02 | PRÓLOGO

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Parte 1, Capítulo 1

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​Los Whitewood eran una familia de gran prestigio que, tras haber recibido su título de nobleza durante la dinastía Tudor, habían transmitido el título de Conde de generación en generación.

De acuerdo con el principio de primogenitura, Edmund ingresó en la Real Escuela Naval de Dartmouth, dejando atrás las tierras que pasarían a ser propiedad de su hermano mayor, Richard. Fue un camino que eligió sin vacilación alguna.

En aquel mundo estructurado por una disciplina estricta, reglas fijas, una jerarquía clara y una línea de mando contundente, sintió la comodidad de quien encuentra una prenda hecha a su justa medida. Aquellas respuestas que no daban margen a la duda eran la encarnación misma de la claridad que él siempre había buscado. Edmund fue un cadete sobresaliente y, para cuando fue comisionado como subteniente, se hallaba en el estrado en calidad de representante de los graduados.

Hasta ese entonces, creyó haber triunfado. Creyó haber escapado de los Whitewood, dueños de las vastas tierras de Berkshire, y de aquel maldito ser destinado a heredar el glorioso nombre de la familia.

​Edmund dobló la esquina, se adentró en lo profundo del pasillo y se detuvo ante una puerta.

Sacó la llave del bolsillo de su chaleco y la sopesó en la palma de la mano. A pesar de que habían pasado tres años, la llave, que no había tenido utilidad alguna en todo ese tiempo, no se había oxidado en lo más mínimo.

Introdujo la llave en la cerradura; al principio se sintió rígida, pero pronto giró con un chasquido metálico.

Entró sutilmente y cerró la puerta.

Al raspar un fósforo para encender el fuego, el aspecto de la habitación se reveló por completo al instante, tal como si una antigua pintura rupestre emergiera dentro de una caverna en tinieblas.

Todo estaba intacto.

La colcha que colgaba hasta el suelo, el sofá de color carmesí y los cojines de seda de diversos colores esparcidos aquí y allá. La alfombra persa bordada con patrones extravagantes, las porcelanas de estilo chino y las estatuillas de ángeles de un blanco puro alineadas sobre la repisa de la chimenea.

Era un paisaje sumamente suntuoso.

Y eso a pesar de que todavía sentía en la punta de la nariz el olor a sangre, como si nunca se hubiera disipado.

​Edmund escudriñó la habitación con actitud gélida y luego encendió un cigarro.

En circunstancias normales, su intención habría sido no volver a poner un pie allí jamás. De no haber sido por lo ocurrido aquella noche de hace unos días, cuando caía la tormenta de nieve, su juramento se habría mantenido en pie hasta el final.

Pinturas clásicas de Rubens1 inundaban los alrededores. El estilo pictórico, recargado y voluptuoso, revelaba de forma flagrante los gustos del difunto.

Entre todas ellas, el retrato de la única figura que no pertenecía a la mitología ocupaba el centro de la pared.

Edmund contempló la pintura desde la distancia.

Encajado en un enorme marco de latón, el retrato había sido pintado con motivo del vigésimo cumpleaños de Richard.

El retrato, obra de Sargent2, hacía gala de una belleza tan rebosante de vida que parecía que el hombre fuera a salir caminando del lienzo en cualquier momento. Ataviado con una impecable chaqueta verde, un plastrón que rodeaba vistosamente el cuello de su camisa y sosteniendo un bastón de mando que destellaba con brillos de plata, el hombre, que dejaba caer los largos pliegues de un abrigo de forro rojo, estaba sentado en un sillón, observando hacia este lado con una expresión indolente y una sonrisa en los labios.

Su sedoso cabello negro y rizado, sus ojos grises que brillaban llenos de confianza en sí mismo y sus labios tersos con un leve aire de burla eran asombrosamente vívidos.

Realmente, era un rostro espantosamente idéntico.

​Edmund fumó su cigarrillo mientras contemplaba con sequedad a su hermano, cuya edad ahora se había congelado para siempre en los veinte años, volviéndose más joven que él.

¿Quién habría previsto jamás que él se convertiría en el Conde de Leicester?

Un humo de un frío tono azulado se filtró entre sus labios. El humo, fluyendo como el agua, nadó de forma sinuosa en la oscuridad, trazando una larga línea en el aire. Como un río majestuoso que divide la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

​—Tú… —Masculó Edmund entre dientes, clavando la mirada en la sonrisa del retrato—. Me atormentas incluso después de muerto.

​Era una voz en la que se mezclaban un cansancio insufrible, el remordimiento y el desprecio.

​Al abrir los ojos, lo primero que vio fue un lujoso techo de mármol. Traspasando las gruesas cortinas de terciopelo, la pálida luz del sol invernal se filtraba para teñir la alfombra persa extendida sobre el suelo de madera. Los marcos de latón colgados en las paredes resplandecían con intensidad.

«¿Dónde estoy?»

Ethan se sobresaltó y se incorporó de golpe por un instante, antes de recuperar la lucidez. Apretó con fuerza el edredón de plumas de un blanco pulcro mientras recobraba el aliento.

Los sucesos de la noche anterior acudieron lentamente a su mente. Su cabeza, aletargada por el sueño, se espabiló poco a poco y la fría sensación de la realidad regresó a él.

No lo habían echado.

Ese único hecho se aferraba con nitidez a su piel. Miró a su alrededor.

Tras escuchar unos golpes, la puerta se abrió y alguien entró.

​—Joven amo, ¿ya se ha despertado?

​Una sirvienta con delantal y el cabello prolijamente recogido en un moño lo saludó mientras cruzaba la espaciosa habitación para descorrer las cortinas de par en par.

​—Por fortuna, hoy hace buen tiempo.

​Ethan se quedó callado un momento, sin saber qué decir.

​—…¿Por qué me llama “joven amo”?

​Sintió dudas de inmediato. ¿Qué intenciones tenían? ¿Acaso la sirvienta estaba cometiendo un error?

​—Pues porque es el joven amo. ¡Ah! Ahora que lo pienso, no me he presentado. A partir de hoy, estaré a cargo de sus aposentos. Puede llamarme Phoebe.

—¿Joven amo…? ¿Qué estará a cargo de mis aposentos?

—Sí.

​A pesar de que él replicó con tono desconfiado, Phoebe asintió y respondió con total naturalidad.

De pronto, Ethan se sintió inquieto.

​—¿Dónde está el mayordomo?

—A estas horas probablemente esté atendiendo a su Señor. Él insistió encarecidamente en que lo asistiéramos a usted, joven amo Ethan, sin que le faltara ninguna comodidad. Ah, y por cierto, debe hablarnos de tú, joven amo.

​Ethan se sintió cada vez más confundido.

«¿Se están burlando de mí? ¿A qué viene eso de ‘joven amo’ y qué es eso de tener a alguien a cargo de mis aposentos? Y encima me dice que les hable de tú… Esas son palabras que solo se le dirían a un noble de alta alcurnia.»

​A pesar de que las dudas bullían en su interior, Ethan guardó silencio. «Debe de tratarse de algún error, pero seguro se resolverá pronto. En cuanto descubran mi verdadera identidad, me darán un viejo ático y me pondrán a trabajar como sirviente. Solo debo prepararme mentalmente hasta que llegue ese momento.»

​Sin embargo, lo que tanto esperaba no sucedió.

Pasó un día, luego dos, y nada cambió. Ethan seguía despertando en una cama lujosa, recibía un abundante desayuno servido en una bandeja de plata y nadie lo obligaba a hacer absolutamente nada.

Phoebe le llevaba la comida en un carrito que destellaba con brillos plateados. Colocaba sobre la mesa un plato colmado de pan blanco, tocineta frita, huevos revueltos y salchichas.

​—Coma antes de que se enfríe.

​Mantequilla y crema de la mejor calidad. Un pudín de vainilla del que chorreaba un dulce sirope de caramelo.

Ethan miraba la mesa con una sutil desconfianza en los ojos antes de tomar la cuchara de plata.

Al cabo de cuatro días, tuvo la certeza de que, en efecto, ese estilo de vida no iba a cambiar. Cuando abordó al mayordomo en el pasillo y le insistió con preguntas, este le respondió:

​“¿Cómo nos atreveríamos a hacer trabajar al joven amo? No tiene de qué preocuparse, eso jamás sucederá.”

​¿Acaso el hombre había cambiado de opinión? ¿Había surtido efecto el haberle suplicado de rodillas al final?

Desde aquel día no había vuelto a ver al hombre. La mansión era sumamente inmensa, pero el factor principal era que sus rutinas diarias no coincidían en lo absoluto.

La sirvienta le había advertido con firmeza:

​“No debe ir al segundo piso. Ese es el espacio exclusivo del Señor Edmund.”

​Fue recién entonces cuando supo el nombre de aquel hombre que tanto le intrigaba.

Edmund Whitewood.

Era un nombre que, extrañamente, le resultaba familiar. Ethan cayó en cuenta de que lo había visto antes en los periódicos semanales. Y no era por nada bueno. Los semanarios de Londres solían publicar con gran pompa llamativos escándalos y habladurías de la alta sociedad.

​El hombre salía a menudo y regresaba tarde por la noche.

Un día, durante una noche en la que la nieve caía con fuerza. Un automóvil se detuvo en el patio delantero empedrado y el hombre descendió del vehículo. Ethan, de pie junto a la ventana, miraba al hombre desde arriba.

«¿Qué estará tramando exactamente?»

Le resultaba imposible adivinar las verdaderas intenciones del hombre.

Le gustara o no, tenía que ganarse su favor para poder sobrevivir. Ethan no olvidaba aquello.

El hombre, que cruzaba el patio caminando hacia los escalones de la entrada principal, se detuvo en seco. Levantó la cabeza. De entre las numerosas ventanas de la fachada, clavó la mirada con precisión milimétrica en este lado. Ethan sintió que sus ojos se cruzaban con los de él.

Sobresaltado, dio un paso hacia atrás. El corazón le latía a mil por hora, como a un niño que acaba de cometer una travesura.

Cuando regresó a la ventana poco después, la silueta del hombre ya había desaparecido.

​Al anochecer del día siguiente también nevó. Un automóvil subió por el sendero de acceso que se había teñido de blanco. Un pastor alemán de pelaje lustroso, que descansaba en una cuna forrada con telas mullidas, comenzó a ladrar incluso antes de que se escuchara el ruido del motor del vehículo, y salió corriendo hacia el exterior de la entrada principal.

El hombre acarició y rascó la barbilla del perro, que daba vueltas a su alrededor rebosante de alegría.

Tras entregarle su abrigo al sirviente en el vestíbulo, el hombre cruzó el salón mientras escuchaba el informe del mayordomo y subió la escalera de caoba cubierta con una alfombra roja.

​—Bienvenido a casa.

​Aquel repentino saludo hizo que sus pasos se detuvieran en seco a mitad de la escalera.

Ethan estaba de pie justo donde comenzaban los escalones.

Llevaba una camisa impecablemente planchada, sin una sola arruga, y se había puesto los calcetines y los zapatos con total pulcritud. Se había parado frente al espejo un sinfín de veces para retocarse la ropa, alisando con las palmas de las manos las costuras de sus pantalones. Quería mostrarle su apariencia más perfecta posible.

A diferencia de aquel amenazante primer encuentro, el hombre no había echado a Ethan. Tampoco lo había encerrado en un viejo ático, ni lo había dejado pasar hambre, ni lo había puesto a trabajar. Le había otorgado prendas de seda suave y le permitía dormir arropado por un cálido edredón de plumas en una habitación lujosa con el fuego encendido. Quizás, en el fondo, era una buena persona.

Dado que había recibido tanto de él, lo correcto era agradecer su amabilidad.

​—Gracias… por permitirme seguir quedándome aquí.

​Las palabras que había ensayado tantas veces salieron con una voz temblorosa. Preso del pánico, Ethan se sonrojó.

Levantó la cabeza y miró fijamente al hombre, quien no emitía respuesta.

El hombre permanecía en silencio. Se alcanzaba a ver su espalda, erguida como una estatua de mármol en medio de la escalera de caoba alfombrada de rojo. Parecía una inmensa y elegante muralla.

A causa de los nervios, las manos le sudaban.

​—William —articuló finalmente el hombre. Era una voz baja y profunda—. Creo recordar haber dicho que no quería que eso se cruzara en mi camino. ¿Lo recuerdas?

—…Sí, mi Señor.

—¿Acaso mis palabras te parecieron una broma?

—…No, Señor.

—En ese caso, ya sabes lo que tienes que hacer.

​Tras decir aquello, el hombre reanudó la marcha.

​—Joven amo… —William se acercó apresuradamente. Observó a Ethan con ojos llenos de lástima y le dijo en voz baja—: Será mejor que regrese a sus aposentos por ahora. ¿Qué le parece si le llevo una taza de té? La señora Hopkins ha preparado unas galletas dulces con almendras… Joven amo.

​La compasión en su voz se hizo más evidente.

Ethan permaneció inmóvil en su sitio con los puños fuertemente apretados.

Había creído que era una buena persona. Pensó que, a pesar de haber recibido insultos y desprecio en su primer encuentro, al menos no lo había enviado al orfanato y le había concedido toda clase de lujos. No le había arrebatado los dulces que probaba por primera vez en su vida. Se imaginó que solo era un adulto frío y huraño, pero que sus verdaderas intenciones eran distintas. Había querido creer eso.

​Justo antes de subir la escalera, el hombre había movido la barbilla por encima del hombro, lanzándole una mirada afilada como un cuchillo. Una mirada cargada de un desprecio que despedazaba sin piedad todo su cuerpo.

Su organismo, que hace un momento palpitaba al límite de nerviosismo e ilusión, se congeló por completo. Sintió como si lo hubieran abandonado en medio de un páramo azotado por la ventisca. Hacía demasiado frío.

​—No pasa nada —consiguió articular en un susurro, esforzándose para que su voz salga. Como si ni él mismo supiera a quién le estaba dirigiendo aquellas palabras—. …No pasa nada.

Notas del Traductor

  1. Personaje histórico real: Pedro Rubens. Una de las figuras más importantes del barroco flamenco. Además, fue uno de los primeros artistas en entender el mercado del arte, y creó una especie de factoría en su taller que fabricaba pinturas en cadena.
  2. Personaje histórico real: John Singer Sargent. Fue un pintor estadounidense, considerado el “retratista de más éxito de su generación”. Durante su carrera, realizó cerca de 900 pinturas al óleo y más de 2000 acuarelas, así como innumerables bocetos y dibujos al carboncillo.
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