Richt se acercó lentamente a Abel y se arrodilló frente a él. Durante todo el tiempo que se movió, la mirada de Abel no se apartó de Richt. Y cuando finalmente Richt se arrodilló delante de él, la mirada de Abel se volvió más profunda. Aun así, Richt no le dio importancia y dijo las palabras que había estado pensando.
—Mi señor.
Al decir eso, la comisura de los labios de Abel se torció hacia arriba. Sujetó a Richt, que estaba arrodillado, y lo levantó del suelo. Aun siendo un hombre adulto, tanto Abel como Ban lo levantaban con demasiada facilidad. Parece que realmente necesitaba hacer ejercicio y comer más. Mientras volvía a pensar lo mismo de siempre, algo que pensaba cada vez pero nunca ponía en práctica, Abel se sentó en una silla cercana y luego acostó a Richt sobre sus muslos.
Tomado por sorpresa, Richt parpadeó mientras quedaba inclinado boca abajo sobre aquellos muslos firmes y anchos.
—¿Qu…?
Estaba a punto de expresar su duda cuando Abel le bajó los pantalones de golpe y le dio una palmada en las nalgas. Al principio ni siquiera pudo reconocer bien que aquello estaba pasando de verdad. Pero cuando la palma volvió a golpearle las nalgas, el rostro de Richt se tiñó de rojo por la mezcla de furia y vergüenza.
—¡Oye!
—¿Qué?
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿No vas a soltarme?!
—Me llamaste “mi señor”. Entonces puedo castigar a un esclavo que se porta mal.
—¡¿Y qué hice yo de malo?! —gritó con voz agraviada, y a partir de entonces Abel añadió una razón cada vez que le daba una palmada.
¡Paf!
—El pecado de irte de viaje sin decirle nada primero a tu esposo.
«¿Desde cuándo una esposa le pegaba así a su marido?» Richt se sintió indignado. Pero incluso en esa situación, la mano de Abel no se detuvo.
¡Paf!
—El pecado de huir aun sabiendo perfectamente que iba a perseguirte.
¡Paf!
—El pecado de disfrutar la noche con Ban sin mí.
¡Paf!
No golpeaba con fuerza, así que no dolía demasiado, pero aun así era desconcertante. Varias veces intentó levantarse agitándose, pero cada vez Abel le presionaba la espalda.
—¡Maldito pervertido! —Richt arañó con las uñas la piel de Abel que alcanzaba a ver. Sin embargo, él no se movió ni un poco y siguió golpeando las nalgas de forma mecánica.
—Un esclavo no debería hablar con tanta familiaridad.
Richt se arrepintió de haber llamado a Abel “mi señor”, pero ya era demasiado tarde. Con lágrimas acumulándose en los ojos, miró hacia la puerta del baño. A estas alturas Ban ya debería haber irrumpido, pero no había ninguna reacción. Como si hubiera leído los pensamientos de Richt, Abel se movió ligeramente y soltó una risa.
—La esgrima es algo curioso. Cuando sostienes una espada por primera vez, no puedes dañar nada. Pero a medida que tu nivel aumenta, terminas hiriendo animales y atravesando personas. Y cuando llegas a cierto punto, obtienes una nueva habilidad. Eso tú también lo sabes, ¿verdad?
Al principio no lo sabía, pero ahora sí. Un espadachín del nivel de Ban o Abel podía percibir la presencia de otros o escuchar sonidos simplemente concentrándose.
—Pero, ¿sabes? Si sigues blandiendo la espada, llega un día en que te das cuenta.
—… ¿De qué?
—De que puedes hacer muchas más cosas de lo que pensabas. Por ejemplo, expandir tu energía para bloquear el sonido.
Al escuchar eso, Richt apretó los dientes. Había una razón por la que Ban no entraba corriendo.
—Aun así, si no escucha nada durante mucho tiempo, entrará.
—Eso es cierto.
Apenas terminó de hablar Abel cuando la puerta del baño se rompió con un fuerte estruendo.
—Richt.
Al ver aparecer a Ban, el rostro de Richt se iluminó. Ban entró en el baño, vio a Abel y a Richt, y su expresión se torció con furia.
—¿Qué está haciendo?
—¿No lo ves? —Abel sonrió y dio unas palmaditas a las enrojecidas nalgas de Richt.
Pero Ban no se lo tomó con tanta ligereza. Se acercó rápidamente, separó a Richt de Abel y lo empujó detrás de sí. Luego intentó atacar a Abel, pero antes de que pudiera hacerlo, Abel levantó ambas manos.
—No lo malinterpretes. No intentaba hacerle daño.
—¿Entonces?
—Es solo una de las cosas que disfrutan los amantes.
—¿Golpear las nalgas? —Richt preguntó incrédulo.
Abel bajó la mirada discretamente hacia la parte inferior desnuda de Richt. Naturalmente, la mirada de Ban también se dirigió al mismo lugar. Y lo que ambos vieron fue el adorable miembro de Richt, rígido y goteando, a pesar de haber estado recibiendo palmadas.
—¡No! —Richt gritó horrorizado mientras se cubría con las manos, pero ya era demasiado tarde. La expresión de Abel ya estaba llena de triunfo.
—¿Ves? A Richt en realidad también le gusta que le hagan daño. Si no, ¿quién se excita mientras le pegan?
Quería refutarlo, pero el hecho de que estuviera erecto era real, así que no pudo decir nada. Mientras Richt resoplaba indignado, la expresión de Ban se volvió extraña.
—Si tienes dudas, pruébalo tú mismo—. Abel se movió con calma, agarró la cintura de Richt que estaba detrás de Ban y lo levantó.
—¡No lo hagas!—. Tiró del cabello de Abel con todas sus fuerzas, pero a él no pareció dolerle mucho.
¿Su resistencia era tan monstruosa que ni siquiera arrancarle el pelo le dolía? En realidad, ni siquiera lograba arrancarlo bien. Al final aflojó la mano, y Abel se colocó a Richt bajo el brazo y señaló una silla a Ban.
—Siéntate ahí.
Mirando a los ojos de Ban, Richt negó con la cabeza con insistencia. Después de todo esto, Ban seguramente estaría de su lado. O eso es lo que pensaba, pero la situación tomó un rumbo extraño.
Ban se sentó en la silla tal como Abel había dicho, y Abel colocó a Richt sobre las rodillas de Ban. Sin darse cuenta, volvió a quedar en aquella postura humillante.
Richt respiró hondo y dijo:
—Es un malentendido. No me gusta que me peguen. Me gusta pegar.
—Si te gusta pegar, también es posible que te guste que te peguen —Abel refutó las palabras de Richt con facilidad.
Era una lógica absurda, pero Richt no encontró cómo rebatirla. Mientras trataba desesperadamente de pensar en una forma de escapar de la situación, sintió la mano de Ban tocarle las nalgas. Cuando aquella mano firme y áspera frotó la carne enrojecida, sintió un cosquilleo en el vientre bajo.
Había llamado pervertido a Abel, pero el verdadero pervertido estaba aquí. Richt se cubrió el rostro con la mano y dejó escapar un gemido.
La mano de Ban era más suave que la de Abel. Apenas daba ligeros golpecitos. Aun así, en el lugar donde Abel lo había golpeado antes sentía un leve dolor. Y ese dolor se infiltraba en su cuerpo, transmitiéndole una sensación extraña.
—¿Le gusta?
Bueno, siendo honesto, quizá se sentía un poco bien, pero no quería admitirlo. ¿Qué debía hacer? Inquieto, Richt bajó la mano con la que se cubría el rostro. Y entonces vio justo delante de él aquella cosa monstruosa.
—¡Aaah! —Sobresaltado, le dio una palmada con la mano, y el monstruo tembló—. ¿No vas a quitar eso de una vez?
—¿Por qué? Dijiste que te gusta pegar. Golpéalo más.
«¿Este idiota también tenía el miembro hecho de acero? Bien, si quería que lo golpeara, lo haría».
Richt apretó los dientes y golpeó el miembro de Abel con la palma de la mano. Aun siendo hombres, no pudo llegar a cerrarla en un puño. No sabía cuánto tiempo estuvo golpeándolo, pero el primero en cansarse fue Richt. La postura era incómoda y no tenía fuerzas, así que apenas logró dar unos cuantos golpes.
Temblando de tristeza y rabia, vio como Abel acercó aún más aquella cosa.
—Aléjese—. Ban habló con firmeza, pero Abel solo sonrió con descaro y no retrocedió.
—¿Por qué? La primera noche lo hicimos los tres.
Después de que se establecieron, eso se volvió raro, pero sí había pasado. Richt apretó los dientes y dijo:
—Ni se te ocurra hacerlo. Si lo haces, nos divorciamos.
Al oír eso, la expresión de Abel se endureció. Bajó el cuerpo y miró a Richt a los ojos.
—¿Divorcio?
La forma seria en que lo preguntó daba un poco de miedo, pero Richt no retrocedió. Recordó cómo, después de aquella vez, no pudo levantarse de la cama durante una semana.
—No lo olvides. Uno por semana.
—Lo sé. Lo sé. Pero, aun así, ¿cómo puedes hablar de divorcio?
Al ver la desesperación en los ojos de Abel, Richt se dio cuenta de que había cometido un error. Por muy enfadado que estuviera, no debía haber dicho eso.
—…Lo siento.
Abel permaneció en silencio un momento y luego asintió.
—Está bien si lo sabes. Dicen que quien ama más, es el débil.
«¿Tú?»
Richt recordó al Abel que siempre se comportaba con tanta seguridad. Incluso cuando había ido a buscarlo, arrodillándose y recibiendo azotes, nunca pareció derrumbarse. Al igual que Ban antes, siempre había pensado que Abel era una persona fuerte. Por eso, al vislumbrar su lado débil, su corazón se estremeció. En ese estado, Richt levantó la mano y acarició la mejilla de Abel.
—Si nos casamos, es para toda la vida.
Solo entonces la sonrisa volvió al rostro de Abel.
—Bien. Entonces perdonaré el error de hace un momento.
—De acuerdo. Entonces yo también te perdono, así que ayúdame a levantarme.
Abel levantó a Richt en brazos. Luego lo sacó de allí cargándolo y lo acostó sobre la cama.