Saliendo del Wujiechu, uno se encontraba con el río Wangran. Debajo de sus aguas yacía el Reino de lo Desconocido.
Tideng necesitaba cruzar el río y en el atracadero aguardaba una embarcación. Ese día, sin embargo, su suerte no era buena: en el bote se encontraba un anciano comehuesos. Llevaba puesto un impermeable de paja y un sombrero cónico y estaba sentado dándoles la espalda.
—Qué osadía la tuya —le dijo Tideng al anciano comehuesos—. Atreverte a salir a plena luz del día.
El anciano, encorvando la espalda, soltó una carcajada rasposa.
—Si no subes al bote a plena luz del día, debes saber que, al caer la noche, el agua se llena de muchas inmundicias.
Tideng apoyó un pie en la proa y se burló:
—Hablas como si no supieras la clase de abominación que eres.
Sin terminar de hablar, se volvió hacia Hedinghong, que estaba a punto de seguirlo, y le advirtió:
—Tú no subes. Cruza volando por tu cuenta.
Hedinghong replicó, disgustado:
—No me gusta volar.
—No me importa si te gusta o no.
Tideng no volvió a mirarlo.
Dicho esto, desató la cuerda. Él y el anciano comehuesos se sentaron en extremos opuestos del bote y Tideng ordenó:
—Avanza.
El bote no había recorrido mucha distancia cuando un grito de grulla resonó repentinamente desde la orilla. En un instante, el reflejo de una grulla blanca planeó sobre la superficie del agua. Un plumaje rojo comenzaba desde su entrecejo y se extendía hasta la nuca. Su cuerpo era esbelto y, con una elegancia sin igual, volaba contra el viento hacia la orilla opuesta.
En el agua, justo debajo del reflejo de la grulla blanca, flotaban láminas de piel humana de un tono pálido con tintes verdosos. Tenían rasgos faciales y extremidades, cabello completo e incluso carne y sangre, balanceándose en el agua de un verde intenso… Lo único que les faltaba eran los huesos.
Desde que Tideng subió al bote y sopló el viento frío de la orilla trasera, las pieles humanas del fondo del río comenzaron a emerger una tras otra. Venían de todas direcciones, como si todas convergieran hacia la posición del pequeño bote.
Tideng lanzó una mirada al río y sus ojos se encontraron con los de uno de los comehuesos que acababa de abrirlos. La esclerótica era completamente negra, mientras que el iris era blanco puro. Al ver que Tideng lo miraba, esbozó una amplia sonrisa, pero en su boca no había dientes, solo una lengua larga y bífida, parecida a la de una serpiente.
El impermeable de paja, ya andrajoso de por sí, del anciano en la proa se levantaba capa por capa con el viento.
A través de los harapos, de vez en cuando quedaba al descubierto el cuerpo con el que aún no se había fusionado por completo desde su última presa: un hueso blanco y macabro se asomaba roto desde debajo de sus costillas hacia atrás, perforando la carne y la piel de su espalda. El extremo astillado y espantoso, ya sin la cobertura del impermeable, apuntaba directo al cielo.
El bote se sacudió violentamente y Tideng se apresuró a estabilizarse. Apenas se había calmado cuando ocurrió otra sacudida… Los comehuesos se estaban adhiriendo al fondo del bote, uno tras otro.
—Qué destacado espécimen. —Tideng se reclinó hacia atrás, apoyándose medio recostado en la popa. Levantó la punta del pie de la pierna que ya tenía cruzada sobre la otra y pateó aquel hueso roto. Tras escuchar un quejido ahogado proveniente del anciano frente a él, comentó—: Ese esqueleto que te tragaste no te queda muy bien.
El bote se volvía cada vez más pesado a medida que más y más comehuesos se aferraban debajo de ellos.
—¡Ja! —El anciano dejó escapar una risa fría en la parte delantera, respondiendo con voz lúgubre—: ¡Si creen que van a comerme, todavía les falta mucho! ¡Si el bote se vuelca, tú serás el primero en servirles de colchón!
—Así es, de lo contrario, no me habrías dejado subir —replicó Tideng—. Ustedes, escorias…, desollan a la gente para devorarla y, luego, por miedo a ser comidos por su propia especie, arrastran a inocentes al agua. ¡Llegará el día en que lo que han comido terminará devorándolos a ustedes!
—¿Y qué otra opción tenemos? —El anciano comehuesos se giró, y bajo su sombrero cónico, reveló un rostro a punto de ser desgarrado por los huesos bajo su piel, con los ojos mitad negros y mitad blancos—. Nos derretimos al ver la luz, pero todos deseamos caminar bajo el sol. Si no devoro humanos, ¿acaso debo morir en el agua para siempre?
Tideng se puso de pie de un salto y, en un instante, sacó una daga de su bota corta y partió en dos el impermeable de paja. Al quedar expuesta a la luz, la carne y la piel de la espalda del anciano comenzaron a chisporrotear.
Mientras el monstruo intentaba juntar la paja, presionado por el pánico, Tideng extendió la mano y le arrebató el sombrero de la cabeza. Al instante, un alarido ensordecedor perforó el aire y todo el cuerpo del anciano comehuesos comenzó a derretirse como si fuera lava, dejando al descubierto primero el cráneo; luego, los arcos superciliares, los pómulos, la mandíbula. En poco tiempo, solo quedó un esqueleto que se desplomó ruidosamente en el bote. Su carne y piel se habían transformado en un charco de sangre viscosa debajo de los huesos, la cual comenzó a acumularse lentamente y a reptar en silencio hacia los pies de Tideng.
Tideng observó la escena con frialdad. Antes de que el charco de sangre pudiera alcanzarlo, tomó el montón de huesos y los arrojó lejos en el río. Casi todos los comehuesos que se aferraban al fondo del bote se lanzaron tras ellos, y la pequeña embarcación, cuyo borde estaba a punto de ser tragado por el agua, volvió a flotar con ligereza.
—No es el cielo claro lo que los mantiene vivos —dijo Tideng mientras arrojaba el último hueso, justo cuando el charco de sangre llegaba a la punta de sus pies—. Si quieren escapar de sus vidas bajo el agua, entonces, destruyan el cielo. ¿Qué ganan arrastrando a otros a este infierno infinito?
Retrocedió un paso, se paró en el borde del bote y se lanzó al agua con un salto ágil.
Aún no habían cruzado ni la mitad del río. La horda de comehuesos volvería tarde o temprano en cuanto terminaran de disputarse los restos. En lugar de quedarse sentado esperando la muerte, era mejor lanzarse al agua primero. Si podrían encontrarlo o no, eso ya sería otra historia.
Tideng solo llevaba consigo un fardo; aunque contenía la linterna, en el agua no le resultaba un impedimento.
Sin embargo, tras nadar una gran distancia, notó que su hombro estaba ligero. El fardo había desaparecido por completo.
Un sobresalto lo invadió, pues él jamás sería tan descuidado. Guardando la calma, dio la vuelta y se sumergió, confirmando que el fardo reposaba en el fondo del río.
Decidido, se hundió en las profundidades. Justo cuando estiraba el brazo para recogerlo, una lengua escarlata se disparó desde la arena debajo del fardo, directa hacia su rostro.
Tideng a duras penas logró esquivarla girando el cuerpo, pero en el movimiento perdió la oportunidad de alcanzar el fardo.
Al mirar de cerca, se dio cuenta de que no era arena lo que había debajo: ¡era una piel humana que se había camuflado en el fondo! Sus cabellos y extremidades estaban ocultos en la arena y el fardo tapaba sus ojos y nariz, un engaño perfecto que lo había hecho confundirse.
La piel comenzó a agitarse frenéticamente, preparándose para saltar sobre Tideng. Antes de que él pudiera retroceder, otra piel que había estado al acecho debajo suyo desenrolló su lengua de varios metros de largo y se enredó en su tobillo. Por más que él tirara, la lengua se apretaba como una soga de cuero, haciéndose cada vez más firme.
Tideng aprovechó el impulso para girar en el agua, se encorvó y sacó la daga que antes había guardado en su bota. Con la hoja apuntando hacia abajo, cortó la lengua de un tajo rápido, liberando un estallido de sangre brillante y deslumbrante en el agua.
Al levantar la vista, alzó la mano y, aprovechando el momento en que el comehuesos que estaba sobre él se abalanzaba, le clavó el cuchillo en el centro de la cara. Con todas sus fuerzas, tiró hacia abajo, partiendo la piel humana en dos mitades en un instante.
El monstruo debajo de él, recuperándose del dolor de su lengua cercenada, se volvió aún más feroz en su intento por devorarlo.
Tideng levantó el pie para esquivarlo, sopesando que estas eran criaturas muertas que habían pasado años en el río. Ellos podían permitirse alargar la lucha, pero él no. El aliento que había tomado antes de sumergirse casi se agotaba y, si no emergía pronto, su frágil cuerpo mortal terminaría ahogándose allí mismo.
Decidió no implicarse más. Recogió el fardo y comenzó a nadar hacia la superficie con todas sus fuerzas. Pero cuanto más ascendía, más extraño le resultaba todo.
Lógicamente, a medida que se acercaba a la superficie, la luz debería ser más brillante y la visión más clara, pero después de nadar un rato, el entorno parecía oscurecerse cada vez más.
Tideng no entendía la razón en ese instante, pero el aire en sus pulmones escaseaba, así que su única prioridad era salir del agua.
A solo unos metros de la superficie y al ver que la luz no aparecía, entrecerró los ojos y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
¡Estos comehuesos habían sido más rápidos de lo que calculó!
Antes le había parecido extraño ver a unos cuantos merodeando por el fondo del río; en su apuro por escapar, asumió que estaban rezagados. Ahora comprendía la verdad: manadas enteras de ellos ya estaban dispuestas cerca de la superficie, entrelazando sus cabezas, colas y extremidades para formar una barrera impenetrable, aguardando a que él cayera directamente en su trampa.
Ahora que Tideng se acercaba, comenzaron a agitarse impacientes; se volvieron boca abajo y, con sus ojos de negros y blancos divididos, le dirigieron sonrisas babeantes.
Abajo, uno lo perseguía; arriba, un enjambre lo esperaba. Tideng aferró con fuerza la daga. Fuera como fuese, en cuestión de segundos tendría que abrirse paso.
Más cerca, cada vez más cerca.
El que estaba más próximo ya alargaba las manos con avidez hacia él, y Tideng sintió cómo las pieles humanas enredaban sus piernas, impidiéndole moverse.
Conteniendo su último aliento, justo cuando levantaba la daga para atacar, el comehuesos sobre su cabeza retiró repentinamente las manos.
No solo eso, sino que los rostros sonrientes y de bocas distorsionadas frente a él parecieron quedar paralizados y, en esos ojos de marcados blancos y negros, un terror indescriptible empezó a aflorar lentamente.
Confundido por el cambio repentino, Tideng sintió que la presión en sus piernas aflojaba; las ataduras se habían deshecho por completo.
Sin tiempo para indagar el motivo, su prioridad era emerger. Se preparaba para librar una batalla a muerte con las criaturas en la superficie, pero en un parpadeo, todas se dispersaron, huyendo presas del pánico en todas direcciones.
Tideng ignoró el caos, salió impulsado hacia la superficie y, apenas su cabeza rompió el agua, abrió la boca para aspirar el aire con desesperación.
Hedinghong llevaba largo rato esperándolo en la orilla. Al ver que finalmente aparecía, agitó los brazos y le gritó:
—¡Tideng!
Tideng giró la cabeza al escuchar su voz. Tras recuperar un poco el aliento, cambió de dirección para nadar hacia él.
Hedinghong lo observaba expectante desde la orilla, viéndolo flotar en el agua. Tideng acababa de dar un par de brazadas cuando, de repente, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Pareció abrir la boca para gritar, pero antes de que algún sonido escapara, se hundió súbitamente bajo el agua.
Era como si algo en las profundidades lo hubiera arrastrado hacia abajo.
Incapaz de articular una sola palabra, Tideng tragó agua sin previo aviso. Reunió su último hilo de aliento para mirar hacia abajo, solo para descubrir que la entidad que lo arrastraba no tenía una forma definida que pudiera distinguir.
Se trataba de una nube de niebla negra e infinita que se extendía a lo largo de todo el fondo del río. Aunque lo que se enroscaba en sus piernas parecían ser tan solo volutas de vapor oscuro, cada vez que intentaba zafarse, se convertían en enredaderas sólidas que lo jalaban con aún más fuerza hacia las profundidades.
Tideng se inclinó, tratando de alcanzar aquello que lo aprisionaba, pero entonces vio cómo esa cosa en el fondo del río abría lentamente los ojos.
Eran un par de pupilas verticales y de un rojo escarlata, del tamaño de un barco mercante.
Cuando la mirada de Tideng se encontró con la de la criatura, su cuerpo se estremeció violentamente. Su mente se quedó en blanco en un instante, sus sentidos se embotaron y una avalancha de somnolencia se abatió sobre él.
Justo en el umbral de la inconsciencia, el eco lejano de un grito alcanzó a rozar sus oídos.
—¡Tideng!
Con un esfuerzo sobrehumano, obligó a sus párpados a abrirse y miró hacia la superficie del agua. Alguien se había lanzado en picado, deslizándose por el agua con la agilidad de una serpiente y la fuerza de un dragón.
No era Hedinghong, era…
—Xie Jiu… —murmuró Tideng mientras caía en la oscuridad de la inconsciencia.