—¿No quieres? —entrecerró los ojos Bai Jin.
Tang Yu no dijo nada, y la mano de aquel hombre bajó lentamente hasta atrapar su punto débil directamente entre sus dedos.
—Aquí no dices eso.
Ante aquella presión, Tang Yu estuvo a punto de no poder contener un gemido.
Sus ojos húmedos lo acusaron con la mirada mientras lo fulminaba—. ¡Haces trampa!
Un destello de diversión cruzó los ojos de Bai Jin, pero en ellos predominaba un deseo contenido.
—De verdad que me gustaría devorarte ahora mismo.
Aquella frase cargada de insinuaciones hizo que Tang Yu se sintiera tan avergonzado que casi escupe sangre. ¡Y pensar que aquel era su frío y elegante Bai Jin!
—Primero suelta… —Tang Yu se mordió el labio.
Esta vez Bai Jin obedeció y soltó. Por la mente de Tang Yu pasó un sentimiento que no supo si era decepción y alivio, y a continuación se reprendió a sí mismo: si había sido él quien le había pedido que soltara, ¿para qué andar con tantos rodeos?
Tang Yu, entre molesto y contrariado, se dirigió al baño sin percatarse de la ardiente mirada que Bai Jin clavaba en su espalda.
Después de desayunar, también llegó Ivy, diciendo que quería llevar a Tang Yu a dar una vuelta.
Bai Jin no dijo nada y los dejó salir sin más.
Aquella era la primera vez que Tang Yu pisaba el planeta capital, y la bulliciosa escena lo dejó absolutamente sobrecogido. Aunque era un hogareño empedernido, de vez en cuando salía con esos amigos de mala vida y los escuchaba fanfarronear, pero la estrella de Hailu no tenía nada que ver con el planeta capital. Tang Yu se sintió como un paleto, completamente fuera de lugar en aquel sitio. Aunque esa impresión era solo suya.
En realidad, el porte de Tang Yu era muy similar al de Ivy, pero este último, con su llamativo color de pelo, resultaba mucho más extravagante, mientras que Tang Yu irradiaba una serenidad contenida, una discreción que encerraba profundidad. Si se los comparara con atención, el empaque natural de Tang Yu superaba incluso al de Ivy, porque su distinción no necesitaba estridencias para hacerse notar; fluía de él como si fuera parte de su esencia.
La elegancia de Tang Yu parecía brotar de lo más profundo de sus huesos.
Aunque las ojeras bajo sus ojos llamaran un poco la atención, en el planeta capital había gente con los atuendos más variopintos, y alguien como Tang Yu no era para tanto.
Ni siquiera su pelo, de un castaño oscuro bastante peculiar, despertó mayor reacción.
La verdad es que, cuando dijeron de ir a dar una vuelta, en realidad no fueron a ninguna parte. Tang Yu era una persona con un objetivo muy claro, que no perdía el tiempo en cosas superfluas.
Al menos, ir de compras para él era precisamente eso: una pérdida de tiempo.
Así que le pidió a Ivy que lo llevara directamente a comprar el regalo.
Ivy lo condujo hasta la calle comercial.
Aunque la llamaban calle comercial, no se parecía en nada a las calles comerciales normales. Esta estaba reservada exclusivamente para las familias nobles del planeta capital; la gente común no podía entrar, a menos que fueras un multimillonario con influencia suficiente para afectar el poder nacional; de lo contrario, solo te quedabas mirando desde fuera.
Tang Yu observó la gran variedad de artículos para caballeros y se quedó perplejo. La verdad es que no sabía qué regalarle a Bai Jin.
—Ivy, si fuera tu cumpleaños, ¿qué te gustaría recibir? —sin tener ni idea, no le quedó más que preguntar.
Ivy estuvo a punto de decir que él no necesitaba pensar en qué recibir, porque no le faltaba de nada.
Igual que Bai Jin, que tampoco carecía de nada. Probablemente ni siquiera miraría lo que otros le regalaran.
Pero si se lo daba Tang Yu…
Bai Jin seguro que se alegraría mucho.
En realidad, Tang Yu también sabía que a Bai Jin no le faltaba nada, igual que a él mismo, como primogénito de la familia Tang, tampoco le faltaba nada.
Lo único que le faltaba era el amor de la señora Tang.
De repente, Tang Yu captó con el rabillo del ojo un destello plateado.
Giró la cabeza para mirar. Era una pulsera.
De color plateado y con un diseño muy sencillo, perfecta para un hombre.
¡Eso era!
Ivy siguió la mirada de Tang Yu y, cuando vio que era una pulsera, estuvo a punto de advertirle que el joven Bai no usaba joyas…
Pero la mirada ilusionada de Tang Yu lo hizo tragarse las palabras, y a la vez comenzó a rezar para que el joven Bai se esforzara en demostrar su entusiasmo cuando recibiera el regalo.
Tang Yu pagó sin dudar y se dispuso a regresar emocionado.
Ivy preguntó con tono lastimero:
—Pequeño Tang Yu, ¿de dónde has sacado tanto dinero…? ¿Catorce mil millones? ¡Esa cadena de mala muerte costaba catorce mil millones! ¿Qué tiene de especial para valer catorce mil millones?
¡Y lo que es peor! ¡El pequeño Tang Yu pagó sin pestañear! ¡Ni él mismo tenía tanto dinero! ¡Su paga era limitada! ¡Y su sueldo también!
Tang Yu, sobresaltado por el tono lastimero de Ivy, respondió:
—¡Lo gané yo!
—¿Cómo lo ganaste? —que le enseñara, que él también quería ganar tanto.
—¡Vendiendo pastillas! —respondió Tang Yu con total naturalidad.
Al oír la palabra pastillas, el rostro de Ivy palideció, claramente recordando aquella experiencia no tan agradable.
—…Vendiendo pastillas de belleza… —dijo Ivy con dificultad. Cuando llegó a casa, su familia le preguntó por qué habían desaparecido las pecas de su cara y por qué su piel había mejorado tanto.
Las pastillas de Tang Yu, aunque de efecto impecable… el sabor y el proceso de ingerirlas no eran precisamente placenteros.
—No, vendo pastillas curativas.
Los ojos de Ivy se iluminaron:
—¿Aún te quedan?
—Sí.
Tang Yu sacó unas cuantas de su anillo espacial y se las entregó a Ivy de una vez.
Ivy las sostuvo como si fueran un tesoro, pero de repente su rostro se ensombreció:
—¿A qué saben?
Aunque eran mucho más pequeñas, las pastillas seguían siendo blancas.
Tang Yu negó con la cabeza con honestidad:
—No lo sé.
Él nunca las había probado.
Ivy:… ¿Entonces todos ellos eran conejillos de indias?
Bueno, al fin y al cabo, el proceso de ingerirlas duraba solo un instante; confiaba en que el sufrimiento no se prolongara demasiado.
Ivy las guardó en su anillo espacial sin más reparos, y Tang Yu no dijo nada; todavía le quedaban muchas pastillas.
Caminaron un rato más y regresaron a la casa de los Bai.
Dos hombres hechos y derechos no eran precisamente adecuados para ir de compras.
Tang Yu se tumbó en la cama, algo emocionado.
¡Mañana era el cumpleaños de Bai Jin! ¿Sería mejor esperar a las doce de esta noche para darle el regalo, o dárselo al despertar al día siguiente?
Pero… ¿sería capaz de despertarse a las doce pasadas de esta noche?
Mientras Tang Yu se debatía entre sus dudas, Bai Jin ya había salido del baño. Con el cuerpo aún cubierto de vapor de agua, Bai Jin parecía haber perdido un poco de su habitual frialdad; el cabello aún goteaba. Cada vez que Tang Yu veía a aquel Bai Jin, su corazón se aceleraba sin remedio.
—¿En qué piensas? —preguntó Bai Jin.
—¡En nada! ¡No pienso en nada! ¡Me voy a dormir! —Tang Yu cogió la manta y se la puso sobre la cabeza.
A los pocos segundos, la manta se levantó ligeramente:
—La has puesto tan apretada, ¿quieres asfixiarte?
Tang Yu sintió que algo suave rozaba su cabello y luego se retiraba. Poco después, se quedó profundamente dormido.
¿Cuándo entregar el regalo? Su cuerpo ya había decidido por él.
Bai Jin, poco después de que Tang Yu se durmiera, se acostó también.
Dong, dong, dong…
Cuando el segundero, el minutero y el horario señalaron al mismo tiempo las doce, el antiguo reloj de la casa Bai comenzó a sonar.
Cada noche a las doce, el reloj sonaba.
Pero aquella noche, quizá fuera una impresión, pero sonó con especial estrépito.
Tang Yu, que estaba profundamente dormido, abrió los ojos de repente. Casi al mismo tiempo, los ojos de Bai Jin también se abrieron.
Bai Jin se incorporó de golpe, mirando a Tang Yu con alerta y preocupación.
Los ojos de Tang Yu, en aquel momento, eran de un rojo sanguinolento, parecían lúcidos y a la vez desquiciados, pero su rostro se retorcía de dolor, lo que le daba un aspecto algo aterrador.
—Yu, ¡Tang Yu! —intentó Bai Jin despertar la conciencia de Tang Yu.
Pero aquello no surtió ningún efecto. Los ojos de Tang Yu se volvían cada vez más rojos, como si fueran a gotear sangre.
Bai Jin solo necesitó dos segundos para pensar y pulsó un botón en la cabecera de la cama. Toda la habitación se iluminó con un destello y el sistema de seguridad se activó.
Nadie podía entrar y ellos tampoco podían salir temporalmente.
Bai Jin no quería que nadie supiera lo que iba a ocurrir aquella noche.
Apenas terminó de hacer aquello, Tang Yu empezó a dar señales. Lanzó un rugido de dolor y su cabello comenzó a crecer sin control.
Debido al alboroto, se habían encendido las luces, y Bai Jin pudo ver con claridad que el cabello que le crecía a Tang Yu era negro.
Las pupilas de Bai Jin se contrajeron, y entonces notó que el cabello castaño oscuro de Tang Yu también se volvía negro. Las ojeras de su rostro desaparecían rápidamente, dejando al descubierto aquel rostro perfecto bajo la luz.
Pero el dolor provocado por la transformación genética de su cuerpo distorsionaba su rostro en una mueca aterradora.
La presión que emanaba de Tang Yu comenzó a aumentar sin cesar, varias veces más fuerte que aquel estado salvaje que había mostrado tras lesionarse. Bai Jin no tuvo más remedio que recurrir a su fuerza mental para resistir.
El cuerpo de Tang Yu, que antes carecía de musculatura, empezó a marcar bloques de músculos debido al explosivo aumento de energía, pero el resultado no era estético; más bien daba la impresión de que iba a estallar en cualquier momento.
Con un golpe sordo, la cama no pudo soportar la presión que desprendía Tang Yu y se derrumbó.
Bai Jin frunció el ceño. Así no iba a solucionar nada.
Los ojos color sangre de Tang Yu se fijaron en él.
Tang Yu sufría mucho. Su cuerpo parecía a punto de estallar, y su cabeza dolía como si fuera a partirse. La hinchazón de su fuerza física le pedía un lugar donde descargarse, pero todo lo que veía era una mancha roja que le nublaba la vista; lo único que alcanzaba a distinguir era una figura escarlata.
Sin pensarlo dos veces, Tang Yu, necesitado de descarga, se lanzó directamente al ataque contra aquella figura.
En ese momento, los movimientos de Tang Yu eran increíblemente rápidos. Si hubiera que compararlos, su velocidad y fuerza superaban incluso a las de Ivy.
Pero aún así, todavía estaba por debajo de Bai Jin.
Por mucho que Tang Yu atacara, aunque cada uno de sus golpes contuviera una fuerza inimaginable, Bai Jin los bloqueaba uno a uno. Salvo por la presión espiritual que ejercía sobre Bai Jin, en el plano físico no era rival para él.
En cuestión de segundos, la habitación, antes impecable, quedó completamente destrozada. Cada puñetazo y cada patada de Tang Yu llevaban consigo una energía descomunal. Incluso sin tocar directamente el suelo o las paredes, la energía que despedían sus golpes dejaba el resistente piso y las paredes llenos de abolladuras y grietas. Sin embargo, aparte de la propia habitación de Bai Jin, nadie en las demás estancias parecía oír el ruido que estaban provocando.
Ese era el propósito del sistema de seguridad que Bai Jin había activado.
Aunque Bai Jin lograba bloquear los ataques de Tang Yu, con el paso del tiempo notaba cómo sus brazos, que usaba para detener los puñetazos, comenzaban a entumecerse. Tras el despertar genético, la fuerza de Tang Yu no era en absoluto desdeñable.
Desde cualquier punto de vista.
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