Hace media hora.
Wen XiaoYan miró su reloj. Había pasado mucho tiempo desde que contaba el tiempo segundo a segundo.
Cuando el camarero volvió a preguntarle con una sonrisa: «Hola, ¿quiere pedir algo?»
Miró la taza de café con leche de vainilla que tenía delante, de la que ya se había bebido casi la mitad, y el café americano que había pedido sin consultarle a Shi Wen —aunque ya se había enfriado por completo—.
El reloj marcaba las siete y treinta y seis.
«No, gracias,» respondió.
Volvió a abrir el móvil, pero entre el aluvión de mensajes no había ninguno de Shi Wen.
«Shi Wen, ¿dónde estás?» , pensó mientras miraba la pantalla: el mensaje lo había enviado hacía ocho minutos, pero ni siquiera aparecía el aviso de «leído».
Wen XiaoYan marcó el número con irritación.
«Hola, el teléfono que marcaste no está disponible…» dijo una voz femenina, melódica y melodiosa. El colgó el teléfono.
Shi Wen siempre había tenido un fuerte sentido del tiempo. Incluso si surgía un imprevisto y no podía llegar, siempre llamaba con antelación para avisar, a diferencia de esta vez, que ni siquiera envió un mensaje.
El párpado derecho de Wen Xiaoyan tembló con intensidad.1
«¿Le digo, que lo estáis buscando cuando vuelva? Jovencito, ¿cómo te llamas?» preguntó el anciano.
Wen Xiaoyan agradeció al anciano y sintió una creciente preocupación.
¿Dónde se había metido Wen? ¿Por qué no le contestaba al móvil? ¿Seguía en la escuela? Le surgieron un sinfín de preguntas y Wen XiaoYan echó a correr hacia la escuela.
En el camino, se encontró con un grupo de personas.
Mientras aquel gordo de aspecto amenazador alardeaba de cómo le había dado una buena paliza a Shi Wen, los matones que lo rodeaban no paraban de hablar a la vez para adularlo.
«¡No se podía esperar menos del jefe!»
«¡Jajaja, se lo merece!»
«Ahora seguro que el dios te mirará con buenos ojos.».
……
«¡¿Dónde está Shi Wen?!»
El dolor que había imaginado no llegó, y el sonido nítido de los huesos al romperse no era el que escuchó Wen Xiaoyan. Sintió que alguien había agarrado fácilmente el puño que había lanzado.
«Wen Xiaoyan, ¿cómo piensas golpear con precisión si tienes los ojos cerrados?» dijo una voz con un tono divertido.
Un par de ojos de flor de durazno2 lo miraban con evidente diversión. Al ver al dueño de esa mirada, a Wen XiaoYan le empezó a doler la cabeza y, apretando los dientes, espetó: «Shen Chuxing, ¿por qué demonios siempre me persigues como un maldito fantasma3?»
Aquel hombre parecía un poco ofendido: «Hace mucho que no nos veíamos, ¿no? Es que acabo de volver al país y…».
Wen Xiaoyan no tenía ganas de escuchar lo que tenía que decir, así que se abalanzó sobre él y agarrró el cuello del gordo.
«¿Dónde está Shi Wen? ¡Dime!»
Los ojos de Shen Chuxing se oscurecieron. El hombre gordo sintió como si la mano que lo apretaba fuera un par de alicates de hierro, y el agarre se apretó cada vez más. Gritó de dolor.
«¡¿Cómo te atreves a tenerlo encerrado en ese lugar?!»
«Wen Xiaoyan, ¿quieres mori…?!»
«Oh, lo siento,» dijo Shen Chuxing con una sonrisa, aunque sus ojos rebosaban una absoluta sinceridad «Se me fue un poco la mano sin querer.»
******
«Shi Wen tiene que ir al hospital». Después de todo, era el amigo de Shi Wen, así que Shang Yu, a pesar de dirigirle una mirada hostil, terminó por responderle.
«¡Si alguien tiene que llevarlo a cuestas, ese soy yo!», exclamó Wen Xiaoyan con los ojos muy abiertos, «¿Quién sabe qué malas intenciones tienes? ¡Ni que no supieras el miedo que te tiene Shi Wen!»
«¡Oye!»,gritó Wen Xiaoyan. Al ver que Shi Wen tenía incluso los labios pálidos y el ceño fruncido como si sufriera un gran dolor, decidió que no podía perder el tiempo discutiendo por eso. Apretó los dientes y lo siguió a toda prisa.
«Oye, pequeñín, ¿quieres que te eche una mano?»
«¡No es necesario!»
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