Aunque no estaba seguro de cómo me veía Ling Ye en realidad ni de si estaba genuinamente interesado en mí o era simplemente un donjuán, a pesar de que en las últimas dos semanas y media estuve todo el tiempo quejándome de lo insoportable que era, en aquel momento, mientras estaba bañado por el sol, me resultaba extremadamente seductor.
Ya habíamos cruzado la línea de lo seguro, habíamos trascendido las reglas y, en una especie de furia nunca antes experimentada, habíamos asesinado el recato.
De repente, fue como si una serie de campanillas de viento sonaran en mi cabeza, nítidas y claras, intentando despertarme de mi estado de aturdimiento, pero ya me había rendido y el único pensamiento que tenía era: el sonido de estas campanillas encaja muy bien con este momento y este lugar. Era como una escena de una película de amor puro y refrescante y yo, junto con la persona
que tenía enfrente, también estábamos viviendo una historia de amor muy pura.
Si de verdad así fuera, sería perfecto.
En mi estado de ensoñación, vi cómo una fina capa de sudor perlaba su frente, mientras seguía observándome en silencio, sin palabra que escapara de sus labios.
Al ver que no decía nada, me sentí inseguro; pero no podía dejar que eso se notara, así que le pregunté a propósito:
—¿Sientes que por fin te has topado con un rival digno?
Después de escucharme, me miró y, unos segundos después, se echó a reír.
Me respondió:
—Aún es pronto para decir si eres mi rival.
Pensé para mis adentros: «Qué terco eres».
Que sea terco, allá él. No me gustaba adivinar lo que pensaban los demás; no por alguna razón en específico, sino porque siempre terminaba equivocándome.
Ahora, suponía que Ling Ye estaba interesado en mí, pero ¿y si no era así? ¿No estaría haciendo el ridículo con mis propias ilusiones?
Me sacudí el trasero y me preparé para largarme, pero, de pronto, Ling Ye me atrapó nuevamente.
Este tipo tenía sus mañas. A la hora de agarrarme, no siguió el guion de las novelas románticas, sino que me agarró del tobillo y me tumbó directamente de cara al suelo.
Sabía que en ese momento debía parecer un sapo a punto de estirar la pata con la mirada perdida, tumbado allí de forma ridícula. Yo mismo me sentía estúpido.
—Ling Ye, ¿estás loco o qué?
Se atrevió a burlarse de mí de esta manera. Si no fuera porque últimamente estaba de buen humor, ya lo habría asesinado con mis propias manos.
Ling Ye se moría de la risa y yo me enojé aún más.
—¿De qué te ríes, idiota?
—Me río de ti —explicó.
Esa frase me enfureció por completo. Este tipo era un verdadero canalla.
No importaba por qué Ling Ye me agarró de improviso, no pensaba volver a dirigirle la palabra. Me levanté bastante avergonzado, preparado para irme con los dientes apretados, y decidí que la próxima vez que fuera mi turno de cocinar, le iba a echar veneno en el plato.
—¿Ya te vas?
—Pues, ¿qué si no?
A ciencia cierta, sentía que todavía faltaba algo, pero no lo podía decir. El recato que acababan de asesinar resucitó después de que me estrellara de cara contra el suelo.
—¿No es inapropiado coquetear y luego salir corriendo?
—Ling Ye, sé razonable. —Estaba a punto de morirme de la rabia por su culpa—. ¿Quién de los dos está coqueteando con quién?
¿Quién era el que se pasaba todo el día paseando con una cometa de mariposa frente a mí? ¿Acaso no se daba cuenta?
Él me miró, sonriendo sin decir nada.
Lo miré completamente desconcertado, sin saber qué otra maldad estaba tramando.
No me molesté en hacerle caso y me dispuse a recoger mis flores para volver. Mi editora todavía estaba esperando que le entregara el manuscrito.
Lo rodeé y, por suerte, después de tanto alboroto, el ramo de flores seguía ahí.
Y no solo el ramo, en la playa también estaba esa molesta cometa de mariposa.
Caminé descalzo sobre la arena blanda, le eché un vistazo a la cometa, solté un «Qué fea» y sentí que me recuperé por completo.
Ling Ye me alcanzó por detrás y, de súbito, se acercó a mi oído para decir:
—No pienses en desertar.
Me sobresalté y se me puso la piel de gallina otra vez.
Ling Ye me miró con una sonrisa maliciosa, de esas que daban escalofríos. Me adelantó y se agachó para recoger la cometa antes que yo.
Ya estaba a su lado. Me puse los zapatos y empecé a recoger mis flores una por una.
Le dije:
—No soy ningún desertor. Además, aquí no hay ningún campo de batalla.
Ling Ye se fue riendo a carcajadas y yo me quedé ahí parado en la orilla viéndolo alejarse, hasta que se convirtió en una sombra borrosa a lo lejos. Repentinamente, sin saber por qué, yo también me eché a reír.
Qué raro.
Sentía que algo estaba invadiendo mi mundo.
Sabía perfectamente que Ling Ye lo hacía a propósito para molestarme.
Pero el corazón de todos estaba hecho de carne, especialmente el de alguien que había estado soltero tantos años como los que ha vivido; simplemente, no podía resistir el coqueteo… y con alguien me refería a mí mismo.
Mientras caminaba lentamente de regreso con el ramo de flores, no dejaba de pensar en Ling Ye.
Pensaba en muchas cosas sobre él.
Por ejemplo: ¿por qué me trató así hace un momento?
Por ejemplo: ¿por qué vino a traerme este ramo?
Por ejemplo: ¿es en realidad mi hater o mi fan novio?1
Y, también, ¿quería jugar conmigo solo unos días o hasta que fuésemos viejos?
Como era bien sabido, la mente de los escritores era muy abierta y, por solo una mirada, podíamos desarrollar un artículo entero.
Y yo, después de tener un «contacto íntimo» con Ling Ye en la playa, sentía que podría escribir una novela de cuatrocientas mil palabras.
Mientras divagaba de esta manera, llegué a la entrada de La Isla. Apenas había dado un paso dentro cuando vi a Ling Ye sentado en los escalones del patio tocando la guitarra. A su lado estaba Zhou Ying, marcándole el ritmo.
Ling Ye estaba tocando La canción de Zhang San. Conocía bien esta canción ¡porque yo era Zhang San!
Cuando entré al patio, deliberadamente evité mirar a Ling Ye, sintiendo que él debería decirme algo.
No obstante, incluso cuando pasé a su lado, subí las escaleras y volví a mi habitación, Ling Ye no detuvo sus dedos que tocaban las cuerdas de la guitarra, ni mucho menos se dignó a llamarme.
Suponía que él tampoco me miró. Aunque yo solo le eché unos vistazos de reojo, si él me hubiera mirado, seguramente lo habría sentido. Mi sexto sentido siempre había sido agudo. Por ejemplo, mi sexto sentido ahora me decía que Ling Ye solo quería jugar conmigo. Jugar un rato, nada más.
Me sentí un poco molesto, como si hubiera sido mancillado por un maldito canalla.
Pero en cuanto cerré los ojos, la imagen de Ling Ye en la playa volvió a aparecer en mi mente de inmediato.
En ese momento, empecé a admitir que era un canalla descarado y sinvergüenza, pero muy sexy.
El teléfono fijo de la habitación sonó y fui a contestar sin muchas ganas, pensando que era Zhou Ying llamándome para bajar a comer y hasta me preguntaba quién estaría de turno hoy; pero para mi sorpresa, quien llamaba era mi editora.
Me dijo con una sonrisa:
—Maestro Chen, ¿todavía quiere morirse?
Recordé que la última vez que hablamos le dije que quería morirme y la pobre se asustó tanto que no se atrevió a volver a presionarme con el manuscrito.
Sin importar cómo estuviese yo ahora, asustar a la gente nunca estaba bien.
Por lo tanto, le dije:
—No pasa nada, ya se me pasó.
Mejor seguía vivo.
Solo vivo podría saber qué demonios tramaba ese muchacho Ling Ye.
Al escuchar eso, mi editora se rio aún más contenta:
—Qué bueno, qué bueno. Entonces, Maestro Chen, me atrevo a preguntarle, ¿cómo va su manuscrito?
¡Qué atrevimiento!
—Hace muy buen tiempo —le dije.
—¿Eh?
—Con un día tan bonito, debería ir a nadar.
—… No estará pensando en tirarse al mar, ¿verdad? —dijo mi editora—. Por favor, no lo haga. Hoy no lo presionaré más. Mañana lo contactaremos.
Dicho esto, colgó el teléfono.
Se imaginaba unas cosas. Solo pensaba que, con un tiempo tan bueno y siendo incapaz de escribir nada, era mejor ir a nadar desnudo. En lugar de dejar que Ling Ye viera mi cuerpo ardiente y sexy, prefería entregárselo al vasto mar.
Al colgar el teléfono, me pregunté: ¿por qué había vuelto a pensar en Ling Ye?
¿Por qué estaba en todas partes?
Sentí que esto no podía seguir así; no podía estar cegado por la lujuria de esta manera.
Yo era un escritor de estilo abstinente.
Por ende, me quité la ropa y corrí al baño, lavándome a fondo de pies a cabeza.
Al salir de la ducha, escuché una guitarra afuera.
Puse atención para distinguir y estaba seguro de que no era Zhou Ying.
Aunque no había escuchado a Ling Ye tocar la guitarra muchas veces, con solo haberlo oído una vez, ya era capaz de diferenciar entre la de él y Zhou Ying.
Era como cuando éramos capaces de discernir los pasos de alguien conocido.
No sentía que fuese muy cercano a Ling Ye, pero aun así podía reconocer que era él.
Me puse ropa limpia sin secarme el cabello, que aún goteaba.
Cuando abrí la puerta, Ling Ye estaba, como esperaba, recostado en el alféizar de la ventana fuera de mi habitación, tocando la guitarra en dirección a mi habitación.
La brisa marina entraba por la ventana abierta de par en par, alborotándole el cabello a Ling Ye.
Alzó la vista, me sonrió y, al tocar de nuevo las cuerdas, fluyó la melodía de otra canción.
Ling Ye no cantaba, solo tocaba.
Me quedé allí escuchando en silencio, con mi mirada fija en la suya de principio a fin.
Era una canción que me gustaba mucho. En muchas noches en las que no lograba escribir, la puse en repetición una y otra vez.
La voz de contralto de Tsai Chin siempre conseguía calmarme.
Me sorprendió y no entendí por qué Ling Ye estaba frente a mi puerta tocando esta canción.
Pero no lo interrumpí. No era que no quisiera hacerlo a propósito, sino que me dejé llevar.
Escuchaba, miraba y dejaba que el viento me soplara.
Cuando terminó la canción, Ling Ye se echó la guitarra a la espalda.
—Li Si le dedica El embarcadero2 a Zhang San.
—Zhang San no le dará propina a Li Si por eso.
Ling Ye se rio a carcajadas y, luego, dijo:
—No importa, ya recibí la propina que me diste.
Mi primera reacción fue pensar en lo que pasó en la playa.
Pero para mi sorpresa, me dijo:
—Terminaste de escucharla, esa es la propina.
Dicho esto, se dio la vuelta y bajó las escaleras.
Antes de irse, me dijo:
—Si quieres escuchar más, ven a mi habitación otro día.
¡Qué va! Si sabía perfectamente qué estaba tramando, ¿cómo iba a ir a buscarlo?
Eso fue lo que me dije a mí mismo.
Lo que golpeé no fue la puerta de la habitación de Ling Ye, sino la puerta de mi corazón embrujado.3
Después de los tres toc, toc, toc, mientras respiraba hondo, ya tenía muy claro que esta mariposa torpe había caído en la trampa de la serpiente venenosa.
La serpiente venenosa era verdaderamente despiadada. Aunque ya poseía una técnica formidable, no daba el golpe final, sino que se empeñaba en hacer algunos trucos para jugar conmigo primero.
¿Cómo podría nuestra inocente y pequeña mariposa soportar algo así?
Pensando en esto, me sentí un poco fastidiado y, al escuchar los pasos en la habitación acercándose cada vez más, tuve la idea de perecer junto con él.
Quise prenderle fuego al lugar y quemarnos a los dos.
De todos modos, tampoco era que fuese un joven puro y bondadoso; era mejor que se fuese al otro mundo, así, yo estaría haciéndole un favor a la humanidad.
Pero pensar era una cosa y solo eso hice: pensar.
Durante más de veinte años, había sido un ciudadano ejemplar que respeta la ley. Además, era imposible que de verdad hiciera algo para perturbar al mundo; después de todo, no quiero morir debiéndole el manuscrito a la editorial.
En el instante en que se abrió la puerta, otra idea se me cruzo por la cabeza: ¿acaso podría morir después de entregar el manuscrito?
Cuando uno se hallaba nervioso, era muy fácil divagar y pensar tonterías. Ahora mismo, estaba precisamente en ese estado.
La puerta se abrió y Ling Ye apareció con toda la pinta de alguien que acababa de bañarse.
Llevaba una toalla sobre los hombros y abajo, otros pantalones cortos floreados.
Sospechaba que en el armario de Ling Ye había cien shorts floreados de diferentes estampados.
Su cabello negro y corto seguía goteando y una gota de agua se deslizó por un mechón sobre su frente para caer justo en la punta de su nariz.
La verdad, era un poco sexy.
Bastante sexy, en realidad.
Ling Ye me preguntó sin inmutarse:
—¿Qué haces aquí?
—¿Eh?
—¿Vienes tan tarde, pasa algo?
—Ah…
Creía que lo hacía a propósito al preguntar algo que ya sabía; decía un montón de tonterías sin sentido.
No, no era que no tuvieran sentido, solo era uno de sus trucos para burlarse de mí.
Lo entendía perfectamente, pero no podía hacer nada al respecto.
—¿No me dijiste que viniera a tu habitación? —pregunté.
Ling Ye contuvo la risa, se recostó contra el marco de la puerta y me observó con una sonrisa perezosa.
—Pero no dije que vinieras esta noche —dijo Ling Ye—. Tampoco dije que vinieras tan tarde.
Me enojé.
Yo también tenía mis límites.
Así que, perdiendo los estribos, me di la vuelta y me fui, negándome rotundamente a ser un perrito faldero.
Para mi sorpresa, Ling Ye reaccionó bastante rápido. Apenas había dado un paso cuando me agarró de la mano.
Me sujetó la mano con fuerza.
Me giré, haciendo berrinche.
—Suéltame.
—No.
—¿No dijiste que no querías que viniera?
—Yo no dije eso. —Ling Ye seguía con una sonrisa en los ojos y, mientras hablaba, me jalaba hacia él—. Lo que dije es que te he estado esperando. Bienvenido.
Al escucharlo decir eso, toda mi rabia y resentimiento se disiparon al instante.
Yo era así, de buen temperamento y buen carácter, difícil de encontrar incluso con una linterna.
Pero definitivamente no iba a mostrarme tan fácil de engañar. Después de todo, en nuestra relación, parecía que yo siempre estaba en desventaja y ya no estaba dispuesto a estarlo, de modo que, al menos esta vez, tenía que ganar.
En consecuencia, lo cuestioné:
—¿Quieres que entre?
—Por supuesto. —Ling Ye respondió con bastante satisfacción.
—Entonces ruégamelo.
—¿Eh? —Inesperadamente, puso cara de asombro.
Le dije:
—Ruégamelo con sinceridad, ruégame que entre a tu habitación o si no, me regreso a dormir.
»Es de madrugada y no hay nadie alrededor. Mi reputación es muy importante —añadí.
Ling Ye parecía no saber si reír o llorar. De repente, se acercó, pegó su boca a mi oreja y, con una voz muy suave y sugestiva, me dijo:
—Te lo ruego, ven conmigo adentro.
Esas palabras fueron como hipnosis y, al instante, me mareé.
Sin esperar mi respuesta, yo, que ya estaba medio rendido, fui arrastrado hacia su habitación.
Qué astuto era.
Sabía perfectamente que no podía resistirme.
Esta era la primera vez que entraba a la habitación de Ling Ye desde que llegué aquí hace tanto tiempo.
Su habitación era casi igual a la mía: los mismos escritorios y sillas, la misma cama. Vi que sobre su escritorio de madera, frente a la ventana, había una fila de flores, clasificadas por tipo y colocadas en distintos floreros.
Le pregunté:
—¿Qué estás haciendo? ¿Atraer abejas y mariposas?4
Él se paró detrás de mí con una sonrisa radiante.
—Sí, eres bastante listo.
Me giré y crucé mi mirada con la suya, suponiendo que a quien estaba atrayendo era a mí.
Sabía que decir esto sonaba a que me estaba haciendo ilusiones, pero en los días siguientes, esas flores realmente fueron enviadas a mi habitación, por lotes, en diferentes horarios y de distintas maneras.
No era que me hiciera ilusiones, simplemente tenía el don de la premonición.
Había cosas que estaban destinadas a suceder y, si no pasaban ahora, pasarán después.
En cuanto a eso que estaba destinado a suceder entre Ling Ye y yo, lo más importante —y lo que me tenía loco de ansiedad— era saber exactamente cuándo iba a ocurrir.
Nos quedamos de pie en la habitación mirándonos. Ling Ye permanecía en silencio con una sonrisa en los labios.
El ambiente era demasiado ambiguo. Me hacía sentir que, en el siguiente segundo, él haría su movimiento.
A los hombres los conocía muy bien.
Sin embargo, de hecho, me equivoqué.
Ling Ye no era un hombre común; era astuto, calculador y estaba empeñado en burlarse de mí.
—¿Por qué me miras así? —Fui yo quien no pudo contenerse y le pregunté.
No pareció realmente una pregunta, sino más bien como algo inexplicable en la plenitud de la noche.
Si estuviéramos en una novela romántica, la respuesta que me daría en este momento debería ser: «Me gustas, por eso te miro así».
Pero, por desgracia, Ling Ye me arrastró a una novela de suspenso: no tenía ni la menor idea de qué estaba tramando.
Me dijo:
—Me miras, por eso te miro.
—¿Y si no te mirara, tú tampoco me mirarías?
Ling Ye soltó una risa suave y tomó la guitarra que estaba sobre el escritorio.
—Sé para qué has venido. —No respondió directamente a mi pregunta, sino que rasgó un poco las cuerdas de la guitarra.
Le dije:
—A estas horas, tocar la guitarra va a molestar a los vecinos.
Ling Ye volvió a reír.
—¿Crees que esos tipos estarían durmiendo a esta hora?
Recordé a Xu He, que vivía al lado, y también a Li Chong, que aparecía como un fantasma en cualquier rincón para escribir poemas.
Ling Ye se sentó en su cama y palmeó el espacio a su lado.
—Siéntate.
Por puro despecho, no me senté a su lado. En su lugar, arrastré una silla y me senté en un rincón como si me hubieran agraviado.
¿Por qué estaba enfadado?
Más tarde, Ling Ye reveló mis pensamientos sin piedad: «En ese momento, lo que te enojaba era que yo no te confesara mis sentimientos».
Después de que me dijo eso, le lancé el cojín que tenía en las manos directo a la cara sin ninguna piedad, pero esas son cosas que pasaron después.
Vine a tocar a su puerta en plena madrugada. Hasta un tonto sabría que no era para escucharlo tocar la guitarra y cantar.
Pero Ling Ye, este tipo tan listo, se estaba burlando de mí teniéndome en un anzuelo. No era nada bueno.
Y de verdad se puso a tocar. La melodía que sus dedos arrancaban se fundía perezosamente en la oscuridad de la noche.
El viento soplaba desde la distancia, llevándose el sonido de su guitarra aún más lejos.
Me quedé allí sentado escuchando con resentimiento, preguntándome: «¿Qué diablos estoy haciendo aquí?»
De repente, alcancé a ver un libro junto a la almohada de Ling Ye, de tapa azul oscuro, con tres palabras blancas impresas: «Noche de ladridos».
¡Ese era mi libro!
Me quedé atónito por un segundo y, de inmediato, pensé que quizás había visto mal.
Por consiguiente, me levanté y me acerqué a su cama.
Ling Ye tocaba la guitarra y me preguntó con una sonrisa:
—¿Te arrepentiste? ¿Crees que la cama es más cómoda que la silla?
Le eché una mirada de reojo y me acerqué para ver el libro.
Justo en ese momento, terminó la canción que estaba tocando y se quedó mirándome con la cabeza ladeada y la guitarra en los brazos.
—¿Te interesa este libro? —me preguntó.
¡Y todavía se hacía el desentendido conmigo!
Ya que se ponía a actuar conmigo, entonces, le seguiría la corriente.
—La portada es muy bonita —dije— y el título también es bastante llamativo.
Ling Ye se rio.
—El contenido tampoco está nada mal.
¿Nada mal?
¿Solo nada mal?
Puse los ojos en blanco para mis adentros, sin intención de seguir discutiendo con él.
—Mira aquí. —La mano de Ling Ye se extendió de repente y su dedo señaló el nombre del autor.
Sus dedos eran largos y delgados, pero parecían bastante fuertes.
Me puse a fantasear un poco.
La verdad es que no tenía nada de autocontrol.
Él dijo:
—¿No es una casualidad? El autor de este libro tiene tu mismo nombre y apellido.
Guardé silencio unos segundos y, luego, solté una risa incómoda.
—¡Jajaja, qué casualidad! ¡Resulta que hay un escritor que se llama así!
Cuando terminé de reír, le eché un vistazo a Ling Ye y él me observó con una mirada llena de significado.
—Eso demuestra que mi nombre es bueno.
—Así es. —Ling Ye estuvo de acuerdo con mis palabras.
Estaba absolutamente seguro de que se estaba burlando de mí a propósito, pero no entendía por qué lo hacía y eso me molestaba muchísimo.
Tiré el libro a un lado y dije con desagrado:
—Si me halagas un poco, podría fingir ser este escritor y firmarte un autógrafo.
Ling Ye preguntó con una sonrisa:
—¿Y cómo quieres que te halague?
Claro que no iba a decirlo.
Me sentía incómodo y frustrado. Quería largarme y no volver a dirigirle la palabra a este tipo en mi vida, pero inesperadamente, justo cuando pasaba a su lado, él me bloqueó el paso con la guitarra.
—Aún no me lo has dicho —Ling Ye, sentado al borde de la cama, insistió—: ¿Cómo quieres que te halague?
Me puse un poco nervioso. Se me cerró la garganta y el corazón me latía un poco más rápido.
Ling Ye dijo:
—Solo con que lo pidas, me esforzaré al máximo.
—¿Tanto quieres su autógrafo?
—Lo quiero.
—¿Te gusta este escritor?
—Me gusta.
Miré a Ling Ye con sorpresa. ¿No era este tipo mi hater?
—¿No me crees? —dijo Ling Ye—. Puedo demostrarlo.
Lo miré, esperando su demostración.
—Esa noche, clavé mi propia sombra en la pared de su casa y, desde entonces, por muy lejos que me vaya, puedo sentir su traición en cualquier momento.
Esa frase que Ling Ye soltó de improviso era el final de mi ópera prima.
Era una obra de gran importancia para mí, pero que ciertamente tenía mucho margen de mejora. Estaba llena de expresiones sobre la maldad de la naturaleza humana, pero en aquel entonces, yo, en realidad, no tenía una comprensión profunda de la verdadera naturaleza humana. La evaluación de mucha gente sobre este libro fue: la obra tenía chispa, pero el contenido que exploraba era demasiado superficial.
Más tarde, el libro se descatalogó y muchas editoriales quisieron comprar los derechos para reeditarlo a buen precio, pero no acepté ninguna.
Miré a Ling Ye, sin imaginar que él hubiera leído este libro.
Ling Ye también me miraba en silencio. La luz blanquecina de la luna se derramaba sobre su rostro y, de repente, sentí que no olvidaría este momento hasta el último segundo de mi vida.
Volví a sentarme y, cuando me acomodé junto a Ling Ye, empujé el libro al suelo sin querer.
Ling Ye dijo en tono de broma:
—Más te vale no romper mi libro.
¿Qué libro era suyo? Era mío.
Lo escribí yo.
Pero no dije nada. Estaba completamente tenso, como un estudiante de primaria en su primer día de clases, sentado correctamente a su lado.
Ling Ye iba a enseñarme a tocar la guitarra.
No recordaba si fue Zhou Ying quien le dijo que yo quería aprender a tocar la guitarra, probablemente sí, pero eso no importaba. Lo importante era que Ling Ye me metió su guitarra acústica en los brazos y luego se burló de mí:
—No se abraza así la guitarra.
Su risa me enfureció.
—¡Pues, entonces dime cómo se abraza!
No tenía paciencia para sus bromas y sonrisas, solo verlo así me sacaba de quicio; pero mi enojo llegaba rápido y se iba aún más rápido. Cuando levanté la cabeza para pelear con él y me topé con sus ojos llenos de medias sonrisas, mi furia desapareció al instante.
Él realmente sabía cómo manejarme.
Ling Ye era una persona hecha para la noche; era justo ese tipo de «chico guapo de atmósfera» del que hablaban las leyendas. Por supuesto, no era que no fuese guapo de día, es solo que, en la oscuridad, era aún más sexy.
Sabía perfectamente que no me quedé para aprender a tocar ninguna guitarra. Simplemente, estaba buscando excusas para estar a solas con él un rato más.
También sabía que ya me había rendido hace tiempo y, más allá de la atracción que él mismo me producía, había una especie de resonancia entre nuestras almas.
Después de todo, que le gustasen los libros que escribía me hacía más feliz que el hecho de que le gustase yo como persona.
Por eso, busqué esta excusa tan pobre para quedarme y robarme un poco más de felicidad.
Ajustó mi postura para sostener la guitarra, haciendo que al menos pareciera que sabía lo que hacía. Después, como si nada, se sentó a mi lado. Estábamos tan cerca que podía oler el aroma de su gel de baño.
Por unos breves segundos, el ambiente se volvió un poco sutil.
Aunque suponía que Ling Ye no notó esa sutileza. Después de todo, los escritores éramos bastante sensibles y él, a simple vista, parecía ser de los que no tenían corazón.
—Empecemos por lo básico. ¿Conoces las partituras de guitarra? —Ling Ye preguntó.
Mientras hablaba, tomó una hoja de papel de la mesa de enfrente.
Era una partitura y, solo de verla, me mareé.
—Quizás ellas me conozcan a mí —presumí.
Las partituras de guitarra y yo éramos completos desconocidos. Ni siquiera nos habíamos cruzado brevemente.
Ling Ye probablemente había visto tantos tontos que esto ya no le sorprendía.
—No pasa nada —dijo de nuevo—. Esta noche al menos te voy a enseñar una canción.
Vaya, ¡este chico hablaba con mucha arrogancia!
De pronto, me tomó de la mano.
Justo cuando me preparaba para regañarlo por aprovecharse de mí, colocó mis dedos sobre una cuerda.
Bueno, mejor fingía que solo lo hacía para enseñarme a tocar la guitarra.
—¿Qué vamos a aprender esta noche? —dije fingiendo calma, como si la temperatura de mi rostro no hubiera cambiado por lo que acababa de hacer.
Pero en realidad, por dentro estaba gritando: «¡Chen Xing! ¡Regáñalo!»
Era un tigre de papel, lo admitía.
Era imposible que lo regañara. De hecho, incluso quería que me volviera a tomar la mano.
Ling Ye no podía enterarse de esto o de verdad perdería toda mi dignidad y no podría levantar la cabeza en la vida.
Con la cabeza llena de cosas extrañas, de repente, solté:
—¿Eres siquiera humano?
En esos breves segundos, pensé: «Lleva tanto tiempo en La Isla, ¿a cuántas personas más les habrá enseñado a tocar la guitarra antes de que yo llegara?»
Por supuesto, esperaba que se hubiera escondido aquí especialmente para mí, esperando a que cayera en su trampa. Aunque ahora había algo de ambigüedad entre nosotros, también tenía un sentimiento de posesividad que no podía expresar.
Esperaba que Ling Ye pudiera satisfacer mis necesidades espirituales al mismo tiempo que me estimulaba sensorialmente.
Ay, la verdad que era muy exigente.
—¿Tú qué crees? —Me miró sonriendo y me acomodó los dedos una vez más—. ¿Crees que soy humano?
—Un perro, supongo.
En realidad, era una serpiente venenosa.
Se rio a carcajadas. No estaba seguro de si se estaba burlando de mí.
Sospechaba que definitivamente se estaba burlando.
Burlándose de mi ingenuidad. Lo nuestro era originalmente un coqueteo de mutuo acuerdo donde cada uno obtenía lo que necesitaba y yo, sin embargo, intenté chantajearlo emocionalmente.
Realmente no debería ser así.
Por esta razón, aunque por dentro estaba fastidiado, decidí no darle más vueltas al asunto.
Le dije:
—No es que estemos enamorados, así que no andemos con tantas vueltas, vamos al grano.
Rasgueé las cuerdas de la guitarra al azar y le urgí a que me enseñara de una vez.
Ling Ye me miró con una sonrisa burlona y, luego, dijo:
—Te enseñaré en un rato. Primero te daré un regalo.
Me sorprendió un poco, pero definitivamente no lo mostraría.
Ling Ye me quitó la guitarra de las manos y, con un leve rasgueo de sus dedos en las cuerdas, yo, que no tenía nada de autocontrol, empecé a perder la cabeza.
Ling Ye dijo:
—Una canción para ti.
¡Y yo pensando que me daría otra cosa! Este regalo no era nada original. Hace poco Ling Ye andaba por mi puerta con la guitarra «molestando a los vecinos».
Pero para mi sorpresa, la melodía de esta vez no la había escuchado; no solo tenía música, sino también letra. Cuanto más la escuchaba, más bonita me parecía la melodía y más familiar me resultaba la letra.
Cuando Ling Ye terminó de cantar, finalmente, me di cuenta:
—La letra que acabas de cantar es mía…
Me detuve a tiempo y cambié lo que dije:
—Es de ese libro que leí.
Ling Ye seguía con esa media sonrisa. Seguro que escuchó claramente lo que acababa de decir, pero se hacía el desentendido sabiendo perfectamente la verdad.
También estaba bien, al fin y al cabo, era solo actuar, ¿quién no sabe hacerlo?
Él dijo:
—¿Alguna vez alguien te ha escrito una canción?
—Pues, obviamente sí —estaba fanfarroneando.
Era cierto que vendí algunos derechos de autor de mis libros y un par de ellos se adaptaron a series o películas. Y, al ser producciones audiovisuales, naturalmente, tenían canciones. Solo que tenía muy claro que esas canciones no fueron «escritas para mí», sino simplemente para ese producto comercial.
Esas canciones no se parecían en nada a la que Ling Ye me tocó y cantó esta noche.
Pero yo era de los que siempre decían una cosa y pensaban otra.
Le dije:
—Antes hubo alguien a quien le gustaba mucho y me perseguía como loco, él…
Ling Ye me interrumpió de golpe y dijo:
—No digas más, me pone celoso.
Ese «me pone celoso» de Ling Ye volvió a dejarme hechizado.
Aunque sabía que las palabras de los hombres eran engañosas, en ese momento, no pude evitar sentir una satisfacción secreta.
Estaba celoso.
Me mordí los labios para contener la risa.
Realmente, tenía la expresión de un hombre mezquino que consiguió lo que quería. Aunque solo había logrado atraer a un chico guapo y libertino como Ling Ye, me alegraba tanto.
Mientras Ling Ye volvía a rasguear las cuerdas con los dedos, pensé: «En mi próximo libro definitivamente aprenderé a escribir escenas románticas».
No solo escenas románticas, sino que incluso también podría escribir escenas de pasión.
—¿En qué piensas? —me preguntó Ling Ye girándose de repente.
¡Lo que estaba pensando definitivamente no se lo podía decir!
—En nada.
—Algo pensabas.
El tono de Ling Ye era muy firme, como si me conociera a la perfección.
No quería discutir con él en un momento así, así que cerré la boca y miré por la ventana, dedicándome a contemplar la luna, sin preocuparme por nada más.
Más adelante, saborearía esta noche una y otra vez en mis recuerdos.
El aroma de la húmeda brisa nocturna, la luz de luna que llegaba desde la lejanía, y el canto de algún pájaro que descansaba en un árbol del patio en aquel momento…
Dicho de esta manera, realmente caí en la trampa que él tendió hace mucho tiempo, porque después no solo estuve saboreando esta noche inusual, sino que al mismo tiempo también estuve saboreando a Ling Ye como persona.
Él era como un árbol que sobrevivía solo en un acantilado escarpado: para tocarlo, había que acercarse arriesgando la vida y yo era ese inconsciente que, a pesar de sufrir de vértigo, llegó hasta el borde del precipicio como si estuviera hechizado.
De verdad que esto no era culpa mía. Si había que culpar a alguien, era a él por ser tan encantador.
De repente, lo escuché decirme:
—Chen Xing, vive bien y deja que te ame.
Con cara de no entender nada, le pregunté:
—¿Qué estás diciendo?
No me refería a la parte de que me amara, sino a la de vivir bien.
No entendía qué quería decir y pensé que seguro había sufrido algún tipo de estímulo.
Me miró y sonrió y, de pronto, aprovechando que no estaba prestando atención, se acercó y me abrazó.
Estuve distraído en sus brazos por un momento, sintiendo cada vez más que me faltaba el aire. Al principio, pensé que era problema mío, pero luego me di cuenta de que era él quien me abrazaba demasiado fuerte.
Le dije:
—Ya está bien.
No se movió.
Le recalqué:
—Vas a arrancarme las alas de mariposa.
Sorprendentemente, se echó a reír.
Ling Ye me soltó y preguntó:
—¿Sabías qué eres una mariposa?
—No te pongas medallas5 —le dije—, no te creas Nabokov.
—No me atrevería —dijo Ling Ye—, solo soy un simple granjero que atrapa mariposas.
Me miró fijamente y volvió a preguntar:
—¿Escuchaste lo que te acabo de decir?
—¿Qué dijiste?
La verdad era que no lo recordaba muy bien.
Toda la noche había estado aturdido. Además, había dicho tantas cosas, ¿quién sabía a cuál se refería?
De pronto, pensé que, si en el futuro alguna editorial quería comprar mis derechos de autor, ni siquiera necesitaban decir mucho, simplemente mandarían a Ling Ye a encargarse de mí. Con un par de frases podría engatusarme y, en cuanto sacaran el contrato para que lo firme, seguramente, no iba a pensar en nada más y lo firmaría aturdido.
Al ver mi reacción, Ling Ye pareció molestarse un poco e incluso mostró cierto desdén.
Él dijo:
—¿Tus oídos están de adorno?
—¿Eres siquiera humano? —le pregunté—. Hace un rato estabas abrazándome, ¿y ahora empiezas a molestarme?
Ling Ye se quedó callado, quizá pensando que lo que dije tenía sentido.
—Deberías agradecérmelo y consentirme. Te hago muy feliz —dije.
Volvió a reírse y, mientras se reía, se levantó para traerme una botella de agua.
—Sí, de verdad te lo agradezco.
Me encantaban las noches en la isla. Eran tranquilas y frescas.
Estábamos los dos sentados junto a la ventana y el viento lleno del aroma de las flores acariciaba mi rostro.
La luz de luna se derramaba hacia adentro, añadiéndole un ambiente romántico a la escena.
Quería decir algo, pero no sabía qué.
Ling Ye tampoco dijo nada. Se quedó ahí con la cabeza alzada, mirando la luna en el cielo nocturno o tal vez las estrellas.
No lo supe y tampoco se lo pregunté.
Me giré con tranquilidad para mirarlo. Él había recuperado su habitual semblante frío, pero tal vez porque entre nosotros ya habían ocurrido algunos cambios sutiles, al mirarlo ahora, al fijarme en ese lunar discreto de su rostro, me pareció sexy.
Recordé de nuevo que había leído mi libro y le pregunté con cautela:
—Ese libro que estás leyendo, el del autor que se llama igual que yo.
Él se giró para mirarme. Su rostro no mostraba expresión alguna y en sus ojos no se percibía emoción.
Dije:
—Tú… tú, sobre ese escritor…
—Chen Xing.
—¿Eh?
De golpe, me llamó por mi nombre, interrumpiéndome.
—¿No te parece que la vida es algo muy interesante?
—Supongo que sí.
—Vivir es muy interesante —dijo Ling Ye—. Probar diez mil formas de morir no es ni la mitad de interesante que vivir bien una sola vez.
Me preguntó con total seriedad:
—¿Crees que tengo razón?
No quería comentar si tenía razón o no, pero creía que este tipo no estaba bien la cabeza.
Estábamos en medio de un coqueteo y él de repente se ponía todo profundo a discutir sobre este tipo de cosas. ¿De verdad estaba bien de la cabeza?
Aunque sospechaba que a Ling Ye le faltaba un tornillo o que su verdadera identidad era la de un filósofo loco oculto, tenía que admitir que estaba muy de acuerdo con esa frase suya.
—Así es —le dije—. Vivir es divertido.
Me observó frunciendo el ceño, con una mirada bastante melancólica.
Pensé para mis adentros: «¿No será que este tipo quiere suicidarse después de coquetear conmigo?»
¿Tan doloroso es coquetear conmigo?
Pero luego, pensé que no tenía sentido si hace un momento claramente lo estaba disfrutando.
Ya lo comprendía. Podía ser que de verdad quisiera morir por esto, pero no por el dolor, sino porque había encontrado en ello un placer más profundo que el de estudiar filosofía. Él había traicionado a la filosofía.
Al pensar en esto, me sentí un poco poderoso.
—Así que más te vale seguir viviendo —le advertí.
La mirada de Ling Ye pasó de la melancolía a la confusión.
Aunque mi primera impresión de él no fue muy buena, estas tres semanas de convivencia y sobre todo el breve pero «innovador» encuentro de esta noche, me hicieron pensar que tenía sus cosas buenas.
Además, tenía un defecto: le tenía un «filtro»6 muy profundo a los filósofos locos. Creía que aquella clase de personas eran las más cercanas a los dioses y que podían ver la divinidad que mortales como yo no podíamos ver.
Al pensarlo así, Ling Ye se volvió aún más sexy.
Para que siguiera siendo sexy a mi lado un rato más, le aconsejé con mucha paciencia:
—Vive bien, solo viviendo tendrás más filosofía que estudiar.
—¿Para qué voy a estudiar filosofía?—preguntó con cara de no entender nada y mirándome como si yo estuviera loco.
Le dije:
—Ling Ye, ya lo sé.
—¿Ya lo sabes?
—Ya lo sé.
Qué inteligente era. Tenía buen ojo para identificar locos.
Debería haberlo descubierto hace tiempo: ninguna de las personas que viven en La Isla era normal…, excepto yo.
Ling Ye pareció quedarse un momento atónito.
—No te sorprendas demasiado, es mi culpa por ser demasiado inteligente —mencioné.
Él sonrió.
—Más te vale que de verdad seas inteligente.
Por supuesto que de verdad soy inteligente.
—Ling Ye, escúchame —hablaba muy en serio—. En cuanto a la muerte, seguro que no la he estudiado tan a fondo como tú, pero en cuanto a cómo vivir feliz, creo que tengo bastante autoridad para hablar.
En aquel momento, me sentía increíblemente benevolente.
Tomé su mano y, con la mayor sinceridad, le mostré mi preocupación:
—Si de verdad hay algo que no puedas resolver, dímelo. Tengo cien formas de hacerte feliz. La gente, ¿sabes?, no tiene que demostrar su valor con la muerte, ¿verdad?
Al llegar a este punto, súbitamente, me quedé paralizado.
Era como si esa frase se la estuviera diciendo al protagonista de mi nuevo libro.
Siempre había pensado que, al final de la historia, él tenía que morir y tenía que ser una muerte romántica y trágica o incluso desgarradora. Tenía que ser una muerte poderosa para demostrar el valor de su paso por este mundo. Simplemente, estaba convencido de que su muerte era inevitable.
Pero justo en el momento en que le dije esas palabras a Ling Ye, mi mente se abrió de golpe.
Había muchos finales poderosos en la vida: tanto morir de forma trágica como vivir con pasión merecían ser escritos y discutidos.
Miré fijamente a Ling Ye y vi que la luna caía junto a mí en el fondo de sus pupilas.
Me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Abrí la boca, pero no me salieron las palabras.
Volvió a hablar:
—¿Qué querías decir con eso de hace un momento? Claramente eres tú el que no puede resolverlo.
¡Para nada!
Pero pensándolo bien, parecía que tenía razón. Siempre había tenido dudas sobre el final de mi nuevo libro.
—Ling Ye —le dije—, eres increíble.
Él arqueó las cejas:
—¿Eh?
—¡Eres un genio!
De repente, con la mente despejada, me sentí emocionado. Me acerqué, le tomé la cara con ambas manos y le di un beso.
En ese momento, no tenía ninguna vergüenza. Mi cabeza no paraba de repetir: Ya sé cómo escribir el final.
Después de besar a Ling Ye, salí corriendo. Llevaba tanto tiempo retrasando el manuscrito que ya me había preparado para que mi editora me regañara y hasta para pagarle una compensación a la editorial, pero ahora, ¡estaba seguro de que me iba a ganar ese dinero!
Regresé corriendo a mi habitación y, sin perder un segundo, abrí mi cuaderno.
Arranqué todas las páginas que había escrito antes, las hice bolitas y las tiré a un lado.
En esta noche memorable, escribí con entusiasmo, terminando de un tirón el final de mi nueva historia.
Originalmente, planeaba escribir más de diez mil caracteres, pero en realidad, las palabras verdaderamente poderosas no necesitaban ser tantas.
En el momento en que la luna brillaba y la brisa marina soplaba, me sumergí por completo, hasta el punto de que en mi ensoñación llegué a escuchar el sonido de una guitarra.
Escribía con fluidez, sintiendo como si algo se desbordara de mi cuerpo.
Cuando terminé de escribir, ya había amanecido por completo.
Al levantar la vista, la luz del sol matutino me cegó.
Esta escena me resultaba algo familiar. Al mirar hacia el patio, vi a Ling Ye de pie bajo la luz del amanecer, volando su cometa.
Sin duda, era exactamente esta escena.
Esta escena que debería haber aparecido hace tiempo en mi vida.
Mientras miraba a Ling Ye bajo la luz del amanecer, una sola frase llenaba mi mente: Este maldito amor.
El problema era que, cuando me di cuenta de lo que estaba pensando, me sorprendí tanto que casi me caí de la silla.
Desde el principio nunca pensé que Ling Ye y yo pudiéramos desarrollar una historia de amor; una historia de artes marciales, quizás.
Justo en ese momento, Ling Ye se giró para mirarme. Nuestras miradas se encontraron y el impacto casi me sacaba el alma del cuerpo y, además, me sentí culpable, así que grité:
—¡¿Qué miras?!
Ling Ye se quedó ahí parado en el patio, mirándome con una sonrisa, sin insultarme ni burlarse de mí.
Cerré la ventana con pánico, pero la ventana de mi corazón seguía abierta para Ling Ye. Si quisiera entrar en él, podría hacerlo sin ningún esfuerzo.
Me tapé el pecho, pensando que de ninguna manera podía dejarlo entrar.
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El embarcadero
Traducción al español a partir de la versión en inglés por K. Y. James 译. https://zhuanlan.zhihu.com/p/148941056
Cantante: 蔡琴/Tsai Chin
Letra en chino: 席慕蓉/Xi Murong
Música: 杨弦/Yang Xian
Álbum: Originalmente en 情锁 (1986), luego regrabada en 民歌蔡琴 (1996) mismo que el de La canción de Zhang San.
Déjame despedirme de ti.
Déjame decirte adiós.
Déjame tomar tu mano
y con suavidad, retirar la mía.
Sé que la añoranza ya ha echado raíces.
Las montañas y los ríos se ven solemnes y serenos ante mis ojos;
hasta las nubes parecen reacias a alejarse por el cielo.
Déjame decirte adiós.
Déjame tomar tu mano
y con suavidad, retirar la mía.
Los floridos años de la juventud han llegado a su fin.
Lágrimas ardientes se reúnen como ríos
que inundan mi corazón.
Qué mirada tan inmensamente desamparada…
No puedo ofrecerte una flor de despedida junto a la orilla del embarcadero.
Entonces, déjame prender mis bendiciones sobre tu pecho,
Porque mañana…
Mañana estarás en el confín del cielo.
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