No podía encontrarte
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El hongo demostró en carne propia que esconderse es vergonzoso, pero funciona.
Cuando la sensación de incomodidad se desvaneció, solo las esporas mutadas de Lin Ling seguían sin volver a su estado original, y a finales del otoño Lin Ling todavía no se atrevía a salir ni a dejarse ver por nadie.
Había leído bastantes novelas en lengua vulgar: si no lograba controlar bien unas esporas con ese efecto, ¡podía armarse un gran problema! Ese tipo de cosas siempre eran el comienzo de malentendidos y amores atormentados.
El hongo no quería verse envuelto en nada de eso.
“¡Achís!”
Lin Ling, que llevaba dos meses practicando caligrafía en el estudio imperial, estornudó dos o tres veces seguidas y en seguida se quejó a Shi Changyuan: “¡Alguien me está criticando a mis espaldas!”
Shi Changyuan ordenó que cerraran puertas y ventanas. “En pleno otoño el viento es más fresco, me temo que has cogido frío”.
En palacio, muchos de los árboles más altos ya habían perdido todas las hojas. Lin Ling miró la desolación tras la ventana y, de repente, se alegró mucho de haber seguido el consejo de Shi Changyuan de esperar hasta el comienzo de la primavera para ponerse en marcha.
“Qué sueño tengo; de verdad quiero dormir”.
En cuanto le daba el viento, a Lin Ling le costaba mantener los ojos abiertos, como si hubiera caído en una somnolencia. De las doce dobles horas del día, casi la mitad se las pasaba durmiendo, y la otra mitad dando cabezadas; además, su apetito también había aumentado notablemente.
Comer mucho y dormir mucho, eso era justo el preludio de la hibernación de ciertos animales.
Shi Changyuan envolvió a Lin Ling con una capa y le puso un calientamanos en el regazo. “Todavía no puedes dormir”.
En cuanto el calientamanos cayó en su regazo, Lin Ling se despertó un poco y asintió.
En los últimos días, a Lin Ling le entraba el sueño cada vez más temprano, y los ratos en que permanecía despierto eran cada vez más breves, lo que tenía a Shi Changyuan muy preocupado.
Aún estaban solo a finales de otoño y comienzos de invierno, ni siquiera había caído la primera nevada. Si dejaba que Lin Ling se durmiera a su antojo, era probable que no le quedara ni un solo instante de lucidez nada más entrar el invierno.
Shi Changyuan estaba controlando artificialmente las horas de sueño del hongo.
Lin Ling miró el ceño fruncido de Shi Changyuan en aquellos días y lo consoló: “No te preocupes, presiento que no será nada grave. A lo mejor a los hongos de mi especie nos hace falta hibernar”.
Shi Changyuan miró a Lin Ling y le preguntó: “¿Antes tenías este síntoma?”
Lin Ling negó con la cabeza, hizo una pausa y luego pareció asentir levemente. “Tampoco estoy muy seguro, pero, ¿sabes?, en invierno no se ven hongos. En esa época todos volvemos a ser esporas y nos escondemos bajo tierra”.
“Antes, cuando todavía no era un espíritu, la mayor parte del tiempo estaba durmiendo o con la mente en blanco, así que nunca me había dado cuenta de que resulta que yo también era un hongo que necesitaba hibernar”.
Lin Ling rememoró aquellos días monótonos y repetitivos. “Pero no volveré a convertirme en esporas, porque tu estudio imperial es bien calentito”.
Shi Changyuan observó a Lin Ling, que ya empezaba a entrecerrar los ojos otra vez, y cambió de tema: “En la montaña Kunlun también hace mucho frío, ¿entonces cómo vas a cultivar tu práctica?”
Era una pregunta muy realista.
Lin Ling abrió los ojos de golpe.
Por lo general, la temperatura en la cima de una montaña es mucho más fría que al pie, y además se decía que la montaña Kunlun era un lugar con nieves perpetuas que nunca se derretían.
Si en cuanto hiciera frío el hongo iba a hibernar, entonces, ¿no sería que Lin Ling nada más llegar a Kunlun se echaría un sueño profundo sin importar si fuera primavera, verano, otoño o invierno, como entra en un sueño eterno?
Al imaginarse esa escena, Shi Changyuan sonrió, cosa poco habitual. “¿Acaso Lin Ling planea cultivar su práctica dentro de los sueños?”
Qué pregunta tan cruel.
Lin Ling no podía encontrarle la gracia por ningún lado.
“Entonces, ¿qué tal si…?” La mirada de Shi Changyuan titubeó un instante y se dispuso a hablar de nuevo, pero Lin Ling lo interrumpió de inmediato.
“No, tengo que pensar en alguna solución”. Lin Ling abrazó el calientamanos, agarró papel y pincel, se puso a dibujar y garabatear.
Shi Changyuan se dio cuenta al instante de que aquello era un mapa de las cadenas montañosas cercanas a la capital. Seguramente el hongo lo había visto en algún libro y lo había trazado sobre el papel a base de imaginación y cálculo de orientaciones.
En realidad, Shi Changyuan tenía en su poder mapas mucho más detallados de ese tipo, pero deseaba que nunca llegara el día en que Lin Ling tuviera que usarlos.
“Si no puedo ir a la montaña Kunlun, a lo mejor tengo que elegir de entre estas montañas la más adecuada…”
Antes de que Lin Ling terminara la frase, su cabeza empezó a cabecear como un pollito picoteando arroz, y volvió a caer en la somnolencia.
Shi Changyuan vio que el pincel en la mano de Lin Ling aún no se había detenido, queriendo terminar el dibujo con obstinación, pero al posarlo, el punto donde pretendía trazar ya se había desviado sin querer hasta un lugar completamente distinto.
Cuando la cabeza de Lin Ling estaba a punto de golpear contra la tinta, Shi Changyuan lo sujetó de inmediato y dijo en voz baja: “Déjalo, duérmete ya”.
En cuanto terminó de decir esas palabras, Lin Ling abandonó por completo toda resistencia.
Apenas era la hora shen; aunque fuera invierno, fuera de la ventana el cielo aún no había oscurecido. Shi Changyuan tomó a Lin Ling en brazos, contempló el mapa de montañas que había dibujado y, por un instante, sintió el impulso de reducirlo a cenizas.
[Hora shen: entre las 3 a 5 de la tarde]
Pero al final le pidió a Shunde que lo guardara.
Shi Changyuan llevó a Lin Ling en brazos de vuelta al Palacio Li’an. Como en el salón lateral donde vivía Lin Ling no había calefacción subterránea, Shi Changyuan lo trasladó a su propia alcoba imperial.
La calefacción no estaba encendida a pleno rendimiento, pero toda la estancia era algo más cálida que el exterior, así que ya se podía quitar la capa.
De la misma forma que controlaba las horas de sueño, Shi Changyuan también controlaba el calor que le proporcionaba a Lin Ling, —para evitar quedarse sin recursos en pleno invierno—, cuando ni siquiera en una estancia con la calefacción subterránea al máximo lograría despertarlo.
Shi Changyuan depositó a Lin Ling sobre su propia cama, se quedó mirándolo largo rato y, de repente, tomó de una mesa cercana un frasquito de porcelana blanca y una aguja de plata.
“Ayy…” Lin Ling soltó un leve quejido y, en medio del sueño, frunció el ceño con fuerza. En el centro de su frente apareció una perlita de sangre rosada.
La piel blanca como la nieve y las facciones delicadas hacían que aquella perla de sangre, de un rosa apenas perceptible, resaltara con una intensidad inusual, imposible de ignorar.
Shi Changyuan bajó la mirada, guardó la perlita de sangre en el frasco de porcelana, arropó bien a Lin Ling con el borde del edredón, se dio la vuelta y salió de la alcoba.
“Majestad, ahora usted va a…” Shunde preguntó en voz baja a su lado.
Shi Changyuan volvió la cabeza para echar un vistazo, y su voz resonó especialmente cortante en el viento helado.
“Salir del palacio”.
***
Durante más de veinte años, Shi Changyuan jamás había creído en dioses ni en budas, y nunca había puesto un pie en templo, santuario u oratorio alguno.
“Ya he traído lo que necesitas”. Shi Changyuan abrió la puerta y fue directo al grano.
“Majestad”.
En la sala de invitados, un sacerdote taoísta con túnica sostenía un espantamoscas ritual. Al ver entrar a Shi Changyuan, bajó la mirada, hizo una reverencia y juntó las manos a la altura del vientre a modo de saludo.
El sacerdote miró el frasco de porcelana blanca que Shi Changyuan había llevado, soltó un suspiro y volvió a preguntar: “Majestad, debe pensarlo bien, los humanos y los espíritus siguen caminos distintos. Si un pequeño espíritu desea abandonar el mundo de los mortales, sin duda es porque posee algo de afinidad con el camino de los inmortales”.
“Si Su Majestad desea retenerlo y echa a perder esa afinidad, inevitablemente deberá cargar con las consecuencias kármicas. Para Su Majestad, y para la Gran Dinastía, es algo completamente desconocido”.
Aquel sacerdote se dirigió a Shi Changyuan sin servilismo ni arrogancia; extendió la mano para hacer cálculos adivinatorios e intentó vislumbrar la línea del destino, pero sobre Shi Changyuan seguía envolviéndolo un resplandor dorado que impedía escrutar lo más mínimo.
Era la fortuna providencial del camino del Cielo.
Esa fortuna era demasiado espléndida; resultaba completamente imposible ver a través de ella. El sacerdote pensó: ya que no es posible saber si es auspicioso o funesto, mejor será dejar que las cosas sigan su curso natural. Tal vez todo esté ya predestinado desde hace tiempo.
Esa era también la razón por la que, al saber que junto al emperador existía un espíritu y que además el emperador intentaba retenerlo a su lado para siempre, el sacerdote no había hecho nada y estaba incluso dispuesto a prestar su ayuda.
La obsesión de Shi Changyuan era demasiado intensa; si no acudía a él, acudiría a otro.
El sacerdote tomó el frasco de porcelana blanca de la mesa y, bajando la mirada, dijo: “Con la sangre de la frente de un espíritu pueden realizarse tres tipos de artes. El primero: fusionarla con la sangre de Su Majestad, de modo que aquel espíritu podrá alejarse como máximo cien pasos de Su Majestad”.
“El segundo: encerrar al espíritu en un objeto ritual, quedando sometido al control de dicho objeto”.
“El tercero: conectar la mente de Su Majestad con la de esa persona, de manera que, haga lo que haga o vaya donde vaya el espíritu, Su Majestad siempre lo sabrá”.
“¿Cuál de ellos es el que desea Su Majestad?”
***
La alcoba de Shi Changyuan era sumamente cálida; cuando Lin Ling se despertó atontado, Shi Changyuan todavía no había regresado.
“Qiufu, ¿de verdad que no sabes a dónde ha ido Su Majestad?” Lin Ling estaba sentado junto a la ventana, que había abierto una rendija, y miraba hacia fuera a hurtadillas.
Intentaba encontrar la silueta de Shi Changyuan, pero como temía que le diera el viento frío, se le había ocurrido esa artimaña.
Lin Ling esperó mucho, tanto que el cielo se volvió completamente oscuro y pareció echarse otra siesta recostado en el alféizar.
Cuando un joven eunuco lo despertó, en el cielo negro parecían flotar copos de nieve.
“Joven Lin, despierte, parece que fuera está nevando”.
Lin Ling abrió los ojos y empujó la ventana que tenía delante hasta dejar una abertura del tamaño de la palma de una mano.
Fuera, los sirvientes de palacio sostenían faroles y, de pie bajo los aleros, miraban los copos de nieve que flotaban desde el cielo, emocionados y alegres.
Lin Ling también extendió la mano para atrapar un copo; la nieve se derritió en la palma, dejando una sensación fresca, muy curiosa.
Por instinto, quiso mostrárselo a Shi Changyuan a su lado, pero al girarse cayó en la cuenta de que no era Shi Changyuan, sino Qiufu.
A Lin Ling apenas le había dado tiempo a sentir desilusión cuando oyó al joven eunuco anunciar: “¡Joven Lin, Su Majestad ha vuelto!”
Lin Ling alzó la cabeza y vio, en la profundidad de la noche, siluetas que se agitaban entre las sombras, acompañadas por una luz mortecina, acercándose sin cesar.
“¡Majestad!”
Lin Ling abrió la ventana de golpe, agitó la mano hacia fuera y casi medio cuerpo se asomó al exterior.
Cuando las siluetas estuvieron más cerca, Lin Ling abrió la puerta de un empujón y se lanzó hacia aquella persona.
Shi Changyuan lo atrapó al vuelo con un gesto y lo recibió a brazos llenos. Lin Ling acababa de salir de la alcoba imperial y todo su cuerpo aún desprendía calor.
“¿A dónde has ido?” La voz de Lin Ling arrastraba un deje agraviado y lastimero del que ni él mismo era consciente.
“Me he despertado y ya no podía encontrarte”.
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