—¿Me estás diciendo que tú compraste la cama? Apenas la trajeron ayer. Mira que mandarla a hacer con diseño y todo… Bueno, no es que seas el único exagerado en el mundo… Por cierto, ¿ya acordaron que van a compartir la habitación? Es que como apenas hoy se enteró de que vivirían bajo el mismo techo…
A pesar de escuchar los parloteos del empleado, Sin-yul no se dignó a responder; se limitó a recostar a Hee-young en la cama con sumo cuidado.
En cuanto vieron que ese rostro de por sí pálido se ponía aún más blanco, casi como el de un fantasma, mientras el chico soltaba débiles quejidos, los empleados captaron la indirecta y desaparecieron del lugar sin siquiera despedirse. Esto se debió a que la expresión de Sin-yul se había vuelto escalofriante. Su rostro, que no había dejado de sonreír con dulzura incluso cuando lo tenían agarrado de las greñas, se transformó en una máscara gélida y aterradora.
Solo cuando el entorno quedó en absoluto silencio, Sin-yul relajó el entrecejo fruncido. Contemplando a Hee-young, quien ya respiraba de forma suave y acompasada, acomodó su propio cuerpo en la cama con extrema precaución.
Al percibir una masa densa y enorme recostándose a su lado, Hee-young se acurrucó instintivamente buscando el calor del pecho de Sin-yul. Era un hábito que había adquirido de forma natural tras pasar varias semanas compartiendo la cama con él, sin saber, en el hospital.
Sin-yul rodeó con fuerza ese físico delgado entre sus brazos. Sintió un leve forcejeo, como si el chico se sintiera un poco sofocado, pero Sin-yul no disminuyó la fuerza de su agarre. Desde el primer instante en que lo vio hasta el día de hoy, no le había quitado los ojos de encima ni un solo segundo; para Sin-yul, Hee-young seguía luciendo deslumbrante y radiante.
Le acomodó con delicadeza los mechones de cabello alborotados y le plantó un tierno beso en la frente bien formada. Con esa piel tan blanca que parecía la de alguien que jamás en su vida había recibido la luz del sol y esos rasgos tan finos, Hee-young lucía tan frágil que, si uno lo miraba en un lugar muy iluminado, daba la impresión de que desaparecería en cualquier instante. Sin-yul detestaba esa sensación. Le aterraba la idea de que este chico, que había aparecido ante él como un auténtico milagro, pudiera esfumarse sin dejar rastro de un momento a otro; temía que haberle permitido saborear una esperanza tan dulce fuera solo una cruel mentira, y que el chico terminara abandonándolo sin el menor remordimiento para arrojarlo de vuelta a una vacuidad eterna.
Incluso le desagradaba verlo dormir así, como si estuviera muerto. Sin-yul, quien se había limitado a contemplar exclusivamente su rostro dormido durante semanas en el hospital, experimentó un escalofrío indescriptible ahora que podía interactuar con un Hee-young que abría los ojos de par en par y lo miraba directamente. No le importaba si el chico se la pasaba quejándose por su debilidad, si lo trataba mal o si insistía en el absurdo cuento de que era un señor de cuarenta años. Mientras permaneciera a su lado, absolutamente nada de eso era un problema.
Debido al historial de misiones de alto riesgo que manejaba, el Centro se había tomado muy en serio los síntomas de trastorno mental de Hee-young. Los altos mandos habían entablado debates absurdos sobre si era prudente o no asignarlo al valioso Esper de Clase S, manteniéndolo retenido en las instalaciones; sin embargo, Sin-yul simplemente los mandó al diablo, salió del Centro y se dedicó a vigilar cada uno de los movimientos de Hee-young. Tratándose del único ser sobre la Tierra capaz de complementar su inestable existencia, no había necesidad de andar con rodeos, evaluaciones ni vacilaciones. Este chico era su única salvación.
Si el cuerpo de Hee-young enfermaba, Sin-yul pondría el mundo de cabeza con tal de traerle la medicina; y si el chico se ponía a gritar furioso porque este universo desafiaba todo su sentido común, Sin-yul sería capaz de destruir esta realidad con tal de moldearla a sus gustos exactos. Con la única condición de que se quedara a su lado.
Mientras continuaba depositando un beso lleno de devoción tras otro en su frente, Sin-yul percibió cómo ese cuerpo, que hasta hace un momento permanecía relajado y dócil, de pronto se tensaba y se estremecía levemente. Al darse cuenta de que el chico por fin había recuperado el sentido, Sin-yul entrecerró los ojos con una sonrisa y, bajando el rostro con picardía, susurró con voz ronca muy cerca de sus labios:
—¿Puedo besarte en la boca?
—¡¿Acaso estás mal de la cabeza?! ¡Claro que no!
En cuanto esos ojos redondos se abrieron de par en par y el chico frunció el ceño con severidad, Sin-yul intensificó su sonrisa y le plantó un rápido y tierno beso directo en los labios. Al sentir el contacto de unos labios suaves y húmedos contra los suyos, Hee-young se quedó completamente helado, con una expresión de absoluto shock.
Aprovechando el momento, Sin-yul unió sus labios un par de veces más, soltando pequeños y sonoros besos, lo que hizo que Hee-young comenzara a patalear y a soltar manotazos desesperados contra ese pecho firme como una roca. Sin-yul sometió ambos brazos del chico con una sola de sus manos mientras mantenía una sonrisa radiante de oreja a oreja.
—¡Pedazo de… de demente! ¡Estás completamente desquiciado! ¡Tú… tú…!
—¿Qué tal si mi princesa se vuelve a desmayar? ¿Mmm? Si te vuelves a poner mal, me vas a romper el corazón.
—¡¿Acaso no me vas a soltar?! ¡¿Eh?! ¡Maldito pervertido de mierda, eres un…!
Al verse víctima de lo que para él era el primer acoso sexual de su vida, el rostro de Hee-young se encendió en un vivo tono carmesí mientras forcejeaba con todas sus fuerzas; sin embargo, le era matemáticamente imposible competir contra la fuerza bruta de Sin-yul. Sosteniendo ambas muñecas del chico con una sola mano, Sin-yul usó su brazo libre para estrechar contra su pecho a ese pequeño físico que se retorcía con desesperación, dándole suaves palmaditas en la espalda para calmarlo. Ante semejante descaro, Hee-young sentía que se iba a morir de la pura rabia.
«¡Maldito lunático de mierda! ¡Debí haberle acomodado un buen puñetazo en la cara en cuanto desperté!», se lamentó Hee-young para sus adentros.
Había sentido una sensación sumamente extraña cuando esos dedos acariciaron su rostro con tanta delicadeza y le depositaron aquel beso cargado de melancolía; por eso, midiendo la situación, prefirió seguir haciéndose el dormido. Al ver que ese sujeto, que no hacía más que soltar comentarios desquiciados con una sonrisa desde el momento en que se conocieron, de pronto temblaba sutilmente mientras lo tocaba, Hee-young se desconcertó. Sumido en una repentina cursilería barata, se preguntó si alguna vez en su vida alguien lo había tocado con tanto esmero y delicadeza, ¡y miren en qué tremenda catástrofe había terminado su momento de debilidad emocional!
Hee-young temblaba de la pura impotencia y frustración. Por supuesto, que un señor con colmillo retorcido y amplia experiencia en la vida se pusiera a rabiar como si fuera una virgen ofendida resultaba un tanto ridículo; pero él era, de forma categórica y absoluta, un hombre heterosexual. En sus épocas de la mafia, cada vez que sus subordinados; esos infelices que ya le habían entrado al asunto de abrazar hombres, se le acercaban de forma picarona a decirle: “Jefe, eso de allá es el auténtico paraíso, ¿por qué no se anima a probarlo usted también?”, él siempre les clavaba una mirada asesina y les daba la espalda con total desprecio.
¡¿Y ahora resultaba que un mocoso que bien podría ser su hijo le acababa de robar un beso en los labios?! ¡Y para colmo, sin que él pudiera oponer la más mínima resistencia física!
La humillación y la furia eran tales que el rostro de Hee-young se puso aún más rojo. Mientras clavaba una mirada feroz en Sin-yul y resoplaba con violencia, el Esper le plantó un último y sutil beso en la mejilla antes de soltar un lánguido suspiro.
—Hee-young… Esa expresión que tienes ahora mismo es sumamente candente. Siento que se me va a parar.
—Te voy a matar, infeliz. Y ya te dije que me llames “ahjussi”.
—Sí, ahjussi. Mátame entonces. Te lo digo en serio.
—Ay, por el amor de Dios… ¿Qué carajos se supone que deba hacer con este maldito loco? Me va a dar un derrame cerebral.
Tras pasar un par de minutos más forcejeando y discutiendo cuerpo a cuerpo, la débil resistencia de Hee-young por zafarse del agarre de Sin-yul terminó por agotar todas sus energías. Finalmente, con el cuerpo completamente flácido y rendido, Hee-young murmuró entre dientes:
—Vaya, no puede ser, carajo… Este maldito mocoso tiene una fuerza descomunal; es imposible ganarle.
—Para nada. Si yo siempre me dejo ganar si se trata de mi princesa.
—¿Dejarse ganar…? Sí, cómo no… A ver, tu preciada princesa está a punto de estirar la pata justo ahora, ¿así que podrías hacerme el favor de soltarme? Te juro por mi madre que no me voy a enojar.
—Puedes enojarte todo lo que quieras. Te ves muy sexy cuando lo haces.
—Te prometo que no me voy a enojar, carajo.
En cuanto Hee-young habló con esa voz que parecía más bien un último aliento de vida, Sin-yul finalmente disminuyó la fuerza de su agarre con una expresión de evidente decepción; momento que Hee-young aprovechó para soltarle un rápido puñetazo. El pequeño puño impactó con un ¡paf! contra el pecho de Sin-yul, pero debido a su total falta de fuerza, el golpe pareció más bien el tierno berrinche de un niño. Al ser un hecho evidente tanto para Sin-yul como para el propio Hee-young, el rostro de este último se desfiguró en una mueca de absoluta frustración, mientras que la sonrisa del Esper se volvió todavía más intensa.
—Ay, por el amor de Dios, miren a este infeliz… miren cómo se burla en mi maldita cara. El verdadero lunático desquiciado está justo aquí en frente, ¿dónde más iba a estar? De ahora en adelante, hazme el favor de ir tú al psiquiatra en mi lugar.
—Sí, la verdad es que estoy completamente loco por ti. Vayamos juntos al psiquiatra entonces.
Ignorando olímpicamente las sandeces de Sin-yul, Hee-young levantó la muñeca que hace un momento tenía inmovilizada para examinarla. Justo por encima del reloj inteligente se alcanzaba a ver una marca de un rojo intenso que, a todas luces, se convertiría en un moretón muy pronto.
Sin-yul clavó la mirada en la muñeca de Hee-young y, con un rostro lleno de absoluta satisfacción, comenzó a acariciar la marca rojiza con total delicadeza.
—¿Te da gracia? ¿Te estás riendo después de dejarme el brazo hecho una miseria?
—Es porque es una marca que te dejé yo. Se ve hermosa.
—Vaya, de verdad… ¿Qué carajos te pasó en la vida para que terminaras así de demente?
Hee-young chasqueó la lengua con fastidio. Habiendo pasado media vida formándose en los entornos más hostiles de la mafia, una marca de esa magnitud no era nada que pudiera asustarlo; sin embargo, ver a este sujeto sonreír tras lastimarle la muñeca le causaba un ligero escalofrío. En su organización criminal, ese era exactamente el tipo de calaña que escalaba hasta los puestos más altos: sujetos despiadados que no medían las consecuencias de sus actos y que carecían por completo de sentido común o de conciencia.
Hee-young se sacudió la muñeca con total desapego y se impulsó para levantarse de la cama de un salto. Los empleados habían insistido con orgullo en que se trataba de una propiedad completamente nueva y de excelente categoría, y vaya que tenían toda la razón. Al echar un vistazo a través del enorme ventanal de la habitación principal, pudo contemplar un hermoso jardín cubierto de césped, lo que delataba que la vivienda era en realidad una enorme casa de campo unifamiliar.
«Considerando que está en las afueras de Seúl, que nos den una casa de campo entera a dos hombres solos… vaya que tenían motivos para presumir con tanto orgullo», pensó Hee-young, reconociendo finalmente el esfuerzo del personal del Centro mientras salía de la habitación arrastrando los pies para explorar el lugar.
—¿Para qué carajos quieren una cocina de este tamaño dos tipos solos? ¿Acaso nos vamos a poner a cocinar? Por cierto, ¿aquí llegará el servicio a domicilio? A ver, ¿este lugar qué es, el baño? ¿Tienen tres baños completos? Nada mal, de hecho. Y la tina es enorme… Ah, carajo. De verdad que no tengo las más mínimas ganas de abrir ese clóset. Miren nada más esta ropa… ¿En qué cabeza cabe comprar tanto color rosa? Este infeliz de verdad perdió el juicio, mira que comprar puras porquerías de este estilo…
Gracias a los sentidos sumamente desarrollados que caracterizaban a los Espers, Sin-yul permanecía recostado en la cama escuchando con meticuloso esmero cada uno de los murmullos y quejas que Hee-young soltaba a la distancia, soltando una risita ahogada cada vez que el chico se quejaba de algo. Ah, la felicidad que sentía en ese momento era tan inmensa que sentía que no le importaría morir ahí mismo.
Hee-young continuó su inspección subiendo hasta el segundo piso, pero a medida que abría las puertas de las habitaciones, sus comentarios comenzaron a disminuir drásticamente. Solo cuando terminó de revisar hasta el último de los cuartos, bajó las escaleras a toda prisa haciendo retumbar sus pasos y entró azotando la puerta de la habitación principal.
—¡Oye! ¿Qué pendejada es esta? ¿Tú hiciste esto, verdad? ¿Eh? ¡Responde!
—¿Mmm?
—¡¿Por qué carajos hay una sola habitación con cama en toda la maldita casa?! ¡Si se supone que somos dos personas!
Mientras Hee-young le reclamaba bufando de la pura rabia, Sin-yul se limitó a entrecerrar los ojos con una sonrisa angelical.
—Princesa, ¿puedo besarte en la boca?
—Ah, carajo…
***
Tras descansar profundamente por unos dos días, su condición física finalmente mejoró lo suficiente como para permitirle realizar actividades al exterior. Definitivamente, andar lidiando a cada momento con este cuerpo debilucho era todo un dolor de cabeza.
Para su sorpresa, aunque Sin-yul no cocinaba con un sazón espectacular, sabía preparar un par de platillos, lo que evitó que murieran de hambre. Además, parecía que habían contratado a un administrador para encargarse de las tareas del hogar, ya que cada vez que Hee-young se despertaba de sus siestas, en las que dormitaba como un pollo enfermo, descubría que la mesa estaba servida con varias guarniciones frescas y que la casa, que se desordenaba en apenas un día, volvía a estar impecable. “A fin de cuentas, el dinero lo resuelve todo…”, llegó a murmurar entre dientes al ver el lujo.
Vistiendo una coqueta sudadera con capucha de color azul celeste y un chaleco de lana blanca, Hee-young volvió a caminar con paso vacilante y una expresión de total desagrado.
«¿Por qué carajos este mocoso compra pura ropa de este estilo?», pensó para sus adentros, llegando a la conclusión de que, a pesar de su apariencia pulcra y bien parecida, el Esper tenía un gusto de perros para la moda. Sin embargo, en cuanto vio a Sin-yul aparecer vistiendo una playera lisa sumamente sobria y limpia, Hee-young comenzó a pegar gritos otra vez, exigiéndole con berrinches que le entregara esa prenda. Pero tras salirse con la suya y ponerse la playera de Sin-yul a la fuerza, Hee-young se miró en el espejo y, al ver el resultado, prefirió ponerse la sudadera azul celeste de vuelta sin protestar.
—¿Por qué te la quitaste? Te veías sumamente tierno con mi ropa.
—Olvídalo… No tengo la menor intención de andar por ahí pareciendo un niño chiquito que se puso la ropa de su papá.
—A mí me parecía que te veías como si trajeras puesta la playera de tu novio; estaba perfecto.
—Eso es peor.
A pesar de que Hee-young frunció el ceño con severidad, Sin-yul soltó una carcajada como si todo le pareciera maravilloso y estrechó el cuerpo del chico con fuerza entre sus brazos.
Hee-young soltó un “¡Ah, carajo!” entre dientes, pero no protestó contra el abrazo en sí. Según lo que le habían explicado, el muchacho tenía que pegársele de esa forma para poder sobrevivir, y él no era un hombre tan desalmado como para darle la espalda a un jovencito que solo intentaba salvarse la vida.
Bueno, en sus viejos tiempos el prójimo le habría importado un bledo, pero a medida que los años pasaron y se alejó de los asuntos turbios de la organización, el temperamento de Hee-young se había ablandado un poco; por eso, aunque mantenía el rostro fruncido, soportaba el peso de ese enorme físico que lo envolvía sin rechazarlo.
«En fin, supongo que tanto para ti como para mí es difícil sobrevivir en este maldito mundo de locos.»
Durante los dos días que pasaron conviviendo cuerpo a cuerpo, Sin-yul se había mostrado sumamente dócil, manso y servicial, respondiendo siempre con un educado “Sí, sí, ahjussi”, esforzándose al máximo por cumplir cada uno de sus caprichos y atenderlo con total devoción para que no estuviera incómodo. Al ganarse su simpatía, Hee-young no pudo evitar sentir una pizca de compasión al verlo aferrarse a él con tanta melancolía.
Con un rostro tan bien parecido y habilidades tan extraordinarias, en un mundo normal este muchacho habría sido un actor o una celebridad que ganaría dinero en gran cantidad; pero haber nacido y crecido en este universo extraño lo obligaba a mendigar por su vida aferrado al cuerpo de otro hombre. Al encontrar la situación un tanto lamentable, Hee-young dio un par de palmadas de consuelo en esa espalda ancha.
¿Pero exactamente hasta cuándo planeaba quedarse así?
—Si ya terminaste con lo tuyo, vámonos.
—Sí.
Por supuesto, todo esto no era más que una compasión unilateral por parte de Hee-young, quien no tenía la menor idea del significado de ese 90% de guiding que brillaba con nitidez en la pantalla de su reloj inteligente; mientras tanto, Sin-yul, habiendo sacado el máximo provecho de sus intenciones ocultas, no hacía más que sonreír de oreja a oreja.
Al contemplar esa sonrisa radiante en un rostro tan apuesto, Hee-young chasqueó la lengua, pensando: «Bueno, supongo que puedo hacer esto por él. Tampoco es para tanto, es como criar a un hijo». Con esa mentalidad, se puso en marcha con rumbo al Centro.
—Mucho gusto, estimados Sin-yul y Hee-young. Mi nombre es Jung Ha-ram y seré el Guía a cargo de su entrenamiento.
Un hombre bien parecido y de aspecto pulcro entró a la sala, dedicándole a Hee-young una sonrisa sumamente benevolente y profesional.
—Para comenzar, iniciaremos con algo sencillo: un proceso de guiding a través de las mucosas mediante un beso.
«¡Pero a los hijos no se les besa en la boca, maldito mundo de dementes!»
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