Zheng Moyang le pasó el celular; Feng Nuoyi lo sostuvo por una esquina y, pensándolo mejor, prefirió preguntar de antemano:
—¿Me prestas para entrar a una cuenta?
—Como quieras —dijo Zheng Moyang, mirando con preocupación cómo sostenía el celular, temiendo que en cuanto lo soltara un poco, el aparato encontrara su fin prematuro.
—Bien— Feng Nuoyi tomó el celular a toda velocidad, se agachó y abrió el cierre de su mochila para hurgar dentro.
Zheng Moyang lo observó sacar un par de anteojos de armazón negro; en el instante en que se los puso, Zheng Moyang sintió que hasta las moléculas de oxígeno en el aire gritaban “¡no te acerques!”.
Aquellos anteojos carecían por completo de estética. El armazón de plástico no solo era grueso y tosco, sino que además no tenía forma alguna, y los lentes tampoco dejaban pasar muy bien la luz; una vez puestos, no solo tapaban aquellos ojos preciosos, sino también las cejas.
Fue entonces cuando Zheng Moyang por fin se fijó, distraído, en la vestimenta de Feng Nuoyi: una camisa a cuadros de color amarillo tierra, unos pantalones rectos y holgados, y sandalias en los pies; incluso siendo Feng Nuoyi de piel blanca y fría, aquello resultaba todo un desastre visual…
¿No había dicho que ya había renunciado a su trabajo? ¿Por qué su gusto seguía encajando tan bien con el estereotipo de programador?
Una vez que los anteojos volvieron a su lugar habitual, Feng Nuoyi lucía como un estudiante universitario de rasgos delicados, del tipo de hombre heterosexual sin ningún sentido de la moda.
Si Feng Nuoyi hubiera tenido esa misma apariencia en su primer encuentro, Zheng Moyang jamás lo habría llevado a su casa; después de todo, sus motivos para hacer buenas obras nunca habían sido tan puros.
Como si hubiera notado su mirada, Feng Nuoyi lo observó a través de aquellos anteojos grandes y cuadrados, y explicó:
—En realidad tengo quinientos grados de miopía. Antes traía lentes de contacto, pero hace un momento me los quité en el baño…
Zheng Moyang suspiró:
—Búscalo, entonces.
Tenía que encontrar la ocasión para quitarle esos anteojos.
Feng Nuoyi escribía rápidamente, revisando la página con seriedad, y de vez en cuando fruncía el ceño de una manera adorable. Zheng Moyang apartó la mirada y se puso a revisar sus correos; escuchó a Feng Nuoyi decir números en voz alta frente al celular, probablemente configurando una contraseña por voz.
El chico de los anteojos estuvo un rato estudiando la pantalla y luego se dejó caer hacia atrás contra el respaldo del sofá, desanimado, como un muñeco al que le hubieran sacado todo el aire.
—¿Qué pasó? —preguntó Zheng Moyang—. ¿Es muy complicado?
—Para tomar el avión puedo tramitar un comprobante temporal de identidad, así que sí puedo regresar. Pero para tramitar el documento de identidad fuera de mi ciudad, se necesita un comprobante de residencia local— Feng Nuoyi dejó caer los brazos, resignado—. Tengo que hacerlo en el lugar donde está registrado mi hukou.
—¿No existe alguna manera de tramitarlo en línea?
—Se puede enviar la solicitud a través de la cuenta oficial del lugar donde está mi registro, pero desde que se envía hasta que llega el documento por correo, pasa al menos una semana y algo más— Feng Nuoyi mantenía los párpados caídos, sin ánimo alguno—. Para entonces yo ya habría vuelto en avión.
Así que seguía en pie el mismo problema: ¿cómo registrarse en un hotel?
—Puedes quedarte aquí estos días —dijo Zheng Moyang.
Feng Nuoyi giró la cabeza de golpe para mirarlo, y solo volvió a encontrarse con esa misma expresión de sinceridad eterna e invariable.
Cuanto más lo pensaba, más le parecía la trama de cierta película: el protagonista, de viaje, es abordado por un guapo que dice conocer bien la zona y puede ofrecerle hospedaje y hacer de guía; luego, en el camino, el protagonista es drogado, y al despertar ya se encuentra sobre una tarima de exhibición en alguna subasta.
¡Eso era exactamente “Búsqueda implacable”!
Feng Nuoyi evaluó a Zheng Moyang de pies a cabeza, pensando si no sería uno de esos peces gordos que se movían tanto en el mundo legal como en el ilegal, con alguna línea secreta de tráfico de personas…
—No hace falta tanta imaginación —dijo Zheng Moyang.
Feng Nuoyi parpadeó:
—¿Qué?
—Me miras como si en el siguiente segundo fuera a venderte— Zheng Moyang sonrió con resignación—. Teniendo canales de ingresos legales tan buenos como los que tengo, ¿para qué me metería en negocios ilegales de ese tipo?
Ah, pensó Feng Nuoyi, eso nunca se sabe.
Al fin y al cabo, el mundo de los capitalistas estaba lleno de cosas indecibles.
Y entonces asintió, siguiéndole la corriente:
—Tiene usted toda la razón, yo también lo pensaba así.
Zheng Moyang volvió a mirar su ropa; esta vez Feng Nuoyi se dio cuenta de esa mirada y se encogió de hombros:
—Ah, tampoco es que me vista así a propósito.
Zheng Moyang expresó, con toda cortesía, su apoyo y admiración por aquel estilo de vestir, y señaló lo cómoda que resultaba esa combinación.
—Se equivoca —dijo Feng Nuoyi—. No es que no me guste ser un hombre elegante y refinado; principalmente es que soy pobre.
Sí, pobre, y últimamente más pobre que nunca.
En realidad, en la universidad, el clóset de Feng Nuoyi estaba lleno de camisas de seda y pantalones entallados, que desentonaban por completo con las camisas a cuadros de sus compañeros de dormitorio. Pero después de renunciar a su trabajo, su nivel de vida había caído en picada, y ahora en verdad solo podía costear ese tipo de ropa que parecía —y en efecto era— de puesto callejero.
Sabía que estaba desperdiciando su propio atractivo, pero no había remedio.
—Si lo necesitas —dijo Zheng Moyang, tras pensarlo un momento—, puedo darte algo de dinero.
Esta ya era la tercera vez en dos horas que Feng Nuoyi miraba al magnate Zheng con expresión de auténtico shock. ¿De dónde había salido eso?
Levantó la vista para observar la decoración, sencilla pero no exenta de estilo, y luego se miró a sí mismo, sentado ahí en la sala; en verdad parecía puesto ahí con Photoshop, fuera de lugar:
—¿Estoy afeando el paisaje?
—No —dijo Zheng Moyang—. Solo pienso que te verías muy bien si te vistieras de forma más formal.
¿Cómo era que la trama pasaba de “Búsqueda implacable” a “Pretty Woman”?
Feng Nuoyi observó la mirada ambigua de Zheng Moyang, y de pronto lo entendió todo.
Que alguien con las condiciones de Zheng Moyang siguiera soltero hasta ahora, en verdad resultaba extraño. Sobre eso circulaban muchos rumores. El más creíble de todos era que tenía una orientación poco convencional, y que además no tenía interés alguno en la felicidad familiar. Más que una relación estable, prefería mantener amantes bajo su manutención. Le daba más margen de elección, y también más libertad.
Este hombre lo lleva de vuelta a su casa, le ofrece hospedaje, y encima le ofrece dinero por su propia voluntad; no es por buena persona, seguro le ha echado el ojo.
¿Hasta saliendo de viaje le tocaba caer en una trama tan cliché de “mantenido”?
Feng Nuoyi no pudo evitar estremecerse.
—Creo que vestirme así está bastante bien… ahuyenta a los ladrones…
Al decirlo puso cara de profundo resentimiento existencial, rebosante de desdén hacia su propia camiseta descolorida.
Zheng Moyang observó su expresión, sonrió ligeramente, no ahondó en el tema, y volvió al asunto del hospedaje.
—Entonces… ¿ya decidiste si te vas a quedar aquí? Si te preocupa, puedes contactar a algún amigo, tomarte una foto y enviársela, decirle que estás conmigo; si no regresas a la hora acordada, que llame a la policía con la foto como referencia…
—¡Ay, para nada tengo un corazón tan mezquino como para sospechar así! —dijo Feng Nuoyi mientras levantaba discretamente el celular y le tomaba una foto a escondidas a Zheng Moyang—. ¡Gracias, señor Zheng, por darme alojamiento! ¡Haré todo lo posible por pagarle la renta!
Si no fuera porque los lentes se lo tapaban, la sinceridad de su mirada habría resultado aún más conmovedora. Zheng Moyang se puso de pie, sin ninguna intención de seguir apreciando las dotes actorales de Feng Nuoyi.
—Entonces te llevo al cuarto de huéspedes.
Feng Nuoyi asintió, tomó su mochila y lo siguió con la mirada baja y actitud sumisa. El otro seguía manteniendo ese aire tranquilizador; después de darle una vuelta por el cuarto de huéspedes, le dijo que no lo molestaría más, que si necesitaba algo podía subir a buscarlo, que la recámara principal quedaba justo encima de la de huéspedes.
Feng Nuoyi pensó que tal vez tenía la mente sucia, pero le pareció percibir cierto matiz de “ven a mi cuarto” en aquellas palabras.
Tras decir eso, Zheng Moyang cerró la puerta educadamente y se fue sin la menor muestra de titubeo. Feng Nuoyi se sentó al borde de la cama abrazando su mochila, pensando en qué habría querido decir el otro.
¿Dónde estaban las amenazas, el encierro, la coerción de las que tanto se hablaba en las novelas de “presidente dominante”?
Y además, él mismo no había respondido nada, y el otro tampoco había tenido ningún comportamiento agresivo, sino que seguía ofreciéndole hospedaje con toda generosidad… ¿acaso esto significaba una estrategia a largo plazo?
Feng Nuoyi se tocó la cara: ¿en serio le resultaba tan atractivo a los ojos del otro?
Después de darle vueltas al asunto un rato, se levantó y bajó las escaleras, y, cumpliendo con lo que había dicho antes, metió la ropa a la lavadora. Aquellos trapos viejos ni siquiera valía la pena lavarlos, pero su situación financiera no le permitía tirar nada que todavía sirviera.
Se quedó en cuclillas frente a la lavadora, mirando el tambor dar vueltas, absorto un buen rato, y se dio cuenta de lo vacío que se sentía el mundo sin celular…
Igual de vacío estaba su estómago.
La comida del avión había sido casi imposible de tragar, y desde entonces ya habían pasado doce horas sin probar bocado. Era un joven sano y bastante alto; aunque solía saltarse la cena por pura pereza, en ese momento realmente ya no aguantaba más.
—Dios mío —dijo Feng Nuoyi, mirando la ropa que giraba una y otra vez en la lavadora, al caer en cuenta de un problema—. ¿Y ahora cómo voy a comer?
Sin celular, ¿cómo pedir comida a domicilio? ¿Cómo saber dónde había algún restaurante?
No, no podía ser. ¿En serio tendría que ir a la recámara del gran jefe?
Tras sopesar los pros y los contras, con una especie de resignación trágica de quien se entrega voluntariamente a la trampa, Feng Nuoyi tocó la puerta de la recámara principal en el tercer piso.
Zheng Moyang abrió la puerta a tiempo, con un dejo de preocupación en la mirada.
—¿Qué pasó?
Feng Nuoyi se frotó la nariz.
—Tengo un poco de hambre, no sé si por aquí cerca…
—Se me olvidó que no tienes celular —Zheng Moyang tocó la pantalla un par de veces y se la mostró a Feng Nuoyi—. Yo pido, a ver qué se te antoja.
Feng Nuoyi bajó la mirada hacia la pantalla y por poco el corazón se le detiene del susto por los precios. Claro, con suficiente dinero, hasta un hotel de varias estrellas podía enviarte la comida hasta la puerta de casa.
Feng Nuoyi lo pensó un buen rato y, con una sonrisa forzada, le devolvió el celular:
—La verdad es que… no estoy acostumbrado a la comida de los restaurantes de afuera. ¿Hay algún ingrediente en el refrigerador? Si al señor Zheng no le molesta que use la cocina, puedo cocinar unos fideos, algo sencillo.
La excusa era bastante absurda, pero Zheng Moyang tampoco insistió en venderle la idea de algún restaurante con estrella Michelin; guardó el celular y preguntó con toda naturalidad:
—¿Sabes cocinar?
Feng Nuoyi asintió. Por supuesto que sí; siendo tan pobre como para no poder comer fuera, ¿qué otra opción le quedaba más que cocinar él mismo?
Zheng Moyang sonrió:
—¿Podrías hacerme también una porción a mí? Yo tampoco he cenado.
Bueno, ¿cómo no iba a poder? Comiendo su comida, viviendo bajo su techo, ¿no tenía que retribuirle de alguna forma cocinándole algo?
Después de que Feng Nuoyi aceptara, Zheng Moyang lo observó con una mirada apreciativa, lo cual le hizo sentir que aquello era una especie de “prueba para el puesto de amante”.
Bajó las escaleras medio en shock, medio confundido, y se miró el reflejo en la puerta de vidrio del gabinete de licores.
¿No se supone que él podía ganarse la vida gracias a su talento? ¿Ahora había caído tan bajo como para tener que valerse de su cara?
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