—¿Y esa monada aceptó, sin más? —Yao Menglin lo miró de soslayo, sus lentillas de colores brillando bajo la lámpara de araña.
A Zheng Moyang no le gustaba nada la situación actual. Él, un empresario exitoso, de pie en una lujosa suite, mientras una mujer despampanante en bata de dormir se recostaba perezosamente en el sofá, moviendo el dedo para llamarlo de vez en cuando.
Esa actitud… parecía como si él ejerciera algún tipo de oficio particular.
—Ya te dije que había condiciones previas —Zheng Moyang contuvo el impulso de romperle aquel dedo—. Y hablando de eso, ¿cómo va la investigación?
—¿Crees que un caso de asesinato se resuelve tan rápido? ¿Te crees que esto es una novela de misterio?
Para descartar la posibilidad de que “el remitente del correo fuera el propio autor de los crímenes”, una de las soluciones era averiguar quién había cometido cada uno de los casos; si no se trataba de la misma persona, esa hipótesis perdería fuerza. Y aun en el peor de los casos, si se trataba de una banda, las pistas podrían destapar más trasfondo.
—Oye, ¿de verdad se creyó esa tontería del “año de reinicio”? —masculló Yao Menglin, incrédula, y luego clavó en Zheng Moyang una mirada acusadora—. No me digas que todo esto lo montaste tú solo, ¿nada más para llevártelo a la cama?
—Te pedí que investigaras ese correo antes de conocerlo a él— Zheng Moyang la miró con un gesto de “estás loca”—. ¿Dar tantas vueltas solo para acostarme con alguien? ¿Inventarme lo del año de reinicio? ¿Te crees que estoy escribiendo ciencia ficción?
—Vete tú a saber, tu cerebro nunca ha funcionado del todo bien —replicó Yao Menglin con aplomo—. Y ese muchachito tuyo, que parece bastante inteligente, cayó en un cuento que ni a un niño de primaria engañaría. Con esas notas, no sé cómo se sacó el título…
Aunque era algo que Zheng Moyang ya esperaba, no pudo evitar fruncir el ceño con desaprobación:
—¿Lo investigaste?
—Claro, ¿no era para que te quedaras tranquilo? Así no andas sospechando que se te acercó con segundas intenciones.
—Te dije que no te metieras en mi vida privada.
Yao Menglin chasqueó la lengua y sacó un fajo grueso de documentos, arrojándolo sobre la mesa:
—¿Los vas a mirar o no?
Zheng Moyang se sentó frente a ella sin la menor vacilación y tomó los documentos para hojearlos. Yao Menglin dejó escapar un resoplido de desdén que, traducido, venía a significar algo así como “já, hombres”.
—Este historial académico es, sin duda, el del “hijo perfecto de los demás” —Yao Menglin levantó la taza de té negro de la mesa y bebió un sorbo, recuperando por un instante su porte de gran dama—. Y su familia tampoco está mal.
Zheng Moyang observó el apartado sobre la situación familiar:
—¿Su padre es directivo de una empresa estatal?
—Su madre es ingeniera de rango superior— Yao Menglin señaló una línea con la uña—. Tres generaciones seguidas graduadas de las dos mejores universidades del país, licenciatura y maestría incluidas. Su título, dentro de esa familia, es prácticamente el más humilde de todos.
—Ese tono tuyo suena a lástima.
—Debe de sentir una presión tremenda, la verdad —dijo Yao Menglin—. Aunque tampoco es que me corresponda a mí compadecerlo; total, ¿qué tiene de lamentable un nerd de ese calibre? ¿Ya te lo llevaste a la cama o no?
—¿A ti qué te importa?
—Ya veo que no—. La sonrisa de Yao Menglin rebosaba regocijo malicioso; siempre lograba sacar placer del malestar ajeno de Zheng Moyang—. Admítelo: ya no tienes el mismo encanto de antes.
Zheng Moyang se negó a seguir esa conversación y, con toda la sutileza posible, le insinuó que en su empresa la esperaban montones de asuntos pendientes, que ya era hora de que volviera al trabajo.
—Solo tengo estos pocos días de vacaciones al año, ¿tú tienes corazón o qué?
—Soy accionista. Tengo derecho a vigilar que cumplas tus obligaciones con la empresa.
—Ser una adicta al trabajo no te da derecho a arrastrar a los demás contigo, ¿sabes? Por cierto, ¿qué piensas hacer después? Tú no eres de los que saben quedarse quietos. Según la tradición de los magnates retirados, ¿no te toca ahora dedicarte a la beneficencia o algo así?
—¿A mí me ves cara de hacer caridad?
—¿No tienes a tu nombre la Fundación Brote Verde, esa que se dedica a apoyar la educación obligatoria? Cada año le echas un poco de dinero, alardeas de tu responsabilidad social, y después la dejas a su suerte —dijo Yao Menglin—. He oído que esa fundación no tiene muy buena fama; que ha habido escándalos de obras mal hechas y ese tipo de cosas. Ni siquiera te preocupas por cuidar tu propio nombre.
—¿No basta con dar el dinero? —Zheng Moyang frunció el ceño, como si el tema le resultara fastidioso—. A los internautas solo les importa la cifra de la donación; ni se molestan en averiguar adónde va a parar realmente.
—Vaya, vaya, entonces a lo único que te dedicas ahora es a mantener a tu amorcito, ¿no? ¡Que tirano decadente! Jamás pensé que viviría para ver este día.
Zheng Moyang no confirmó ni negó la acusación, y los dos volvieron a quedar sumidos en un incómodo silencio, mirándose el uno al otro. El aire se quedó tenso durante un instante, hasta que Yao Menglin levantó la cabeza de repente:
—Oye, si tú saliste, ¿dónde se quedó tu tesoro?
El tesoro en cuestión paseaba por la orilla del mar.
Feng Nuoyi había pasado los últimos días como en una nebulosa, enredado con un capitalista retirado de una profundidad insondable, y encima metido en un “proyecto divino” digno de un escándalo. Después de que Zheng Moyang saliera de la villa, él dio unas cuantas vueltas por la enorme casa, sintiéndose como un gato o un perro abandonado en el hogar, hasta que, decidido, agarró su chaqueta y salió.
No había caminado mucho a lo largo de la costa cuando divisó aquel cabo, el punto donde sus destinos se habían cruzado por primera vez.
Feng Nuoyi llegó hasta la punta del promontorio y se quedó mirando hacia abajo, contemplando el mar que rompía en espuma blanca.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie cuando, de pronto, un estruendoso rugido de motor se le vino encima, sobresaltándolo por completo.
¿Qué clase de chiflado conducía un deportivo por un camino tan lleno de baches como aquel? Ni le importaba que se le hicieran pedazos los huesos a fuerza de sacudidas. Feng Nuoyi se dio la vuelta y vio a Yao Menglin en el descapotable.
De repente, todo empezó a tener sentido.
Ella llevaba unas gafas de sol que le cubrían casi toda la cara, dejando a la vista solo sus labios de un rojo intenso, llamativos como llamas. Apoyó el brazo en la puerta del coche con desenfado y le lanzó un silbido descarado:
—Guapo, ¿tienes tiempo libre?
Feng Nuoyi ya estaba acostumbrado al estilo de aquella señorita y se acercó con naturalidad, esbozando una sonrisa dócil:
—Presidenta Yao.
—Qué frialdad, llamarme así— Los ojos seductores de Yao Menglin llevaban escrita, con claridad, la palabra “coqueteo”—. Dime “hermana”.
¿Qué manía tan rara era esa? Feng Nuoyi parpadeó y esquivó la respuesta con otra pregunta:
—¿Está de paseo, presidenta Yao, o ya de regreso?
—De vuelta, para hablar de negocios; no todos tenemos la vida tan relajada como cierta gente —Yao Menglin se quitó las gafas con un gesto elegante, y a juzgar por lo pulido del movimiento, debía haberlo practicado unas mil veces—. Antes de irme, no me resigno del todo; pensaba llevarte conmigo, a ver si te robo.
Feng Nuoyi no sabía distinguir qué parte era en serio y cuál en broma; al fin y al cabo, dada la relación entre ella y Zheng Moyang, aunque en la superficie se lanzaran dardos todo el tiempo, jamás se enfrentarían de verdad por culpa de un tercero, y el único que saldría perdiendo sería él mismo. Así que frunció el ceño, fingiendo apuro:
—Se lo agradezco, pero soy irremediablemente gay.
Yao Menglin entrecerró los ojos, lo recorrió de arriba abajo con la mirada, y de pronto esbozó una leve sonrisa:
—¿Quién dijo que, si te vienes conmigo, tendrías que estar arriba?
Por muchas películas que hubiera visto Feng Nuoyi, aquello lo dejó con la mente en blanco por el impacto. Vaya, vaya. Así que también existía esa jugada.
Yao Menglin, al ver la expresión de infarto de su interlocutor, se echó a reír:
—Qué lindo eres.
Feng Nuoyi suspiró y se frotó los brazos, donde se le había puesto la piel de gallina:
—Presidenta Yao, ya deje de tomarme el pelo. Hace un momento hasta redacté mi testamento mental.
—¿Con eso ya te asustaste? —Yao Menglin soltó una risita—. Y aun así le dijiste que sí a Zheng Moyang. Yo que pensaba que eras listo.
—¿Cree la presidenta Yao que el señor Zheng es una persona peligrosa?
—Todo lo contrario. Si él quiere, puede ser un amante de lo más tierno y considerado, capaz de hacerte vivir como en un sueño —dijo Yao Menglin—. Pero eso depende de su estado de ánimo. Cuando esté de mal humor, ya verás lo terrible que puede llegar a ser.
Feng Nuoyi recordó el revuelo de la mañana de anteayer y asintió:
—Creo que entiendo más o menos a qué se refiere.
—Él no es de los que usan la violencia porque sí; dejar marcas no encaja con su estética personal. Su manera de atormentar a la gente es… particular.
Feng Nuoyi, obediente, dio a entender que escuchaba con atención.
—Ay, eso ya no puedo contarlo con más detalle; al fin y al cabo, somos socios con intereses comunes—, Yao Menglin guiñó un ojo con picardía—. Pero seguro que captas la idea.
Feng Nuoyi lo pensó un momento y dijo, con toda cortesía:
—Gracias por su preocupación, presidenta Yao.
—Dime “hermana”—, el tono de Yao Menglin sonó bastante disgustado. De pronto bajó la voz y se puso seria—. Lo más importante —dijo— es que nunca, jamás, te enamores de él.
Feng Nuoyi se quedó desconcertado un instante, y luego sonrió:
—¿Por qué?
—Él te hace creer con facilidad que existe amor entre ustedes, pero esa persona es incapaz de amar. Por muy bien que te trate, no tiene nada que ver con los sentimientos. Solo hay dos tipos de personas que le importan: las que pueden traerle beneficios reales, y las que le resultan interesantes —hizo una pausa y añadió—: Tú probablemente seas del segundo tipo.
A Feng Nuoyi le pareció una conclusión curiosa:
—¿En serio?
—Para serte franca —dijo Yao Menglin—, todavía no entiendo por qué aceptaste. Con tus cualidades, no te sería nada difícil encontrar una pareja excelente y normal —recalcó especialmente la palabra “normal”.
Feng Nuoyi reflexionó un buen rato y, al final, se limitó a encogerse de hombros:
—Tal vez sea la rebeldía típica de un “buen alumno”. De pequeño me reprimieron demasiado, así que cuando veo algo peligroso me resulta emocionante, y me dan ganas de acercarme.
Yao Menglin lo observó un rato, como sopesando si aceptar esa explicación, y al final dijo, casi rindiéndose:
—Está bien. Tú solo ten cuidado.
Feng Nuoyi asintió dos veces:
—Lo tendré presente, hermana.
Ese “hermana” hizo que a Yao Menglin se le iluminara el rostro de alegría, y extendió la mano para pellizcarle la mejilla con cariño:
—Ay, qué obediente eres.
Fiel a su principio de “coquetear y salir corriendo”, en cuanto retiró la mano, Yao Menglin pisó el acelerador y se marchó a toda velocidad. Feng Nuoyi se quedó de pie en el sitio, frotándose la mejilla, contemplando pensativo las luces traseras del coche.
—¿En qué piensas?
Feng Nuoyi se dio la vuelta y vio a Zheng Moyang acercándose hacia él, con el rostro tan sereno como siempre, sin dejar traslucir emoción alguna. Los pensamientos de Feng Nuoyi dieron vueltas durante unos segundos antes de que decidiera contarlo todo:
—La presidenta Yao quería reclutarme.
Zheng Moyang se limitó a sonreír levemente, con un gesto de total indiferencia, sin mostrar la menor intención de indagar más. La amistad entre esos dos era, la verdad, muy peculiar.
—Lo que dice esa mujer nunca tiene ni pies ni cabeza; tómatelo como algo pasajero —fue todo lo que le dijo Zheng Moyang.
Qué curioso, pensó Feng Nuoyi para sus adentros, ninguno de los dos parecía tener muy buena opinión del otro. Pero, por fuera, asintió con docilidad.
Zheng Moyang parecía tener algo más que decir. Sacó el móvil, en cuya pantalla había un correo sin leer:
—Ya llegó otra vez.
Como el correo estaba configurado para autodestruirse después de leerlo, y además tenía un límite de tiempo, los dos habían acordado leer juntos cada vez que llegara un mensaje nuevo. Al parecer, el “dios” en cuestión no era muy puntual: la hora de envío variaba, a veces temprano, a veces tarde, como si mandara el correo cuando le venía en gana.
Si hubiera sido alguien con el ánimo frágil, habría tenido que vigilar el teléfono con ansiedad las veinticuatro horas del día, como quien espera la llamada de recursos humanos tras una entrevista de trabajo.
Feng Nuoyi acercó la cabeza y apoyó la barbilla en el hombro de Zheng Moyang; su cabello, ligeramente ondulado y algo largo, rozaba la mejilla del otro arrastrado por el viento marino, como las caricias insistentes de un gatito.
Zheng Moyang bajó la mirada hacia él un instante y tocó la pantalla; se abrió la bandeja de entrada, con un título que decía, claro y directo: “Aviso previo del proyecto Año de Reinicio”. El contenido también era breve: 12 de enero, aldea de Bao’an, montaña Lanshan, provincia de Danzhou. Número de fallecidos: 13.
En el instante en que la vista llegaba al punto final, la pantalla se cerró de repente, y el registro del correo en la bandeja de entrada también desapareció. Ambos guardaron silencio durante un buen rato; solo se oía el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados.
—Antes intenté hacer capturas de pantalla, o grabar video —dijo Zheng Moyang—. Pero este correo parece tener alguna función anticapturas; en cuanto intentas capturarlo, se autodestruye.
—¿Y grabando video?
—El video también desaparece del teléfono con el que se grabó, al cabo de un rato.
—Qué extraño —suspiró Feng Nuoyi—. Y ese número de muertos… ¿antes había sido tan alto?
—No —Zheng Moyang guardó el teléfono—. Esta vez parece que va a ser un accidente grave.
—Faltan cinco días para esa fecha.
—Sí —Zheng Moyang preguntó—: Tu vuelo es mañana por la tarde, ¿verdad? ¿Adónde vas?
—A Liangxi, mi pueblo natal —dijo Feng Nuoyi—. En realidad siempre he vivido en Jingkou, pero tengo que volver a tramitar de nuevo mi identificación.
—Te acompaño. Después iremos juntos a Lanshan.
A Feng Nuoyi se le pusieron los ojos como platos:
—¿Por qué?
—Necesito confirmar en persona si la información es real —respondió Zheng Moyang.
—¿Y por qué tengo que ir yo también?
Él miró un momento al muchacho, que lo observaba con los ojos muy abiertos, y luego levantó el brazo izquierdo para rodearlo, sosteniéndole con la mano izquierda la barbilla, delicada y bien definida, encerrándolo con suavidad entre sus brazos:
—¿Tú no necesitas confirmarlo también? Al fin y al cabo, las condiciones del acuerdo las aceptaste tú mismo.
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