Abriendo de par en par sus ojos por la sorpresa, Hee-young fue incapaz de articular palabra, limitándose a abrir y cerrar la boca como un pez fuera del agua.
—Sin embargo, podría tratarse de un síntoma temporal o de una reacción lógica tras haber sobrevivido a un accidente tan grave. Así que, por lo pronto, ¿qué le parece si procedemos con un estudio cerebral? Todo estará bien. Podrá recuperarse.
Dado que el médico evitó ser directo y se expresó con un tono excesivamente condescendiente, Hee-young frunció el ceño.
—A ver… ¿Entonces me estás diciendo que es algo como amnesia o una porquería así?
Eso es imposible… No había ningún recuerdo que hubiera olvidado. Lo único real era este maldito mundo de locos y el cuerpo de un mocoso debilucho al que no conocía de nada.
—Ehm… No es exactamente eso. Le iremos explicando los detalles poco a poco a través de las sesiones de terapia. Por lo tanto, no es de extrañar que el sentido común que usted posee ahora mismo no coincida con el nuestro. No se someta a un estrés innecesario; si hay algo que no sepa, pregúntenos sin dudar, y si tiene sospechas, puede ponerlo a prueba de inmediato.
Tras terminar de hablar a toda prisa, el médico se despidió con una cortés reverencia y, como si tuviera algo importante que discutir, llamó a los empleados para salir de la habitación todos juntos en estampida.
Aunque Hee-young notó que el doctor había evitado deliberadamente darle una explicación detallada sobre el intercambio de cuerpos, pensó que un hombre de ciencia tan educado sabría lo que hacía. Ignorando los papeles que caían al suelo con un crujido, se cubrió por completo con la manta y se dejó caer en la cama. A decir verdad, dudaba que este cuerpo tan blando pudiera resistir más tensión, aunque el médico le hablara con la verdad justo ahora.
«Vaya, ese doctor resultó ser bastante competente. Le pido una disculpa por haber pensado que era un matasanos.»
Completamente exhausto, Hee-young cerró los ojos y, disfrutando del repentino silencio en el ambiente, comenzó a ordenar el torbellino de pensamientos en su cabeza.
«Espera, pensándolo bien, es imposible que un médico entienda un fenómeno místico como este. Claro, ¿cómo demonios va a explicar la ciencia que un alma caiga de la nada en un mundo extraño y ocupe otro cuerpo? Como no pudo hallar una explicación lógica para esta situación tan bizarra, su única conclusión fue que perdí la cabeza.»
Al llegar a esa conclusión, su cuerpo se relajó aún más, invadido por una agradable somnolencia.
«Por ahora… sí, por ahora fingiré que le hago caso al médico mientras busco la forma de regresar a mi mundo. Al fin y al cabo, dicen que aquí hay mocosos con habilidades asombrosas.»
Abrió los ojos de golpe. Así es: o él se había vuelto loco, o el mundo se había desquiciado. Una de las dos opciones era una verdad absoluta, y él sabía que estaba perfectamente cuerdo. Por lo tanto, el que estaba loco era el mundo y punto. Pensar en ello con la cabeza fría le provocó una risa irónica.
«Ja, no me jodan… ¿Que yo soy el enfermo mental? Los enfermos son ustedes, malditos dementes. ¿Acaso tiene sentido común que dos hombres se anden tocando y frotando para curarse y usar superpoderes? Por favor.»
Hee-young esbozó una sonrisa burlona. En realidad, le importaba un bledo cómo siguiera funcionando este mundo decadente. Lo único que necesitaba era regresar a su cuerpo original, al mundo donde su sentido común sí valía.
Por supuesto, su verdadero cuerpo estaba en una situación sumamente crítica tras haber sido apuñalado; de hecho, cabía la posibilidad de que hubiera muerto y por eso había despertado en este físico tan insignificante. Sin embargo, decidió no romperse la cabeza con asuntos tan complejos por el momento. Ya tenía demasiados problemas encima como para ponerse pesimista, y el derrotismo no iba con el estilo de Hee-young.
Cuando los empleados abrieron la puerta con cautela y entraron a la habitación, se toparon con Hee-young sonriendo mientras apretaba el puño con determinación, lo que les hizo poner una mueca de extrañeza.
—¿Por qué rayos se está riendo ahora? Ya me está dando un poco de miedo… —Susurró uno.
Al notar que los empleados lo miraban con evidente recelo, Hee-young soltó otro largo suspiro. «En fin… Parece que tendré que sobrevivir haciendo de niñero de un mocoso y compartiendo espacio con él, pero bueno, tampoco es que me estén obligando a cruzar la línea desde el primer día». Tras el tremendo impacto que le causó la explicación sobre el guiding a través del acto sexual, el cerebro de Hee-young ahora consideraba que algo como tomarse de las manos era una absoluta niñería.
La vida pasada de Hee-young no había sido precisamente un camino de rosas. La mentalidad de un hombre de casi cincuenta años que ya había visto lo peor de la humanidad era sumamente sólida. Aunque en su perra vida había hecho algo tan cursi como tomarle la mano a otro hombre o darle un abrazo, ¿qué cosa no sería capaz de hacer con tal de ganarse el pan y sobrevivir?
—Bien. Terminen de contarme. ¿Qué se supone que pasa con ese tal guiding?
Ante la pregunta de Hee-young, los rostros de los empleados se iluminaron al instante. Como el chico había mostrado un rechazo tan violento hacia el guiding y el diagnóstico del médico sobre su salud mental había sido bastante alarmante, los empleados temían tener que posponer su traslado al Centro; sin embargo, al ver este drástico cambio de actitud, su entusiasmo se avivó de inmediato.
Por ahora, como se alteró tanto con el contacto físico, se saltarían esa parte de la explicación. De eso ya se encargaría Sin-yul. Al fin y al cabo, engatusar al Guía para recibir el guiding es tarea del Esper. Ellos solo debían cumplir con su rol de supervisores para asegurarse de que no surgieran problemas mayores. Lo primordial era llevarlo al Centro. Ambos se intercambiaron una mirada de complicidad absoluta.
Sin tener la menor idea de la tremenda jugada que tramaban los empleados, Hee-young escuchaba el parloteo de los jóvenes como quien oye llover, pensando con total ingenuidad: «Sí, claro, ¿a poco voy a tener que besarlo? Con que le tome la mano bastará».
***
La herida de la puñalada sanaba a un ritmo desesperantemente lento. Este maldito cuerpo, a pesar de ser joven y tierno, era tan debilucho que el menor movimiento lo dejaba sin aliento y le provocaba mareos. Incapaz de adaptarse a una condición física tan lamentable, Hee-young no hacía más que quejarse y perder los estribos.
Por supuesto, como carecía de la fuerza necesaria, sus reclamos se limitaban a puros rezongos de dientes para afuera; sin embargo, para alguien que solía medir más de un metro ochenta, poseía una complexión el doble de robusta que el promedio y se movía con total libertad en los escenarios más rudos del bajo mundo, encontrarse en el extremo opuesto de salud le generaba una frustración absoluta.
Haber corrido despavorido el primer día que despertó en este cuerpo fue un auténtico milagro. Si le pidieran que corriera ahora mismo, sería completamente incapaz de hacerlo.
Para colmo, no importaba cuánto durmiera, siempre se levantaba sintiéndose pesado. Era como si hubiera pasado la noche aplastado o doblado en un espacio minúsculo; cada mañana amanecía con el cuerpo rígido y dolor muscular. En ocasiones, incluso llegaba a sentir la extraña sensación de que alguien lo observaba. «¿Sufro de parálisis del sueño? Supongo que cuando el cuerpo está debilucho, uno experimenta todo tipo de pendejadas», pensaba con él rostro fruncido por el fastidio. En fin, era un cuerpo que no tenía ni un solo detalle que fuera de su agrado.
Al menos, la única ventaja era que su cerebro estaba intacto. Cuando le informaron que no se había detectado ninguna anomalía en la resonancia magnética, se sintió sumamente aliviado. “¿Ya ven? ¡Claro, si el que está loco no soy yo, sino este maldito mundo!”, había gritado, convencido de que tenía la razón e ignoró por completo la aclaración del médico, quien le explicó que algunos pacientes con su misma condición no mostraban alteraciones visibles en las resonancias o tomografías. Lo único que le importaba era seguir trazando su plan para regresar a su mundo original.
Incluso después de asimilar que se trataba de un universo completamente distinto, Hee-young se negó a perder la esperanza e intentó buscar información sobre la organización criminal a la que pertenecía; sin embargo, en este maldito mundo, los gángsters y los maleantes habían sido exterminados por completo por culpa de unos justicieros con superpoderes. Según decían, ante el caos global desatado por la aparición de los monstruos, el gobierno erradicó los crímenes de alto impacto para prevenir delitos mayores, dando como resultado una sociedad donde las mafias eran inexistentes e incluso planear un crimen era una tarea sumamente compleja.
Con la esperanza de averiguar si existía un “Ryu Gwan-tae” en esta realidad, Hee-young solicitó que rastrearan sus datos personales; pero en cuanto confirmó que su nombre ni siquiera figuraba en los registros, su único deseo fue hallar la forma de volver a su verdadero mundo lo antes posible.
Mientras su tratamiento psiquiátrico se programaba a largo plazo y la herida de su abdomen se recuperaba a duras penas, Hee-young, quien ya estaba a pocos días de ser dado de alta, caminaba a paso lento de regreso a su habitación. A medida que se aproximaba el día de salida, su mente se volvía un manojo de nervios.
Le preocupaba enormemente qué tan distinto sería el mundo exterior en comparación con el que conocía. Que la gente común usara superpoderes como si fueran los protagonistas de una película de ciencia ficción ya ni siquiera era el problema principal. Cuando escuchó por primera vez sobre el bizarro fenómeno de las “mazmorras”, de las cuales brotaban monstruos a diestra y siniestra y sin previo aviso, sintió que se le iba a salir el corazón del susto.
A juzgar por lo que le contaban, el exterior parecía un infierno híbrido donde imperaban la promiscuidad y las invasiones de criaturas monstruosas. En una sociedad donde nadie sabía cuándo ni dónde aparecería un monstruo, parecía que todos habían perdido el juicio: según decían, a hombres y mujeres les daba exactamente igual y, con tal de que hubiera química, besarse era el asunto más insignificante del mundo.
«Vaya, es que de verdad esto es el colmo del descaro…»
Tras dar una sola vuelta por el hospital a modo de ejercicio y quedar exhausto, abrió la puerta de su habitación y se topó con un gentío de desconocidos, entre los cuales distinguió un par de rostros familiares. Era el personal del Centro que solía visitarlo.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué trajeron a tanta gente?
—¡Ah, señor Hee-young! Veo que salió a caminar. ¿Le resultó muy pesado?
—Sí, bueno… Estuvo jodidisimo, mocoso. Pero ya dime, ¿quiénes son todos ellos?
Al ver a Hee-young jadear con una silueta que inspiraba lástima, el asistente Sung habló con un tono compasivo, pero reaccionó de inmediato al notar el evidente fastidio en la voz del chico:
—¡Ah! Es que, tras hablar con el personal médico, nos informaron que ya está listo para ser dado de alta. Así que venimos a asistirlo con el trámite y a guiarlo hacia su nueva residencia oficial.
—¿Ah, sí? Hubieran avisado con tiempo; no entiendo por qué caer de sorpresa y en manada…
Ante el reclamo de Hee-young, el asistente Sung sonrió con evidente incomodidad.
—Bueno, es que a nosotros también nos habría gustado llevar el proceso con calma según su estado de salud, señor…
«Pero hay un infeliz por aquí que da la impresión de que va a desatar una catástrofe de proporciones monumentales en cualquier segundo…»
El asistente Sung miró de reojo a Sin-yul, quien se erguía imponente como una torre en medio del grupo de empleados. Al ver que los demás trabajadores ya habían conseguido la firma de Hee-young en los documentos necesarios para la expedición de actas de poder y cartas de consentimiento, Sung anunció a toda prisa que iría a liquidar la cuenta del hospital y salió de la habitación a paso veloz.
Contemplando con la mirada cansada a la multitud que había entrado como un torbellino y ahora se retiraba en desbandada, Hee-young caminó arrastrando los pies hacia el baño, rompiéndose los sesos por saber qué se suponía que debía preparar para el alta médica.
A pesar de que el resto del personal ya se había marchado, Sin-yul, quien se había quedado en la habitación observando fijamente a Hee-young con la mirada perdida, lo siguió directo al baño.
Al percatarse de que un hombre de semejante envergadura lo había seguido de la nada, Hee-young frunció el entrecejo con severidad y lo clavó con la mirada.
—¿Qué quieres?
Ante la pregunta de Hee-young, Sin-yul esbozó una sutil sonrisa. Sus ojos se entrecerraron con dulzura, haciendo que sus largas pestañas revolotearan en el aire. Con una actitud lánguida y desinhibida, un aura de absoluta superioridad y una sonrisa radiante que se dibujaba en sus labios perfectos en armonía con su perfil afilado, el apuesto joven le sonrió con total naturalidad, lo que hizo que el rostro de Hee-young se distorsionara aún más.
«No me responde nada y, para colmo, ¿qué carajos le pasa a este infeliz que se me queda viendo a la cara y se empieza a reír solo…?»
Al cruzarse con esos brillantes ojos dorados, Hee-young recordó al “extranjero” con el que se había topado el primer día que despertó en este cuerpo; sin embargo, al ver que el tipo no decía ni una sola palabra y se limitaba a avanzar a grandes zancadas hacia él con su descomunal complexión física, Hee-young reaccionó por puro instinto: levantó la mano con fuerza, le agarró un buen mechón de su sedoso cabello negro y le asestó una patada directa en la espinilla.
A pesar de recibir el golpe con solidez, Sin-yul ni siquiera se quejó; se limitó a mantener su rostro sonriente mientras se dejaba someter con total docilidad. Tras poner una expresión como si acabara de comprender algo, se puso de rodillas en el suelo con un golpe seco, levantando la cabeza para mirar a Hee-young desde abajo sin soltarse del agarre.
—¿Te molesta que te mire desde arriba? Debiste haberlo dicho antes. Qué temperamento tan salvaje tienes, mi princesa durmiente.
—¿Qué… qué clase de demente desquiciado eres tú?
Hee-young se quedó completamente sin palabras ante la soberbia estupidez de la situación; el tipo tenía el cabello atrapado en su puño y, aun así, no dejaba de sonreírle con total devoción. Mientras ambos permanecían en ese tenso y absurdo duelo de miradas, el eco de unos pasos apresurados comenzó a resonar desde el exterior del baño.
—¡¿Sin-yul?! ¡¿Sin-yul, estás aquí?! ¡Me prometiste que no ibas a causar problemas…!
El asistente Sung y el jefe Shin irrumpieron a toda prisa en el lugar, pero se taparon la boca con ambas manos de inmediato al contemplar la escena dentro del baño con las puertas abiertas de par en par. «A ver… ¿Quién se supone que está causando el problema aquí exactamente?».
En cuanto vio a los empleados, Hee-young sacudió el mechón de cabello que aún tenía sujeto en su puño con fuerza y exigió una explicación:
—¡¿Y este idiota quién es?!
—Mmm… Soy el esposo de la princesa…
—¿Este tipo está loco o qué le pasa?
Ante las palabras de Sin-yul, Hee-young miró a los empleados que estaban detrás y les preguntó con evidente incredulidad. Aunque se había esforzado por sonar lo más “amable” posible, su tono seguía siendo igual de rudo y agresivo.
«¿Quién, señor? ¿Él o la persona que acaba de someter a un Esper de Clase S mientras le arranca los pelos?», pensaron para sus adentros por la incredulidad.
—¡Les estoy preguntando algo!
—Ah…
Los empleados, incapaces de articular palabra, se limitaban a alternar sus miradas entre ese rostro juvenil, que insistía en que era un señor de cuarenta años, y el rostro de Sin-yul, el famoso “desastre absoluto” del Centro. Se quedaron mudos, cerrados como ostras.
—¿Acaso es un chico del pabellón de al lado? Llévenselo de aquí. Para ser un tipo joven, está loco de remate.
Tras soltarlo con brusquedad, Hee-young empujó con fuerza la cabeza de Sin-yul, pero este no se movió ni un milímetro. Sin-yul solo observó con tristeza cómo la mano de Hee-young se apartaba.
—Eh… bueno…
Al ver que los empleados solo emitían gemidos de incomodidad sin ofrecer ninguna respuesta útil, Hee-young golpeó con un dedo la frente bien formada de ese sujeto apuesto que seguía arrodillado frente a él, y volvió a presionar a los empleados:
—¿Qué hacen ahí parados? ¡Les dije que se lo llevaran!
—Vaya, mi princesa. Te ves realmente sexy cuando te pones así.
«No, es que este infeliz de verdad…»
—Escúchame, niñato, ¿qué edad tienes?
—¿Tienes curiosidad por mí?
—Todavía es un mocoso y encima me contesta. Y no me digas más “princesa”, ¿eh? ¿Quién te crees que eres?
—Entonces dime tu nombre. Te llamaré por tu nombre.
Sin-yul soltó una risita suave y agarró la mano con la que Hee-young le golpeaba la frente. Tenía una fuerza tan descomunal que, por más que Hee-young intentó sacudirse para liberarse, no logró moverla ni un centímetro. Ignorando olímpicamente las súplicas de Sin-yul para que le dijera su nombre, Hee-young estalló contra los empleados:
—¿Qué hace este tipo merodeando por aquí? Si le falla el juicio, ¡tírenlo en el pabellón de psiquiatría de una vez!
Mientras Hee-young protestaba, los empleados comenzaron a susurrar entre dientes:
—Vaya, Sin-yul está usando sus artes de zorro…
—Ya lo creo, nunca pensé ver algo así. Bueno, es que ha aprendido mucho en el Centro. Está acostumbrado a ver a los Espers exponer la panza y fingir sumisión frente a sus Guías.
—Tienes razón.
Al darse cuenta de que los empleados estaban cuchicheando, estos se sobresaltaron, sacudieron sus cuerpos como si estuvieran espantando un bicho y se pusieron en posición firme.
—Ah, es que… esa persona es…
—¿Acaso no vas a soltarme? ¡Pedazo de lunático ignorante que solo tiene fuerza bruta! ¡No se queden ahí mirando como estatuas y llamen a su médico de cabecera!
—No, es que esa persona es… Es su Esper compatible, señor Yoo Hee-young… —el jefe Shin susurró esas palabras con una voz tan baja que apenas era un gemido, y Hee-young abrió los ojos como platos.
«¿Qué dijo?»
—¿Me estás diciendo que tengo que andar tocándome con este tipo?
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