, transformándose en la quietud de un lago en calma.
—Mi madre era una persona estricta.
El hombre asintió con la cabeza.
—Siempre era muy calmada. Incluso cuando se enfadaba, jamás alzaba la voz.
Era estricta en cada aspecto de la vida y nunca consentía los caprichos de su único hijo. Había ocasiones en las que se mostraba tan fría que llegaba a parecer implacable.
A pesar de ello…
—Todas las noches me leía poesía.
Antes de que se quedara dormido, le acariciaba el cabello, le plantaba un beso en la frente y le susurraba cuánto lo amaba. Le acomodaba bien las mantas para que no se filtrara el viento frío.
Por muy ajustada que fuera su situación económica, siempre se las ingeniaba para conseguir comida y preparar la mesa. Aunque solo dispusieran de un trozo de pan o de una sola patata, se sentaban a comer como si estuvieran celebrando un ritual formal. Jamás permitía que se comiera en la cama o en el suelo.
Incluso si se trataba de una prenda vieja y desgastada, se encargaba de plancharla de forma impecable antes de vestirlo. Solían leer los libros que tomaban prestados de la biblioteca y entablaban debates apasionados. Ella deseaba con fervor que Ethan conociera el mundo. A pesar de sus precarias condiciones, recortaba los gastos para suscribirse a un semanario y se aseguraba de que Ethan lo leyera con constancia. Siempre le preguntaba su opinión:
“¿Cuál es la razón por la que piensas de ese modo?”
Ella era su madre, su maestra y la lámpara que lo resguardaba de las gélidas ráfagas del viento.
Ethan la amaba con todo su ser.
El hombre no abrió la boca ni una sola vez mientras Ethan hablaba. Finalmente, replicó:
—No ha cambiado en nada.
—¿Usted conocía a mi madre?
—Sí.
No pronunció ni una sola palabra más allá de eso.
Aunque a Ethan le carcomía la curiosidad por saber qué estaba pensando, ni siquiera se atrevió a preguntar.
Bajo el resplandor de las luces, las pupilas azules del hombre parecían palpar las viejas páginas del tiempo que ya se había desvanecido. Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. La profunda melancolía que albergaba su mirada se esfumó, dando paso al retorno de su gélida lucidez. Su rostro reflejaba que estaba de vuelta en la realidad.
—¿Qué crees que era ese “mundo más amplio” del que te hablaba tu madre?
—El mundo exterior. Aquel que se extiende más allá del East End de Londres y de las islas británicas. Si no hubiera sido por los periódicos o los libros, jamás habría sabido que existía un lugar así.
A medida que adquiría más conocimientos, el mundo se tornaba cada vez más vasto. Conducir carretas, cargar mercancías en los muelles o pasar la noche entera bebiendo en una taberna para terminar enzarzado en una pelea no lo eran todo en la vida. Más allá de eso, existía un mundo mucho mayor; aguardaban oportunidades que él desconocía.
—Pero lo que aparece en los periódicos o en los libros no es más que la mitad de la realidad. Lo verdaderamente importante solo se puede aprender de las personas.
—Tú también lo comprenderás muy pronto —añadió. Aquellas significativas palabras se clavaron en sus oídos—. Ya que no tardarás en estar muy ocupado.
Hizo rodar ligeramente la copa que sostenía en su mano.
—Disfruta al máximo de tu tranquilidad actual mientras puedas.
Tras pronunciar aquellas palabras, apuró el vino con lentitud. Ethan contuvo el aliento mientras contemplaba la figura del hombre vaciando su copa.
Aquel comentario se sintió como una suerte de declaración de guerra.
A los oídos del niño, sonó como la promesa de que, de ahora en adelante, aquel hombre se encargaría de mostrarle ese mundo más amplio. La sangre comenzó a hervirle en las venas y un escalofrío de expectación le recorrió la espina dorsal. Su corazón dio un vuelco ante la anticipación.
¿Qué clase de mundo sería aquel que estaba a punto de revelarle?
El crème brûlée que sirvieron como postre era simplemente celestial. Apenas había tomado unas cuantas cucharadas cuando el fondo del recipiente quedó al descubierto. A pesar de quedarse con las ganas, Ethan dejó la cuchara a un lado con fingida madurez.
En ese preciso instante, un nuevo crème brûlée fue colocado frente a él.
—Come.
Ethan lo miró con sorpresa. El hombre encendió un cigarrillo mientras mantenía la mirada fija en la chimenea.
—Detesto los dulces.
Ethan vaciló. Observó la figura del hombre fumando y luego desvió la mirada hacia el postre.
—…Gracias.
Incapaz de resistirse a la tentación, tomó la cuchara de nuevo.
Ethan vació el postre sin dejar el menor rastro. Mientras saboreaba con lentitud la dulzura de la crema de natillas que se derretía en la punta de su lengua, el hombre fumaba en silencio, sin apresurarlo ni dirigirle la mirada.
El crème brûlée que el hombre le había otorgado fue el manjar más dulce que Ethan había probado en toda su vida. Tanto que, incluso después de que transcurriera mucho tiempo, vendría a su memoria con frecuencia.
Al día siguiente, un sastre de Savile Row visitó la mansión Whitewood.
—¿Podría enderezar los hombros y pararse erguido, por favor…? ¿Podría girar hacia este lado una vez? Le agradecería que levantara los brazos un momento. …Sí, excelente.
Mientras los ayudantes vestidos de traje rodeaban a Ethan en el salón, aplicándole la cinta métrica y anotando diligentemente sus medidas, el hombre conversaba con el sastre principal.
—Tomará un mínimo de cuatro semanas, por muy pronto que sea. Además, al tratarse de un trabajo hecho a medida y a mano, requiere una cantidad considerable de tiempo. Como ya sabe, nosotros confeccionamos cada prenda puntada a puntada, de forma artesanal. No trabajamos con ropa confeccionada en serie.
—Asigne más personal.
—Si hacemos eso, los costes adicionales serán bastante elevados y…
El sastre eligió sus palabras con cautela, midiendo la reacción del hombre. Cada vez que se mencionaba la palabra “dinero”, los aristócratas solían ofenderse terriblemente; se enfurecían en un parpadeo y, para ocultar sus propias dificultades financieras, buscaban cualquier excusa para menospreciar al sastre o colmarlo de insultos. Eran tantas las veces que había pasado por eso que ya había perdido la cuenta.
—El coste no es un problema. Siempre y cuando adelanten los plazos lo máximo posible para terminarlo.
La elegancia con la que el hombre fumaba era tal que el sastre no pudo evitar admirarlo en su fuero interno. Se preguntaba cómo era posible que un hombre de semejante atractivo físico jamás se dejara ver por la alta sociedad.
A pesar de no haber pisado nunca los salones sociales de Londres, el Conde de Leicester era una celebridad. Al principio, su notoriedad se debió a los aterradores rumores vinculados a la trágica historia de su familia; más tarde, sacudió a la aristocracia con sus audaces andanzas al asociarse con embaucadores de Nueva York.
Haber levantado de golpe una fortuna familiar que se encaminaba peligrosamente hacia la ruina… ¿Acaso era algo posible? Sin duda alguna, debía de haber recurrido a negocios turbios.
Desde el contrabando de opio y alcohol, pasando por el tráfico de suministros militares con la mafia de Nueva York, hasta llegar a la trata de personas. Los rumores que rodeaban al hombre eran sumamente variados.
Un individuo que no conoce el honor ni la vergüenza.
Habiendo tratado con innumerables clientes de la alta sociedad, el sastre estaba familiarizado con toda clase de habladurías sobre él. ¿Qué parte de todo aquello sería real?
Fue en ese preciso instante. El hombre, que expulsaba lentamente el humo retenido en su boca, giró repentinamente la cabeza y lo miró sin previo aviso.
Antes de que tuviera tiempo de desviar la vista, sus miradas se cruzaron.
Unos ojos azules impregnados de un frío glacial le atravesaron el cuerpo.
El sastre apartó la mirada de inmediato. Sintió un vuelco en el estómago, como si aquellas pupilas fueran capaces de leer sus pensamientos más íntimos. Movido por la prisa de enmendar su descuido inconsciente, soltó la lengua con rapidez:
—Desplegaremos a todo el personal disponible para garantizar que las prendas estén listas en el plazo que ha solicitado.
Le asaltó la sospecha de que, tal vez, los rumores fueran ciertos.
Dos semanas después, llegaron a la mansión de Whitewood siete trajes perfectamente entallados. La factura emitida ascendía a una suma astronómica. Era una cantidad que la gran mayoría de los nobles ni siquiera se atrevería a contemplar. En los últimos tiempos, era frecuente que los clientes de clase alta exigieran compras a crédito amparándose en su reputación, o que abusaran de los pagarés; rara vez liquidaban el saldo restante a tiempo. Incluso se daban casos, con bastante frecuencia, en los que cancelaban los pedidos tras haber encargado la ropa por no poder costearla.
Al día siguiente de la entrega de los trajes, el Conde de Leicester liquidó la totalidad de la suma en efectivo. Esta noticia volvió a sacudir a la alta sociedad londinense, la cual se encontraba sumida en graves dificultades financieras.
Ethan se paró frente al espejo con un marco de pan de oro. La figura de un muchacho vistiendo un traje hecho a su medida se reflejó en el cristal.
Aunque firmemente había pensado que la ropa que poseía antes era más que suficiente, al experimentar la sensación de vestir sus prendas nuevas, se sintió tan ligero que parecía capaz de volar. Giró sobre su propio eje con lentitud para observarse en el espejo. Sin importar el ángulo desde el que se mirara, la caída del traje realzaba su figura. Incluso tenía la impresión de verse más alto.
Conteniendo los deseos de bajar las escaleras a toda prisa debido a la emoción, descendió hacia el comedor.
—Le sienta de maravilla, joven amo —dijo el mayordomo con una sonrisa al abrirle la puerta.
Aquellas palabras le infundieron valor. Ethan entró con paso firme.
El hombre, que ya se encontraba allí, posó su mirada en Ethan.
—Te queda muy bien.
Tras examinarlo de la cabeza a los pies, el hombre asintió lentamente con la cabeza. Su semblante reflejaba complacencia.
—Gracias. Me gusta mucho. Lo usaré con cuidado de ahora en adelante.
Aunque se esforzó por mantener una actitud serena, sus palabras salieron con un tono de voz sumamente entusiasmado.
—De acuerdo.
El hombre respondió con calidez.
Ethan lo comprendió en ese instante. Le entusiasmaba haber recibido los trajes como obsequio, pero, por encima de eso, lo que realmente deseaba era mostrarle su apariencia a aquel hombre.
En Newbury, Berkshire, se encontraba un criadero de caballos de una escala extraordinaria. Una extensa pradera que rivalizaba con las tierras de un gran terrateniente estaba cercada por vallas blancas, y a un costado se erguía una enorme caballeriza. Los caballos gozaban de un estado nutricional y de un desarrollo físico excelentes. Se decía que todos los purasangres que competían por los primeros puestos en las carreras de Royal Ascot habían pasado por este lugar.
—¿Has montado a caballo alguna vez? —Cuando el hombre formuló la pregunta, Ethan asintió con la cabeza.
—Sí.
En las calles, había entablado amistad con un cochero que conducía un carro de carga completamente lleno, lo que le brindó la oportunidad de subirse al lomo de un caballo. La sensación de aquel lomo de color castaño, compuesto por una musculatura robusta que se contraía y ondulaba suavemente, le había arrancado al pequeño niño un grito de alegría colmado de asombro.
El cochero, que por lo general lucía una expresión huraña, al ver a Ethan, quien a diferencia de los otros niños que arrojaban piedras a los animales, desbordaba felicidad con los ojos brillantes, le permitió acariciar al equino con gusto.
Se trataba principalmente de ponis de complexión pequeña que, debido a una vida entera transportando mercancías, tenían el cuerpo ennegrecido por el polvo de carbón y las herraduras terriblemente desgastadas.
Sin embargo, los caballos de este lugar eran distintos. La diferencia comenzaba desde su imponente envergadura. Sus cuerpos de color alazán, formados por músculos firmes, despedían un brillo deslumbrante. El pelaje blanco de sus frentes resplandecía como el plumón bajo los rayos del sol. Sus ojos, que brillaban bajo unas orejas erguidas y atentas, semejaban bayas silvestres. Todos y cada uno de ellos rebosaban salud y vitalidad.
—Este es el que montará él.
Ethan se sobresaltó cuando el hombre, que se encontraba conversando con el dueño del criadero, lo señaló con la mirada.
Aunque albergaba una remota esperanza, la confirmación de que realmente iba a montar a caballo hizo que su cuerpo se estremeciera de la emoción.
El dueño intentó mostrarle a Ethan ejemplares pequeños y jóvenes. Sin embargo, Ethan no tenía el menor interés en animales adorables como los ponis de Shetland. Lo que el muchacho anhelaba era un purasangre imponente y vigoroso. Un semental de raza, de esos que la gente solía describir como los caballos que montan los “verdaderos hombres”.
—Es demasiado grande para ti —dijo el hombre.
Era la pura verdad. Para montar un purasangre, era absolutamente necesario usar un taburete o un estribo de apoyo. El caballo era enorme y Ethan, demasiado pequeño.
—Creceré pronto.
Tras soltar aquellas palabras casi sin pensar, se convenció de que serían una realidad.
¿Y qué importaba si no crecía? Le bastaría con encontrar otra forma de subir al caballo. Si practicaba lo suficiente el salto de longitud, sería capaz de impulsarse y brincar sobre el lomo del animal de un solo movimiento.
Al percatarse de que el muchacho no daría su brazo a torcer, el hombre arqueó una ceja.
En la dorada pradera, los caballos que habían sido liberados paseaban y pastaban plácidamente. De entre ellos, uno se acercó a Ethan con paso perezoso. Era un animal hermoso, cubierto por un pelaje negro tan brillante que semejaba la seda.
Con el asentimiento del dueño, Ethan extendió la mano para permitir que el equino olfateara su aroma.
El caballo, tras aceptar y comerse el terrón de azúcar que Ethan le ofrecía, frotó su hocico contra la palma de la mano del niño en un gesto de cariñosa zalamería. El dueño comentó, asombrado, que se trataba de un ejemplar sumamente huraño con los extraños y que su comportamiento era una auténtica rareza.
El hombre se aproximó al animal, acarició su cuello y lo engatusó con suavidad. En cuestión de un par de minutos, montó de un salto sobre el caballo y tiró de las riendas como si le diera una señal. El caballo alzó los cascos delanteros y salió disparado como una flecha. Ethan contempló extasiado la figura del hombre galopando a toda velocidad.
La postura del hombre era inquebrantable. Manteniendo la mirada fija al frente mientras manejaba las riendas con destreza, evocaba la imagen de un valeroso oficial en la batalla de Waterloo1.
Su sedoso cabello rubio platino se mecía con el viento, recortándose contra un cielo azul tan gélido que calaba los huesos. Los faldones de su ropa ondeaban como una bandera que proclama la victoria.
Ethan era incapaz de apartar los ojos de él.
Tras dar una vuelta completa al criadero para comprobar el estado del caballo, el hombre regresó.
—Es un ejemplar magnífico. —Posó su mirada en Ethan—. ¿Estás seguro de que no te arrepentirás?
Ethan respondió de inmediato, con firmeza y sin la menor vacilación:
—Sí.
Mientras contemplaba al hombre galopar, un objetivo claro se había arraigado en lo profundo de su corazón:
«Quiero ser como él.»
Al tiempo que su pecho se inundaba de una intensa emoción, una comprensión racional comenzó a abrirse paso lentamente en un rincón de su mente. Ethan comprendió finalmente el porvenir que aquel hombre había orquestado para su futuro.
La equitación era una de las virtudes indispensables de un caballero.
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