—El señor Edmund estuvo tres años en el frente —dijo Phoebe—. Se marchó a la guerra cuando tenía quince años. Por supuesto, no era una edad en la que se permitiera el alistamiento, pero en ese entonces las cosas eran así. Bastaba con escribir “18” en los papeles para que todos asintieran con la cabeza y te dejaran ir. Incluso se sentían orgullosos de ello.
Honor, orgullo y ese sentido del deber de la clase dirigente educada de la sociedad que la impulsaba a liderar y servir al país en tiempos de crisis.
Varios de los compañeros de clase de Edmund habían muerto en la guerra.
—No se imagina la alegría de todos cuando la guerra terminó y él regresó sano y salvo.
Sin embargo, el Edmund que volvió era un hombre cambiado. Se había vuelto cruel y distante. Inmediatamente después de graduarse en Eton, ingresó en la Real Academia Naval de Dartmouth. No volvía a casa a menos que estuviera de vacaciones. Convertido en oficial cadete, navegó por todas las aguas territoriales británicas a bordo de destructores y cruceros. A la gran mansión Whitewood solo llegaban, de vez en cuando, noticias fragmentadas.
El retrato guardado en la galería del primer piso había sido pintado cuando Edmund tenía veintitrés años, durante unas vacaciones de verano tras haber sido ascendido a teniente en reconocimiento a sus méritos en el frente. Todos pensaron que, con aquel retrato dejado en la mansión, jamás volverían a verlo.
Sin embargo, al contrario de lo que la gente esperaba, el que se marchó no fue Edmund.
Phoebe no dijo qué había sido del padre de Ethan. Solo mencionó que Edmund había heredado el título familiar aquel mismo año en que regresó para sus vacaciones de verano.
Solo existía una razón para que el segundo hijo heredara el título: la muerte del primogénito.
Para Ethan, su padre era una existencia difusa, como la niebla. Jamás había visto su rostro en vida ni había tenido la oportunidad de sentir el más mínimo afecto por él como alguien de su propia sangre. Para un niño de trece años, un padre al que no conocía no era más que una sombra sin peso. Al menos, así había sido hasta ahora.
—Phoebe —preguntó Ethan, con los ojos fijos en la sirvienta que dejaba la taza de té sobre la mesa—. ¿Mi tío mató a mi padre?
¡Clang! Un estridente y agudo sonido de ruptura rasgó el aire.
Phoebe se agachó apresuradamente para recoger con presteza los pedazos rotos.
—¡Cielos! ¿Qué voy a hacer? Era la taza de té favorita de la Señora. Lo lamento tanto, joven amo. Se pegó un buen susto, ¿verdad? Lo limpiaré enseguida.
—Eso es un disparate, ¿cierto?
La mano que recogía los fragmentos rotos sobre la bandeja se detuvo en seco.
Ethan esperó. Ella no dijo una sola palabra. Parecía haberse quedado petrificada en esa misma posición, como un fósil de Pompeya sepultado para siempre en la eternidad el día de la destrucción.
—¿Verdad que no? —Ethan esperó—. Dime que no es cierto.
Ella no respondió; se limitó a temblar.
—¡Dime algo de una vez! —estalló Ethan en un grito.
Al ver que ella seguía guardando silencio y se negaba a responder, Ethan caminó hacia la puerta.
—¿A dónde va? —preguntó Phoebe, siguiendo los movimientos de Ethan con ojos llenos de ansiedad. Su voz estaba impregnada de terror.
—Voy a preguntárselo a mi tío —respondió Ethan sin siquiera mirarla. Había olvidado por completo el hecho de que, hasta hacía un momento, le aterrorizaba tan solo ver el rostro de aquel hombre.
«Tengo que escuchar la respuesta de su propia boca. De él directamente…»
—¡No, no vaya! —Phoebe se abalanzó sobre él. Se aferró a su cintura, dejándose caer casi de rodillas para impedirle salir—. ¡No puede hacer eso! ¡Por lo que más quiera, no lo haga!
Ethan intentó zafarse de los brazos que le rodeaban la cintura, pero fue inútil. Aferrada a él con la desesperación de alguien que se está ahogando, Phoebe gritó de manera histérica:
—¡Es que yo… yo no quiero que le pase nada malo al joven amo!
—¡No calumnies a mi tío! —gritó Ethan, volviendo la cabeza bruscamente en un arrebato de furia. Todo su cuerpo temblaba con violencia.
«No mientas. Solo quieres enemistarme con mi tío…»
—Se lo diré… Se lo diré todo —dijo Phoebe, aferrándose desesperadamente a Ethan. Estaba llorando—. Le contaré todo lo que sé. Por favor, no vaya, ¿sí?
Ethan la fulminó con la mirada. El rostro aterrorizado de Phoebe estaba empapado en lágrimas.
Al verla así, todas las fuerzas abandonaron su cuerpo. Al mismo tiempo, el temor que tanto había negado y reprimido durante todo este tiempo asomó la cabeza.
Solo después de que el servicio se hubo retirado a dormir y las luces de la mansión se apagaron, Phoebe acudió al dormitorio de Ethan.
—Siéntate aquí —le indicó Ethan, señalando un sofá de terciopelo verde, pero ella sacudió la cabeza.
—No, me quedaré aquí.
Se sentó en un sillón con orejeras situado en una esquina. Era un lugar apartado, donde podía esconderse de la brillante luz que proyectaba la lámpara del dormitorio.
Ethan miró fijamente los labios de la mujer, que permanecían inmóviles.
Tras pasar un largo rato con la vista fija en sus propias manos entrelazadas sobre el regazo, Phoebe finalmente levantó la cabeza. Abrió la boca como si hubiera tomado una decisión. Al contrario de sus constantes vacilaciones y dudas previas, las palabras comenzaron a fluir de su boca con total fluidez:
—Sucedió hace ya mucho tiempo. El Señor Edmund estaba acostumbrado a estar solo en la mansión desde que era un niño…
* * *
…El Señor Edmund estuvo acostumbrado a custodiar la mansión a solas desde que era un niño. La salud del joven amo Richard era sumamente precaria. Por ello, la señora se llevaba al pequeño Richard a Bath, ya que allí el clima es templado y cálido durante todo el año.
Aunque el médico de cabecera había sentenciado firmemente que el joven no sobreviviría más de unos pocos años desde su nacimiento, desafiando aquel trágico pronóstico, el joven amo Richard logró mantenerse con vida incluso después de cumplir los nueve años.
La Señora llevaba al joven amo a iglesias donde se decía que ocurrían milagros para que recibiera la imposición de Dios, y le prescribían medicamentos especiales de un médico muy famoso en Suiza. Mientras ella cuidaba del primogénito con semejante devoción absoluta, el Señor Edmund permanecía abandonado a su suerte en la mansión, completamente solo. Su padre, Sir James, pasaba la mayor parte del tiempo en Londres. En ese tiempo, al lado del joven señor Edmun solo estaban una anciana niñera y su tutor particular.
En realidad, quien recibió la educación formal para convertirse en el heredero fue el Señor Edmund. Todos pensaban que el joven amo Richard jamás regresaría a la mansión. El Señor Edmund creció considerándose a sí mismo el hijo mayor.
El joven amo Richard, que había estado convaleciente en Roma y Suiza, regresó a casa el año en que cumplió diez años.
Cuando la puerta de aquel automóvil pintado de rojo brillante, que relucía pulido como el caparazón de un escarabajo, se abrió y el joven amo bajó de un salto, todos nosotros nos enamoramos perdidamente de él. Tenía un aspecto de lo más adorable y encantador. Usted, joven amo Ethan, es idéntico a él.
A pesar de ser una primavera en la que el clima ya templaba, el joven amo, sepultado bajo un grueso abrigo de lana, tenía las mejillas encendidas por el calor. Sintiéndose sofocado, se desabrochó los botones, arrojó el abrigo al aire y, corriendo con la agilidad de una ardilla, se lanzó a los brazos de su padre, quien aguardaba para recibirlo en la entrada principal. De inmediato se zafó y se plantó firme justo frente al Señor Edmund.
Aquel fue el primer encuentro entre ambos. Es decir, el primero excluyendo la infancia, de la cual no tenían memoria alguna.
El joven amo Richard le dijo: “¿Tú eres Edmund?”. Tenía una voz vivaz. Mientras su cabello negro y sedoso se mecía con el viento, hacía brillar sus grandes ojos grises y sonreía con una confianza desbordante.
Nosotros estábamos inquietos, pues no sabíamos cómo iba a reaccionar el Señor Edmund, habiendo crecido con la certeza de ser el único heredero de la familia.
El Señor Edmund se quedó mirando fijamente a su hermano mayor con ojos escrutadores. Aunque solo tenía ocho años, era tan maduro para su edad que parecía que los roles de hermano mayor y menor se hubieran invertido. Además, como el primogénito era de complexión pequeña, las estaturas de ambos eran bastante similares.
Finalmente, el Señor Edmund abrió la boca. “¿Richard?”, preguntó con una voz tan seca y desprovista de emoción como la de un funcionario público que verifica un documento de identidad.
“Sí. Yo soy Richard”.
El joven amo Edmund asintió con la cabeza y extendió ambos brazos para abrazar a su hermano. La niñera le había suplicado encarecidamente que, cuando llegara su hermano, lo abrazara con afecto. Al fin, todos contemplaron la escena con sonrisas de alivio y complacencia en sus rostros.
El Señor Edmund era un niño extremadamente maduro. Sabía perfectamente que su hermano era más débil que él. También sabía que siempre debía ser considerado con él y esperarlo.
Por fortuna, el joven amo Richard mejoró muchísimo. No solo estaba sano, sino que rebosaba vitalidad. Era un travieso incorregible, pero resultaba imposible odiarlo. Hubo una ocasión en la que la niñera soltó un grito de espanto al abrir la tapa de una canasta de bordado y ver saltar un saltamontes de su interior, pero nadie se enojaba de verdad ni lo reprendía por sus travesuras. Ver al joven amo correr de un lado a otro con tanta salud era, en sí mismo, un milagro.
Si hubo algo que pasamos por alto, fue que el Señor Edmund también era un niño pequeño que necesitaba atención. Un niño de apenas ocho años.
Todos nosotros volcábamos nuestra atención en cada uno de los movimientos del joven amo Richard. Nos parecía tan precioso aquel muchacho cuya supervivencia hasta la fecha ya era un milagro. Sin dirigirle jamás una sola palabra de reproche, lo cuidábamos con esmero, anhelando únicamente su bienestar. Por lo general, un niño desplazado a un segundo plano de esa manera habría lloriqueado exigiendo atención, pero el Señor Edmund era diferente. No se enfurecía ni mostraba resentimiento, aunque es verdad que parecía harto cada vez que el joven amo Richard hacía una de sus travesuras.
Y es que, verdaderamente, el joven amo Richard no dejaba en paz al Señor Edmund ni un solo instante.
Parecía un colegial ansioso por llamar la atención de la chica que le gusta. ¿Qué tan hermoso debió parecerle aquel hermano al que veía por primera vez? Como siempre había vivido en la soledad de los lugares de retiro, alejados de la gente, debió de alegrarse enormemente de tener a un niño de su misma edad.
Ambos parecían llevarse bien a su manera. Al menos, así fue hasta que Jess se percató de algo.
Jess era la doncella personal del joven amo Richard. Era una sirvienta devota, pero abandonó la mansión hace seis años. Un día, cuando el joven amo acababa de cumplir los doce años, Jess descubrió un moretón en su brazo blanco y delgado.
Por más que le preguntó qué había sucedido, el joven amo se negó a responder. Al principio dijo que se había tropezado con algo, pero con el paso de los días, las heridas comenzaron a multiplicarse, como si alguien estuviera rellenando los espacios en blanco de un lienzo de papel.
Incluso entonces, el joven amo Richard mantuvo los labios firmemente sellados, y solo cuando Jess le suplicó con desesperación, al borde de las lágrimas, accedió a hablar:
“Fue jugando con Edmund. Es solo porque mi cuerpo es débil, así que no se lo digas a nadie”.
Jess se quedó estupefacta de terror.
¿El Señor Edmund? Que aquel niño tan educado, recto y diligente maltratara a su hermano mayor, quien era más débil que él, era algo que superaba cualquier rastro de imaginación.
Hasta que un día, como de costumbre por la mañana, mientras arreglaba las ropas de cama en la habitación del joven amo Richard y descorría las cortinas, Jess se detuvo en seco al mirar casualmente por la ventana.
Esa habitación del primer piso era un lugar desde el cual se podía dominar de un solo vistazo el vasto paisaje de la propiedad, extendiéndose desde el patio interior de la mansión hasta la puerta principal. Se alcanzaban a ver las colinas que formaban una suave pendiente a lo largo del camino perfectamente pavimentado, los árboles que lo flanqueaban y, más allá, el lago. Justo en ese lago estaba ocurriendo algo. Un cuervo completamente negro se debatía desesperadamente en el agua.
Preguntándose qué clase de ave sería, Jess se aproximó a la ventana frunciendo el ceño. En ese instante, ahogó un grito y contuvo el aliento.
No era un cuervo. Tampoco era un ave. Era el joven amo Richard.
El joven amo Richard se debatía en el agua extendiendo ambos brazos.
Jess se dio la vuelta apresuradamente con la intención de llamar a alguien, cuando divisó algo en la orilla del lago. En el instante en que reconoció la silueta, se quedó completamente congelada.
Era el Señor Edmund.
Incluso desde la distancia, el niño permanecía erguido, haciendo gala de su espléndido y deslumbrante cabello rubio.
El muchacho se limitaba a contemplar en silencio a su hermano, quien forcejeaba y pedía ayuda desesperadamente en el agua. Con total parsimonia. Como quien observa a un pájaro chapoteando.
En el momento en que el muchacho levantó la cabeza de imprevisto y miró en esta dirección, ella retrocedió un paso por puro instinto. Sabía que era imposible que él pudiera verla desde una distancia tan remota y, sin embargo, el ver que miraba fijamente como si supiera que ella estaba allí le heló el corazón.
Por fortuna, el sirviente Freddy llegó corriendo a tiempo y la situación no pasó a mayores.
Mientras todos armaban un tremendo alboroto envolviendo al joven amo, que estaba empapado hasta los huesos, en mantas, encendiendo la leña, preparando el té… Jess no le quitó los ojos de encima al Señor Edmund. Buscaba en él alguna expresión de culpa o sufrimiento; después de todo, cabía la posibilidad de que se hubiera quedado estático en la orilla simplemente porque el impacto de la sorpresa lo había paralizado.
¿Pero quiere saber qué fue lo que vio?
El Señor Edmund contemplaba el lecho con una total vacuidad en el rostro. Miraba a su hermano mayor, quien había perdido el conocimiento y jadeaba consumido por la fiebre. Lejos de albergar culpabilidad alguna, daba la impresión de no experimentar la menor emoción. Todos los presentes creyeron que el Señor Edmund se había quedado paralizado por la conmoción y le dirigieron palabras de consuelo, pero no era eso en absoluto. A Jess se le puso la piel de gallina al ver el rostro de aquel niño que escrutaba a su hermano con la fijeza de una muñeca de porcelana carente de alma. Parecía, verdaderamente, un ser desprovisto de humanidad.
A partir de ese instante, Jess comenzó a vigilar con recelo cada ocasión en que los dos jóvenes pasaban tiempo juntos.
Solo entonces comprendió la realidad: el joven amo Richard profesaba un afecto profundísimo por su hermano menor, pero el Señor Edmund albergaba un resentimiento implacable hacia su hermano mayor.
¿Cuándo habría comenzado a transformarse de esa manera? Lo cierto era que, durante el primer año, el Señor Edmund se había mostrado sumamente afable.
Con el transcurrir del tiempo, la situación se volvió evidente. No fue únicamente Jess; el resto de las doncellas, los sirvientes y el mayordomo, todos se percataron de ello.
Incluso hubo un sirviente que presenció con sus propios ojos cómo el Señor Edmund intentaba empujar a su hermano por las escaleras. Daba la impresión de que el joven amo Richard estuviera a punto de rodar escaleras abajo en cualquier momento, o quizás intentaba escapar del Señor Edmund. Este último mantenía sujeto el brazo del joven amo Richard con una fuerza desmedida, como quien se dispone a arrojar un juguete viejo, pero en cuanto notó la mirada del sirviente, tiró del menudo y frágil cuerpo de su hermano hacia atrás con un movimiento seco. A causa de ello, el joven amo Richard tambaleó, retrocedió a trompicones y acabó despatarrado en el descansillo de la escalera.
¡Sobre aquella piel tan blanca y delicada, los hematomas violáceos quedaron marcados con una nitidez espantosa!
Así eran las cosas. El muchacho a quien todos creían educado y ejemplar hostigaba a su hermano mayor allí donde nadie los veía, y, al final, toda la servidumbre terminó por enterarse. Absolutamente todos, a excepción de Sir James, quien siempre se encontraba sumamente ocupado con sus propios asuntos.
Al descubrir la verdad, la Señora montó en cólera. Le resultaba imposible perdonar al hijo menor por maltratar a su hermano.
“¿Cómo eres capaz de hacer algo semejante? Atormentar de una manera tan despiadada a un niño tan pequeño, débil y adorable… Estoy profundamente decepcionada de ti, Edmund. Te creía un buen hijo… ¿Es que acaso no temes el castigo divino?”
“Madre”.
El Señor Edmund clavó la mirada directamente en la Señora. Su rostro, altivo y desprovisto de toda emoción, como si no hubiera cometido falta alguna, dejó a la Señora completamente consternada.
“Envíe a mi hermano a Bath. O a Niza, o a Roma si lo prefiere. Lo único que debe quedar claro es que mi hermano tiene que marcharse de esta mansión. Él no debe permanecer aquí”.
“¡C-cómo te atreves a decir semejante osadía!”
La señora rompió en llanto. Para ella, cuyo preciado hijo acababa de regresar a casa tras rebasar las fronteras de la muerte, la sola idea de apartar de su lado al muchacho que con tanto esfuerzo había logrado salvar y enviarlo a un lugar remoto resultaba una crueldad intolerable.
“Márchate de inmediato. No quiero volver a ver tu rostro.”
La señora, tambaleándose, se desplomó sin fuerzas sobre el sofá.
Eso fue todo.
El Señor Edmund había llegado a la conclusión de que su único hermano representaba un estorbo. Tras haber recibido con esmero la educación propia de un heredero, comprendió que, mientras su hermano mayor siguiera con vida, jamás podría heredar el título de la dinastía. Aun así… ¿Cómo fue capaz de pronunciar palabras tan frías cuando su hermano enfermo acababa de regresar sano y salvo?
El tiempo siguió su curso y llegó el día en que el Señor, habiendo cumplido los trece años, debía partir hacia Eton.
Mientras los lacayos acomodaban el equipaje en el maletero, el Señor Edmund subió al automóvil cuya portezuela sostenía abierta el chófer.
Cuando el joven amo Richard se aproximó para despedirse y le tendió los brazos para estrecharlo, el señor Edmund permaneció inmóvil, pero al instante siguiente, empujó a su hermano con violencia. Los presentes se quedaron estupefactos; era la primera vez que se comportaba de una forma tan hostil a plena luz del día y ante la mirada de todos. La Señora corrió apresuradamente para cobijar entre sus brazos a su endeble hijo. No se atrevió a levantar la voz en presencia de los criados, pero su cuerpo entero temblaba de indignación.
A pesar de verse envuelto por miradas rebosantes de reproche, el Señor Edmund ni se inmutó. Aquella templanza resultaba inverosímil para un niño de trece años… Un rostro tan imperturbable y severo que infundía un verdadero pavor.
A pesar de haber sido objeto de semejante humillación, el joven amo Richard continuaba sonriendo con total esplendor, como si nada hubiera ocurrido. ¡Ah, qué sonrisa tan deslumbrante, digna del mismísimo Adonis!
“Te echaré de menos, Ed”.
El Señor Edmund no se dignó a responder. La portezuela se cerró con un chasquido rotundo y el vehículo se alejó haciendo resonar el alegre rugido del motor, permitiendo que todos respiraran al fin con alivio. Consideraron que la partida del Señor era, en verdad, una fortuna; al menos, a partir de ese momento, el joven amo Richard se encontraría a salvo.
¿Será acaso que el veneno de la envidia es capaz de corromper incluso al más noble de los niños?
Después de todo, el joven amo Richard poseía la primogenitura de la casa y acaparaba el amor devoto de su madre. A los ojos de un niño pequeño, debió de parecerle que le habían despojado de absolutamente todo. Habiendo crecido en la soltería de la mansión y habiéndose instruido para asumir el liderazgo, un hermano mayor al que apenas conocía apareció de la noche a la mañana para adueñarse de lo que legítimamente consideraba suyo.
Aun aceptando aquello, las represalias del Señor Edmund rebasaron todo límite admisible.
Fue entonces cuando comprendimos que un muchacho provisto de una inteligencia tan brillante y sagaz, si se lo proponía, era plenamente capaz de infligir daño a un semejante.
El Señor Edmund no tardó en despuntar también en Eton. Se mantuvo como un estudiante de notas sobresalientes a lo largo de su formación académica y asumió la capitanía del club de remo, guiando a su escuadra hacia la victoria en la emblemática regata contra su eterno rival, Harrow.
Sin embargo, al recibir la misiva en la que el director de la institución se deshacía en elogios hacia su hijo, la Señora no mostró atisbo de alegría. Al contrario, su semblante reflejaba el desasosiego de quien alberga un profundo temor.
El año en que cumplió los quince, el Señor Edmund regresó para las vacaciones de verano habiendo experimentado un crecimiento físico formidable. En el pasado compartía la misma estatura que el joven amo Richard, pero ahora se veía obligado a inclinar la mirada para contemplar a su hermano mayor.
Ya no manifestaba rechazo ni apartaba a su hermano cuando este lo estrechaba entre sus brazos. Sin embargo, a pesar de la extrema delicadeza con la que asentaba sus firmes manos sobre los hombros del joven amo Richard para tomar distancia, un frío ramalazo de pavor nos sobrevino a todos. Aquel ademán, revestido de una fuerza imperturbable y una soberana templanza, delataba cuán vigoroso se había vuelto el Señor Edmund y cómo, si así lo deseaba, disponía del poder necesario para quebrantar a su oponente sin el menor esfuerzo.
La Señora compartía ese mismo temor. El joven amo Richard, por su parte, ajeno por completo a la consternación que rodeaba su entorno, exhibía una sonrisa cautivadora, sumamente dichoso por el retorno del hermano al que tanto había añorado.
Por aquel entonces, la educación del joven amo Richard en la mansión se encontraba bajo la tutela de la señora Graves. Se trataba de una dama de apenas veintitrés años; una juventud acaso excesiva para instruir a un muchacho que ya rozaba la madurez, pero que se había incorporado al servicio de la casa amparada por la recomendación unánime y formal de una marquesa allegada a la familia.
La señora Graves era amable, pero jamás regalaba una sonrisa a la ligera; creo que fue precisamente esa prudencia lo que cautivó el corazón de la Señora. De hecho, la institutriz rara vez le sonreía incluso al joven amo Richard, a pesar de tener ante sí a un hermoso muchacho de sonrisa radiante como el sol. Se comportaba, verdaderamente, como una monja devota y severa.
Llevaba siempre su cabello castaño y sedoso pulcramente recogido en un moño, y vestía discretos vestidos de cuello alto. No era una belleza que llamara la atención a primera vista, pero cuando sonreía, su semblante, por lo general sobrio, se transformaba hasta volverse asombrosamente hermoso.
¿Habrá sido acaso eso lo que despertó la fascinación del Señor Edmund?
Él comenzó a aproximarse a ella para entablar conversación. No lo hacía con una actitud seductora ni con intenciones vulgares; a pesar de ser ella una empleada, la trataba con la misma caballerosidad y respeto que se le brindaría a una dama de la alta nobleza. Con todo, aquel comportamiento en el Señor, quien hasta entonces jamás había manifestado el menor interés por el sexo opuesto, nos causó una gran sorpresa a todos. Al mismo tiempo, resultaba una situación de lo más intrigante.
La señora Graves llegó a disfrutar enormemente de sus charlas con el Señor Edmund, puesto que con él podía mantener conversaciones profundas sobre toda clase de poemas y obras de la literatura clásica griega y romana. Sí, así es; el joven amo Richard era sumamente encantador, pero nunca fue lo que se dice un estudiante aplicado.
“Es un joven verdaderamente brillante y perspicaz. La Señora debe de sentirse muy orgullosa de él”, llegó a comentar la institutriz incluso en presencia de la Señora. Sin embargo, al notar que la respuesta de esta no era del todo entusiasta, captó la situación con presteza y cambió de tema con astucia.
Y es que para la Señora no resultaba agradable que el segundo hijo aventajara al primogénito. Probablemente se debía a la profunda lástima que sentía por el joven amo Richard; la Señora solía repetir una y otra vez que todo habría sido diferente si él hubiera gozado de buena salud.
Cuando dos jóvenes que se atraen se vuelven cercanos, el afecto florece en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, por una trágica ironía de la vida, ¡el joven amo Richard también había entregado su corazón a la institutriz!
Hasta entonces se había limitado a ocultar sus sentimientos debido a su timidez, pero al ver que su hermano menor daba un paso al frente para manifestar su interés, no supo cómo reaccionar. Fue a partir de ese momento cuando el joven amo Richard comenzó a cortejar formalmente a la señora Graves. Le obsequiaba flores y listones, y le enviaba en secreto cartas impregnadas de los más dulces versos.
El joven amo Richard era de salud débil, pero poseía una belleza extraordinaria. Parecía la encarnación misma de Adonis, el hermoso joven que cautivó a la diosa Afrodita. Cuando él sonreía y susurraba al oído, resultaba humanamente imposible negarle el más mínimo capricho.
Por lo tanto, nadie podría culpar a la institutriz.
Al final, ella terminó por ceder a sus encantos.
Hubo sirvientes que aseguraron haber visto a la pareja mantener un idilio clandestino en lo más profundo del jardín, durante una noche de luna radiante; decían que se habían entregado al amor cobijados por la espesura de los árboles y las flores. Al alba del día siguiente, la señora Graves abandonó la propiedad como quien huye de un peligro, y el escándalo se sepultó bajo el más estricto de los silencios. Sin embargo, el Señor Edmund terminó por enterarse.
Entonces, tomó una decisión que nadie habría sido capaz de predecir.
Abandonó el hogar de inmediato y se enlistó en el ejército sin mediar palabra con nadie. Todos nos enteramos de la realidad únicamente después de que él ya se había marchado.
Jamás podré olvidar la reacción que tuvo el joven amo Richard en aquel momento.
Corrió directamente a la habitación del Señor Edmund y comenzó a destrozar y arrojar los objetos con furia mientras gritaba como un poseído. Lanzaba cosas, rompía cristales y rasgaba telas en un arrebato de cólera. Jamás habíamos visto al joven amo mostrar un semblante tan pavoroso, ni antes ni después de ese día.
Nosotros ignorábamos el verdadero motivo de su ira. Aunque su partida repentina y sin avisar resultaba impactante, marchar al frente de batalla era un acto de gran valentía y honor para un caballero; que un joven de su edad se dispusiera a luchar por defender a la patria era algo digno de la mayor admiración. Pensamos que la separación de su hermano le había causado una conmoción devastadora, en especial por haber tenido que afrontar ese trago amargo tan poco tiempo después de perder a la mujer que amaba.
Ah, qué joven tan sensible y de corazón tan frágil…
De vez en cuando nos llegaban noticias del Señor Edmund. Su fotografía solía aparecer en las portadas de los periódicos como parte de la propaganda bélica, acompañada de titulares que lo aclamaban como un soldado ejemplar del que la nación se sentía orgullosa. El joven amo Richard recortaba aquellas fotografías de la prensa y las guardaba meticulosamente en un álbum de recortes.
Por lo tanto, ya se imaginará la inmensa dicha que embargó al joven amo Richard cuando su hermano regresó a casa tres años después.
“¡Edmund!”, gritó con todas sus fuerzas desde la distancia mientras corría, arrojándose con desesperación a los brazos de su hermano menor. Era como si un muerto hubiera regresado a la vida. Lo estrechó con ambos brazos con fuerza y hundió el rostro en su cuello.
El Señor Edmund vestía su atuendo militar: el uniforme de gala de la Armada bajo un pesado abrigo reglamentario de cuello alto. La nieve se iba acumulando sobre su gorra militar adornada con insignias doradas y sobre sus hombros. Con cada bocanada de aire, un denso vaho se dispersaba a su alrededor, empañando la vista como la niebla.
Ver al Señor Edmund permanecer completamente gélido e implacable, sin dignarse a corresponder el abrazo de aquel hermano que se había abalanzado sobre él con tanta alegría, resultó una escena espeluznante.
La visera de la gorra proyectaba una sombra densa sobre su rostro, impidiendo adivinar su expresión. El verlo allí plantado, rígido e inmóvil como una estatua, nos infundió un escalofrío inexplicable.
Una vez que el primogénito se apartó tras haberle manifestado todo su afecto, el Señor Edmund se despojó de la gorra. Su rostro era el mismo que recordábamos, pero revestido de una madurez imponente. Sus facciones, antes estilizadas, se habían vuelto firmes y afiladas. Su mirada, mientras recorría los jardines y contemplaba la mansión, parecía la de un estratega que escudriña el terreno en busca de un enemigo oculto. De pronto, bajó la vista para observar a su hermano mayor.
“Richard”, pronunció el señorito Edmund. “Veo que todavía sigues aquí”.
Aquellas palabras resonaron en nuestros oídos como si, de forma velada, le estuviera preguntando por qué demonios seguía todavía con vida.
El señorito Richard, cegado por la inmensa alegría, no se percató de nada. Acarició la mejilla de su hermano menor mientras le dedicaba una hermosa sonrisa.
“Sí. Te he estado esperando aquí, Ed”.
Una débil risotada se filtró entre los labios del Señor Edmund. Aquella risa baja, sorda y profunda, que nacía desde el fondo de su garganta, se volvió progresivamente más fuerte y nítida.
Nadie en la mansión fue capaz de interpretar el verdadero significado de esa risa.
Durante un tiempo, la paz pareció reinar en la casa. El joven amo Richard seguía a todas partes a ese hermano menor al que tanto había añorado, y el Señor Edmund simplemente no le prestaba demasiada atención.
Para entonces, este último ya se había convertido en un hombre hecho y derecho.
Tras disfrutar de un breve descanso en el hogar, el Señor regresó a Eton para completar sus estudios y graduarse. Sin embargo, en esta ocasión, se enlistó de inmediato en la Escuela Naval Real de Dartmouth; y eso que apenas habían transcurrido unos pocos años desde su regreso del frente.
El joven amo Richard se enfureció hasta límites insospechados. Cierta noche, desde el interior de la habitación del Señor Edmund, se escuchó el eco de una violenta discusión. Los sirvientes como nosotros debíamos fingir ignorancia ante tales altercados, pero en medio de la disputa, resonó un grito desgarrador.
Presa del pánico, una de las doncellas abrió la puerta de golpe, olvidando por completo la más elemental cortesía de llamar.
El Señor Edmund tenía a su hermano mayor, quien era más delgado y pequeño que él, acorralado contra la pared, asfixiándolo con las manos en el cuello. Según dijeron, él se encontraba pronunciando unas palabras, de las cuales la doncella solo alcanzó a oír con nitidez el tramo final:
“…Muérete de una vez, Richard”.
El señorito Edmund arrastró el cuerpo lánguido y debilitado de su hermano a lo largo de la estancia. Aunque sus complexiones físicas diferían, el joven amo Richard también era bastante alto por herencia de su padre; sin embargo, el Señor Edmund lo levantó con la misma facilidad con la que se alza un fardo de mercancía. Tras arrojarlo sin miramientos al pasillo, se volvió hacia la doncella y le ordenó con una voz gélida y despótica:
“Llévalo a su dormitorio”.
Acto seguido, cerró la puerta de un portazo rotundo.
Los demás sirvientes, que habían acudido a toda prisa alertados por el grito, fueron testigos de toda la escena: el Señor Edmund expulsando a su propio hermano de la habitación con una violencia salvaje, y el joven amo Richard de rodillas en el suelo, jadeando en busca de aire mientras se llevaba las manos a la garganta. ¡Sobre su piel aún quedaban marcadas las huellas lívidas y rojizas de unos dedos!
Decidimos ocultarle lo sucedido a la Señora, quien se encontraba fuera de la mansión ese día. Si se hubiera enterado de la verdad, habría sufrido un desmayo allí mismo. A pesar de estar en pleno verano, por aquellos días las lluvias eran incesantes y la humedad calaba los huesos, volviendo los días sumamente fríos; por ello, a la Señora no le extrañó en absoluto que el joven amo Richard pasara una larga temporada con el cuello de la camisa subido y embozado en una bufanda. El joven amo Richard estaba protegiendo al hermano que había intentado asesinarlo… a pesar de haber sido objeto de una violencia tan pavorosa y de haber escuchado semejante maldición de sus labios.
Pobre joven amo Richard, ¡que Dios lo tenga en su santa gloria!
Tras aquel incidente, el Señor Edmund se marchó de inmediato. Aunque regresaba a casa cada año durante sus periodos de permiso, los días que permanecía en la mansión se volvían cada vez más breves.
Para cuando el Señor Edmund, habiendo ascendido al rango de teniente de navío, regresó a pasar una temporada de vacaciones, los sirvientes ya no le daban la bienvenida con el júbilo de antaño. Sería más exacto decir que le profesaban un miedo cerval, pues nadie sabía de qué atrocidad sería capaz de nuevo.
Con todo, el porte del Señor Edmund era verdaderamente imponente; poseía una estampa tan magnífica que bien habría merecido llamar a un pintor para retratarla. Las doncellas, a pesar del pavor que les infundía, lo contemplaban a hurtadillas. Es un misterio insondable el corazón humano, capaz de albergar admiración y fascinación hacia aquello que le inspira terror.
Si he de serle franca, mi propio corazón daba un vuelco al contemplar al Señor Edmund.
Durante sus vacaciones, el Señor dedicaba la mayor parte del tiempo a la caza, y los caballeros de la vecindad aseguraban que su puntería era infalible: disparo que efectuaba, pieza que cobraba. Hubo un tiempo en que se dedicó a coleccionar rifles de caza, y el armero de la mansión albergaba verdaderos tesoros de su propiedad. Desde una pistola plateada que apenas ocupaba la palma de la mano hasta un imponente rifle con culata reforzada en cuero; el Señor dominaba toda clase de armamento. Asimismo, era sumamente diestro en el manejo de las hojas blancas, siendo capaz de eviscerar y limpiar con sus propias manos el vientre de los ciervos que abatía.
Mientras tanto, el joven amo Richard continuaba orbitando alrededor de su hermano menor. Le invitaba a tomar el té de la tarde o le rogaba que lo acompañara a pasear a la orilla del lago. Lo natural habría sido que el Señor Edmund ignorara tales peticiones, pero, por alguna razón desconocida, comenzó a acceder a todas ellas. Incluso llegó a pasarle el salero durante las comidas. Toda la servidumbre se regocijaba pensando que el Señor Edmund finalmente había cambiado.
Llegamos a creer que las heridas del pasado habían cicatrizado: el Señor Edmund se mostraba considerado, el joven amo Richard había recuperado la sonrisa y la mansión, antes sumida en el desconcierto, disfrutaba de una paz idílica. Las doncellas volvían a murmurar y parlotear sobre el Señor Edmund con una libertad que no se recordaba.
El clima de aquel verano fue excepcionalmente espléndido.
El cielo lucía un azul tan nítido que parecía reflejarse en las aguas mansas del lago, mientras una suave brisa empujaba jirones de nubes ligeras como plumas.
El mismo día en que el Señor Edmund se disponía a reincorporarse al servicio en la Armada, el eco de una detonación resonó con violencia en el interior de la mansión.
Fue un estallido tan seco, agudo y repentino que, en un primer instante, ninguno de los presentes logró comprender qué había sucedido. El señor Matthew Robinson, quien servía como mayordomo en aquel entonces, subió los peldaños de la escalera a una velocidad inverosímil para su avanzada edad, guiado por el instinto hasta el origen del estruendo.
Provenía directamente del dormitorio del joven amo Richard.
Al cruzar el umbral de la puerta, la cual se encontraba abierta de par en par, el señor Robinson se topó con una escena que desafiaba toda lógica.
El joven amo Richard, el mismo que esa mañana había iluminado la mesa del comedor con su radiante sonrisa y le había dedicado un afectuoso saludo, yacía tendido en el suelo como un ciervo con la garganta desgarrada. A su lado, el Señor Edmund, ataviado con su uniforme de gala, rodeaba con un brazo la cintura de su hermano.
En la misma mano donde portaba el anillo de oficial, empuñaba un arma de fuego.
El centro de la camisa del joven amo Richard se encontraba completamente empapado en un torrente de sangre. Las manos del señorito, el suelo… todo el lugar estaba teñido de un rojo espantoso.
Con la cabeza inclinada hacia atrás, evocando la trágica silueta de la mismísima estatua Piedad, el joven amo Richard descansaba exánime y desvalido, sin emitir sonido ni mostrar el menor signo de vida. Parecía, verdaderamente, sumido en un sueño profundo y apacible.
Al señor Robinson se le cortaron las fuerzas y se desplomó de rodillas en el suelo.
¿Cómo… cómo había podido ocurrir semejante tragedia?
El señor Robinson, con la garganta hecha un nudo, apenas lograba respirar. Pero en el instante en que sus ojos se posaron en el Señor Edmund, sintió como si un rayo le hubiera partido la cabeza.
¡Qué expresión tan gélida y despiadada se dibujaba en el rostro del Señor Edmund mientras contemplaba a su hermano desangrado…! Era una mezcla de frialdad, desprecio y una furia incontenible; el semblante de alguien que tiene ante sí a la criatura más abyecta y repugnante del mundo.
En aquel rostro no había el menor rastro de dolor, ni un solo vestigio de tristeza.
Fue en ese preciso instante cuando el señor Robinson reparó en el arma. Sostenida firmemente en la mano del Señor Edmund estaba aquella pistola plateada de su propiedad, la misma que solía descansar en el armero de la mansión…
El señor Robinson contempló la pistola con la mirada perdida y luego, muy despacio, alzó la vista hacia él. Al encontrarse con aquellos ojos, una revelación pavorosa lo sacudió por completo.
Le fue humanamente imposible articular una sola palabra.
La muerte del joven amo Richard se hizo pasar por una enfermedad. Jamás, bajo ninguna circunstancia, podíamos permitir que una verdad tan atroz saliera a la luz. Todos los sirvientes guardamos un silencio sepulcral para que el joven amo Richard pudiera recibir la bendición de la Iglesia y partir al cielo en santa paz. Su funeral se celebró con la mayor de las pompas: un féretro de madera de nogal, robusto y reluciente; fragantes flores que caían en cascada sobre la tapa del ataúd; un cielo que no dejaba de derramar lágrimas, sollozando como si llorase la pérdida de un alma, y una interminable procesión de carruajes de luto que seguía el paso del fastuoso coche fúnebre bajo la lluvia…
El señor Robinson nunca les reveló la verdad a los señores. Pero, a decir verdad, tampoco hizo falta.
Sir James sufrió un derrame cerebral del que jamás logró recuperarse. La Señora abandonó la mansión con el pretexto de llevar a su esposo a convalecer a una villa en Brighton. Más tarde, trasladaron su residencia a un balneario en el norte de Italia. Huían, verdaderamente, como quien escapa de las garras de un monstruo pavoroso…
De ese modo, el Señor Edmund lo heredó absolutamente todo: el linaje, el título de nobleza y la fortuna. Se convirtió en el soberano indiscutible de esta propiedad.
Tal y como él lo había planeado desde el principio.
Una de las primeras medidas que tomó el nuevo Lord Edmund fue ordenar que se retiraran todos y cada uno de los retratos del joven amo Richard que engalanaban las paredes de la mansión.
Es por eso que hoy en día ya no es posible hallar una sola pintura de su hermano en toda la casa.
Y esa… es toda la historia que tengo para contarle.
Jamás fue mi intención llegar tan lejos con este relato… Creo que he cometido una grave imprudencia. Por favor, joven amo, le ruego que me perdone.
La noche se ha vuelto muy profunda; es hora de que descanse.
Que tenga un apacible descanso, joven amo Ethan…
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