Tang Yu alineó las más de diez píldoras de distintos tamaños: —Maestro, écheles un vistazo y dígame qué tal es su calidad.
Ling Qian se quedó pasmado. ¿Cuánto tiempo había estado Tang Yu preparando píldoras el día anterior para tener tantas?
Pero al fijarse en una de ellas, del tamaño aproximado de la que Ivy se había tragado, le dio un tic en la comisura de los labios.
¿Otra vez una tan enorme?
El maestro Tan Zhiqiu tomó una de las más pequeñas y la colocó en el aparato que había usado antes para probar las pociones de Tang Yu. Esperó un buen rato, pero no hubo reacción.
—¿Cómo es posible? —dijo Tang Yu con decepción. Creía que sí lo detectaría.
Pero sus píldoras funcionaban; la cara de Ivy era la mejor prueba. Y también la luz que había visto al formarse.
Esa luz era mucho más brillante y hermosa que la de las pociones líquidas.
El maestro Tan Zhiqiu observó la píldora en su mano, pensativo.
—Espera —dijo, y con cuidado dejó la píldora. Se fue a su estudio a buscar algo.
Al verlo ir al estudio, Tang Yu supo que el maestro iba a buscar alguna antigüedad. Solo las cosas consideradas “de tiempos antigüos” se guardaban allí.
Lo que no era una reliquia, estaba en uso.
Si ya no servía, ¿por qué no tirarlo? Tang Yu no lo entendía.
Al rato, el maestro volvió con un objeto muy viejo y tosco.
Parecía de cerámica, una estructura sencilla: dos losas, una horizontal y otra vertical, con una aguja.
En la losa vertical había tres casillas con inscripciones en chino antiguo: bajo, medio y alto.
—Maestro, no me diga que con esto se puede medir.
El maestro Tan Zhiqiu lo fulminó con la mirada: —¿Qué quieres decir con “esto”? ¡Sirve para medir!
—¿Otra antigüedad? —preguntó Tang Yu con una ceja levantada. No entendía por qué a los mayores les interesaban tanto esas cosas.
—¡Claro! —dijo el maestro con orgullo. En cuanto a coleccionar herramientas antiguas de farmacia, si él no era el primero, nadie lo era.
—¿De qué época? —preguntó Tang Yu con curiosidad.
—Eso… —el maestro se quedó callado; no lo sabía.
—¿Y si no lo sabe, cómo sabe que es antigua?
El maestro se sonrojó y replicó con mal humor: —¡Precisamente por eso es antigua, porque no se sabe!
Tang Yu:… Bien, había perdido.
El maestro colocó el tosco artefacto sobre la mesa, raspó un poco de una píldora con un cuchillo y estaba a punto de ponerlo cuando…
—¿Con tan poco es suficiente? —volvió a preguntar Tang Yu.
Al maestro le saltó una vena en la sien: —¡Cállate!
Tang Yu hizo un puchero. De acuerdo, se callaba.
Ling Qian, desde un lado, observaba en silencio; no esperaba presenciar aquello.
Pero, ¿de verdad necesitaba aquel artilugio para medir las píldoras de Tang Yu? Miró a Tang Yu con una expresión compleja.
Cuando el maestro puso el polvo de la píldora, la losa, que parecía sucia, se iluminó de repente.
Los ojos del maestro se iluminaron, y hasta Ling Qian, que había permanecido callado, dio unos pasos al frente, rompiendo su compostura.
La aguja, que parecía un mero adorno, comenzó a moverse lentamente, con un chirrido que hacía temer a Tang Yu que se fuera a caer. Pero, por supuesto, no cayó; muy digna, se detuvo en la casilla de nivel medio.
—¡Poción de nivel medio! —exclamó el maestro Tan Zhiqiu con asombro.
Tang Yu lo corrigió con descontento: —Es una píldora, no una poción.
El maestro no le hizo caso; tomó la píldora, apenas raspada, con asombro.
—No imaginaba que lo lograrías.
Tang Yu miró el tosco artefacto. Si se podía llamar máquina, parecía más bien de piedra; no sabía cómo llamarlo.
—Maestro, ¿se pueden medir nuestras pociones líquidas con esto?
El cuerpo del maestro se tensó de repente, y luego respondió: —No.
Tang Yu se indignó: —¿Por qué no? ¿Acaso solo por ser líquidas?
—¡Porque no se puede! —sin hacer caso a las objeciones de Tang Yu, el maestro guardó rápidamente su preciada herramienta de medición.
¿Acaso iba a confesar que incluso sus pociones de nivel alto y alta calidad, ante aquel artilugio, solo alcanzaban la categoría de nivel bajo? Eso sería demasiado humillante. ¡Ni siquiera era como su discípulo que lograba preparar pociones de nivel medio! Bueno, píldoras.
Tras guardar bien el objeto, asegurándose de que Tang Yu no pudiera encontrarlo, el maestro Tan Zhiqiu salió con aire solemne.
—Vamos, ven aquí, pequeño.
Tang Yu… Cada vez que el viejo lo llamaba “pequeño”, seguro que le iba a pedir algo.
Y no se equivocó. El maestro Tan Zhiqiu preguntó acto seguido: —Dime, ¿cómo has conseguido preparar estas… píldoras?
Al hacer la pregunta, el maestro no vio la expresión indescriptible de Ling Qian, pero al poco rato, su propia cara se puso igual.
Tang Yu respondió con toda naturalidad: —Primero extraigo los líquidos de los materiales, luego añado harina, sal, azúcar, salsa de soja…
Si no hubiera sido por la seriedad con que Tang Yu lo decía, el maestro Tan Zhiqiu le habría dado una bofetada y le habría gritado: “¿Me estás tomando el pelo?”.
Pero al ver que Ling Qian, aunque con cara de pocos amigos, no lo contradecía, el maestro se dio cuenta con desesperación de que Tang Yu decía la verdad.
¡Harina! ¡Aceite, sal, salsa de soja!
¿Cómo se podía hacer eso? ¡No era cocina!
—¿Puedes hacerlo otra vez? —el maestro decidió verlo en persona.
—¡Claro! —Tang Yu asintió. Menos mal que había guardado algunos ingredientes en su anillo, si no, el maestro habría tenido que ir hasta su laboratorio.
El maestro ya era mayor; mejor no hacerlo caminar de más.
Para Tang Yu, preparar píldoras era sencillo. Pero aún no había logrado recordar cómo había hecho la píldora que le dio a Bai Jin; así que siguió su propio método.
Cuando el maestro Tan Zhiqiu vio que Tang Yu realmente echaba harina, aceite, sal, salsa de soja y todo eso en el extracto, no supo qué cara poner.
Por suerte, grabó todo el proceso. Quizá más tarde podría estudiarlo con calma.
Después de confirmar varias veces con el maestro que sus píldoras eran efectivas, Tang Yu se fue tranquilo.
Su destino: la tienda de Ron, o mejor dicho, su propia tienda.
Cuando llegó, la entrada, que dos días antes estaba desierta, ahora estaba abarrotada de gente.
—¡Oye, dueño! ¿Tienes o no más pociones? —gritó un cliente, y otros lo secundaron.
—¡Les he dicho que esperen! ¿Es que no saben esperar? —respondió Ron con un rugido de exasperación.
—¡Si espero, no me va a tocar a mí! —replicó el cliente a gritos.
Tang Yu:… No esperaba que sus pociones fueran tan populares. Parece que hacían mucha falta farmacéuticos.
Al ver la entrada atestada, no quiso pasar por allí; así que le envió un mensaje a Ron.
Ron respondió rápido: —Ven por la puerta trasera.
Tang Yu rodeó el edificio hasta la parte de atrás.
Ron lo hizo pasar y, en cuanto lo vio, preguntó: —Por fin llegaste. ¿Dónde están las pociones?
Tang Yu recordó de repente que las que le quedaban se las había dado a Ivy como compensación. Sonrió con vergüenza: —Ya no tengo…
—¿¡Qué no tienes!? —Ron alzó la voz.
—¿Qué no tienes? —preguntó alguien con oído fino—. ¿No será que ya no hay pociones?
Ron rugió de vuelta: —¡No te metas!
Afuera se hizo el silencio.
Tang Yu alzó una ceja. No sabía que Ron podía ser tan feroz.
—¿Cómo que no hay pociones? ¿No dijiste que aún tenías? —preguntó Ron en voz baja.
—Se las dejé a Ivy en compensación —dijo Tang Yu—. ¿Y qué pasa con la gente de fuera?
—Es culpa de lo buenas que son tus pociones —dijo Ron con un gesto de exasperación. Eran pociones de alta calidad, aunque solo fueran básicas. Conseguir pociones de alta calidad no era fácil, ¡y además a solo veinte millones!
Tang Yu alzó una ceja. ¿Que sus pociones fueran buenas era su culpa?
—No tengo pociones, pero tengo píldoras —dijo, y sacó una bolsa con ellas.
Al ver aquellas píldoras metidas sin cuidado, a Ron le dio un tic en la boca: —¿Seguro que funcionan? —mirando aquellas bolitas de distintos tamaños y colores, no terminaba de confiar.
—¡Funcionan, seguro! ¡El maestro las ha visto!
¿Las había visto el maestro Tan Zhiqiu? Ron se quedó pasmado. Entonces debían de ser eficaces.
Tang Yu se quedó sin palabras al ver cómo Ron guardaba sus píldoras con más confianza. Al parecer, su palabra valía menos que el nombre del maestro. Le dolió un poco.
—Ya que vamos a venderlas, ¿por qué no les ponemos un nombre nuevo? —sugirió Ron.
—Si no las llamamos píldoras, ¿qué?
—¿Pastillas medicinales?
A Tang Yu le dio un tic en la boca. ¿Llamar a aquellas cosas “pastillas medicinales”? No tenía tanta cara.
—Mejor las llamamos píldoras —sentenció Tang Yu.
Tras clasificar las píldoras para Ron —en esencia, solo dos grandes categorías: curativas y de recuperación; las demás aún no había tenido tiempo de investigarlas, así que solo vendería esas—, Ron transfirió los cuatrocientos millones de créditos a la tarjeta de estudiante de Tang Yu y aprovechó para preguntarle a qué precio iba a vender aquellas píldoras.
Tang Yu pensó que, en realidad, no necesitaba tantos créditos. Si en el futuro requería más, siempre podría vender pociones o píldoras.
—Que sea a veinte millones en monedas militares, o en moneda común, da igual.
—¿Monedas militares? ¿Moneda común? —Ron se quedó desconcertado; no esperaba que Tang Yu de repente quisiera hacer transacciones en dinero físico.
—Sí, los créditos puede que no los use —dijo Tang Yu con sinceridad.
Ron lo miró con desprecio. ¡Maldito rico!
Pero la moneda común… aunque en la Primera Academia Militar no se pudiera usar, fuera de ella sí. No iban a estar toda la vida en la academia.
Ron admiró la visión de Tang Yu, aunque solo un farmacéutico cómo él podía permitirse esos planteamientos. A los demás ya les costaba suficiente esfuerzo ganar créditos.
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