Bai Qi había vuelto a la mansión Bai porque el abuelo Bai iba a organizar una fiesta de cumpleaños para su hermano pequeño. Esa mañana ya había regresado y, pensando en descansar un rato en su habitación, vio en el segundo piso a su hermano pequeño, que, con el rostro impasible, dirigía a los robots para que trasladaran muebles a su habitación.
Los dos hermanos, que llevaban tiempo sin verse, bajaron juntos después de que Bai Jin terminara de arreglar su habitación. Bai Qi lo acompañó.
Por supuesto, el observador Bai Qi había notado hacía tiempo la silueta de una persona en la cama de Bai Jin, pero en ese momento no preguntó nada.
Una vez abajo, los dos hermanos se sentaron a charlar, aunque en realidad era Bai Qi quien hablaba sin parar mientras Bai Jin escuchaba.
Poco después, los invitados comenzaron a llegar. Con tanto bullicio, nadie oyó lo que ocurría en el segundo piso.
Fue cuando Bai Qi preguntó por la persona que estaba en la cama de Bai Jin que este dijo que iba a bajarla.
Su razón fue que ya debería estar despierto.
Al oír esas palabras, Bai Qi casi escupe sangre. Pero como Bai Jin siempre había sido así desde pequeño, se consoló pensando que su hermano quería presentarle a esa persona…
Sin embargo, Bai Jin subió y tardó mucho en bajar, así que Bai Qi no pudo evitar ir a ver.
También quería saber qué clase de persona era capaz de ocupar la cama de Bai Jin.
Cuando iba por la mitad de las escaleras, apareció Ivy. La familia Fox y los Bai eran amigos de toda la vida, muy cercanos, así que Ivy y Bai Qi también se conocían bien.
—Hermano Bai, ¿vas a ver al joven Bai? ¡Espérame, que voy también!
Para Bai Qi, Ivy era como otro hermano pequeño, así que subieron juntos.
Pero en medio del camino se encontraron con un grupo de personas que hablaban de la “futura esposa del joven amo Bai” y cosas así. Bai Qi frunció el ceño al oírlo. ¿Desde cuándo su hermano pequeño tenía una futura esposa? ¿Y él, como hermano mayor, no lo sabía? Ivy, en cambio, sonrió de oreja a oreja.
—Sí, sí, el joven Bai tiene esposa —dijo.
Hasta Ivy lo sabía. Parecía que se había preocupado muy poco por su hermano pequeño, pensó Bai Qi.
Pero cuando se acercaron a la habitación de Bai Jin, vieron a tres personas de pie y una sentada en el suelo, acurrucada.
La persona del suelo miraba con terror a aquel de largo cabello negro.
Cabello negro. Bai Qi recordaba que ese era el color que había visto. Entonces, esa persona era la que estaba en la cama de su hermano.
—Pequeño, ¿qué haces aquí? ¿No dijiste que ibas a traerme a alguien para conocerle? —dijo Bai Qi.
La persona de pelo rojo se giró y, con alegría, exclamó:
—¡Hermano mayor Bai!
Bai Qi frunció ligeramente el ceño. No conocía a esa persona…
Pero, al fin y al cabo, como primogénito de los Bai, no podía permitirse ser tan descortés como Bai Jin.
—Hola —saludó con educación pero con distancia, y sin mirarlo más.
Sin saberlo, su actitud fue un duro golpe para Ai Hua.
—¿Esta es la persona que querías presentarme? —Bai Qi alzó una ceja y dirigió su mirada hacia Tang Yu, examinándolo con unos ojos muy parecidos a los de Bai Jin.
Tang Yu se dejó observar sin inmutarse. No había hecho nada vergonzoso.
—Hermano mayor, él es Tang Yu —dijo Bai Jin.
Con esas breves palabras, quedó explicada la relación entre ambos.
—Hermano mayor Bai, mucho gusto —saludó Tang Yu con cortesía.
Bai Jin asintió.
—Tang Yu, igualmente.
Vaya, realmente era un bellezón. Aunque el color de su cabello y sus ojos era un tanto peculiar, había que admitir que ese tono le sentaba de maravilla.
Pero, siendo alguien elegido por su hermano pequeño, seguro que tenía algo especial.
Al fin y al cabo, las decisiones de su hermano pequeño eran imposibles de cambiar.
—Si no hay nada más, bajemos. La fiesta está a punto de comenzar.
—¿Fiesta? —Tang Yu se quedó desconcertado—. No sabía que iban a hacer una fiesta. ¿El cumpleaños de Bai Jin siempre se celebra con tanto boato (lujo)?
Bai Jin asintió y tomó la mano de Tang Yu para bajar.
Ai Hua no pudo soportarlo más. Todos allí lo ignoraban, ¿acaso pensaban que era invisible? Sus padres le habían dicho desde pequeño que sería la pareja de Bai Jin, su esposa. Y él siempre había tomado eso como su meta, moldeando su comportamiento en torno a ella.
Pero Bai Jin ni siquiera lo miraba.
—¡Esperen! ¡¿Acaso se olvidan de algo?! —gritó Ai Hua con voz estridente.
Tang Yu frunció el ceño y detuvo a los dos hermanos. Se acercó paso a paso al sirviente, y sin darse cuenta, liberó su presión. El sirviente sintió como si alguien le estuviera apretando la garganta.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó el sirviente, retrocediendo aterrorizado, como si Tang Yu, que se acercaba, fuera un demonio surgido del abismo.
—¿Qué quiero hacer? —Tang Yu esbozó una sonrisa—. Mejor pregúntate qué consecuencias tendrás por haberme calumniado.
En los ojos del sirviente brilló un destello de desdén, aunque en su rostro seguía mostrando un miedo mortal hacia Tang Yu.
—¡No te acerques, monstruo! ¡No sé de qué hablas! ¡No te he calumniado! ¡Mira las marcas en mi cuerpo! ¡Son la prueba de que intentaste abusar de mí!
Pero el sirviente no sabía que, al decir la palabra “monstruo”, una luz gélida brilló en los ojos de Bai Jin.
—¿Que intenté abusar de ti? —la sonrisa de Tang Yu se ensanchó—. Dime, si la gente te viera a ti y a mí juntos, ¿qué crees que pensarían?
El sirviente se mordió el labio. Tang Yu estaba diciendo, sin tapujos, que su belleza superaba a la suya.
¿Y él qué? ¿Acaso no era solo un cara bonita? Si su rostro pudiera trasplantarse a su propia cara…
Tang Yu se inclinó y, con rapidez, metió una pastilla en la boca del sirviente. Luego, imitando el movimiento de Bai Jin, le dio una palmada en la espalda, y la pastilla, ni grande ni pequeña, fue tragada.
El rostro del sirviente se ensombreció. Dejó de ocultar sus emociones y gritó con furia:
—¿¡Qué me has dado?!
—Veneno —dijo Tang Yu con voz ligera, y logró que el rostro del sirviente palideciera de inmediato.
Las heridas causadas por un veneno no podían curarse ni siquiera con un equipo de terapia.
El sirviente saltó.
—¡Dame el antídoto!
El sabor tan peculiar que había sentido al tragarlo lo dejó pálido, y no dudó ni un segundo de que Tang Yu decía la verdad sobre el veneno.
Tang Yu alzó una ceja. ¿No estaba hace un momento haciéndose el débil e indefenso? ¿Ya no seguía con la farsa? De reojo miró a Ai Hua, cuyo rostro, efectivamente, era un poema.
—De acuerdo —dijo Tang Yu con frialdad—, pero primero tienes que explicar por qué me has calumniado. Y delante de los dos jóvenes amos de la familia Bai.
Su mirada era gélida mientras observaba al sirviente. De él emanaba una elegancia innata, tan refinada que resultaba difícil de creer que Ai Hua pudiera llamarlo “plebeyo de baja estofa”.
El sirviente dudó un momento y, finalmente, decidió ignorar la mirada asesina de Ai Hua.
—Después de que hable, me dará el antídoto —dijo.
Tang Yu lo miró en silencio, y el sirviente interpretó eso como una aceptación.
—Fue este joven de pelo rojo quien me pidió que lo hiciera —confesó—. A cambio, me daría una poción de nivel avanzado.
La escasez de pociones era tal que a veces ni con dinero se conseguían, y mucho menos para alguien como él, sin recursos.
Para ellos, una poción era una tentación demasiado grande.
Una poción de nivel avanzado equivalía a tener una garantía de vida extra.
Todas las miradas se volvieron hacia Ai Hua. Aquellas varias miradas lo hicieron sentir como si tuviera espinas clavadas en la espalda. Se esforzó por mantenerse firme.
—¿¡Qué estás diciendo!? ¿Sabes lo que le ocurre a quien difama a un noble? —exclamó.
El sirviente ya esperaba que Ai Hua lo negara.
—De todas formas, en la residencia Bai hay cámaras de vigilancia —dijo—. Bastaría con revisar las grabaciones para ver con quién he estado en contacto.
Ai Hua replicó:
—Eso no demuestra que le haya ordenado hacer nada.
No podía admitirlo. ¡Jamás! Si lo reconocía, estaría perdido.
—¡Basta! —la voz de Ivy resonó fría por todo el pasillo, dejando claro lo enfadado que estaba.
Fue entonces cuando Ai Hua vio a Ivy, que estaba detrás de Bai Qi.
Al reconocer al joven más mimado de la familia Fox, Ai Hua palideció.
—Primo Ivy…
Tang Yu alzó una ceja. Así que eran primos. Por eso sus nombres eran tan parecidos. (NE: el nombre en chino de Ivy es Ai wei, por eso la comparación)
Ahora que lo pensaba, él también tenía un supuesto amigo que pertenecía a la familia Fox.
Vaya, los Fox eran muchos.
Ivy, con el rostro severo, se acercó a Ai Hua. Sus posiciones parecían haberse invertido: Ivy, furioso, y Ai Hua, con la cabeza gacha.
—No me importa lo que te hayan dicho tus padres —dijo Ivy con dureza—. Ya te lo he dicho otras veces: eso no fue más que una broma de la infancia. Tú te empeñaste en tomártelo en serio. ¿Fue porque tus padres te inculcaron esa idea con demasiada fuerza, o porque tu obsesión es demasiado profunda? ¡Incluso si se lo cuentas al abuelo Bai, no será más que una ridiculez!
El rostro de Ai Hua palideció aún más. Al ver que ni Bai Qi ni Bai Jin lo contradecían, bajó la cabeza y se mordió el labio.
—Pero…
—¡No hay peros! —lo interrumpió Ivy con frialdad—. ¡Deja de avergonzar a la familia Fox
Dicho esto, pulsó varias teclas en su comunicador.
—Ya he avisado a tus padres para que vengan a buscarte. Piensa bien lo que haces a partir de ahora.
Ai Hua se quedó allí, pálido como un fantasma. Pero el sirviente no olvidó su asunto.
—Joven Tang, mi antídoto —dijo.
Apenas terminó la frase, sintió un revuelo en el estómago, un ruido sordo e incontrolable. No pudo aguantarlo más y salió corriendo.
La forma tan familiar en que salió disparado hizo que Ivy frunciera el ceño.
—Pequeño Tang Yu, ¿qué le has dado? —preguntó con cara de pocos amigos—. ¿Veneno?
No podía creer que Tang Yu se dedicara a investigar esas cosas. Y menos con Bai Jin vigilando. ¡Imposible!
Además, los venenos no solo eran dañinos al ingerirlos; incluso el contacto prolongado podía causar graves daños.
—¡Una píldora de belleza! —respondió Tang Yu con toda naturalidad—. Se ha beneficiado.
El rostro de Ivy se torció. Sin querer, se llevó la mano a su propia cara, pensando: ¿cómo es que todavía quedan de esas píldoras?
Sin prestar más atención a Ai Hua, los cuatro bajaron. Por el camino, Bai Qi dijo:
—Xiao Tang, la próxima vez, deja estos asuntos en manos del mayordomo. Las marcas del cuerpo de ese sirviente eran claramente autoinfligidas. Te has tomado demasiada molestia.
Aunque no sabía qué eran esas píldoras, le sonaban a algo importante. Porque tenían la palabra “píldora”, seguro que eran algo parecido a las pociones, ¿no?
Tang Yu se quedó sin palabras por un instante. ¿Acaso se había buscado problemas él solo?
—Xiao Tang, ¿podrías contarme más sobre esas píldoras? —preguntó Bai Qi con una sonrisa amable.
—Claro que sí —respondió Tang Yu con entusiasmo—. Verás, resulta que…
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