Mientras tanto, Ji Yu —una de las dos personas a las que todos esperaban— no podía dejar de bostezar.
La boda había resultado ser mucho más tediosa de lo que él había imaginado. Llevaba en pie desde las cinco de la mañana, rodeado de maquilladores que aplicaban sobre su rostro productos que él no terminaba de comprender.
“Tienes la piel increíblemente clara.”
Al levantarle la barbilla y sostener su rostro entre las manos, tuvo la sensación de estar sosteniendo una bola de nieve.
Ji Yu, que tenía sueño, parpadeó sin comprender: “¿Gracias?”
En la habitación solo quedaron Ji Yu y el equipo de maquilladores y estilistas. Una vez finalizados el maquillaje y el peinado, el equipo recogió sus herramientas y se marchó.
Antes de marcharse, le sonrieron a Ji Yu y le dijeron: “¡Feliz día de tu boda!”. Ji Yu quedó atónito y algunos sentimientos inexplicables atravesaron su corazón. Aunque él sabía que la boda era falsa, estas personas no lo sabían. Lo bendecían desde lo más profundo de sus corazones. Entonces sonrió levemente y respondió: “Gracias”. Al quedarse solo en la habitación, Ji Yu sacó su teléfono y comenzó a repasar la secuencia de los acontecimientos de la ceremonia. En un principio, estaba previsto realizar un ensayo, pero, debido a la apretada agenda de Shang Yuanzhou y al hecho de que Ji Yu llevaba el brazo escayolado en aquel momento, se decidió prescindir de él. El maestro de ceremonias había enviado el itinerario al teléfono de Ji Yu, instándole a memorizarlo bien para asegurarse de que todo saliera a la perfección. Dos personas suben al escenario juntas; el novio, Shang Yuanzhou, da un discurso, el novio, Ji Yu, da un discurso, se omiten los discursos de los padres, se omite el servicio de té, se intercambian las alianzas4.
El maestro de ceremonias escribió: «El resto sigue el procedimiento habitual. Como ambos son hombres, la ceremonia es bastante sencilla. No hace falta estar demasiado nervioso; yo estaré ahí para guiarles. Puede que surjan momentos que requieran algo de improvisación, pero sigan mis indicaciones y todo saldrá bien».
Ji Yu no estaba nervioso en absoluto, pero el hecho de que el maestro de ceremonia insistiera tanto en el tema terminó por provocarle cierta ansiedad. Aunque no había revisado la lista de invitados preparada por la secretaria de Shang Yuanzhou, un rápido vistazo aquel día le bastó para saber que el número de asistentes era considerable. Si algo salía mal en una ocasión así, Ji Yu no necesitaba ni pensarlo para saber que las consecuencias serían desagradables. Tras memorizar el mensaje del oficiante, dudó un instante antes de preguntar: “¿En qué consiste exactamente el “procedimiento habitual”? Me preocupa cometer algún error.” Ji Yu esperó un rato, pero el maestro de ceremonias no respondió y sonó el timbre de la habitación. Ji Yu llevaba puesto un traje hecho a medida, cuyas medidas habían sido tomadas mucho antes de que él y Shang Yuanzhou registraran oficialmente su matrimonio. Más allá de su elevado costo, la prenda era el resultado de un esfuerzo minucioso y colaborativo de numerosos artesanos. El estilista se había encargado de recalcar que los bolsillos del traje eran meramente decorativos; bajo ninguna circunstancia debían utilizarse para guardar objetos, ya que cualquier bulto antiestético arruinaría el conjunto. Tras dejar el teléfono sobre la mesa, Ji Yu se puso en pie y abrió la puerta. Shang Yuanzhou estaba en el umbral, ataviado con un traje formal de color blanco plateado. El broche de piedras preciosas que lucía en el pecho palidecía ante su propia presencia: recortado contra la luz, parecía irradiar un resplandor, como si fragmentos de oro se desprendieran de su propia figura. “¿Estás listo?” Ji Yu asintió y tomó la mano que le extendió. Un equipo de filmación los seguía, capturando cada instante mientras caminaban tomados de la mano; pisaron la alfombra roja que se extendía hacia la salida, abandonaron el hotel y subieron a una comitiva de vehículos de lujo con destino a una mansión decorada con flores y rodeada por una multitud.
En medio de aquel estruendoso y entusiasta aplauso, Shang Yuanzhou lo guio, paso a paso, hacia el podio.
Shang Yuanzhou caminaba a un ritmo muy pausado, y Ji Yu hizo lo mismo, ralentizando sus propios pasos, como si quisiera atesorar cada instante, otorgándole a aquel recorrido la máxima solemnidad.
El trayecto parecía alargarse, y luego, alargarse aún más.
Tac… Tac… Tac…
El sonido de los zapatos de cuero contra el suelo parecía sincronizarse, poco a poco, con los latidos de su corazón. Ni la música nupcial ni los estruendosos aplausos y vítores de los invitados lograban ahogar aquel sonido sutil y rítmico.
Absorto en el ambiente, Ji Yu tuvo la fugaz y difusa sensación de que aquella era, en realidad, su verdadera boda; que nada de aquello era una farsa, sino algo absoluta e innegablemente real.
Al arraigarse este pensamiento, su corazón comenzó a acelerarse, latiendo cada vez con más fuerza, como un pez varado en la orilla que se agita desesperadamente buscando el camino de regreso al agua.
Sin embargo, en el instante en que percibió el calor que emanaba de Shang Yuanzhou —quien permanecía justo a su lado—, empezó a relajarse.
Era como si el pez hubiera logrado, por fin, deslizarse de nuevo en el agua, nadando alegremente y sin sospechar peligro alguno; sin darse cuenta de que aquello no era un río ni el mar abierto, sino un lago privado y cerrado.
La ceremonia transcurrió paso a paso. A través de los discursos pronunciados por Shang Yuanzhou y Ji Yu, se fue reconstruyendo una historia de sus días de instituto, teñida de una cierta ingenuidad juvenil.
De no haber sabido que el guion había sido redactado por una agencia de organización de bodas —y que él mismo era uno de los protagonistas—, hasta el propio Ji Yu habría llegado a creer que todo aquello había ocurrido de verdad.
El maestro de ceremonias anunció: “Ahora, por favor, pediré a los dos recién casados que intercambien anillos entre sí.”
Trajeron el plato auspicioso que contenía la caja del anillo, Ji Yu y Shang Yuanzhou sacaron cada uno un anillo de él.
Primero, él colocaría el anillo en el dedo de Shang Yuanzhou, y luego Shang Yuanzhou haría lo mismo con él; sin necesidad de arrodillarse.
Después de pensar en el proceso de esta manera, Ji Yu bajó la cabeza y con cuidado empujó lentamente el anillo de oro blanco sobre el dedo anular de Shang Yuanzhou.
Shang Yuanzhou observó cómo las largas y finas pestañas de Ji Yu proyectaban una sombra hacia abajo. Vio cómo Ji Yu se colocaba el anillo en el dedo; le quedaba perfecto, ajustado, con una leve sensación de sujeción.
Era como si un vínculo invisible lo uniera ahora a Ji Yu; no sintió rechazo alguno, sino que, de hecho, lo acogió con absoluta dicha.
Shang Yuanzhou quería besar suavemente las pestañas temblorosas de Ji Yu. Él pensaba que él era tan lindo, tan lindo, que estaba obsesionado con él.
Su corazón se contrajo, hinchándose con una intensidad tan abrumadora que parecía como si alguien lo estuviera sujetando con firmeza, a punto de estallar en cualquier instante.
Sin embargo, no era una sujeción que oprimiera, sino una que brindaba una profunda plenitud; una satisfacción tan intensa que le provocaba un dolor en el pecho, fruto de estar colmado hasta el límite.
El maestro de ceremonias le estaba indicando que le pusiera el anillo a Ji Yu.
Ante la mirada de todos los presentes, Shang Yuanzhou se arrodilló y, con profunda devoción, deslizó el anillo en el dedo de Ji Yu.
En ese instante, el Shang Yuanzhou de diecinueve años y el de veinticinco parecieron converger; ambos depositaron un suave beso sobre el anillo.
Entonces la sala estaba repleta de distinguidos invitados, estalló un aplauso atronador.
Se escuchó un breve suspiro colectivo entre los presentes, seguido de inmediato por todos los asistentes, que se pusieron en pie mientras prorrumpían en una ovación estruendosa.
Bajo la mirada atónita de Ji Yu, con los ojos muy abiertos, Shang Yuanzhou sonrió, se puso en pie y se colocó a su lado.
Ambos hombres vestían trajes de boda formales y poseían una figura imponente: hombros anchos, cintura estrecha y piernas largas y rectas. Aunque uno era ligeramente más alto que el otro, formaban una pareja que encajaba a la perfección.
Entre los vítores estruendosos, el maestro de cereminia anunció el final de la ceremonia: “¡Nuestros dos novios ya pueden besar a su amado tanto como deseen!”.
“Cuanto más duren nuestros aplausos, más tiempo se besarán en el escenario. ¿Qué dicen, todos?”
No era frecuente ver a Shang Yuanzhou en una situación así, así que los presentes respondieron con gritos de entusiasmo. En el escenario, Ji Yu permanecía inmóvil, con la mente en blanco por un instante.
Un momento… ¡espera!
Esto no formaba parte del guion…
¿O sí? ¿Acaso era parte del protocolo habitual?
En las bodas a las que había asistido en el pasado… ¿se besaban los recién casados?
Bueno, sí… ahora que lo pensaba, sí lo hacían. Pero ¿era realmente necesario que *ellos* lo hicieran?
El pequeño pez en el corazón de Ji Yu estaba aturdido y exhaló burbujas de sorpresa una tras otra. Miró a Shang Yuanzhou, desconcertado; sus miradas se cruzaron y, en los ojos del otro, ambos descubrieron la misma revelación: ninguno de los dos había previsto este giro inesperado.
Todos observaban, el maestro de ceremonia los animaba y los aplausos no daban señales de cesar.
Ji Yu cerró los labios y se acercó a Shang Yuanzhou.
Al mismo tiempo, Shang Yuanzhou se inclinó hacia él.
Una mano firme y ancha le sujetó la cintura, acercando sus cuerpos aún más. Cuando Shang Yuanzhou se inclinó para besarlo, Ji Yu cerró los ojos por puro instinto.
Unos labios suaves y hermosos se presionaron contra los suyos; aquel simple contacto provocó un estremecimiento en todo el cuerpo de Ji Yu.
Al cerrar los ojos, su sentido de la vista desapareció, sumiéndolo en la oscuridad; solo quedó la sensación en sus labios, que se volvió extraordinariamente intensa.
Los aplausos entusiastas resonaron durante un largo rato. En la oscuridad, el tiempo pareció dilatarse; a Ji Yu le dio la impresión de que él y Shang Yuanzhou llevaban besándose un siglo entero.
“¡¡¡Feliz boda!!!”
En la plataforma nupcial, Ji Yu —con los ojos aún cerrados— permanecía abrazado a Shang Yuanzhou; su beso iba acompañado por los efusivos y grandilocuentes buenos deseos de los presentes, que resonaban a través de las nubes.
Tras haber permanecido tanto tiempo con los ojos cerrados, sintió un repentino mareo en el instante en que los abrió.
Shang Yuanzhou lo sostuvo para estabilizarlo y preguntó: “¿Estás…?”
“Estoy bien, estoy bien”, respondió Ji Yu, haciendo un gesto con la mano. “Es solo que he tenido los ojos cerrados un buen rato; al abrirlos de golpe, me he mareado un poco”.
Ambos hombres parecieron evitar deliberadamente cualquier mención al beso que acababa de ocurrir. Ji Yu se sentía incómodo, y supuso que Shang Yuanzhou se sentía igual de cohibido.
En realidad, Shang Yuanzhou no estaba pensando en nada en ese momento, salvo por una idea fugaz que le cruzó la mente justo cuando Ji Yu empezó a marearse:
Mi esposa es tan delicada.
Probablemente lloraría muy lastimosamente en la cama.
“Hace un momento… ¿por qué te has arrodillado?”, preguntó Ji Yu en voz baja mientras caminaban.
Aunque su mente estaba ocupada con otros pensamientos, Shang Yuanzhou respondió sin dudar: “¿Acaso no queríamos que todos creyeran que estoy perdidamente enamorado de un beta? Tenía que montar un poco de espectáculo, ¿no?”
“Lo que menos les importa a esas personas es el coste de la boda o lo lujosa que pueda ser. Lo que realmente cuenta es cómo te trato yo a ti.”
“Para cuando termine el día, todo lo que ha ocurrido en esta boda se habrá extendido por todo nuestro círculo social.”
Después de la ceremonia, el lugar se cambió del césped de la mansión al salón de banquetes del interior.
Shang Yuanzhou llevó a Ji Yu a brindar por cada mesa. Dada su posición, no tenía ninguna obligación de visitar todas y cada una de ellas, pero decidió hacerlo; quería vivir esta boda plenamente.
Como cualquier otra pareja de recién casados.
Se aseguró de llevar a Ji Yu hasta la mesa donde estaba sentada la familia Ding y, con aparente naturalidad, mencionó que esa era la pareja que el Viejo Maestro Shang había elegido para él.
De hecho, uno de los argumentos que Shang Yuanzhou utilizó para convencer a Ji Yu de firmar el contrato tenía que ver con la ruptura de un compromiso previo.
Existía, en realidad, un acuerdo de compromiso que había sido pasado por alto —o, mejor dicho, ignorado—. Si todo lo que decía hubiera sido una invención total, habría sido demasiado fácil desenmascarar el engaño; al mezclar algunos elementos de verdad —quizás en una proporción de ocho partes de mentira por tres de realidad, o tal vez a partes iguales—, logró convencer a Ji Yu de que un matrimonio ficticio era un paso necesario para consolidar su poder.
Ji Yu asintió. “Con razón una de las personas en esa mesa tenía una sonrisa que parecía tan fingida.”
Pero esa persona parecía un poco joven y no parecía diferenciarse. La joven que estaba a su lado con una sonrisa genuina debería ser la mujer con la que el Sr. Shang quería que Shang Yuanzhou se casara.
Ella es una mujer muy gentil y Ji Yu puede ver que su bendición es sincera.
Su familia, en cambio, probablemente opinaba lo contrario.
Al pasar junto a la mesa donde estaban sentados Ji Hexuan y Ji Bohan, Ji Yu apenas les prestó atención y siguió su camino, mientras ellos permanecían allí, claramente con ganas de decir algo pero dudando.
Asistir a una boda es algo relajado, pero ser el protagonista de una es una experiencia agotadora.
Durante todo el día, Ji Yu se sintió completamente aturdido mientras seguía a Shang Yuanzhou de un lado a otro, conociendo a un sinfín de personas —incluido el resto de la familia Shang—, hasta el punto en que ya casi no podía mantener la sonrisa en el rostro.
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