“Poca gente” era una tentación demasiado grande, y además, desde que había llegado a ese lugar, las desgracias se sucedían una tras otra; irse de vuelta sin siquiera haberse divertido un poco le resultaba difícil de aceptar. Feng Nuoyi se debatió consigo mismo un rato, pero terminó aceptando.
El paisaje de la bahía era precioso, el agua mezclaba un azul brillante con un verde profundo. A juzgar por cómo Zheng Moyang saludaba a los instructores de buceo, era evidente que frecuentaba el lugar. Feng Nuoyi nunca había buceado antes, así que examinaba el equipo de respiración con curiosidad, mirándolo por todos lados.
El instructor lo llevó a dar una vuelta bajo el agua; los corales del fondo eran preciosos, pero Feng Nuoyi no dejaba de temblar allá abajo, así que subió a la superficie apenas un rato después.
Zheng Moyang, desde la orilla, lo observaba temblando y goteando, sin lograr quitarse las aletas por más que lo intentaba; se acercó divertido, se agachó y le sujetó el tobillo.
—Yo te ayudo.
El tobillo pálido se sentía suave y delicado al tacto; por haber estado un rato bajo el agua, estaba algo frío. Zheng Moyang sonrió.
—En un rato date un buen baño con agua caliente.
Después de quitarle las aletas, levantó la vista para observar la expresión de Feng Nuoyi, soltó la mano y se puso de pie.
Feng Nuoyi miró con expresión confusa la piel que había sido tocada. Los gestos amables de Zheng Moyang siempre resultaban demasiado naturales, y sus toques mantenían una distancia justa, muy difícil de rechazar. Si desde el principio hubiera intentado algo que cruzara los límites, él sin duda habría reaccionado de inmediato para marcar distancia, prefiriendo terminar en la calle antes que quedarse bajo el mismo techo que él. Pero esa amabilidad tan elegante lo dejaba, en cambio, sin saber cómo reaccionar.
Zheng Moyang, al verlo todavía inmóvil en el mismo lugar, dijo de pronto con un tono burlón:
—Qué raro, me parece que te veo empapado con bastante frecuencia.
—Mejor eso que verte a ti desnudo con frecuencia.
¡Puaj! Feng Nuoyi volvió a darse una bofetada mental. ¿Por qué había tenido que sacar justo ese tema tan delicado?
—¿Ah, sí? —Zheng Moyang sonrió—. ¿Me das una reseña como usuario?
—Buenos abdominales, cinco estrellas de cinco.
En cuanto lo dijo, Feng Nuoyi se estremeció. ¿Cómo se le había ocurrido llamarlo “reseña de usuario”? ¿Quién había “usado” qué?
—Gracias por el cumplido —dijo Zheng Moyang—. Anda, ve rápido a ducharte.
Cuando Feng Nuoyi terminó de quitarse la sal marina del cuerpo y salió del club con el cabello a medio secar, todavía se encontraba en un estado de aturdimiento mental.
—¿Sigues con ganas de seguir jugando? —Zheng Moyang, al verlo a punto de desmoronarse, calculó que ya casi no le quedaban fuerzas.
—Ya no puedo más, hoy hice el ejercicio de todo un año en un solo día.
—Entonces regresemos —Zheng Moyang miró la hora—. Justo se acerca la hora de comer, ¿estás cansado? Si estás cansado, comemos afuera; recuerdo un restaurante con muy buen sashimi, todo traído por avión desde Japón…
—¡No hace falta! —Feng Nuoyi, al oír aquello, casi pudo escuchar el sonido del dinero escurriéndose entre las manos—. Cocinar no es problema, no toma tanto tiempo.
Fiel al principio de “no tomar ni una aguja ni un hilo del jefe”, Feng Nuoyi preparó con toda diligencia dos platos con carne y uno vegetariano. Hoy había ingredientes de sobra, así que además hizo una sopa espesa de tofu. Al servirla, Zheng Moyang se quedó callado un buen rato; Feng Nuoyi pensó que probablemente lo había conmovido, que su talento culinario había alcanzado ya ese nivel capaz de tocar el alma.
—Mi madre solía hacer esto —dijo Zheng Moyang, señalando la sopa de tofu—. Mi padre cocina mejor que ella, así que en casa normalmente cocinaba él, pero este platillo es la especialidad de mi madre.
Era la primera vez que Zheng Moyang hablaba por iniciativa propia de su pasado; Feng Nuoyi se quedó paralizado un momento y enseguida, con actitud servicial, le sirvió un tazón y se lo pasó.
Después de comer, Feng Nuoyi fue directo al cuarto de huéspedes a recuperar sueño; levantarse a las seis de la mañana había sido una verdadera tortura. Durmió profundamente, sin darse cuenta del paso del tiempo; cuando por fin abrió los ojos, la luz que se colaba por las cortinas ya se había oscurecido.
Feng Nuoyi se quedó desconcertado un momento, hasta que la conciencia le fue regresando poco a poco, recordándole que estaba en la cama de otra persona. Antes de que pudiera decidir qué hacer a continuación, de pronto sonó alguien tocando la puerta.
¿Y ahora qué querría el gran jefe? Feng Nuoyi se frotó los ojos y abrió la puerta; todavía no había tenido tiempo de ponerse los anteojos, así que Zheng Moyang era, para él, una silueta borrosa.
—Buenas tardes, señor Zheng, ¿pasa algo?
Zheng Moyang, muy satisfecho al ver que no traía puestos los anteojos, lo contempló un momento, y luego explicó el motivo de su visita:
—¿No habíamos quedado en ver una película?
Feng Nuoyi abrió los ojos poco a poco. Ah, cierto, eso también.
Zheng Moyang miró con ternura su cabeza toda despeinada y preguntó con preocupación:
—Dormiste tanto tiempo, ¿te duele la cabeza?
¡No me seduzcas con esa voz tan suave, por favor!
—No me duele —dijo Feng Nuoyi, sin darse cuenta suavizando el tono—. ¿Qué película vamos a ver?
—Tú eliges.
La sala de cine en casa quedaba justo al lado del cuarto de Feng Nuoyi; las cuatro paredes estaban forradas con paneles y algodón acústico, en el centro del suelo había una alfombra gruesa, y sobre ella un sofá largo que, a simple vista, se veía de esos en los que uno se hunde fácilmente. Feng Nuoyi observó la decoración de la habitación y pensó: aquí sería perfecto para hacer todo tipo de “juegos”; ni los gritos se escucharían afuera.
Dios mío, ¿cuánta basura pervertida tenía guardada en la cabeza?
—Catálogo de películas —dijo Zheng Moyang.
La amplia pantalla electrónica se encendió automáticamente, y aparecieron en fila varios pósters de películas. Al mismo tiempo, las gruesas cortinas se cerraron solas, la luz del techo bajó al mínimo, y apenas se distinguía el contorno del sofá.
—¿Cerradura por huella de voz? —Feng Nuoyi eligió un extremo del sofá para sentarse, empujándose automáticamente hacia la orilla.
—Sí, un sistema audiovisual inteligente integrado; los electrodomésticos, las luces y las cortinas están todos sincronizados, basta con hablar.
—Ya estamos en la era del internet de las cosas, ¿eh? —Feng Nuoyi, mirando la etiqueta de “recomendaciones personalizadas” en la pantalla, preguntó—. ¿Aquí también hay recomendación personalizada?
—Sí, distintas huellas de voz activan distintas bibliotecas de video, y también recomiendan tipos diferentes —dijo Zheng Moyang—. Por ahora solo está mi historial de navegación, así que el algoritmo de recomendación solo funciona con mi voz.
Entonces activó la función de reconocimiento de voz y acercó el micrófono hacia él.
—Ven, di algunas palabras.
—No hace falta, no hace falta —Feng Nuoyi se corrió a un lado, a punto de caerse del sofá—. Total, no lo voy a usar tantas veces, ni siquiera tendría a dónde recomendarme nada.
Zheng Moyang lo miró con una sonrisa a medias, y estiró la mano para jalarlo de vuelta a su posición original.
—Entonces elige tú.
—Vea la que a usted le guste —Feng Nuoyi se volvió hacia la pantalla—. Si aquí precisamente hay recomendaciones…
Los Vengadores, Spider-Man, Iron Man.
—Vaya… —Feng Nuoyi miró la selección de Marvel; aquello sí que era inesperado—. Así que al jefe Zheng le gustan las películas de superhéroes.
—¿Crees que tengo mal gusto?
—No, no, no —dijo Feng Nuoyi—. Solo que no me parece que usted sea el público principal de este tipo de películas.
—Solo veo, cuando estoy aburrido, algunas películas comerciales exitosas —dijo Zheng Moyang—. El diseño de los puntos de emoción en las películas de palomitas está hecho con mucho ingenio.
—Ah, ¿está pensando en invertir en cine?
—No, solo lo estudio por curiosidad —Zheng Moyang observó su expresión—. ¿No te gustan?
—Eso no —dijo Feng Nuoyi—. ¿A quién no le gusta una película que te haga vibrar? Es que nunca he visto Spider-Man.
Zheng Moyang se sorprendió un poco:
—¿No la viste de niño?
—Tenía demasiadas clases de refuerzo, no me quedaba tiempo— Feng Nuoyi no quiso ponerse quisquilloso, y de todos modos tampoco se le ocurría de momento qué otra cosa ver. Las películas de superhéroes debían ser una de las opciones más seguras: ni tenían el ambiente romántico de una película de amor, ni provocaban ese efecto de “puente colgante” propio del suspenso; al terminar, lo único que quedaba era soltar un “¡qué bien!” sin ninguna secuela emocional. Así que asintió sin dudarlo, señalando la pantalla: —Entonces esa.
Los dos se metieron bastante en la película. En el extremo del sofá la vista de verdad no era buena; Feng Nuoyi se debatió un rato, y en un cambio de escena con efectos especiales, se corrió despacio hacia el centro. Zheng Moyang, como si no se hubiera dado cuenta, se quedó sentado exactamente igual, sin moverse; Feng Nuoyi soltó un suspiro de alivio.
Cuando la película terminó y aparecieron los créditos deslizándose, Feng Nuoyi se recostó hacia atrás con satisfacción, se estiró, y sintió cómo varios huesos de la columna crujían de lo entumecidos que estaban.
—¿Qué te pareció? —le preguntó Zheng Moyang.
—Los efectos especiales están muy bien —dijo Feng Nuoyi con sinceridad—. Del resto no tengo mucho que decir; el mundo se salva, la vida vuelve a ser hermosa, el final que uno ya esperaba.
—¿No te gustan los superhéroes?
—Para nada, la verdad los envidio bastante —dijo Feng Nuoyi—. En la vida real, aunque uno quisiera hacer justicia, no sería tan sencillo como en las películas. Antes de actuar habría que negociar, seguir procedimientos y trámites; después habría que calmar a la gente, asumir responsabilidades y pagar indemnizaciones, todo un lío. Aunque de verdad apareciera un superhéroe capaz de acabar de golpe con todos los villanos, tampoco viviría una vida fácil. Bastaría con que dijera una sola frase equivocada frente a los medios para que los internautas lo destrozaran sin piedad.
Zheng Moyang se rió, con esa voz grave y profunda que parecía hacer vibrar hasta el aire alrededor:
—Con lo que dices, parece que el destino de los héroes es bastante trágico.
—Sí, porque casi nadie se preocupa por lo que pasa después con los héroes; la gente los elogia y se va, al fin y al cabo su propia vida les importa más —dijo Feng Nuoyi—. ¿Se acuerda de aquel maestro voluntario tan famoso? Mmm… creo que se llamaba Chen Niandong. Daba clases en Lanshan, y hasta apoyó económicamente a decenas de estudiantes para que pudieran ir a la escuela; hace unos años causó bastante revuelo, todos donaban ropa y dinero. Poco después ya no se supo nada más de él, y hasta ahora nadie sabe cómo le fue.
Zheng Moyang lo miró:
—Te acuerdas con bastante detalle.
—Es que en la noticia había una foto de él dando clases, y era bastante guapo.
Zheng Moyang se quedó sin palabras.
La película había terminado, pero Feng Nuoyi no parecía tener intención de irse. Ese sofá era demasiado cómodo; qué bueno era tener dinero.
Se recostó perezosamente contra el respaldo del sofá y entrecerró los ojos; un momento después, dos dedos largos y delgados se acercaron de repente, sujetaron el armazón de sus anteojos y, despacio, se los quitaron. Feng Nuoyi no se movió; su mirada fue desplazándose poco a poco hasta el rostro del hombre a su lado. El otro lo observaba de costado, con los anteojos en la mano, con una expresión difícil de descifrar.
Feng Nuoyi sintió una presión invisible que lo clavaba contra el sofá. Después de un largo momento, sonrió levemente y preguntó, con tono casual:
—¿Qué está mirando el señor Zheng?
Desde la perspectiva de Zheng Moyang, las facciones de Feng Nuoyi tenían, bajo aquella luz tenue, una belleza difusa y suave; sus ojos, como de cristal, se veían algo perdidos por no poder ver con claridad, y la ropa holgada y casual que llevaba encima podría quitarse sin ningún esfuerzo.
—Solo pensaba por dónde empezar —respondió.
Justo en ese momento terminaron por fin los créditos finales de la película; la pantalla se apagó, las cortinas se abrieron automáticamente, la luz de la habitación se encendió de golpe, y todo lo que alcanzaba la vista se volvió nítido.
Feng Nuoyi tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás; los dos estaban muy cerca, sus respiraciones se entrelazaban al chocar contra las mejillas del otro, y la piel le picaba levemente.
Lo miró y dijo, con media sonrisa:
—¿Tantas ganas tiene el señor Zheng de acostarse conmigo?
El papel de la ventana por fin se había roto.
Zheng Moyang lo miró y lo admitió sin rodeos:
—Sí.
—Ah —Feng Nuoyi aceptó aquel hecho con una fluidez sorprendente—. ¿Y con qué identidad piensa acostarse conmigo el señor Zheng?
Zheng Moyang pareció considerar que esa pregunta merecía una reflexión seria; se echó un poco hacia atrás, y el ambiente cargado de tensión se disipó al instante.
—No tengo interés en establecer una relación estable. Enamorarse es problemático: hay que considerar los sentimientos del otro, hay que invertir tiempo y emociones, pero en el fondo todo se reduce a un subidón hormonal que no dura mucho. No quiero gastar mi vida en algo así, sin final claro. Comparado con ser pareja, una relación de manutención me conviene mucho más: no dispersa la energía, y además puede resolver las necesidades en cualquier momento.
Vaya, qué sinceridad. Feng Nuoyi no sabía si darle una bofetada o agradecerle por hablar sin rodeos.
Aunque esa respuesta era justo la que esperaba, sintió de todos modos una punzada leve de dolor. Todavía guardaba una pequeña esperanza de que el otro quisiera de verdad conquistarlo… aunque, claro, en el mundo real no existían tantas historias de “presidente dominante se enamora de mí”.
Sin embargo, en apariencia, solo sonrió con ligereza, como quien no le da mayor importancia:
—El señor Zheng es un escéptico del amor.
—No —dijo Zheng Moyang—. Sí creo en el amor, solo que no creo que vaya a pasarme a mí.
—¿Por qué?
—La probabilidad es demasiado baja —dijo Zheng Moyang—. Uno solo puede enamorarse de alguien que conoce, y las personas que uno llega a conocer en toda una vida son muy limitadas. Aunque existiera en el mundo esa pareja perfecta para uno, la probabilidad de que apareciera justo cerca de ti es prácticamente cero.
—¿Y si te la encontraras? —Feng Nuoyi lo miró—. Si te la encontraras, ¿qué harías?
—Si de verdad tuviera esa suerte, como ganarme la lotería —dijo Zheng Moyang—, por supuesto que lo daría todo.
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