Mi vida tranquila se prolongó hasta finales de la primavera, cuando algo inesperado vino a romperla:
Los resultados del examen de simulación de Yi Tian habían salido.
Cuatro asignaturas reprobadas con seis, Lengua apenas aprobada e Inglés no presentado.
Sosteniendo la fina boleta de calificaciones, me quedé sin palabras. Me di la vuelta para buscar a mi hermano y darle una paliza, pero lo encontré en la cocina, con las mangas arremangadas, forcejeando con una lubina viva.
—… Yi Tian.
—¿Mmm?
—Esta boleta de notas…
Yi Tian alzó la vista y me recriminó de inmediato:
—¿Cómo te atreves a revolver mis cosas?
—Estaba encima de la mesa…
—¡Pues tampoco puedes! ¿Acaso sabes lo que es la privacidad? ¿Lo que es el espacio personal? ¿Acaso porque viva en tu casa te da derecho a hurgar en mis pertenencias? ¿Y si un día dejo la cartera encima de la mesa? ¿Y si fuera mi diario? ¿Es que no tienes respeto por lo ajeno?
Me quedé boquiabierto y, tras un buen rato, dije:
—… Tú no escribes un diario.
—¡Y si un día me diera por escribirlo!— Yi Tian se justificó muy digno, me arrebató la boleta, hizo una bola y la arrojó a la basura—. ¡Soy un adolescente! ¡La privacidad de un adolescente es muy sensible! Basta un descuido para que termine en un rebelde antisistema. ¿Acaso no tienes conciencia de respetar el mundo interior de los demás? ¿No sabes lo que es una herida difícil de tocar? ¡Y encima eres profesor! ¡No hay quien te aguante!
—… Llamar «mundo interior» a una boleta de suspensos no cuela, gracias.
—¡Total, que no revises mis cosas sin permiso!— Yi Tian me echó con impaciencia—. Anda, vete, vete, no me molestes mientras preparo la cena. ¡Vete a ver tus peliculitas!
Me empujó dando traspiés fuera de la cocina, y no pude evitar girarme y espetarle:
—¡A las que se ven en un reproductor de DVD no se les llama «peliculitas»! ¡Gracias!
Esa noche me di vueltas en la cama sin poder dormir. Pensé que, como hermano mayor, no podía permitir que mi propio hermano siguiera holgazaneando así. Lo de estudiar y sacar buenas notas era la máxima prioridad.
La verdad, a mí personalmente los exámenes no me importan demasiado. Yo mismo apenas tengo el graduado escolar: ni idea de matemáticas, física o química; inglés solo sé el abecedario; en cambio, domino varias lenguas demoníacas. Pero Yi Tian no es como yo. Él necesita llevar una vida normal en el mundo humano, y el título y la universidad condicionan qué trabajo tendrá en el futuro, qué amigos hará, así que no podemos tomárnoslo a la ligera.
A ningún hermano mayor le gusta ver al suyo pasarse el día sin estudiar, buscando peleas y acabar siendo una rémora para la sociedad.
Al día siguiente, al levantarme, decidí ir al instituto a hablar con su tutor. Zang Wei dijo que en el último curso de su instituto había una buena academia de repaso; que, en último caso, apuntara a Yi Tian allí, y si no obedecía, que lo colgara y le diera de azotes.
Su tutor era una señora mayor, que me había visto un par de veces en el centro y siempre me preguntaba si me había casado. Al verme entrar en el despacho, a la señora se le iluminaron los ojos. Con afabilidad maternal me cogió de la mano y preguntó:
—¿Así que has roto con esa novia embarazada?
—… No, ella no es mi novia…
—Que no lo sea, mejor. ¿No es mejor? ¡Ay, mira, te cuento! Enfrente de mi casa vive una sobrina lejana de mi cuñada: guapísima, esbelta, elegante, todo el mundo la adora. Acaba de terminar la universidad este año. Les enseñé tu foto y a toda la familia les encantó, ¡jajajaja…
Mi cara era un poema de «=口=». Tardé un montón en balbucear:
—Perdone que la interrumpa, pero un alumno suyo llamado Yi Tian…
—Aunque solo eres profesor de Educación Física, no está nada mal trabajar en nuestro instituto. Tienes vacaciones de invierno y verano, sueldo fijo con sus pagas extras; no tienes que hacer horas extra ni viajar por trabajo. ¡Cuánto tiempo podrás dedicar a tu mujer! Mira, los de su familia son muy majos, no te darán ningún problema. ¡Y la chica hasta traerá un coche como dote!
—Ese alumno llamado Yi Tian…
—Lo mejor es que las edades también coinciden. ¡Un matrimonio hecho en el cielo! Venga, te apunto el número de la chica. Esto es el móvil, esto el QQ, esto el correo, esto el MSN… ¡Un hombre tiene que ser decidido! Que no te dé vergüenza, lánzate. Para conquistar a una chica, lo más importante es la sinceridad. Un día os presento yo misma; déjalo de mi cuenta.
—Lo de la academia de repaso…
Al final, la señora me dio unas veinte palmadas en el hombro y salí de allí con un puñado de papelitos con números escritos, y con el llanto a punto de brotar.
Acercarme a una señora mayor estando soltero fue un error mío. Tenía que haberme tragado un sapo, sin duda.
—Ya he vuelto.
Cuando llegué a casa, pensaba hablar con Yi Tian, pero al abrir la puerta me lo encontré en el salón con una mujer vestida de manera demasiado… llamativa. La mujer estaba hablando, pero en cuanto me vio, se calló.
—¿No tenías que volver por la tarde? —Yi Tian se levantó de un salto, con una expresión ligeramente forzada.
¿Que si tenía que volver por la tarde? Si me quedo hasta la tarde, fijo que la señora trae a toda la familia de la chica. Asentí sin decir nada y me di la vuelta para ir al despacho.
La mujer no me quitaba la mirada de encima. Parecía algo extrañada y a la vez asustada. Llevaba la cara empolvada con una capa espesa de polvos blancos, lo que daba muy mala sensación. Su cabello era larguísimo y muy abundante, tan brillante que podría haber salido en un anuncio de champú. Para ser sincero, con ese nivel de lustre, debía de pasarse veintitrés horas al día cuidándoselo. Vamos, que estaba más gorda que un pez.
—Es una amiga mía… —Yi Tian se me acercó, incómodo, para explicarse.
¿A santo de qué ponía esa cara de incomodidad el muchacho? ¿Acaso iba yo a preocuparme por la vida social de mi hermano de dieciocho años? Si le gustaban las llamativas o las de aspecto más fino, a mí qué me importaba.
Lo miré con una expresión tierna, afable, tolerante y magnánima, dándole a entender que no hacía falta que diera explicaciones. Luego cerré la puerta del despacho, sintiéndome todo un padre de familia abierto de mente.
En ese momento, la voz de la mujer se filtró por la rendija de la puerta:
—¿Ese es… ese es él? Da mucho miedo, con esa mirada tan cruel; yo…
Abrí la puerta de un golpe. Los dos se sobresaltaron y giraron la cabeza al unísono para mirarme.
—Yi Tian, a partir de ahora procura no juntarte con gente de mala calaña —dije, marcando cada sílaba. Y cerré la puerta de un portazo.
Yi Tian se apresuró a despedir a aquella mujer— más que despedirla, casi la despachó—. Solo le dijo algo así como que «quizá Yi Feng no te ha visto con buenos ojos», y ella salió disparada hacia la puerta como una flecha, tan rápido que no me dio tiempo ni a pronunciar una falsa palabra de cortesía para retenerla.
Me miré al espejo, fijándome en mi cara. Tenía un aspecto tan pulcro, tan serio, tan impecable… y sin embargo, mi actitud era tan cálida, tan afable, tan llena de cariño que parecía Papá Noel con todos los niños riendo a su alrededor. Ah… Estaba tan satisfecho de mi cálida actitud, digna de la primavera. ¡Tanto, tanto! ~\(≧▽≦)/~
Yi Tian pasaba a mi espalda, iba y venía, iba y venía… Parecía esforzarse por encontrar algo que hacer, o quizá se había interesado de repente por algún punto flotante en el aire. Yo no tenía ni idea de qué pretendía.
Al cabo de un buen rato, con un tono deliberadamente despreocupado, preguntó:
—Yi Feng, ¿estás enfadado?
—En absoluto.
—Entonces, ¿por qué estás así…?
—¿Así cómo?
Yi Tian alzó la vista al cielo, tardó un buen rato en bajarla y, con cara inexpresiva, escupió dos palabras a toda velocidad:
—Tan cruel.
—¿Qué?
Sorprendido, me di la vuelta y nos quedamos mirando un buen rato. Él señaló mi cara:
—Así.
—… Te has equivocado.
Sopló una ráfaga de viento frío, y sobre la cabeza de Yi Tian cayeron en silencio tres líneas negras.
—Sí, me he equivocado.
—No hay mal que por bien no venga, mientras sepas reconocerlo y corregirlo. Eso es lo importante.
Le cogí de la mano, le hice sentarse en el sofá y le dije con toda la solemnidad:
—Hoy he ido a ver a tu tutora. Le preocupa mucho tu rendimiento académico. Ante la inminente Selectividad, ¿hay algo que quieras declarar?
—… ¿Quieres que estudie más?
—Estudiando más se llega a una buena universidad, y con una buena universidad se encuentra un buen trabajo. ¿Conoces a Zang Wei, el de la clase de al lado, que lleva años siendo el alumno ejemplar? ¿Cómo es posible que los hijos de los demás…
—Te refieres a Zang Wei— terció Yi Tian con toda la disposición—. Él se ganó el título de alumno ejemplar después de darle una paliza al director. ¿Quieres que lo imite?
Yo me quedé callado.
Para mis adentros pensé: «Zang Wei, eres un sinvergüenza. Para ser humano, no tienes escrúpulos, ¿vale?»
—Sea como sea, a tu edad lo más importante para un humano es estudiar. Si no estudias bien, no entrarás en una buena universidad; si no entras en una buena universidad, no encontrarás un buen trabajo… ¿Quieres que papá y mamá te mantengan toda la vida? ¿O pasar los días holgazaneando y viviendo en la pobreza? Mírame a mí: ¿ves lo mal que lo ha pasado alguien que no fue a la universidad?
Me calmé un poco y, con paciencia, seguí:
—A partir de ahora, cuando vuelvas de clase, estudiarás al menos media hora, ¿de acuerdo?
Yi Tian puso cara de estar haciendo un gran esfuerzo y, al cabo de un rato, contestó, dolorido:
—Bue… bueno.
—¿Los fines de semana irás a clase de repaso?
—De acuerdo.
—¿Para el próximo examen intentarás subir cincuenta puestos?
—¡Yi Feng, no te pases!
Lo miré con gesto apenado y, al cabo de un buen rato, el muchacho se derrumbó:
—¡Vale, vale! ¡Te lo prometo todo, ¿si? ¿¡Feliz!?
Lo palmeé en el hombro, satisfecho, pensando que así era un hermano bueno y obediente. Porque en estos tiempos la educación familiar es muy importante, y más aún lo problemático que es tener un pariente poco fiable. El jefe del grupo Chu Zhi era un ejemplo perfecto de mala referencia. Si mi hermano acabara como Jie Yu, no sabría ni dónde darme de cabezazos contra la pared.
—Ahora mismo guarda todos esos juegos —dije con dulzura—. La próxima vez que los vea, los haré pedazos y los tiraré a la basura, ¿eh?
Yi Tian se quedó callado.
Yi Tian se levantó de mala gana a guardar todas esas cosas que lo distraían.
Me sentí muy orgulloso de mi talento innato para ser profesor. Había oído decir que Mori, el jefe del grupo médico, también era un experto en dar sermones. Algún día podría pedirle consejo y así aumentar las probabilidades de que Yi Tian entrara en una buena universidad.
Al cabo de un rato pensé en ir a buscarme algo de comer para premiarme, y de paso llevarle algo a Yi Tian para demostrarle mi afecto de hermano mayor. ¿Quién iba a decir que, nada más levantarme, de repente todo se oscureció ante mis ojos? Llevé la mano a la frente por reflejo, noté que todo daba vueltas y volví a sentarme de inmediato.
¿Podría ser un bajón de azúcar? No, no parecía eso.
El malestar repentino fue creciendo sin tregua. Antes siquiera de poder articular palabra, una agonía inmensa, como si unas llamas abrasadoras me calcinaran por dentro, se alzó de repente en mis entrañas. Me agarré al reposabrazos del sofá y, entre el sufrimiento, solo atiné a oír el chasquido seco de mis nudillos.
—Yi Tian —musité—. Yi Tian…
Pero sabía que mi voz era apenas un susurro, como si una garra gigantesca me apretara la garganta, impidiéndome emitir sonido alguno. Extendí la mano sin saber muy bien hacia dónde, pero solo alcancé a agarrar el aire vacío, y acto seguido caí del sofá al suelo.
Aquella sensación… ¡Aquella sensación no me era desconocida!
Mi conciencia se desdibujaba entre el dolor agudo, pero mi instinto corporal sabía reconocerlo: era el sufrimiento que soportan los órganos internos cuando una gran técnica de fuego se lleva al extremo. Hubo quien, por esto, acabó con las vísceras reventadas. Al hacer la autopsia, vieron que todos sus órganos estaban terriblemente corroídos. ¡Cuán terrible debía de ser la sensación de estar muriéndose!
Me aferré con fuerza a la garganta para aliviar aquel tormento, y en lo poco que me quedaba de conciencia solo había espacio para la conmoción. ¿Cómo era posible? ¡Si yo estaba tranquilamente sentado en el sofá de mi casa sin haber movido un solo dedo! ¿Por qué mi cuerpo sentía esa quemazón propia de una gran técnica llevada al extremo? ¿Acaso alguien había usado mi cuerpo para lanzar un gran ataque? ¡Absurdo!
Entre la bruma, creí oír a alguien gritar cerca de mi oído, pero lo que decía era imposible de entender. Mis dedos arañaban el suelo como locos, y al cabo de un rato empecé a notar cómo el dolor atroz remitía lentamente, como una marea que se retira con su fragor.
Me levanté con las extremidades débiles, entumecidas, y de pronto sentí algo muy extraño.
Estaba en pleno día, y sin embargo, todo a mi alrededor era oscuridad.
… Mis ojos ya no veían.
Fue como si me hubieran arrojado un cubo de agua helada. Me quedé donde estaba, temblando de pies a cabeza, sin poder articular una sola palabra.
—¿Yi Feng? ¿Qué te pasa? —se oyó el ruido de unos pasos en la puerta. Yi Tian entró preguntando—: ¿Por qué tienes esa cara tan rara?
—… Yi Tian —dije en voz baja—. Acércate y échame una mano…
—¿Por qué sudas tanto?
Hice un gesto con la mano para que no hablara, y agarrándome de su brazo, tanteando, conseguí llegar al sofá y sentarme.
Aquellos brazos juveniles, cálidos y firmes, me dieron mucho consuelo. Me aferré con fuerza a su mano, como un náufrago a un madero a la deriva. Al cabo de un buen rato, dije en voz baja:
—No te alarmes. Ve a mi despacho y, en el cajón, coge una bola de invocación, del tamaño de una bola de billar plateada… Ya no veo.
Yi Tian se quedó rígido por completo.
—¿Qué has dicho?
—Ya no veo.
—¿Yi Feng…? ¿¡Yi Feng!? —Yi Tian agitó la mano frenéticamente delante de mis ojos, con tanto empeño que el roce del viento me resultaba claramente perceptible—. ¡Cómo es posible! ¡Hace un momento estabas bien, ¿¡cómo puede ser!?
—No te alteres —le di una palmada en la mano—. Ve rápido.
Yi Tian salió del salón casi volando, y al poco rato me puso en la mano una bola de invocación fría. Sin pensármelo dos veces, la arrojé al suelo y grité:
—¡Mori!
En el aire sonó un chasquido, y a los pocos segundos la voz de Mori preguntó:
—Señor Yi Feng, ¿me llama?
—He perdido la vista.
—… ¿Qué quiere decir con eso?
—Estoy ciego —al decir esto, mi voz tembló ligeramente—. Por favor, ven.
Mori no pronunció ni una palabra superflua. Al cabo de menos de treinta segundos, oí el sonido característico de la puerta espacial al abrirse en el salón. A continuación, dos pares de pies distintos pisaron el suelo, y la voz de Adam Clay sonó de inmediato:
—¿Qué ha pasado exactamente?
Aunque encontrarse con Adam Clay casi nunca traía nada bueno, en aquel momento, al oír su voz, no pude evitar sentir un cierto alivio. Aquel demonio acuático llevaba ya ochocientos años vivo; había visto de todo. En un momento crítico, seguro que podría tomar las riendas.
Resumí brevemente todo lo ocurrido. Como estaba alterado, mi relato salió algo desordenado. Mori, con su agudeza, atrapó enseguida el punto clave y me interrumpió:
—¿Ha sentido esa quemazón posterior a una gran técnica de fuego?
—Sí… así es.
—¿De qué rama del fuego? ¿De la del coraje de dragón de fuego?
—Del tipo… brasa de oro, o algo así… Me resultaba extraña…
—¿Y perdió la vista inmediatamente después?
El dolor tan intenso había desordenado un poco mis recuerdos. Yi Tian me apretaba la mano con fuerza, y aquella calidez logró infundirme una paz extraña. Repasé de nuevo todo el proceso:
—No, perdí la vista al mismo tiempo que sentía la quemazón, pero entonces no me di cuenta.
—Debe acudir al grupo médico de inmediato —dijo Mori con suavidad—. Sus ojos son muy importantes para nosotros, señor Yi Feng. Permítame que lo lleve ahora mismo.
Me tendió una mano para ayudarme a levantarme. Yi Tian se puso en pie al instante y preguntó:
—¿Puedo ir yo también?
—Tú no.
—¡Quédate en casa!
Adam y yo hablamos casi al mismo tiempo. Luego, Yi Tian permaneció mucho rato en silencio. Sentía la mirada del muchacho fija en mí, con una intensidad extraña y pujante; no necesitaba verla para imaginar cuánta preocupación sincera albergaba.
—… Si pasa algo, dímelo —dijo al fin, con la voz ronca—. Tienes que decírmelo.
Asentí. Acto seguido, Mori me hizo entrar en la puerta espacial.
Incluso después de que se cerrara la entrada al túnel temporal, aún me parecía sentir la mirada del muchacho, que no se apartaba de mí. Aquella sensación me sirvió de apoyo en medio de la confusión de mis emociones. Si un día perdía los ojos y me quedaba solo, sin nadie a quien agarrarme, al menos pensé que aún podría tenerle a él a mi lado.
Con ese pensamiento, me sentí mucho más aliviado.
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