Ninguno de los dos dudó de Ada, porque los Demonios de la Pluma Real son una raza que no sabe mentir.
Además, Ada no podía haberse equivocado al reconocerla; su locura por Gabriel era conocida en todo el mundo demoníaco. Aquellos dos Demonios de la Pluma Real, debido a su gran poder y su extrema belleza, llevaban muchos años consecutivos siendo elegidos el primer puesto como pareja más idílica del mundo demoníaco y seguían siendo «pareja» porque Gabriel no pensaba en casi nada más que en revitalizar su raza.
Ante nosotros solo había una pregunta: ¿por qué el gran arcángel Sanquia quería cazar a los herederos de los cinco sentidos?
Adam Clay me acompañó por las buenas a mi casa en el mundo humano. Se sentó en el sofá del salón con toda la desfachatez del mundo, comiéndose la carne de res cruda de mi nevera y bebiéndose el agua del grifo de mi cocina, con el mismo aire que un terrateniente cuando va a cobrar el alquiler a casa de su aparcero:
—¿Qué es eso de los cinco sentidos divinos? Si quieres salvar el pellejo, suéltame todo lo que sabes.
Yi Tian estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Si no me equivocaba, el destello helado que brillaba en sus ojos era sin duda intención de matar.
Aterrado, me interpuse entre su mirada y el demonio de agua. Porque si el demonio de agua se descontrolaba, no habría quien lo detuviera; ¿y si decidía retorcerle el cuello a mi hermano?
—No lo sé muy bien —dije—. A ese heredero del olfato tampoco lo conocía.
—¿Compartís los cinco sentidos del mismo dios?
Dudé un momento, sin saber si debía decirlo o no, ya que los dioses de las Montañas Celestiales habían prohibido estrictamente revelar el secreto de los sentidos. Pero pensé que estábamos en un momento crítico y que salvar la vida era lo más importante, así que me tranquilicé:
—Sí. Solo hay un dios que repartió sus cinco sentidos.
Adam me acorraló:
—¿Qué dios? ¿El dios de la guerra? ¿El de la muerte? No será el dios de las normas, ¿verdad?
—… No lo sé.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—La verdad es que no lo sé —dije—. En las Montañas Celestiales solo vi a la diosa de las normas y a la diosa del destino; sus cinco sentidos aún estaban intactos.
Adam me miró largo rato. El brillo anómalo e indescifrable de sus pupilas rojas reflejaba una luz extraña. En voz baja preguntó:
—¿Existe la posibilidad de que estéis asumiendo los cinco sentidos del dios demonio?
En el salón reinaba un profundo silencio. Al cabo de un rato, Adam bajó la vista y se metió en la boca el último trozo de carne cruda, todavía sanguinolenta.
Aquella escena me resultaba realmente desagradable. Aparté la mirada sin decir nada y vi que Yi Tian tenía los ojos fijos en Adam con una intensidad que me heló la sangre.
A los pocos segundos, Yi Tian notó mi mirada, volvió la cabeza de golpe y me sonrió.
No sé por qué, cada vez que veía a Yi Tian clavar la vista en algo, sentía que mi mente se comprimía y no podía pensar con claridad. Y en cuanto desviaba la mirada, yo volvía a relajarme.
—Es broma —dijo Adam Clay, tragando el último bocado de carne cruda y limpiándose la boca—. En las Montañas Celestiales viven media docena de grandes dioses ermitaños. Ese ojo tuyo no tiene por qué ser del dios demonio.
Aunque lo decía así, su expresión era de profunda desconfianza… Y ahora que lo pienso, el hecho de poder leer la desconfianza en la cara de un zombie me pareció una muestra de mi gran perspicacia.
—Si el mundo humano no es seguro, mejor será que te pases a menudo por el cuartel general. Mandaré a A Li, del grupo de operaciones especiales, para que te proteja —Adam se levantó, estiró los brazos y señaló perezosamente a Yi Tian—. Este chico no sirve para nada. No permitas que te arrastre en su caída.
Al instante sentí la furia explosiva del muchacho, y de pronto me vi entre la espada y la pared.
Yi Tian se quedó muy dolido con eso de «no sirve para nada». Hasta bien entrada la noche no paró de amenazar con ir a buscar problemas a Adam Clay. Conteniendo a duras penas el impulso de echarles mano a los dos, al zombie y a mi hermano, para darles una paliza, empleé las palabras más amables y con la mayor dulzura logré calmarlo, hasta que por fin se tranquilizó y se fue a lavar y a dormir.
La verdad es que yo no soy muy bueno para decir cosas agradables. Un «la verdad es que eres muy sensato, eres un buen chico» lo dije con un tono tan frío que, antes de apagar la luz, Yi Tian me miró un buen rato y preguntó con desconfianza:
—… En realidad te estás burlando de mí, ¿verdad?
… Tenía todo el sentido del mundo para desconfiar. Hace mucho tiempo, fui enviado por el cuerpo de Orden como emisario a un reino del mundo demoníaco. A los dos días me declararon la guerra con la excusa de «haber sido públicamente humillados por el enviado». Adam Clay casi me obliga a hacerle un striptease.
Quizá fue porque Yi Tian me había acosado a preguntas todo el día, que aquella noche tampoco pude dormir bien, presa de un sueño confuso. No sé cuánto tiempo pasó hasta que, en una duermevela, abrí los ojos y vi una figura conocida sentada en la cabecera de la cama. En voz baja preguntó:
—¿Por qué no me dejas ir a buscar problemas al demonio de agua?
… Es Yi Tian, pensé con aturdimiento. Sin saber por qué, me sentía perezoso en todo el cuerpo, incapaz de articular palabra.
—Se llama Adam Clay, ¿verdad?
—…
—¿Qué relación tienes con él?
Era como si estuviera sumergido en agua tibia; mis extremidades estaban invadidas por una sensación de muelle laxitud. Al cabo de un rato, oí mi propia voz diciendo:
—… Relación de subordinación… ah.
Yi Tian entrecerró sus bonitos ojos. Sin saber por qué, me pareció que sonreía.
—¿Llegarás a quererlo tanto como me quieres a mí? Eh, ¿lo tratarás así?
Yi Tian extendió los brazos hacia mí, y yo, confusamente, me levanté para abrazarlo. Mis extremidades parecían no obedecerme. Noté el beso cálido del muchacho en la nuca, como un sueño dulce y largo tiempo dormido.
Todo era tan placentero, como si fuera natural. Me dejé caer con todo mi peso sobre él, disfrutándolo, sintiéndome feliz y dichoso.
Aunque en algún rincón profundo de mi corazón algo me parecía extraño, como si algo no encajara del todo, mi cabeza estaba pesada y entumecida, incapaz de concentrarme.
Tenía que ser así. No había nada malo.
Él era Yi Tian. Era mi hermano, nacido y criado conmigo.
Siempre habíamos estado destinados a estar juntos. Solo que por las Montañas Celestiales…
Por las… Montañas Celestiales…
Montañas Celestiales…
Como si un témpano de hielo se deslizara por mi garganta, el frío me invadió hasta los intersticios de mis entrañas.
¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba soñando?
Mi cuerpo entero se estremeció convulso, pero no pude salir de aquel cálido y negro remolino. En medio de la confusión, intenté instintivamente apartarme del cuerpo del muchacho, pero él me agarró fuerte y me arrastró al fondo del agua, exprimiendo hasta la última bocanada de oxígeno de mis pulmones.
—Mentiroso, Artas —me susurró al oído una voz demoníaca—. Dices que me quieres, pero en realidad quieres más a todos los demás que a mí.
En ese instante, como si una garra gigante me hubiera agarrado el corazón con furia, intenté desesperadamente gritar, forcejear, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Un dolor intenso brotó del fondo de mi pecho, triturando carne y sangre hasta convertirlas en una pasta roja, y el dolor me nublaba la vista a ratos.
—¡Alguien quiere matarme!
—¡Me voy a morir!
La marea del sueño se retiró de repente y por fin oí mis propios gritos. Ya no era una alucinación: era un alarido real, agudo, desgarrado por el dolor, un grito de agonía.
—¡Yi Feng! ¡¿Qué te pasa, Yi Feng?! —Yi Tian se incorporó de un salto, me agarró con fuerza y gritó—: ¿Qué te ocurre? ¡Despierta!
Pero yo no podía contener aquel dolor inmenso y arrollador. Me agarraba el pecho y me revolvía con todas mis fuerzas; varias veces, de no ser porque me choqué contra el pecho de Yi Tian, habría caído al suelo. La falta de aire me nublaba la vista, me resultaba difícil distinguir si había vuelto a perder la visión y, en medio de aquel dolor desgarrador, imposible pensar con claridad. Solo sabía forcejear y revolcarme sin cesar.
No sé cuánto tiempo pasó; el dolor agudo me había hecho perder la noción del tiempo, quizá unos diez o quince minutos, hasta que poco a poco empecé a recuperar la vista, pero delante de mí aún veía todo borroso, sin foco.
—Ya está, Yi Feng —la voz de Yi Tian sonaba firme y segura—. Ya está. No tengas miedo.
Abrí los ojos con dificultad. Noté el cuerpo empapado en un agua fría, hasta que al cabo de un rato caí en la cuenta: aquello era el sudor frío que había brotado de mí al forcejear.
—¿Has tenido una pesadilla? ¿Qué ha pasado?
Me quedé mirando a Yi Tian, perplejo. Me pareció que antes del dolor agudo había tenido un sueño relacionado con él, pero por más que intentaba recordarlo, no lograba evocar qué había soñado.
—¿Qué ha sido, Yi Feng? ¡No me asustes!
—No… no es nada —respondí, aturdido—. Quizá… quizá fue un dolor de corazón.
El muchacho, preocupado, me ayudó a incorporarme:
—Tienes muy mala cara.
—No es nada…
Me apoyé en él mientras recuperaba el aliento y, poco a poco, tuve la sensación de que aquella escena me resultaba muy familiar, como si algo parecido hubiera ocurrido hacía un momento.
¿Había sido un sueño? Pero, ¿a santo de qué iba yo a soñar que me apoyaba en Yi Tian?
Yi Tian no insistió. Con mucha consideración, me trajo un vaso de agua caliente. Di un sorbo por instinto y noté una extraña sensación de cuerpo extraño en la boca. Me llevé la mano y vi que estaba llena de sangre.
Quizá me había mordido el labio al forcejear.
Apenas se me ocurrió aquella idea, un escalofrío me recorrió el cuerpo como un rayo y me quedé paralizado.
¡Aquel líquido no sabía a nada!
—¿Aún te duele? —preguntó Yi Tian, nervioso—. ¿Llamo a una ambulancia?
De un salto me levanté de la cama; sin tiempo para dar explicaciones, lo aparté de un empujón, me precipité a la cocina, abrí la primera botella de zumo que encontré y me la eché a la boca. Pero supo igual que el agua del grifo, insípida. Con los dedos temblorosos, saqué el tarro del azúcar y la sal, cogí una cucharada de cada y la probé directamente. Tampoco notaba nada.
Un estruendo me retumbaba en la cabeza, pero mi cuerpo reaccionó antes que mi conciencia. Volví a la habitación a la carrera, cogí la chaqueta, me la puse y abrí una puerta espacial sin pensarlo.
Yi Tian me gritó:
—¿Qué te pasa? ¡Dímelo ya!
—Nada. Voy al cuartel general de los Orden—. Me temblaba todo el cuerpo sin poder controlarlo, pero me esforcé para que mi voz sonara normal—. Quédate en casa y no te muevas. Vuelvo enseguida.
—¿Qué te ocurre, por qué no me lo dices?
La voz del muchacho sonaba especialmente aguda y apremiante. Me vi tan acorralado que, al cabo de unos instantes, no tuve más remedio que decir la verdad:
—He… he perdido el gusto.
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