Feng Nuoyi jamás se había sentido tan idiota como en ese momento.
Había perdido su posesión más preciada (cierto modelo de cierta marca de celulares con forma de fruta, de hace cuatro años) y su documento de identidad más importante, y todo eso había pasado porque se había lanzado al mar para rescatar a alguien que en realidad solo estaba nadando.
Vaya tragedia humana.
El guapo, a su lado, frunció profundamente el ceño.
—¿Por qué se te perdió el documento de identidad?
Feng Nuoyi confesó, muy a su pesar:
—Lo metí en el bolsillo sin pensarlo mucho. Seguro se me cayó mientras chapoteaba en el mar hace un rato. A estas alturas probablemente ya va flotando hacia Japón siguiendo la corriente…
—¿Por qué guardaste el documento de identidad en un bolsillo tan poco profundo?
—Yo… —Feng Nuoyi le devolvió la mirada con toda la energía que pudo reunir—. ¡Tengo malos hábitos de vida, ¿okey?!
—¿No se te ocurrió pensarlo cuando te lanzaste al agua hace un rato?
—¡Se me olvidó! Estaba en juego una vida humana, ¡no se puede exigir que uno piense con tanta claridad en ese momento!
Dejar las cosas tiradas por ahí sin pensar no era la primera vez que le pasaba a Feng Nuoyi; antes también solía guardar el celular en el bolsillo lateral de la mochila donde llevaba la botella de agua, así podía sacarlo con solo estirar la mano hacia atrás —sí, abrir un cierre ya le resultaba un esfuerzo mortal—. Que un blanco tan fácil todavía no hubiera sido detectado por ningún ladrón solo podía explicarse porque la suerte de los ladrones había sido pésima.
El destino llevaba años haciéndolo esquivar carteristas de manera milagrosa, todo para reservarle este golpe fatal justamente hoy.
El guapo suspiró, lo miró con algo de compasión y sugirió:
—Si vuelves a encontrarte con alguien que se está ahogando, mejor llama directamente a la policía.
Feng Nuoyi se echó hacia atrás el cabello mojado que le caía sobre la frente, con tono resentido:
—Este lugar es tan apartado que, si de verdad hubieras querido suicidarte, para cuando llegara la policía ya estarías frío del todo… Aunque haya sido cosa mía hacerme ilusiones sola, mi intención original era hacer una buena obra…
—¿Por qué?
Feng Nuoyi dejó de mover la mano con la que intentaba arreglarse el peinado.
—¿Cómo que “por qué”?
—¿Por qué querías hacer una buena obra? ¿Acaso nos conocemos?
—¿Ah? —Feng Nuoyi le lanzó una mirada aterrada—. ¿Ya llegamos al punto en que hasta hacer el bien genera sospechas…?
—Meterse al agua para salvar a alguien ya de por sí es muy peligroso —dijo el guapo, mirándolo con calma—. Una persona que se está ahogando y forcejea da mucho miedo; aunque sepas nadar, es muy fácil que te arrastre y te ahogues junto con ella. ¿Por qué arriesgar tu propia vida por alguien que ni siquiera conoces?
La voz del guapo combinaba a la perfección con su rostro: firme y con fuerza, del tipo que parecía hecho para presentar las noticias. Sin embargo, en ese momento Feng Nuoyi tenía toda su atención puesta en otro asunto.
¿Debía o no decir la verdad?
—La verdad —dijo finalmente— es que te salvé simplemente porque…
—¿Mmm?
—Eres guapo.
El guapo se quedó en silencio.
Feng Nuoyi lo miró con total sinceridad:
—Cuando veo a un chico guapo, tiendo a actuar sin pensar demasiado…
—¿Nunca se te ocurrió pensar que tal vez había venido a nadar?
Feng Nuoyi de pronto recuperó un argumento que casi había olvidado.
—¡Exacto! Si habías venido a nadar, ¿por qué al saltar no subiste a flote de inmediato? ¿Por qué te quedaste hundido en el fondo del agua así? ¡Por supuesto que pensé que querías suicidarte!
—Solo sentí que bajo el agua se estaba más tranquilo y quise quedarme unos segundos más; en cualquier momento habría subido a flote —explicó el guapo con resignación—. Además, ¿qué persona que quiere suicidarse se desnuda antes de saltar al mar?
Feng Nuoyi se quedó sin palabras. Solo cuando la brisa marina le secó el cabello hasta dejarlo a medias, habló despacio de nuevo:
—Quién sabe cómo funciona la cabeza de alguien que quiere suicidarse…
El guapo, evidentemente, no pensaba seguir gastando tiempo discutiendo si aquel comportamiento había sido una idiotez o no, y asintió con mucha decisión, aceptando el punto de vista de Feng Nuoyi:
—Bueno, en ese caso, gracias por venir a salvarme con tan buena intención.
—No hay de qué… ¿por qué me agradeces? Solo te impedí seguir nadando…
El guapo volvió a esbozar esa sonrisa como si acabara de contemplar una de las ocho maravillas del mundo, y preguntó:
—¿Y ahora qué piensas hacer?
Sí, ¿qué iba a hacer?
Al hotel no podía ir, sin documento de identidad no podía registrarse. Sin celular y sin dinero, solo, en tierra ajena, sin nadie a quien recurrir…
—Tengo una casa cerca de aquí —dijo el guapo de repente—. Puedes ir a sentarte un rato, y usar mi celular para hacer una llamada. Salí a nadar sin traer el mío.
Feng Nuoyi giró la cabeza bruscamente para mirarlo.
¿Qué estaba pasando aquí?
¿Por qué invitar a su casa a un desconocido que había aparecido de la nada para “rescatarlo”? Ese mismo hombre, que hacía un momento había cuestionado los motivos de su rescate, ¿ahora se ponía a hacer una buena obra?
Dejando de lado lo sospechoso del motivo, esa frase le permitió a Feng Nuoyi conocerlo un poco más. Primero, había dicho “tengo una casa cerca de aquí” y no “mi casa está cerca” ni “vivo cerca”, lo cual sugería que aquel lugar era solo una de sus propiedades. Segundo, este guapo adinerado tenía un gusto de lo más peculiar: en lugar de ir a nadar a alguna playa bien acondicionada, tenía que venir justo a un acantilado tan solitario para tirarse clavados…
Le dio vueltas al asunto en la cabeza y, mientras observaba con calma aquel rostro tan a su gusto, preguntó:
—¿Por qué? ¿Acaso nos conocemos?
La misma pregunta le fue devuelta, y el guapo respondió con tono divertido:
—Es solo un pequeño favor. Conozco bien esta zona, invitar a un desconocido a entrar no es gran cosa. Tú deberías más bien pensártelo mejor: ¿qué harías si yo fuera una mala persona?
Feng Nuoyi enarcó una ceja; nunca había oído que una mala persona se delatara a sí misma antes de actuar. Como si le pareciera divertido, curvó ligeramente la comisura de los labios y sus ojos formaron un arco precioso:
—Eso no creo que pase. No tengo nada de valor encima, ¿qué habría en mí que pudiera interesarle al señor Zheng?
En la mirada del guapo apareció un destello de sorpresa, y de inmediato lo observó con una nueva perspectiva.
—Sabes quién soy.
—Con la popularidad que tiene el señor Zheng, no es tan raro que lo haya reconocido, ¿o sí?
Zheng Moyang, fundador de Weihang, exdirector ejecutivo y mayor accionista de la empresa. Aunque se detuviera a cualquier persona al azar en la calle, incluso sin saber su nombre, seguro conocería los productos de Weihang.
Una de las estrategias de Weihang consistía en expandir sus frentes y capturar con precisión a los usuarios. Cada año desarrollaba decenas de aplicaciones, abarcando transmisiones en vivo, videos cortos, noticias, oficina, educación y videojuegos. Mientras uno siguiera respirando, siempre habría algún ámbito de la vida que terminaría invadido por la empresa.
Diez años atrás, Weihang se había levantado gracias a un algoritmo de recomendación personalizada, y paso a paso se había convertido en un gigante de internet. Aunque hoy en día, con el big data infiltrándose en todo, la recomendación personalizada estuviera por todas partes hasta el hartazgo, hace una década aquello todavía era una novedad. Para garantizar la precisión del algoritmo, Zheng Moyang había invertido en aquel entonces una fortuna en dinero y acciones para traer de Silicon Valley a un grupo de ingenieros de algoritmos de aprendizaje automático de primer nivel, dando inicio así a la era de la personalización a medida; gracias a eso, la empresa había logrado abrirse paso entre la competencia y convertirse en una de las compañías más populares del país.
En la nueva lista de multimillonarios de Hurun, su nombre aparecía en una posición bastante alta, y era además el empresario más joven de toda la lista.
Que una empresa alcanzara esa escala en apenas diez años se debía, además de a la rapidez con que cambiaba y avanzaba la industria de internet, a la capacidad de leer correctamente el signo de los tiempos, y también a una suerte descomunal.
Sin embargo, aunque tanto la empresa como sus productos gozaban de gran renombre, al propio Zheng Moyang no le gustaba mostrar la cara en público. Por supuesto, tratándose de un personaje famoso de ese nivel, era imposible que no existieran fotos suyas; simplemente circulaban pocas en internet.
Probablemente el señor Zheng también era consciente de que su rostro tenía un poder de impacto considerable, y de que dejarlo circular libremente podría causar revuelo a gran escala.
—Yo… —Feng Nuoyi pensó un momento cómo explicarlo—. Como exprogramador, Weihang también estuvo entre mis opciones; no es tan raro estar al tanto de la información sobre su CEO, ¿verdad?
—¿Ex Programador? —Zheng Moyang observó a Feng Nuoyi, que mantenía una expresión tranquila—. ¿Y ahora?
Feng Nuoyi respondió de forma vaga:
—Digamos que dejé la industria de internet.
Zheng Moyang no insistió en el tema; tenía cierto estilo de conversación que sabía detenerse en el momento justo, capaz de percibir con sutileza el estado de ánimo del otro y cambiar de tema con delicadeza. Conversar con alguien así resultaba muy cómodo, aunque al mismo tiempo transmitía una especie de distancia educada.
—Entonces, ¿estás dispuesto a venir a sentarte un rato?
Feng Nuoyi asintió con solemnidad:
—Confío en que las intenciones del señor Zheng son completamente de buena fe.
Una persona tan rica, ¿qué podría querer de alguien como él?
Zheng Moyang sonrió, le señaló que el cierre de la mochila no estaba bien cerrado, y luego lo condujo hacia la villa que se alzaba a lo lejos.
Caminando uno al lado del otro, Feng Nuoyi sintió una sutil sensación de opresión, tal vez por la diferencia de estatura. Aunque él mismo medía un metro ochenta, junto a Zheng Moyang, que rondaba el metro noventa, se sentía un poco menudo en comparación.
De pie junto a aquel multimillonario que apenas acababa de pasar los treinta, Feng Nuoyi no pudo evitar cierto suspiro interno. Entre ambos apenas había cuatro años de diferencia, y sin embargo el otro ya gozaba de libertad financiera y fama a nivel nacional, mientras él seguía viviendo con estrecheces y un futuro incierto. La distancia entre las personas era, en verdad, cruel.
Zheng Moyang abrió la cerradura con su huella dactilar, y la luz del techo de la sala se encendió automáticamente. Feng Nuoyi, con la mochila a cuestas y todavía goteando un poco, se quedó parado sobre la alfombra limpiapiés, sin saber muy bien qué hacer.
Zheng Moyang señaló la mesita frente al sofá:
—Puedes dejar la mochila ahí. ¿Quieres ducharte primero? En un rato, cuando se seque el agua de mar en la piel, va a resultar bastante incómodo.
—Ah… sí… gracias…
Feng Nuoyi miró la parte inferior de su mochila, que todavía tenía algo de tierra pegada, y le dio vergüenza dejarla sobre la mesa limpia, así que la puso en el suelo. Sacó de la mochila la poca ropa de cambio que traía, y de pronto recordó algo; se giró con torpeza, con la mirada llena de disculpa:
—Perdón, salí a pasear y ni siquiera traje toalla…
—No importa —dijo Zheng Moyang con tono despreocupado—. En el mueble bajo el lavabo hay toallas nuevas, puedes usarlas directamente.
Entrar a la casa de alguien y encima aprovecharse de sus artículos de aseo le pareció a Feng Nuoyi sumamente vergonzoso:
—¿Cómo voy a hacer eso…?
—Si de verdad te incomoda tanto, también puedes sacar dinero de tu tarjeta y dármelo —dijo Zheng Moyang, mirándolo con un dejo de broma—. Aunque la verdad es que no me hace falta mucho dinero…
—Sí, sí —Feng Nuoyi cambió de tono al instante—. Gracias, gracias.
Zheng Moyang no dijo nada más; lo llevó a un baño junto a la sala del primer piso, le explicó cómo ajustar la temperatura y el caudal del agua, y luego se retiró con educación. Feng Nuoyi supuso que el otro probablemente había ido a ducharse a otro baño, después de todo también había estado un rato en agua de mar.
Después de cambiarse la ropa mojada y salir de una ducha reconfortante, se sintió renovado; Zheng Moyang ya estaba sentado en el sofá viendo las noticias, algo sobre un homicidio ocurrido en cierto pueblo.
Al oír sus pasos, Zheng Moyang volteó a mirarlo, y su vista volvió a clavarse en sus ojos.
—¿Ya terminaste? Puedes dejar la ropa que te cambiaste ahí mismo, en un rato vendrá alguien a encargarse de ella.
Feng Nuoyi había querido decir “yo puedo encargarme solo”, pero al pensarlo se dio cuenta de que nunca había lavado ropa a mano, así que cambió de discurso:
—Yo puedo meterla directamente a la lavadora.
Zheng Moyang, manteniendo esa postura de mirarlo fijamente, sonrió:
—Como quieras. ¿No ibas a hacer una llamada?
Feng Nuoyi, al que aquello le tocó un recuerdo olvidado, corrió de inmediato hacia el sofá y recibió el celular que Zheng Moyang le extendía. Al principio había pensado que era un poco imprudente que un multimillonario le entregara su celular así, sin más —¿y si había secretos comerciales adentro?—, pero luego pensó que seguramente el otro tenía más de un celular.
Feng Nuoyi marcó el número, y del otro lado contestaron enseguida; soltó un suspiro de alivio, parecía que el otro no estaba metido en el laboratorio.
—Hermano, me pasó algo —Feng Nuoyi explicó rápidamente lo sucedido, de principio a fin—. ¿Me puedes transferir algo de dinero…? ¡Oye, no cuelgues! ¡Soy Feng Nuoyi! ¡Deberías reconocer mi voz! ¿O quieres que te cuente lo de cuando te sentaste sobre un cactus de niño…? ¡Listo, gracias, hermano!
Al terminar la llamada, Feng Nuoyi soltó un largo suspiro y le devolvió el celular a su dueño; sin darse cuenta, se topó con la sonrisa que se dibujaba en el rostro del otro.
—¿No eres hijo único? —preguntó Zheng Moyang al recibir el celular.
—Ah, no es mi hermano de sangre, es un vecino con quien crecí desde pequeño; sus papás y los míos eran compañeros de trabajo —Feng Nuoyi se sentó en el sofá, guardando cierta distancia—. El dinero llegará pronto, en un rato voy y lo saco…
—¿Y luego?
—¿Eh? —Feng Nuoyi se quedó un momento desconcertado, y de pronto notó que algo no cuadraba.
Ni un solo asunto importante estaba realmente resuelto. Sin documento de identidad, aunque tuviera dinero, seguía sin poder registrarse en un hotel; aunque comprara un celular nuevo, sin documento de identidad no podría activar una línea, ni hacer llamadas. Sin código de verificación por celular, la mayoría de las aplicaciones sencillamente no funcionaban.
Feng Nuoyi suspiró, y por fin entendió el verdadero significado de la expresión “a la desgracia, más desgracia”.
—Este… — Feng Nuoyi miró el celular con anhelo— señor Zheng, ¿me presta el celular otra vez? Quiero buscar cómo tramitar el documento de identidad estando fuera de mi ciudad…
Contra todo pronóstico, Zheng Moyang no mostró ninguna reacción al oírlo; permaneció sentado con la espalda recta, sus dos largas piernas resultando un placer para la vista. Desde que Feng Nuoyi lo había sujetado por detrás con un brazo bajo el agua, Zheng Moyang se había mostrado siempre sumamente educado y elegante… pero Feng Nuoyi sabía que la realidad no era esa.
Aquel empresario de modales tan caballerosos no era, en absoluto, así en el fondo.
Ahora, mirando a Feng Nuoyi, Zheng Moyang seguía irradiando la misma serenidad, con un tono que poseía una magia natural capaz de inspirar confianza:
—No hay problema, pero antes de eso, necesito saber algo.
El rostro de Feng Nuoyi se puso serio:
—¿Qué cosa?
—Tu nombre.
A Feng Nuoyi le tomó un par de segundos reaccionar:
—¿Mi nombre?
—Sí —la sonrisa de Zheng Moyang seguía siendo cálida—. Tú ya sabes bastante de mí, y yo ni siquiera sé cómo te llamas; sería demasiado injusto.
—Ah— Feng Nuoyi soltó el aire, aliviado—. Es un nombre bastante simple: Feng Nuoyi, el “nuo” de “una promesa vale mil piezas de oro”, y “yi” de “uno”.
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