La tarde ya había caído.
El piso superior de la cabaña, la buhardilla. Una iluminación sutil. El aroma del bosque fluyendo en el ambiente. Frente a una ventana circular, un escritorio de madera negra.
Ji-oh se encontraba allí, organizando las reglas que había descubierto.
—O sea que…
Ji-oh prosiguió con sus pensamientos:
—Podría decirse que es una regla de 1:1.
Ji-oh podía hacer absolutamente cualquier cosa dentro de este lienzo.
Aunque no es que hubiera intentado hacer literalmente todo, esa era la sensación que tenía. En un mundo capaz de concebir incluso un cadáver tibio, no había nada que pudiera considerarse imposible para él.
«Pero cuando el mundo real entra en juego, la historia cambia.»
Pedirle a Yoo Sung-woon que le dibujara una manzana había sido, precisamente, parte de una prueba para confirmar esta teoría.
«Un dibujo hecho por mí o por otra persona es, desde mi perspectiva, la misma obra, así que lo disfruto sin problemas; pero en el momento en que intento sacarlo al exterior, se convierte en realidad. Pensé que sería demasiado descabellado si no hubiera restricción alguna…»
De ahí habían surgido sus sospechas.
—Qué suerte que el señor Yoo Sung-woon sea tan amable.
Le había conmovido que aceptara sin dudar cuando le pidió de la nada que le dibujara una manzana.
—Es una persona verdaderamente madura; le sigue el juego con paciencia a un retrato aun cuando este dice disparates.
De esa manera, Ji-oh logró descifrar su situación gracias a la consideración del amable curador y a los intentos realizados durante los últimos días.
Cuando Ji-oh salía del cuadro, su figura desaparecía del interior del lienzo y el marco se convertía en una simple pintura de paisaje. Si Ji-oh deseaba entregarle un obsequio a una persona del mundo real, debía recibir algo a cambio de su parte.
En general, era una regla de equivalencia “1:1”: si algo entra, algo debe salir.
—…
Por supuesto, los aperitivos que les había repartido anteriormente a los 17 empleados habían sido una mera muestra de cortesía.
«Como todos se veían tan asustados, pensé que darles un bocado ayudaría a aligerar el ambiente.»
Como resultado, el ambiente efectivamente se alivió; aunque más bien pasó del terror a la perplejidad. Bueno, pensándolo bien, cualquiera se desconcertaría si una masa negra salida de un cuadro le pusiera una galleta en la mano de repente.
«Además, es verdad que esa gente me ayudó.»
En conclusión, no había sido más que una muestra de educación.
Su abuela solía decirle que si recibía ayuda de alguien, o si cometía una falta por la que debía disculparse, debía acompañar sus palabras elocuentes con un regalo tangible. Decía que esa era la cortesía elemental para convivir entre seres humanos.
«Ella decía que la gratitud y las disculpas que se quedan solo en palabras no son más que un cadáver.»
Hablar con delicadeza era lo básico, pero siempre debías ofrecer un regalo, por pequeño que fuera, sin importar si tenías la capacidad económica o no. Era un consejo vital para Seo Ji-oh, cuyos músculos faciales se habían atrofiado más que los de un pony.
Por ende, siendo una patata de buen corazón, Ji-oh seguía al pie de la letra las enseñanzas de su abuela; su mentora de vida, aun habiendo cumplido los 29 años. De no ser por eso, jamás habría podido convertirse en un maestro amado por sus estudiantes.
En fin, por todo eso…
—No puedo limitarme únicamente a recibir ayuda.
Ese era el principio inquebrantable de Seo Ji-oh.
—En ese sentido, podría decirse que las reglas de este mundo encajan bastante bien conmigo. Tal vez sean el resultado de proyectar mi propia naturaleza, al igual que los animales del bosque.
Le gustaba.
—Para que yo, estando en forma de pintura, pueda transferir algo al mundo real, también debo recibir algo a cambio.
Ji-oh podía hacer muchísimas cosas con absoluta libertad.
Gozar de un poder casi omnipotente dentro de este lienzo ya era un regalo, pero incluso al salir al mundo exterior, podía desenvolverse sin verse atado a reglas especiales.
«Incluso puedo crear pasadizos a través de las pinturas para desplazarme a otros pisos sin tener que usar el ascensor.»
Sin embargo, cuando Ji-oh permanecía dentro del cuadro y la otra parte estaba en la realidad, no podía violar esta regla de 1:1. Esto era un hecho que había descubierto al intercambiar palabras con Yoo Sung-woon, el empleado a cargo de cuidar el retrato.
«Cuando le pedí que me dibujara la manzana, apareció una explicación del sistema.»
Una notificación que le indicaba corresponder al regalo, y que además tenía un límite de tiempo.
«Creo que era como de una semana.»
Aún no sabía con certeza qué clase de problema ocurriría si no le entregaba una recompensa a la otra parte en el plazo de una semana, pero presintió que no sería nada bueno, por lo que le dio el obsequio a Yoo Sung-woon al día siguiente.
—…
Ji-oh hizo rodar con sus dedos los objetos acumulados al lado del escritorio. Un sonido metálico y seco resonó al chocar contra la madera.
—Gemas…
Entre aquellos objetos, había gemas de diversos colores.
—Tampoco sabía que sería capaz de crear esto.
A Ji-oh le gustaba explorar variados estilos artísticos.
Suelen decir que un verdadero pintor posee su propio universo artístico, pero como Ji-oh no era un pintor consagrado sino un simple maestro de escuela, dibujaba utilizando toda clase de técnicas. Y entre ellas, dominaba a la perfección el hiperrealismo.
Las gemas que estaba manipulando en ese instante habían nacido precisamente de esa forma.
—Cómo preparé la pintura con esto, me resultó facilísimo dibujar la gema que le regalé al señor Yoo Sung-woon.
Era como si la pintura, el lienzo y el resultado final en sí mismos fueran seres vivos.
—…
Sin duda, se sentía como si le hubiera infundido vida a algo incapaz de respirar.
—Una particularidad que encaja a la perfección con esta maravillosa patata de pensamiento sin límites…
A sus 29 años, jamás había experimentado una sensación de libertad tan absoluta, casi como si se hubiera quitado hasta la ropa interior; en todo caso, le agradaba tener tantas posibilidades a su alcance. Como resultado, Ji-oh parecía haber evolucionado en una patata dotada de un encanto aún más variado.
Tras dar por concluidas sus anotaciones, Ji-oh continuó sumergido en pensamientos dignos de un desempleado:
«…Esta noche dormiré afuera. Dormir contemplando las estrellas me pondrá de buen humor. ¿Qué debería preparar para comer mañana por la mañana? ¿Sabrá delicioso incluso si solo aso unas cuantas papas y las mojo en sal? Y si me aburro, tampoco estaría mal dedicarme a la agricultura. Si se lo pido al señor Yoo Sung-woon…»
Como el clima era estupendo, los cultivos crecerían de maravilla. Buscar brotes de su agrado y cultivarlos le daría una sensación de bastante frescura.
Luego comería con los frutos cosechados y también le enviaría un regalo al señor Yoo Sung-woon al mundo exterior. Si encontraba abejas melíferas en algún lugar, le gustaría traerlas y criarlas.
—Exploremos mucho.
Y cuando se cansara, volvería a la cabaña a pintar.
Y al pintar…
—…
Ji-oh, que cabeceaba a medias dominado por la adormilada brisa primaveral, abrió los ojos en silencio.
—Necesito una mascota.
Aunque la escala se le estaba yendo un poco de las manos, a fin de cuentas, ¿acaso esto no era también vida de campo?
—Tener una mascota en una casa con jardín es el equivalente exacto a acompañar el chicharrón de cerdo con soju. Y yo soy un joven surcoreano hecho y derecho que disfruta del chicharrón con soju… Por lo tanto, la conclusión es que necesito un nuevo integrante en la familia.
Los animales de este bosque eran amigables con Ji-oh, pero al conservar la cautela básica propia de las bestias salvajes, no resultaba fácil acariciarlos.
«Quería amasarlos como si fueran pastelitos de arroz, pero me rechazaron significativamente.»
Y como Ji-oh era la caballerosidad personificada, no iba a acosar acariciando a un conejo que se negara a ello.
Los amigos del bosque no eran más que animales salvajes que se le acercaban y se alejaban con total libertad. Entablar amistad con ellos sin duda sería divertido, pero Ji-oh contaba con otro método.
—Si los dibujo…
No podía crear seres humanos, ni tenía la menor intención de hacerlo. Bastante tenía ya con hacerse cargo de sí mismo.
¿Pero qué hay de un animal?
—…¿Seré capaz de crearlo?
Ji-oh se encaminó al taller del segundo piso.
* * *
Hasta ahora, todo lo que Ji-oh había dibujado eran objetos inanimados.
—No poseían una voluntad propia.
Frutas, verduras, platillos, platos, muebles y muchos otros elementos más, pero ninguno de ellos era un ser que respirara y tuviera vida. Esto al margen de esa sutil vitalidad que Ji-oh alcanzaba a percibir en ellos de forma difusa.
—…
Ji-oh permanecía sentado frente al lienzo.
—…¿Funcionará?
Con los humanos había fracasado, pero un animal pequeño… ¿sería posible?
—…Aunque no hay más personas aquí, sí existen otros animales…
Sentía que era del todo factible.
—…
Ji-oh se levantó de la silla y se aproximó hacia la pared repleta de cajoncitos, cuya forma recordaba a la de una botica tradicional de medicina oriental.
El número de cajones era incontable, pero Ji-oh sabía con exactitud qué había en cada uno de ellos.
—…Por aquí debía de estar…
Clac.
Abrió uno de los cajones.
—Aquí está.
Había una gema azul y transparente.
Ni el propio Ji-oh sabía con certeza qué era exactamente esta gema. No obstante, al tacto resultaba fresca. Más que fría, daba una sensación reconfortante y refrescante; aunque era firme al tocarla, su interior fluctuaba y se mecía con la fluidez del agua.
—…
Aquello que destellaba y fluía dentro de una forma definida era un líquido con apariencia sólida; y a la vez, no difería en nada de una vida que se agrupa para respirar por sí misma.
—Usemos esta.
Además de eso, Seo Ji-oh sacó algunas gemas más, hojas secas y minerales.
Con un punzón y un martillo, rompió la gema en pedazos. Pulverizó tanto las hojas, que conservaban colores vivos a pesar de estar bien secas, como los minerales de variados matices. Tras convertirlos en un polvo tan fino como la harina, nacieron como pintura entre las manos de Ji-oh.
—…
Les dio fluidez con la savia de árbol que halló en el bosque.
—…
Y graduando las proporciones, dio con la viscosidad idónea.
—…
La pintura finamente molida sobre la placa de vidrio; donde los colores se apreciaban con claridad, emitía un tenue destello similar al de las luciérnagas.
«…Es pálida como la Vía Láctea, pero…»
Esa misma tonalidad transmitía una sensación sumamente fresca.
—Listo.
Ji-oh comenzó a pintar.
En este bosque no había lagos. Aunque era algo natural, le resultaba inevitable sentir cierta nostalgia. Anhelaba que aquellos cuerpos de agua cristalinos y sin fin, ya fuera un estanque acogedor, un majestuoso lago o un mar inmenso, despidieran la fragancia propia del agua.
Evocando la brisa fresca que soplaría desde una masa de agua infinita, Ji-oh movió el pincel.
—…
Un cuerpo redondeado.
La cabeza pequeña, las alas grandes. Dado que el pico solo serviría para cantar, no hacía falta que fuera muy grande. Ellas construirían su hogar allí donde existiera el agua, y ese hogar se convertiría en ellas mismas.
—…
Aves hechas de agua misma.
—…
¿Qué clase de aves serían?
—…Parece que formarían bandadas.
Vivirían en comunidad.
Podrían permanecer en cualquier lugar mientras hubiera agua, e incluso donde no la hubiera, serían capaces de crear un estanque, un lago o un mar en cualquier momento.
Ellas, que albergaban la vida y respiraban, eran agua transparente y, al mismo tiempo, aves que suscitaban una brisa fresca.
—Cada una tendrá un color distinto.
Puesto que el agua es transparente, al poseer una voluntad propia, sin duda pensarían:
«Quiero tener un color para darme a conocer.»
Serían unas amiguitas adorables.
Para engalanar su ser transparente, introducirían toda clase de tesoros dentro de sus cuerpos. Tal como todas las aves acicalan sus plumas, estas elegirían con sus pequeños picos el tesoro adecuado para su cuerpo y lo introducirían en su interior transparente para adornarse.
Podría ser una flor. Podría ser una gema, o el fruto colgado de un árbol, o la comida que una persona hubiera dejado a medias. Tal vez incluso podrían albergar una reliquia muy antigua o un pececillo.
—Porque todo…
Depende de lo que deseen.
Al ser agua y ave a la vez, eran libres de hacer lo que quisieran.
Dormir sumergidas en un arroyo fluido estaría bien, al igual que surcar a voluntad el vasto firmamento. La libertad les pertenecía.
—…
Ji-oh plasmó en el lienzo un ave sumamente pequeña.
De cuerpo redondeado, alas del mismo tamaño que el torso, plumas de la cola largas y pico corto. Al ser de tamaño pequeño, podían ocultarse en cualquier lugar y eran plenamente conscientes de que eran agua misma.
Agua dotada de vida.
—…
Al albergar gemas, flores y frutos dentro de su cuerpo transparente, desprendían destellos de mil colores…
Era sencillamente hermoso.
—…
En cuanto Ji-oh dio un golpecito suave con la yema del dedo sobre el pico del ave…
—Ah.
¡Fruuu!
—…
El ave, portando sus propios tesoros dentro del cuerpo, se posó sobre el hombro de Ji-oh.
—…Hola.
Fruuh.
—Encantado de conocerte.
¡Fruu-fruh, fruus!
—Sí, yo también.
En lugar de emitir un gorjeo, el ave producía un crujido sutil, haciendo resonar las flores que llevaba en su interior.
Era una compañera tan silenciosa como alborotada.
—Resultó ser una charlatana.
Los pétalos atrapados en su pequeño y transparente cuerpo producían un leve murmullo mientras “cantaban” a modo de juego.
—Increíble.
Sin darse cuenta, la habitación de Ji-oh se había llenado por completo de aves que destellaban con una transparencia reluciente.
Tras revolotear un momento cerca de Ji-oh, salieron en parvada a través de la ventana abierta. El viento provocado por el aleteo de aquellas gotas de agua vivientes fue mucho más colosal de lo imaginable.
Una escena de ensueño, semejante a contemplar los pétalos de cerezo dispersándose ante una viva brisa primaveral, resultaba ciertamente hermosa.
—…
Ji-oh, que permaneció atónito por un instante, no tardó en mover los pies para salir a la terraza.
—…Ah.
Ahí estaban.
—No se fueron lejos.
Habían formado un pequeño estanque justo al lado de la cabaña de Ji-oh. Él apoyó la barbilla sobre la barandilla de la terraza y reclinó el cuerpo.
—Qué creativas.
El estanque (o quizás lago) que rodeaba la cabaña a lo largo fluía con apacible serenidad.
En el fondo yacían incontables “tesoros”, acumulados como la arena de una playa o las piedras de un río. El estanque, rebosante de flores, gemas y frutos sumergidos, destellaba con fascinación bajo la luz de la luna.
Aún fluyendo en perfecta armonía como un solo cuerpo, de pronto… ¡plop! Surgían hacia la superficie para mirar a su alrededor, para luego ocultarse de nuevo e integrarse con sus compañeras formando el estanque.
—…
Ji-oh cerró los ojos. Al desaparecer de su vista aquella agua brillante que se movía llena de vida, de inmediato pudo escuchar el sonido de su respiración.
En lugar de gorjeos, se escuchaba un murmullo tenue: gemas tintineando, pétalos rozándose y pequeñas piedras o arena moviéndose con un suave crujido. Esa era la forma en que esas amiguitas conversaban y cantaban.
Aquello recordaba al canto de los insectos en pleno verano…
—…Es hora de dormir.
Ji-oh salió de la cabaña llevando únicamente una almohada. Acto seguido, se recostó en el suelo, justo entre la cabaña y el estanque.
—…
Crush.
Al recostarse para conciliar el sueño, escuchó el sonido de los animales aproximándose.
«Para haber salido huyendo todos cuando intenté acariciarlos, ¿no se están acercando demasiado rápido?»
Las aves que ladeaban la cabeza sobre las ramas de los árboles volaron suavemente para posarse sobre el pecho de Seo Ji-oh. El ciervo que olfateaba el estanque ancho y poco profundo también movió sus largas patas para acercarse a su lado.
Las ardillas que se agitaban entre los matorrales depositaron bellotas y pequeños frutos dentro del estanque antes de agruparse junto a él.
—…
Ante tal escena, Ji-oh murmuró:
—…¿Será un tipo de peaje?
¿Acaso era la tarifa de la autopista?
De cualquier forma, tanto las ardillas como las aves del estanque lucían bastante satisfechas.
«Con eso basta.»
Al fin y al cabo, ¿no era acaso una escena apacible?
Mientras los amigos que Ji-oh había creado no fueran seres dignos de rechazo, y mientras pudieran convivir e integrarse sin problemas con los habitantes originales de este lugar, a él le bastaba con eso para sentirse plenamente satisfecho.
En ese punto, Ji-oh pensó…
—…
Que también sería divertido ponerse a decorar este retrato.
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