—¡Hah…! ¡Cof… ahg…!
Abrió los ojos de golpe.
La aguda sensación del arma blanca atravesando su carne y revolviendo sus entrañas todavía era tan vívida que le provocó arcadas y se le puso la piel de gallina. No es que hubiera llevado una vida pacífica libre de apuñalamientos, pero era la primera vez que lo herían de forma tan profunda y repetida. Al sentir la sangre brotar a borbotones, había intuido que era el final de su vida; sin embargo, contra todo pronóstico, se las había arreglado para sobrevivir una vez más.
Moviendo las extremidades con torpeza, se palpó el costado; donde recordaba haber recibido la última y más violenta estocada, y sintió una gruesa capa de gasas y vendajes cubriendo la zona.
Empapado en sudor, logró incorporar el torso a duras penas para examinar su entorno. Se encontraba en una lujosa habitación individual de hospital.
Click.
Justo cuando intentaba sentarse con una postura incómoda, una enfermera con rostro cansado entró sin llamar y, al verlo, su expresión se transformó en puro asombro mientras corría hacia él.
—¡¿Ha despertado?! ¡Señor Yoo Hee-young! No, espere… ¡Cálmese, respire hondo! Iré a llamar al médico a cargo, ¡así que quédese un momento así! ¡Acuéstese! ¡Por favor, cálmese!
La enfermera, que parecía haber entrado solo para cambiar el suero, hablaba a toda prisa mientras la bolsa de solución goteaba, balanceándose en su mano. Con la torpeza evidente de una principiante que apenas empezaba a aprender el oficio, dio media vuelta y salió corriendo a trompicones de la habitación.
«Oye, jovencita, cálmate tú… Además, ese no es mi nombre…»
Lo pensó por un instante, pero al sentir una punzada de dolor en la herida, volvió a recostar el cuerpo en la cama.
Bueno, qué más daba. Estaba vivo, y eso era lo único que importaba, ¿no?
Levantó la mano que tenía conectada a la vía intravenosa y se frotó los ojos con fuerza. Notó una textura inusualmente blanda y suave en su piel, pero ¿qué podía saber él, que acababa de despertar? Seguro la piel se le había ablandado tras pasar tanto tiempo postrado en una cama después de haber sido apuñalado.
Una brisa agradable y fresca entraba a través de la rendija de un enorme ventanal. El clima afuera era espectacular.
Supuso que, tras haber estado a las puertas de la muerte, todo el mundo le parecía un lugar mejor. Dicen que más vale estar vivo en el fango que muerto en la gloria, así que estando recostado en una habitación de hospital de primera categoría mientras saboreaba la dulzura de la vida, ¿qué más se podía pedir?
Levantó un poco la cabeza para mirar hacia la puerta que había quedado abierta de par en par y luego observó el soporte del suero. La solución intravenosa ya se había agotado por completo, dejando la bolsa totalmente vacía; por el contrario, pudo ver cómo su propia sangre subía en dirección opuesta a través de la guía conectada al dorso de la mano que tenía apoyada en la frente.
—Cielos…
«Oye, jovencita… date prisa… ¿Cómo le vas a hacer esto a un paciente que viene de perder tanta sangre?»
Sin embargo, no sintió rabia. Que alguien con un temperamento tan explosivo y propenso a los gritos como él se mostrara tan benevolente era casi un milagro. Definitivamente, estar al borde de la muerte cambiaba a las personas.
Con el estado de ánimo que tenía en ese instante, sentía que nada en el mundo sería capaz de hacerlo perder los estribos. Al escuchar el eco de unos pasos apresurados que se aproximaban a lo lejos, cerró los ojos con total placidez.
***
La gente no cambia tan fácil.
Estaba tan estupefacto que ni siquiera podía reírse. Sintiéndose enfurecer, contuvo el aliento mientras temblaba de rabia. Como estaba acostado, pudo ver cómo las sábanas se agitaban al ritmo de su respiración agitada.
«Vaya par de médicos idiotas.»
—A ver, señor Yoo Hee-young…
—¡Qué demonios! ¿Van a seguir equivocándose con mi nombre? Vayan a revisar de una buena vez mi maldita ficha de paciente o lo que sea que tengan aquí.
Por el coraje, el acento provinciano le salió de forma natural. Se había esforzado mucho por corregirlo, pero en el bajo mundo donde se movía era sumamente difícil mantener un habla refinada de la capital, así que cuando se enojaba, ese dialecto tan marcado terminaba saliendo a flote.
Al notar que su voz al gritar sonaba extrañamente aguda y juvenil, carraspeó un par de veces para aclararse la garganta. Qué humillación; reprender al doctor con una voz tan debilucha y chillona le hería el orgullo. Se convenció de que era por estar ahí tirado en la cama.
El médico, desconcertado, volvió a hojear el historial clínico. Tras revisarlo varias veces, preguntó con el rostro rígido:
—¿Su nombre… no es Yoo Hee-young?
—¿De qué habla…? Soy Ryu Gwan-tae. ¿Dónde tiene la cabeza, doctor?
—Ah… Lo lamento. Ha sido un error de nuestra parte…
El médico que lideraba el grupo y daba las explicaciones miró de reojo a los doctores que lo seguían. Todos empezaron a revisar sus respectivos papeles a toda prisa, y el que estaba al fondo salió corriendo de la habitación.
Al ver la escena, Ryu Gwan-tae resopló con fastidio, dejando la habitación sumergida en un silencio sepulcral.
«Cielos… Qué porquería de hospital. ¿Dónde diablos estoy?»
Miró con desagrado la bata de hospital que llevaba puesta. Mientras fruncía el ceño con fuerza, jurándose a sí mismo que jamás volvería a pisar ese lugar, el joven médico que había salido regresó jadeando y habló titubeante y horrorizado:
—Este… disculpe… Usted sí es el paciente Yoo Hee-young…
—¿Pero qué sandeces dice este tipo?
Al escuchar al joven residente, los presentes pusieron caras de desconcierto. El médico de mayor edad, que iba al frente, se acomodó los anteojos y preguntó:
—Ejem… Entonces, señor Ryu Gwan-tae, ¿podría decirme qué edad tiene?
—Este año… déjame ver… Hace mucho que no cuento los años. Ah, cuarenta…
—¿Cuarenta? —murmuraron entre ellos.
—Cuarenta y siete o cuarenta y ocho, por ahí. O tal vez cuarenta y nueve.
Por dentro, Gwan-tae calculaba si ese doctor le llevaría unos diez años de diferencia, pero aun así le siguió hablando de tú con total soltura y falta de respeto. De todos modos, como nunca se había caracterizado por ser un hombre refinado ni educado, se limitó a mirar al grupo que cuchicheaba con total indiferencia.
«Bueno, supongo que habrán registrado mal mis datos. El problema con los jóvenes de ahora es que quieren hacer todo servido. Hmph. En mis tiempos…»
Mientras Gwan-tae se perdía en sus viejas y trilladas anécdotas mentales, el médico principal fingió limpiar sus anteojos, frotándolos con fuerza contra su bata mientras se daba la vuelta para susurrarle al resto:
—Salgan todos. Y pidan una interconsulta urgente con psiquiatría.
—Sí, sí. Entendido, doctor.
Incluso al ver al grupo salir en estampida, Gwan-tae se limitó a inclinar la cabeza con un gesto de total indiferencia. El médico principal se quedó mirando fijamente por última vez aquel rostro pálido y juvenil, un rostro tan agraciado que apenas parecía haber cumplido los veinte años, antes de cerrar la puerta prometiendo regresar tras verificar la información.
¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? Tras abrir y cerrar los ojos varias veces en un estado de semiinconsciencia debido al efecto de los medicamentos, la tarde ya estaba bastante avanzada.
Toc, toc.
Se escuchó un llamado cortés a la puerta y, al abrirse, entró un grupo de personas. Gwan-tae frunció el ceño al notar que, además de los médicos, había varios hombres vestidos como oficinistas.
«¿Será que el sistema de datos se arruinó por completo a nivel nacional o qué…? ¿Por qué entran tantos tipos de traje?», pensó, pero como el abdomen que una vez fue atravesado le punzaba de dolor, decidió quedarse quieto en la cama sin reaccionar. Los médicos se apresuraron a inclinar la cabecera de la cama para incorporarlo un poco.
—Ejem, ¿así que dice llamarse Ryu Gwan-tae?
—Ajá.
Un médico diferente al de la mañana le preguntó mientras hojeaba el historial clínico. De inmediato, comenzó a anotar algo rápidamente en un papel y soltó una ráfaga de preguntas:
—Su edad… está cerca de los cincuenta.
—Ah, que sí, ya te lo dije.
—Tiene un acento un poco marcado, ¿está seguro de que nació en Seúl?
—¿Cómo voy a haber nacido en Seúl? Soy originario de Naju, en la provincia de Jeolla del Sur. Crecí allá hasta pasados los veinte. Además, ¿qué no se supone que si buscan en su base de datos o lo que sea, sale todo? ¿Quieres que te dicte mi número de identificación?
Ante su fastidiada respuesta, el médico repasó con un crujido de hojas el expediente que le habían enviado desde el centro con los datos de Yoo Hee-young. Nacido en Yeonnam-dong, Seúl. El doctor rodeó ese dato con un círculo y preguntó:
—Disculpe, ¿podría dictarme su número de identificación personal?
A pesar de soltar un bufido de frustración por la pregunta, le dictó los números sin el menor titubeo. El médico los anotó a toda prisa y volvió a interrogarlo:
—¿Y a qué se dedicaba? ¿Cuál era su ocupación?
—Ah, bueno… hacía trabajos pesados.
—¿Trabajos pesados? ¿Como cuáles…?
—Es un poco difícil de explicar con palabras. Además, ya me retiré de ese ambiente, así que deja el tema.
—Le agradecería que fuera preciso con sus respuestas… Toda la información que nos brinde es confidencial por ley médica, así que no debe preocuparse por ninguna filtración.
Como el médico seguía insistiendo con tanta minucia, la paciencia de Gwan-tae finalmente se agotó y soltó un suspiro cargado de irritación.
—¡Oye, doctor! No te escucho bien, ¡así que acércate más para hablar! Carajo, ni que fuera yo un paciente con una enfermedad contagiosa.
—Ah… Lo siento.
El médico, que estaba de pie al borde de la cama, se disculpó dócilmente y dio un paso al frente. En ese instante, Gwan-tae estiró el brazo con una velocidad pasmosa, le arrebató el bolígrafo que el doctor tenía en la mano, lo sujetó por el cuello de la bata y simuló clavarle la punta del bolígrafo directamente en la yugular. Los presentes soltaron un grito ahogado de puro terror.
Soportando el agudo dolor de su propia herida, Gwan-tae presionó ligeramente la punta contra la blanda piel del cuello un par de veces más a modo de broma y esbozó una sonrisa socarrona.
—Ven, a esto me dedicaba. ¿Acaso a los doctores no les enseñan en la universidad que nunca hay que meterse con los gángsters?
Tras soltar bruscamente la bata del médico, Hee-young (o mejor dicho, Gwan-tae) tiró el bolígrafo al suelo del hospital. El médico, con el rostro blanco como el papel, se tambaleó hacia atrás mientras recogía el bolígrafo con manos temblorosas y, alejándose a una distancia prudente, comenzó a garabatear algo en el historial clínico con urgencia.
Los empleados del “Centro” que presenciaron la acción de Gwan-tae, o más bien, la de Hee-young, se pusieron aún más pálidos que el doctor.
¿Gángster? ¿Se refería a un miembro de una organización criminal? Los empleados intercambiaron miradas extrañas. ¿Qué hacemos?, se preguntaban con gestos, a lo que los otros respondían con el movimiento de labios: No tengo ni idea, joder…
¿Quién oye hablar de “gángsters” hoy en día? Se decía que existían hace muchísimo tiempo, pero… cualquier cosa relacionada con la delincuencia organizada se había erradicado tras la aparición de los Espers y el establecimiento de una fuerza pública de seguridad implacable. Eso había sido hace décadas. Ante la mención de un término que se consideraba casi extinto, los empleados sintieron que se les nublaba el juicio.
Había aparecido un Guía de Clase S después de muchísimo tiempo. La noticia de que había aparecido un Guía con una tasa de compatibilidad altísima con Han Sin-yul; aquel Esper de Clase S, el dolor de cabeza del Centro, tenía a todos revolucionados.
Aunque el chico había llegado apuñalado y sin conciencia tras un desafortunado incidente, todos esperaban con ansias su despertar. Uno de los empleados incluso había cancelado su tarde libre esperando este encuentro, pero la noticia que les llegó de inmediato fue que el estado mental del Guía era, cuando menos, cuestionable.
Habían corrido allí pensando que quizás sufría un delirio por la fiebre de la manifestación, pero al ver el estado del chico, el cual era mucho peor de lo que imaginaban, los miembros del equipo a cargo de Han Sin-yul pusieron cara de funeral.
«Diablos, esto va a ser una pesadilla… ¿Por qué es tan difícil lidiar con los Espers y los Guías en este lugar?», pensaban, mientras la interrogación del médico continuaba.
—Sí… entiendo. Le ruego que, de ahora en adelante, se abstenga de usar violencia contra el personal médico. Y… sobre lo de la puñalada, ¿cómo ocurrió?
—Ah, eso es largo de contar. Digamos que el “jovencito” al que crié me dio una puñalada por la espalda.
—¿El “jovencito”?
—Bueno, el hijo menor del presidente que me recogió siendo un pueblerino de Naju. Resulta que su carácter no sirve para nada.
Hee-young dejó de ver el bolígrafo, olvidando por completo lo que acababa de hacer, y con una expresión de desdén chasqueó la lengua. Entonces, como si se hubiera acordado de algo, empezó a mirar a su alrededor.
—Por cierto, ¿dónde está mi teléfono? Maldita sea, ese idiota de Jun-sik debe estar buscándome como loco…
El médico, mientras lo observaba, murmuraba para sus adentros: «Conducta violenta, confusión de memoria, intercambio de identidad…». Mientras garabateaba en el diagnóstico “Sospecha de esquizofrenia”, “Intermetamorfosis inversa” (un tipo de trastorno delirante) y “TID” (Trastorno de Identidad Disociativo), llamó al paciente.
—Señor Yoo Hee-young.
—¡Joder, ya les dije que ese no es mi nombre!
—¿Ha sentido alguna vez que alguien lo llama desde su cabeza, o que siente la presencia de otra personalidad, o que alguien le habla desde adentro?
Hee-young frunció el ceño. Estaba hablando de su teléfono y ellos salían con estupideces.
—¿Qué sigue? ¿Me van a preguntar si veo fantasmas?
—¿No es así?
—¿Tú crees?
Ante la respuesta cínica, el médico suspiró profundamente. Intentó lanzar un par de preguntas más, pero al confirmar que el paciente carecía totalmente de conciencia por enfermedad, tachó la nota de “TID” y pensó en la última posibilidad mientras miraba a los empleados del Centro, que seguían cuchicheando.
Quizás, como su entorno de vida fue difícil, está fingiendo para que lo trasladen a un hospital psiquiátrico porque cree que será mejor.
Si era actuación, pensó que se detendría al darse cuenta de que su situación había mejorado, así que hizo una señal al personal para que le explicaran el hecho de su manifestación como Guía y el trato que recibiría en el futuro. Los empleados se apresuraron a ponerse frente a Hee-young.
—Señor Yoo Hee-young.
—Joder, otro imbécil que no puede aprenderse un nombre de tres sílabas. ¿Qué es este lugar? Ustedes no parecen médicos.
—¿Sabe usted que ha despertado como Guía?
—¿Qué Guía? ¡Ya les dije que soy gángster!
—Ha despertado como Clase S y su Esper compatible está esperando… ¿Perdón?
La boca del empleado se abrió como la de un idiota. Viendo esa cara tan ridícula, Hee-young murmuró:
—¿Y qué demonios es un “Esper”? ¿Una medicina nueva? Me dijeron que la cirugía salió bien.
—¿No… no lo sabe?
—¿Tú qué crees?
—No puede ser, no hay forma de que no lo sepa…—, murmuró el empleado estupefacto.
Otro empleado, que estaba detrás, le dio un golpe seco en la nuca y, forzando una carcajada, continuó:
—¡Es… es posible que no lo sepa! ¡Sí!
Aunque cada ciudadano es examinado obligatoriamente cada dos años desde el nacimiento para detectar su manifestación junto con su chequeo médico, y aunque la competitividad nacional ha dependido de cuántos Espers y Guías posee un país desde hace mucho tiempo… ¿Es realmente posible no saberlo?
A Hee-young no le importó si al empleado le temblaban los labios o si el otro se había caído al suelo del golpe; como no entendía de qué hablaban, simplemente frunció el ceño.
El empleado, desesperado, empezó a explicarle los conceptos básicos de los Espers y los Guías, lo que provocó que el bello rostro de Hee-young se distorsionara de forma extraña. Sus ojos, originalmente dóciles, se tornaron agudos, emanando un aura totalmente distinta a la de cuando actuaba como un rufián.
—¿Qué rayos están diciendo?
—¿Perdón?
El empleado, que apenas estaba explicando la relación básica entre Espers y Guías, se quedó paralizado ante la pregunta de Hee-young. «¿Qué… qué parte salió mal?», pensó, aunque no habían pasado ni cinco minutos desde que comenzó la explicación.
Los dos empleados se miraron el uno al otro. “¿Me equivoqué en algo?”, “No sé, joder…”, se dijeron con los labios. Hee-young, que los observaba, miró al médico.
—¿Todos ustedes están locos?
—¿Eh?
¿Quién era realmente el que parecía estar más loco?
—No, piensen con lógica, por el amor de Dios.
—S-sí…
—¿Me están diciendo que si dos personas se tocan un poco, de repente alguien se cura y lanza superpoderes?
—¿Sí?
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.