Al día siguiente, Jiang Chang se levantó temprano y los llamó desde afuera de la puerta para que salieran a desayunar, pero al entrar a la habitación, no vio a Tideng.
Empujó a la persona que dormía en el suelo para despertarlo y preguntó:
—¿Dónde está el joven maestro?
Vio cómo el otro asomaba la cabeza desde debajo del ala del sombrero para mirar hacia la cama. Bajo sus ojos, se notaban unas ligeras ojeras oscuras.
Al verlo, Jiang Chang no pudo evitar preocuparse:
—¿Acaso no durmió bien anoche? ¿Será que la estera es demasiado dura? Mire esas ojeras…
Antes de que terminara de hablar, la otra persona se acomodó apresuradamente la capa, se levantó del suelo de un salto y salió corriendo por la puerta en su búsqueda.
Tideng llevaba de pie junto al río más de una hora.
Se trataba de un tramo del río con la orilla algo elevada. La roca bajo sus pies estaba a más de tres metros de altura sobre el agua. Con la punta del pie sobresaliendo más de medio paso por el borde, se mantuvo suspendido sobre el agua durante mucho tiempo.
Cuando a lo lejos, a sus espaldas, apareció aquella sombra negra, Tideng se limitó a mirarla de reojo por un instante y, acto seguido, se inclinó y se dejó caer al agua.
Era un excelente nadador, de lo contrario, no habría podido arreglárselas con la horda de comehuesos en el río Wangran la vez anterior. En esta ocasión, al sumergirse, simplemente cerró los ojos y, guiado por el instinto, esperó a que el aire acumulado en su pecho se consumiera poco a poco.
Pasó un buen rato. El pecho de Tideng comenzó a sentirse oprimido y el aire se iba agotando. Sin embargo, no tenía ninguna intención de subir a la superficie.
Fue solo cuando el dolor por la asfixia le invadió el pecho y su mente se nubló, que, finalmente, sintió a alguien más arrojarse al agua cerca de él.
Alguien lo tomó entre sus brazos y, sosteniéndolo con fuerza, nadó desesperadamente hacia la superficie.
Poco después, ambos asomaron la cabeza por encima del agua. Tideng abrió los ojos de golpe y agarró la mano derecha libre del otro, arrebatándole por sorpresa el anillo de cobre de su dedo índice; fue entonces cuando vio expuesto, justo sobre el nudillo, un tatuaje deforme y extraño.
La otra persona, que inicialmente quería esquivarlo, se quedó paralizada por miedo a que si lo soltaba, Tideng se ahogaría; atrapado en la indecisión, no se movió.
Tideng apretó el anillo de cobre en su mano y observó el tatuaje fijamente durante un momento. Finalmente, levantó la cabeza y, con un movimiento rápido, apartó la capucha de la capa. Al instante, Xie Jiulou giró el rostro y bajó la mirada en silencio.
—Efectivamente, eras tú. —Tideng lo miró fijamente, frunciendo el ceño profundamente. En sus ojos, no había ni rastro de alegría, solo un profundo enfado, y le reprochó—: ¡¿A qué has venido?!
Xie Jiulou siguió abrazándolo y nadó hacia la orilla.
—Salgamos primero y luego hablamos.
Al salir del agua, Xie Jiulou se quitó la capa, la hizo una bola en sus manos y la escurrió, para luego limpiar minuciosamente la arena y el barro del cuello de Tideng.
Justo cuando iba a recogerle el cabello mojado, Tideng le agarró la muñeca y volvió a cuestionarlo:
—¡¿Por qué me seguiste?!
Xie Jiulou se acuclilló a su lado, sosteniendo todavía en la otra mano la esquina de la capa con la que pretendía limpiarle el rostro a Tideng. En ese momento, solo bajó la mirada, inmóvil, y sin pronunciar palabra.
Tideng aún no había terminado, y sin prestar atención a la expresión de Xie Jiulou, continuó con ansiedad:
—¿Acaso sabes cuánto esfuerzo me costó…?
—Lo sé. —Xie Jiulou lo interrumpió de repente.
Tomado por sorpresa, Tideng tartamudeó:
—… ¿Qué?
—Lo sé —repitió Xie Jiulou en voz baja—. Sé que no querías que te siguiera; no querías que él me viera para evitar malentendidos.
Tideng frunció el ceño.
—¿De qué estás hablan…?
—Lo escuché todo. —Xie Jiulou mantenía la cabeza gacha, mirando solo al suelo—. Lo que le dijiste a Jiang Chang ayer en el camino. Viniste a la ciudad de Xuyu a buscar a alguien… Vas a buscarlo a él.
Al escuchar esto, la mente de Tideng se quedó en blanco. Justo cuando intentaba procesar palabra por palabra lo que Xie Jiulou quería decir y a quién se refería con ese «él», escuchó a Xie Jiulou añadir:
—No te preocupes, no apareceré frente a él para ponerte en una situación difícil. Él no sabrá ni media palabra sobre lo nuestro. Originalmente, ni siquiera planeaba dejar que supieras que te estaba siguiendo, solo que ayer, por fuerza mayor, me quedé sin lugar adónde ir.
Dejó la capa y sacó de su bolsillo la pequeña figura de jade tallada.
—Tampoco te sigo por otra razón. Dejaste olvidada esta figurita en mi lugar; solo vine a devolvértela para que no te preocupes por ella. Ahora que te la he entregado, no tengo nada más que me ate. Regresaré por donde vine y no te molestaré más.
Puso la figura de jade en las manos de Tideng. Sintiéndose completamente desanimado, ya no intentó recogerle el cabello a Tideng; tomó la ropa y se preparó para levantarse.
Inesperadamente, Tideng dijo:
—¿De verdad crees que dejé olvidada esta figura de jade por accidente?
Xie Jiulou no respondió.
Por supuesto que sabía que no había sido un accidente.
Aquel día, cuando Tideng se marchó, mientras caminaba de regreso comprendió a qué se refería Tideng cuando le pidió que fuera por los bocados de leche en la mañana y le dijo que le dejaría un «recuerdo». Esta figura de jade era el recuerdo que Tideng le había dejado.
Al principio, cuando Xie Jiulou regresó al Gran Salón, ni siquiera se atrevía a entrar a la habitación principal. Temía que, al abrir la puerta, de verdad ya no encontrara a Tideng adentro.
Aquel día, después de merodear durante mucho tiempo y, al no poder engañarse más a sí mismo, empujó la puerta y entró. Y tal como temía, solo encontró la pequeña figura de jade que Tideng había dejado en la mesita de noche.
Xie Jiulou sostuvo la figurita en sus manos, sumido en un aturdimiento durante medio día, sintiendo que el enorme y vacío salón se había vuelto insoportable, incluso por un solo instante.
En el inmenso Yinsi, había personas esparcidas por todas partes como granos de arroz. ¿Cómo era posible que, por faltar solo Tideng, se sintiera tan insoportablemente vacío?
Aferrándose a la figura de jade, lo siguió en secreto, pensando que solo lo escoltaría hasta llegar a aquella persona y luego se marcharía.
Si era descubierto a mitad de camino, sacaría la figurilla y diría que había venido a devolverla.
La excusa era patética, pero al menos serviría para salir del paso, ¿no?
Antes de irse, Xie Jiulou rogó mil y una veces que Tideng no lo descubriera, porque de ser así, tendría que entregarle incluso lo último que le había dejado.
Al final, sus miedos se hicieron realidad; fracasó antes de siquiera haber comenzado y perdió toda su dignidad.
Xie Jiulou respondió:
—Si la dejaste a propósito, tampoco la quiero.
Tideng sintió que tal vez había sido muy duro con sus palabras anteriores; ahora, al ver que Xie Jiulou se sentía ofendido, bajó la voz y preguntó:
—¿Es que no te gusta cómo la tallé?
Xie Jiulou frunció los labios y le dio la espalda.
Tideng estaba a punto de decir algo más, pero Xie Jiulou ya se había levantado y comenzado a caminar de regreso, arrastrando en su mano la larga capa que rozaba sus piernas.
Su figura de espaldas se veía recta y alta, pero también desprendía un aura de soledad.
Fue entonces cuando Tideng le escuchó decir:
—No me gusta que a quien tallaste no fue a mí.
Jiang Chang estaba en el patio atrapando una gallina. Al escuchar los pasos que venían de afuera, sin siquiera levantar la cabeza, dijo:
—¿Ya regresaron? Les dejé el desayuno en la cocina. Cómanlo pronto, al mediodía nosotros…
Mientras hablaba, un par de zapatos de satén púrpura oscuro con flores bordadas entró en su campo de visión.
Jiang Chang de inmediato frunció el ceño.
—¿A qué has venido?
La persona no respondió.
Jiang Chang hizo como si no hubiera nadie allí. Atrapó a la gallina, dio media vuelta y se dirigió a la cocina a buscar un cuchillo.
—Déjame verla.
Al escuchar estas palabras, Jiang Chang primero detuvo sus pasos, se quedó quieto un instante y, luego, siguió caminando.
La persona que iba detrás de él lo siguió un par de pasos.
—Solo quiero verla una vez.
Jiang Chang se giró para enfrentar a esta mujer vestida de rojo y adornada con esmeraldas. Comparada con las campesinas de ropa de algodón y horquillas de espinas del pueblo, su atuendo era mucho más lujoso; una sola de sus prendas podía equivaler a las ganancias de un año de una persona común. No obstante, si se la comparaba con las esposas de los funcionarios de la ciudad, sus joyas de perlas y jade lucían un tanto opacas y modestas.
—Ella no quiere verte. —Fue lo único que soltó Jiang Chang y no volvió a dirigirle la palabra.
Solo cuando llegó a la puerta de la cocina, se volvió para decir:
—Te lo he dicho muchas veces, no vuelvas más. Si alguien te ve, podría sospechar y causar malentendidos, y eso no le conviene a nadie.
La mujer vaciló en el patio por un largo tiempo antes de sacar un pañuelo de la manga y marcharse, limpiándose las lágrimas.
Poco después, el sonido de pasos volvió a acercarse. Jiang Chang, ocupado en la cocina y sintiéndose irritado, salió para echarla.
—¿Por qué has vuelto a…? —Se detuvo a mitad de la frase, dejando las palabras en el aire y, luego, exclamó—: ¡Ay! ¿Qué pasó ahora? Un día perfectamente normal, a plena luz del día, ¿y se meten al agua otra vez? Mírense, están empapados, ¿es que no pueden vivir sin tirarse al agua?
Mientras hablaba, se acercó apresuradamente y ayudó a los dos hombres, que acababan de regresar de afuera, a entrar en la casa.
Xie Jiulou iba delante, con Tideng siguiéndole los pasos. Al tomar el brazo de Tideng, Jiang Chang se sorprendió por el frío estremecedor que emanaba de su cuerpo; justo entonces, Tideng estornudó varias veces seguidas y su respiración comenzó a temblar.
—Rápido, entren a la habitación. Les encenderé fuego. Hoy no se quedarán afuera, hace mucho viento. Caliéntense bien antes de salir a comer.
Jiang Chang se movía afanosamente mientras empujaba a ambos a la habitación. Levantó una tabla del suelo justo en el medio, y debajo, para su sorpresa, había un brasero para hacer fuego.
Mientras encendía el fuego, Jiang Chang le reprochaba a Tideng:
—Ayer casi se ahogan, ¿y hoy qué fue? ¿Por qué se meten al agua todos los días? ¿Acaso la persona que buscan vive debajo del agua? Incluso si es así, no deberían forzarse tanto. Y usted, que a simple vista parece frágil, debería descansar un par de días después de una salida así.
Dicho esto y con el humo ya subiendo de sus manos, Jiang Chang se levantó para abrir la ventana. Después, corrió a buscar en un baúl dos juegos de ropa limpia y seca, junto con un par de toallas, y se las entregó a Xie Jiulou.
—Y usted también es todo un caso. Anoche no hubo forma de convencerlo para que se quitara la capucha, ¿y hoy, tras otro chapuzón, ya no le importa que lo vean? No entiendo en qué se traen; aunque se niegan a decir ni una sola palabra, es obvio que se conocen. Ayer me siguió hasta aquí y esta mañana salió corriendo como loco; me queda claro que no se separa de él ni por un segundo. Pero si lo está cuidando, ¿por qué siempre lo arrastra al agua? Usted puede que lo soporte, pero él no. Esta ropa no me la pongo seguido, pero está limpia. No se pongan exigentes, lo importante es que se cambien rápido para que no se resfríen.
Jiang Chang soltó toda esta retahíla de un tirón, pero al ver que los dos hombres seguían allí plantados como calabazas mudas sin decir una palabra y con los rostros pálidos, decidió no decir nada más. Esperó a que Xie Jiulou tomara la ropa y, al ver que el fuego del brasero ya ardía con fuerza, trajo dos sillas de bambú desde afuera. Luego llevó el desayuno adentro, lo dejó allí y se marchó.
Los dos hombres se quedaron en silencio por un largo rato, uno frente al otro, observando cómo las llamas se hacían cada vez más grandes. Xie Jiulou, que estaba de pie cerca del fuego, fue de repente jalado por Tideng, alejándolo más de tres metros del brasero, mientras le decía:
—Cámbiate de ropa.
La ropa de Jiang Chang le quedaba a Tideng de forma pasable, pero a Xie Jiulou definitivamente no le favorecía.
Medía cerca de metro ochenta; solo su estructura ósea era demasiado para esa ropa. Al ver cómo, al meter el brazo izquierdo, la manga derecha se encogía, sintió que perdía la paciencia por la frustración de intentar acomodarse, hasta que vio a Tideng sacar aquella prenda interior de su fardo.
—Es tuya —dijo Tideng.
Xie Jiulou enderezó el cuello, enfadado, la tomó y dijo:
—Ya sé que es mía.
Después de cambiarse, Tideng ya había alejado su silla de bambú del fuego, sin hacer ruido. Xie Jiulou, usando la ropa interior limpia a la fuerza —pero resignado a dejarse los pantalones mojados—, quiso acercar su silla al fuego. Apenas su mano tocó el borde de la silla, vio a Tideng mirándolo fijamente, sin ninguna intención de dejarlo moverse.
—Quién sabe qué le dio ahora por esquivar el fuego —murmuró Xie Jiulou, lleno de rabia contenida, hablando para sí mismo sin saber muy bien a quién se dirigía—. Y si él lo evita, está bien, pero no deja que los demás se acerquen… y digo «los demás», porque a nadie más lo detiene, solo a mí. Solo sabe actuar con prepotencia conmigo.
Quejándose, se sentó de mala gana en el lugar donde estaba. Tideng fingió no haberlo escuchado y no le quitó los ojos de encima hasta que se sentó y dejó de moverse; solo entonces quedó satisfecho.
Tardaron un buen rato en secarse los zapatos y calcetines, y los pantalones y la ropa de Xie Jiulou también se secaron. Tideng, descalzo, se había acurrucado en la silla de bambú, abrazando sus rodillas. Tras observar por un momento y notar que Xie Jiulou seguía disgustado, bajó los pies, arrastró su silla en secreto y se sentó junto a él.
Una vez sentado, volvió a encoger las piernas en la silla y murmuró en voz baja:
—Tengo los pies fríos.
—¿Fríos? —Xie Jiulou miró el fuego con una sonrisa amarga—. Si tienes frío, acércate al fuego. ¿De qué te sirve acercarte a mí? Yo no puedo darte calor.
Tideng no respondió; simplemente, apoyó ambos pies descalzos en el borde de la silla y apoyó el rostro sobre sus rodillas juntas, bajando la mirada y frotando su pie izquierdo contra el derecho.
Poco después, la silla entera, con él adentro, fue girada repentinamente para quedar frente a Xie Jiulou.
Xie Jiulou seguía con el rostro tenso. Tras voltear a Tideng, tomó sus tobillos sin decir una palabra, los metió bajo su propia ropa, se levantó un poco la túnica para cubrirlos, y los colocó sobre su vientre para calentarlos.
—¿Aún tienes frío? —preguntó. Su voz sonaba lúgubre y su rostro estaba igualmente sombrío. No parecía estar calentando los pies de alguien, sino interrogando a un prisionero.
Tideng se recostó un poco hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla. Su mirada vagaba de un lado a otro sobre el rostro de Xie Jiulou y murmuró en voz baja:
—Déjalos ahí un rato más.
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