Tan Ximian lo había dicho a propósito para ser divertido. Sabía que los arneses y las cadenas de pecho no eran algo que se usara a menudo en China, pero Yu Cheng, que solía fotografiar a gente, seguramente lo sabría. Quién iba a imaginarse que, en cuanto Yu Cheng oyó de qué se trataba, se le enrojecieron las orejas al instante. Qué divertido.
Pero, según su recuerdo, Yu Cheng en el instituto no era así, no se sonrojaba por cualquier cosa. La única vez fue cuando él le dijo a propósito que, según decían, con un piercing en la lengua, la sensación al besarse era mucho mejor.
Alguien tan formalito como Yu Cheng, al oír un tema así, ¿cómo no iba a explotar? Seguro que lo mandaría a la mierda, le diría que estaba loco y que se callara. Qué divertido, solo de pensarlo ya daba morbo.
Pero no lo hizo. En lugar de eso, sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso al instante. Y, tiempo después, terminó yendo con él a la orilla del río Qinhuai a hacerse un piercing en la lengua.
Ya estaba lo bastante abrumado, pero por suerte enseguida llegaron junto al autobús. Había más gente, todos haciendo cola para meter el equipaje en el compartimento inferior. Yu Cheng respondía mensajes con el móvil cuando, de repente, notó que la espalda se le aligeraba. Se giró y descubrió que Tan Ximian, desde atrás, había agarrado su mochila por las asas y la estaba levantando: —¿Qué llevas aquí, que pesa tanto?
Yu Cheng sintió que la escena le resultaba familiar. Sería de cuando iban al instituto, bajando las escaleras para ir a clase, y Tan Ximian, que llevaba una mochila ligera como una pluma, saltaba hacia él, le agarraba la suya y exclamaba, asombrado, que parecía que se había llevado una biblioteca entera.
—Llevo la cámara y algunos libros —respondió Yu Cheng con sinceridad.
—¿Te traes libros de viaje?—. Tan Ximian parecía no entenderlo—. No me extraña que pese tanto.
Dicho esto, soltó la mano y el peso volvió a recaer sobre Yu Cheng, como si hubiera caído de repente del cielo al suelo firme.
Llegó su turno para meter la maleta. El móvil, como no podía ser de otra manera, eligió ese momento para sonar. Mientras intentaba con ambas manos poner la maleta de lado, sostenía el teléfono entre la mejilla y el cuello, y hablaba casi con los dientes apretados.
—Mamá.
—¿Has llegado?
Hacía un momento que le había dicho por WeChat que había llegado. Pero Yu Cheng respondió con paciencia: —Sí, ya he llegado. Ahora voy a subir al autobús…
De repente, notó que sus manos se quedaban vacías. Tan Ximian le había arrebatado la maleta. Le hizo un gesto con la mano para que fuera a hablar tranquilo.
Yu Cheng le lanzó una mirada y se fue detrás del autobús para continuar la llamada: —Voy a subir al autobús, mamá.
Song Xijing era parsimoniosa; necesitaba decir todo lo que tenía que decir lentamente, como si fuera algo propio de los Song. Song Dongping también era de un carácter similar.
—Ten cuidado, no trabajes demasiado, cuídate del golpe de calor, come bien.
—Mm—. Yu Cheng asintió. Giró la cabeza para mirar el autobús. Ya quedaba poca gente fuera. Empezaba a impacientarse un poco, pero Song Xijing continuaba hablando—: Tu padre es así de genio. Ya hace siete u ocho años, es lo que hay. Hay que tomárselo con calma, no te enfrentes a él.
Al oír esto, fue cuando Yu Cheng se molestó de verdad: —Tú misma lo dices, ya han pasado siete u ocho años. ¿Hasta cuándo vamos a tomárnoslo con calma?
El motivo era que, antes de salir para Wenchang, había ido a casa de sus padres, enfrente de la Universidad de Ningbei, a comer y a recoger algunas cosas. En la mesa, todo había ido más o menos bien; ya eran expertos en esquivar los temas prohibidos. Pero el televisor no entiende de sensibilidad humana, y justo en ese momento pasaron una noticia sobre las marchas del orgullo gay en Europa.
Song Xijing se apresuró a cambiar de canal, pero ya era demasiado tarde. Yu Hanjing, con los párpados caídos, soltó un bufido despectivo: —Otra vez con sus payasadas.
Yu Cheng dejó de comer y lo miró fijamente: —¿Hay algo malo en eso?
Yu Hanjing también dejó los palillos: —Son cosas marginales, para empezar. No sé qué necesidad hay de andar presumiendo de ellas.
—Precisamente porque todavía hay gente con tu forma de pensar es por lo que hay que hablarlo.
Yu Hanjing entrecerró los ojos: —¿Gente con mi forma de pensar? ¿A qué te refieres con “mi forma de pensar”?
—Mira esta familia. Yo siendo tu padre, esta es tu madre, y luego, estás tú, que naciste porque existimos nosotros dos. Pero si en lugar de una mujer, hubiese sido un hombre…, ¿qué sentido tendría? ¿Qué diría la gente?
Yu Cheng había oído tantas veces estas palabras que le resultaban familiares, por lo que ya había aprendido a tomarlas con calma: —Entonces, mejor no me hubieras tenido. Papá, no lo digo de calentón. Ya te lo he dicho antes: quiero que tú y mamá seáis felices. Si vosotros dos no sois felices juntos, o si desde el principio hubierais sido felices con algún hombre, me parece bien. Aunque yo no estuviera de por medio, también me parecería bien.
Tras soltar este discurso, la casa entera quedó en silencio unos segundos. Fue como esos segundos previos al lanzamiento de los cohetes que investigaba Yu Hanjing: sólidos, fríos, pero a punto de ser prendidos y estallar.
Sin embargo, en ese breve lapso de vacío, Yu Cheng no estaba preocupado por las consecuencias. Solo estaba distraído. De repente, pensó que, en una situación así, tal vez si su tío pequeño estuviera presente, podría haber salvado un poco las cosas.
Seguro que su tío pequeño habría dicho: “Nuestro Yu Cheng es tan inteligente que no haría nada que le perjudicara. Incluso si sale con un chico, seguro que es el otro quien le mima”. O tal vez: “¿Y para qué queréis tener hijos? En nuestra familia no tenemos ni un palmo de tierra que heredar. Además, yo me casaré y tendré hijos, y los míos tendrán que llamar a Yu Cheng ‘hermano’, ¿no? Claro que ellos cuidarán de Yu Cheng cuando sea mayor. ¿De qué os preocupáis?”. En fin, su tío pequeño siempre encontraba la manera de apagar el cohete. Pero ahora no estaba.
La comida acabó con Yu Hanjing estampando los palillos con fuerza contra la mesa, rompiendo un plato en el proceso.
Ahora, al recordarlo, Yu Cheng pensó que lo que había dicho probablemente era, para un hombre heterosexual, una bomba de destrucción masiva, y más teniendo en cuenta que su padre era un auténtico defensor de las costumbres tradicionales. Reconocía que había sido un poco impulsivo, que no había considerado suficientemente los sentimientos de quien lo escuchaba. Pero aún así creía que solo había dicho algunas verdades.
Desde esa perspectiva, se sentía más valiente que Yu Hanjing. Al menos él se atrevía a decir la verdad, mientras que Yu Hanjing no se atrevía a escucharla.
Song Xijing aún intentaba consolarlo al teléfono, animándolo a ser más tolerante. Yu Cheng, sintiendo que el sol le abrasaba el pelo, levantó la vista y vio que solo quedaba Tan Ximian esperando junto al autobús. Pensó que sus padres aún no sabían que este viaje de trabajo lo hacía con él. Si llegaran a saber que Tan Ximian había vuelto a China, seguro que sería otro escándalo mayúsculo.
Respiró hondo y cortó a su madre: —Mamá, ya hablaremos cuando vuelva. Hay gente esperándome.
Por fin colgó y se dirigió hacia Tan Ximian. El otro, muerto de calor, ya estaba bebiendo de un coco helado. Con la pajita en la boca, miraba hacia arriba, como si estuviera leyendo una valla publicitaria para matar el tiempo.
—¿Has terminado? —preguntó Tan Ximian. Pero su mirada seguía en la valla.
Yu Cheng también levantó la vista. En ella anunciaban la gira del ballet “Canción del pesar eterno” en el Teatro de Wenchang. No sabía que Tan Ximian pudiera estar interesado en eso. Justo cuando iba a preguntarle, descubrió que Tan Ximian había desviado la mirada y la había fijado en su rostro, con cierto aire evaluador. A ambos les sudaba la frente. Yu Cheng parecía sufrir más el calor porque tenía el pelo más largo, y en el trópico, un solo pelo de más suponía una tortura añadida.
Yu Cheng recordó entonces que debía responder a la pregunta: —Ya he terminado.
Aunque dijo que había terminado, su expresión delataba que aún estaba atrapado en esa llamada telefónica, absorto y ausente.
Tan Ximian, mientras subía al autobús, comentó: —¿Era la tía Song, verdad? Hace mucho que no la veo.
No sabía si lo había oído o lo había adivinado, pero Yu Cheng sintió un escalofrío. Le preocupaba que a continuación dijera que quería hacer una visita, pero no fue así. En lugar de eso, cambió de tema: —El sol refleja en tu pelo, parece que quema. ¿Quieres un coco?
Acto seguido, sintió un peso en la palma de la mano. El coco helado que Tan Ximian estaba bebiendo a medias había pasado a sus manos. La pajita ya estaba un poco mordida, solo quedaba un óvalo. Cuando levantó la vista, Tan Ximian ya había entrado en el autobús.
Como subieron tarde, se sentaron en la primera fila. Desde esa posición, a Tan Ximian le resultaba fácil hablar con cualquiera. Alguien preguntó dónde había buen marisco, y Tan Ximian, volviéndose, dijo que en uno justo enfrente del hotel estaba muy bien. Otro preguntó dónde comprar cosas, y mencionó la calle antigua Qilou, añadiendo que la de Puqian era mejor para pasear que la de Wennan.
Cheng Jue lo encontraba muy interesante: no solo era agradable a la vista, sino también muy útil: —¿Solo llevas unos días aquí y ya lo sabes todo?
Tan Ximian se rió: —No es la primera vez que vengo.
Qué extraño, pensó Yu Cheng. No recordaba eso.
—¿Cuándo viniste?
—De pequeño —respondió Tan Ximian.
Fue entonces cuando Yu Cheng reparó en que sostenía el coco como si fuera un tesoro nacional.
—¿Por qué no bebes? ¿Te da cosa porque he bebido yo?
Si ya se habían besado, qué asco iba a darle.
El agua de condensación del coco helado goteaba entre sus dedos, humedeciendo un pequeño trozo de su pantalón. Yu Cheng levantó el coco y se llevó a la boca la pajita, ya deformada en un óvalo.
El trayecto en coche no fue largo, y el aire acondicionado estaba a la temperatura perfecta. De camino, efectivamente pasaron por la carretera de Coconut Grove Bay, donde pudieron ver extensos y frondosos palmerales, con sus grandes hojas y, en lo alto, los pesados racimos de cocos.
Al llegar al hotel, cada uno se retiró a sus habitaciones para descansar. Al día siguiente empezarían a trabajar oficialmente, así que la tarde era relativamente libre. Algunos se fueron a echar una siesta, mientras que otros, con más energía, salieron a explorar.
El hotel no era grande, pero su ventaja era estar junto al mar. Yu Cheng miró un rato por la ventana. El agua del mar era mejor que la de Sanya, de un azul celeste que se extendía hasta el horizonte. El sonido de las olas volvía el mundo confuso y difuso. Abrió la puerta corredera del pequeño balcón, se tumbó en la cama a disfrutar de la brisa marina. En un principio solo quería descansar un rato, sin intención de dormir, pero sin darse cuenta, se quedó dormido.
Cuando despertó, el sol poniente, de un tono amarillo anaranjado, colgaba sobre la línea del horizonte marino, a punto de ocultarse pero sin hacerlo aún. Miró la hora: increíblemente había dormido hasta las cuatro y media. Al encender el móvil, vio que Feng Qianyu le había llamado pasadas las tres de la tarde y también le había enviado un mensaje por WeChat preguntándole si quería salir. No había oído nada.
[- Cheng: Lo siento, me quedé dormido. ¿Dónde están ahora?]
Fue a lavarse la cara y, al volver, justo recibió la respuesta de Feng Qianyu.
[- Feng Qianyu: Estamos en el Templo Foguang. ¿Vienes?]
Iba a decir que no, pero el móvil vibró de nuevo.
[- Feng Qianyu: Pedro y los demás están en el Parque de las Rocas. Más tarde nos reuniremos allí directamente para cenar y de paso haremos una lectura guionizada].
[- Cheng: Entonces iré directamente al Parque de las Rocas].
Yu Cheng agarró la mochila y salió. Tomó un taxi hasta el Parque de las Rocas. Había bastante gente viendo el atardecer, pero no encontraba a Tan Ximian. Mientras lo buscaba, le envió un mensaje.
[- Cheng: El hermano Feng ha dicho que nos reunamos con vosotros. ¿Dónde estás?]
Al rato, Tan Ximian le envió una foto. La perspectiva parecía desde lo alto, donde se veía directamente la dorada línea donde el cielo y el mar se encontraban.
Yu Cheng buscó siguiendo el ángulo de la foto. Primero, bajo un enorme grupo de rocas, vio a Xiao Chai, que estaba acuclillado, aburrido, jugando con una ramita en la arena.
—¿Dónde está Tan Ximian?
Xiao Chai tiró la ramita, se levantó y señaló la cima del grupo de rocas, con cierta resignación: —Ahí arriba. Yo no he podido subir.
Yu Cheng levantó la cabeza para mirar hacia arriba. Efectivamente, en lo más alto había alguien sentado. Al estar a contraluz, solo se distinguía una silueta negra y esbelta.
Xiao Chai evidentemente pensaba que el de arriba ya estaba bastante chalado, pero nunca imaginó que Yu Cheng, ajustándose la mochila al hombro, comenzaría a trepar.
—¡Maestro Yu! —exclamó Xiao Chai, horrorizado—. ¡Es bastante peligroso, no se esfuerce!
—Tranquilo—. Yu Cheng no parecía especialmente robusto, pero en realidad su condición física era aceptable. Solo que sus músculos eran más bien proporcionados y su estructura ósea, la que tenía, hacía que no se notara demasiado.
Tardó unos siete u ocho minutos en llegar arriba. Hubo partes algo difíciles, sin sitio donde apoyar el pie y cubiertas de demasiada arena, muy resbaladiza. Pero cuando por fin llegó a la cima, descubrió que la parte más alta era una enorme roca plana, a modo de una plataforma de observación lisa.
Tan Ximian se había cambiado a un chándal holgado. La brisa marina inflaba su chaqueta, dándole un aspecto casi etéreo, como si cabalgara el viento. Sentado allí, con las manos apoyadas detrás, una pierna flexionada, contemplaba el horizonte. El fondo era esa luz dorada y efímera del atardecer. A Yu Cheng le entraron de repente ganas de hacerle una foto, pero al sacar la cámara hizo ruido y Tan Ximian se volvió.
—¿Has subido?
—Mm—. Yu Cheng jadeaba. Durante la ascensión, había sentido como si tuviera muchas cosas que decirle, un impulso muy claro por llegar hasta arriba. Pero ahora que lo veía, le parecía que no tenía nada que decir.
Se sentó a su lado y contempló el mismo paisaje: un enorme sol poniente, apagado, de un naranja oscuro, a punto de hundirse en las aguas profundas. A lo lejos, como si una neblina se elevara, todo parecía difuso y vasto.
Tan Ximian señaló un grupo de sombras erguidas que se vislumbraban a lo lejos: —¿Lo ves?
—¿El qué?
—Allí está el centro de lanzamiento de satélites. Cuando lanzan uno, desde aquí se puede ver—. Sonrió—. Hoy me preguntaste cuándo había venido. De pequeño, el viejo Tan me trajo.
El corazón de Yu Cheng dio un vuelco. El padre de Tan Ximian, Tan Anlin, trabajaba en la investigación de la dinámica de cohetes, mientras que Yu Hanjing investigaba materiales para cohetes, así que se conocieron por trabajo hacía tiempo, y se podría decir que compartían intereses. Pero la diferencia era que Yu Hanjing luego se fue a la Universidad de Ningbei, centrándose más en la investigación académica y la docencia, mientras que Tan Anlin siempre se mantuvo en primera línea, pasando casi más de medio año en las bases de lanzamiento.
—Tu viejo y mi viejo Tan son completamente distintos. Tus padres se ocupan de ti, en mi casa fue de dejadez total. Mi padre ni siquiera recordaba en qué curso estaba yo.
—Solo vino una vez a una reunión de padres, cuando estaba en tercer año de secundaria. Se empeñó en que en mi salón no había nadie y que la puerta estaba cerrada con llave. Llamé a mi profesor tutor, que me dijo que no lo había visto. Luego resultó que se había ido a primer año de secundaria; creía que yo acababa de empezar este ciclo , cuando en realidad estaba en mi último año, a punto de graduarme. ¿No es una locura?
—Y hay cosas más surrealistas. Como si tu padre volvía a cenar o no, qué día se iba de viaje, cuándo volvía, tu madre siempre lo sabía, ¿verdad? En mi casa, no. Nunca le guardábamos la cena, ni contábamos con él. Cuando aparecía de repente, ya se las apañaba él para llenar el estómago, porque nadie sabía a qué hora llegaba a casa.
—¿El tío Tan no os lo decía? —preguntó Yu Cheng.
—No es que no nos lo dijera, es que no podía decirlo —respondió Tan Ximian—. Si iba a la base de lanzamiento y decía “mañana por la tarde vuelvo a casa a cenar”, la gente podría adivinar que el lanzamiento sería al día siguiente. Y la hora del lanzamiento debe mantenerse en estricto secreto.
Yu Cheng comprendió: —Ah, claro. No podía decirlo.
Tan Ximian desvió la mirada hacia él, hacia su expresión de repentina comprensión. Parecía tan inocente, tan ignorante. Pensó que él mismo había entendido esa lógica a los 16 años, y Yu Cheng no la descubrió hasta los 26.
La ignorancia es una bendición.
Pensó: ¿cómo es posible que hayan protegido tan bien a Yu Cheng?
—Mira, con una familia como la mía, así es como he crecido, siendo la persona que soy. Estoy acostumbrado a la libertad. Si prometo algo y luego no quiero hacerlo, falto a mi palabra. No tengo mucho sentido del tiempo. No me gusta esperar a la gente. No me gusta que los demás tengan expectativas puestas en mí. Y tampoco me molesto en escuchar promesas. Si alguien dice “mañana vuelvo a casa para celebrar tu cumpleaños”, no es seguro que realmente vuelva. Luego, al final, me da igual. Mejor no creer en nada. Ese es el tipo de persona que soy.
Vio cómo Tan Ximian exhalaba un suspiro, se recostaba y juntaba las manos detrás de la nuca. Yu Cheng sintió de repente un mal presentimiento.
Justo en el instante en que el sol se hundía por completo en el agua, escuchó que Tan Ximian decía:
—Por eso, Yu Cheng, es mejor que no te guste alguien como yo.
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