Para alquilar un local, naturalmente hacía falta firmar un contrato. Cuando Ron vio la firma de Tang Yu, su boca se torció:
—¿Eres Tang Yu?
—Sí, ¿no se me nota por los ojos de panda?
Al oír eso, a Ron le saltó una vena en la frente: —¿No has notado que ahora hay muchos más con ojos de panda?
¿En serio? Tang Yu se quedó atónito; de verdad no lo había notado.
Últimamente pasaba casi todo el tiempo en el laboratorio, y cuando salía era solo para ver a Cheng Wei o a Ling Qian. En cuanto a los demás, no había reparado en ellos.
Ron se quedó sin palabras; por la cara de Tang Yu, era evidente que no tenía ni idea.
—Los ojos de panda ya no son tu seña exclusiva.
Tang Yu se encogió de hombros sin darle importancia. Mejor que no lo fueran, así no lo reconocerían a primera vista como el compañero de habitación de Bai Jin.
—Trato hecho. Dejaré las pociones aquí —dijo Tang Yu, y sacó las pociones de su anillo espacial. Ron abrió los ojos como platos.
—¿Tantas? —exclamó asombrado.
—¿Tantas? —Tang Yu frunció el ceño; en el laboratorio aún tenía más.
Viendo la reacción de Ron, como si preparar tantas pociones fuera algo increíble, Tang Yu prefirió no mencionar que tenía más.
—Ya las he etiquetado. Estas son curativas y estas, de recuperación —dijo Tang Yu, señalando los dos montones.
Había más curativas que de recuperación, porque a Tang Yu las de recuperación le parecían un poco superfluas; prefería las que tenían más utilidad práctica.
Sin embargo, muchos farmacéuticos se decantaban por las de recuperación, porque su elaboración era más sencilla que la de las curativas.
—El precio ya te lo comunicaré más tarde —dijo Tang Yu.
Ron: —¿…No vendrás?
Tang Yu frunció el ceño. Su único objetivo era vender las pociones, no montar realmente una tienda.
—Estoy muy ocupado, tengo que preparar pociones y hacer experimentos…
Ron entendió lo que Tang Yu quería decir: básicamente, Tang Yu solo quería que él trabajara para él.
—Vale, pero entonces tus pociones tendrán descuento para mí. (*)
—Nueve cinco.
—Ocho.
—Nueve.
—Ocho.
—Ocho ocho.
—Ocho.
—Ocho cinco.
(Nota traductora: Como mi fuerte no son los números busqué a alguien que me explicara esta negociación a modo de curiosidad. Por si les interesa les dejo lo que entendí.
– Ron pide un descuento genérico: «a partir de ahora me harás descuento en tus pócimas».
– Tang Yu responde con «Nueve con cinco» (9,5 = 95 % del precio original → 5 % de descuento).
A partir de ahí, Ron va pidiendo cada vez más rebaja y Tang Yu va contraofreciendo:
| 1 | Ron «Ocho»* 8 = 80 % → 20 % dto.
| 2 | Tang Yu «Nueve»9 = 90 % → 10 % dto.
| 3 | Ron «Ocho»insiste en 20 %
| 4 | Tang Yu «Ocho con ocho» 8,8 = 88 % → 12 % dto.
| 5 | Ron «Ocho»vuelve a pedir 20 %
| 6 | Tang Yu «Ocho con cinco» 8,5 = 85 % → 15 % dto.
| 7 | Ron «Trato hecho»acepta el 15 %
Resumen práctico:
– Si una pócima cuesta 100 monedas:
– Con el trato final (8,5 = 85 %), Ron paga 85 monedas.
– Es decir, un 15 % de descuento sobre el precio original.
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—Trato hecho —Ron, en realidad, no se atrevía a abusar demasiado de Tang Yu. ¿Quién estaba detrás de él? ¡El mismísimo Bai Jin! Sabía que, tarde o temprano, Bai Jin se enteraría de todo, y si quería vivir para contarlo, más le valía no aprovecharse de Tang Yu.
Tang Yu… iba a decir que si era ocho, lo dejaba estar. Bueno, al menos tenía a alguien que le llevara la tienda…
Transfirió diez mil créditos a Ron y se fue.
Por supuesto, Tang Yu también le contó el asunto a Bai Jin.
Bai Jin guardó silencio un momento y dijo: —El alquiler lo pago yo.
Tang Yu agitó la mano: —No hace falta; aún tengo. Si no me alcanza, te lo pido —Tang Yu ya daba por hecho que lo de Bai Jin era suyo. Pero, bueno, a veces uno quiere valerse por sí mismo.
Bai Jin bajó la mirada. Esa última frase le gustó mucho.
Sobre el precio de las pociones, Tang Yu ya no le preguntaría a Bai Jin; en cambio, a escondidas, le envió un mensaje a Ivy. Pensaba que, si después de haber consultado a Bai Jin iba a preguntar a otro, eso sí que sería un golpe para el orgullo de Bai Jin.
Pero el precio que Bai Jin había dado parecía tener algún problema, así que Tang Yu se las ingenió para preguntar a Ivy a escondidas.
El mensaje de Ivy casi hace que Tang Yu se atragante.
¡Veinte millones por una poción curativa! ¿Por qué no robaban mejor?
Bueno, al principio Ron también había dicho veinte millones. Parece que ese precio era algo normal para ellos.
Con mano temblorosa, le envió a Ron un mensaje con el precio de veinte millones. Solo cuando Ron respondió que estaba enterado, Tang Yu se tranquilizó.
Al parecer, veinte millones era una cifra corriente. ¡Sin duda, él era demasiado pobre! ¿Cómo iba a asustarse por unos meros veinte millones?
Sin embargo, las andanzas a escondidas de Tang Yu no podían ocultarse de Bai Jin. Así que esa noche, Tang Yu recibió su merecido. Aunque no llegaron al final, la piel entre sus muslos quedó tan irritada que hasta caminar le dolía.
Parece que no se puede ocultar nada a ese hombre.
Si no, quien sale perdiendo es uno mismo.
¡Esa fue una lección aprendida con lágrimas!
Después de encargar la venta de pociones a Ron, Tang Yu dejó de preocuparse por el asunto. Con tal de no tener ese stock acumulado delante, estaba contento.
Pero ahora tenía otra tarea: ¿había alguna forma de mejorar el almacenamiento de las pociones? Guardarlas en tubos de ensayo era muy incómodo, y además había que estar todo el tiempo pendiente de que no se rompieran.
Eso sí, aquellos tubos eran especiales, diseñados para conservar las pociones y evitar que perdieran eficacia. A decir verdad, no evitaban la pérdida por completo, pero al menos la ralentizaban.
Con esa duda, Tang Yu quiso hablar con su maestro, el gran Tan Zhiqiu. Este, con tantos años de experiencia, seguro que tenía más ideas y soluciones.
Sin pensarlo dos veces, Tang Yu avisó a Bai Jin y salió.
Pero al llegar al edificio del maestro Tan Zhiqiu, se topó con un conocido.
Era Xu Pin, a quien había conocido cuatro meses atrás cuando fue a examinarse para farmacéutico básico.
En cuanto Xu Pin vio a Tang Yu, sus ojos reflejaron asco: —¿Qué haces aquí?
Tang Yu encontró la pregunta ridícula: —¿Y a ti qué te importa lo que haga aquí? ¿O es que tu jurisdicción ya alcanza hasta donde estoy yo?
Xu Pin se puso rojo de ira y su mirada hacia Tang Yu se volvió aún más hostil.
—¿No te ha expulsado ya el maestro? ¿A qué vienes aquí? ¿A hacer el ridículo?
Y dicho esto, Xu Pin soltó una risita burlona.
Tang Yu alzó una ceja. ¿Y eso cuándo había pasado?
—La verdad es que es vergonzoso; ¡eres el primero al que el maestro echa del gremio! —dijo Xu Pin con orgullo.
Seguir escuchando a aquel tipo inventar cosas era una pérdida de tiempo.
Así que Tang Yu, sin más, le envió una solicitud de comunicación al maestro Tan Zhiqiu.
La imagen del maestro Tan Zhiqiu apareció pronto ante ambos. Xu Pin se quedó estupefacto.
—¡Llámame maestro! —exclamó el viejo Tan Zhiqiu con sus ojos de águila bien abiertos.
Tang Yu alzó una ceja y miró a Xu Pin, cuyo rostro se tornó del color del hígado de cerdo.
—Alguien dijo que usted me había expulsado del gremio. Ya que es así, me voy —dijo Tang Yu.
El maestro Tan Zhiqiu abrió los ojos como platos y bramó: —¿Quién fue el malnacido que dijo eso? ¡Dímelo! Te prometo que no lo mato.
Xu Pin bajó la cabeza, deseando que la tierra se lo tragara. En realidad, él solo repetía lo que había oído, pero al ver a Tang Yu no pudo contenerse.
Tang Yu, con el rabillo del ojo, miró a Xu Pin y negó con la cabeza. Aunque no sabía qué intenciones tenía, su objetivo ya estaba cumplido.
Los que a escondidas difundían rumores sobre él, seguramente estarían dando saltos de rabia. Pero la princesa Fulianna ya no estaba. ¿Quién sería entonces?
Tang Yu no le dio más vueltas, porque el maestro Tan Zhiqiu ya lo apremiaba.
Así que Tang Yu entró.
Dentro, se encontró con Ling Qian.
—¡Ling Qian, también estás aquí! —si lo hubiera sabido, habrían quedado en venir juntos.
Ling Qian sonrió: —Sí, tengo muchas cosas que consultar con el maestro.
Estas palabras halagaron al maestro Tan Zhiqiu, que miró a Tang Yu con desaprobación, con una mezcla de decepción y resignación.
—¡Muchacho, por qué no vienes más a menudo! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el torneo? ¡Eh!
Tang Yu se quedó sin palabras. Es que estaba tan ocupado con sus experimentos que se le había olvidado…
—Vamos, dímelo. Solo vienes a verme cuando tienes algún problema; cuando no, soy invisible. Ya estoy acostumbrado —dijo el maestro Tan Zhiqiu. En realidad, lo que le dolía era que Tang Yu no lo buscara; pero si él iba a buscarlo, sentía que los papeles de maestro y discípulo se invertían, y le daba vergüenza.
—Solo quería preguntarle, maestro, si hay alguna manera de mejorar el almacenamiento de las pociones. Guardarlas en tubos uno por uno ocupa demasiado espacio.
El maestro Tan Zhiqiu frunció el ceño: —No hay.
—¿No hay? —Tang Yu no podía creerlo—. ¿Cómo que no hay?
—Si no, ¿por qué crees que seguimos usando tubos? —precisamente porque no había solución.
—¿Y usted no ha pensado en buscar una? —preguntó Tang Yu en voz alta. ¡Era un problema muy serio!
—¡Si ni siquiera he terminado de preparar mis pociones! ¿Cuándo iba a tener tiempo para pensar en eso? —respondió el maestro Tan Zhiqiu con toda la razón.
—¿¡Cómo que no hay!? —Tang Yu sentía que no podría seguir preparando pociones si no resolvía ese problema.
—Dejemos eso. ¿Ya has terminado de leer los apuntes que te di?
—Los tengo memorizados.
—¿¡Memorizados!? —el maestro Tan Zhiqiu también alzó la voz.
Ling Qian, que observaba desde un lado, casi quería taparse los oídos. ¿Acaso eran niños? Hablaban cada vez más fuerte, y eso que no estaban discutiendo…
—¡Los tengo memorizados, y tarde o temprano los pondré en práctica! ¿Por qué se impacienta? —replicó Tang Yu a voz en grito. ¡Era imposible comunicarse! Con tantas pociones, no podía prepararlas todas de golpe.
El maestro Tan Zhiqiu se quedó sin habla por la indignación. ¿Qué farmacéutico perdería el tiempo como Tang Yu en semejante tontería del almacenamiento?
Tang Yu, desafiante, le devolvió la mirada, hasta que de repente su vista se posó en una pequeña bolsita.
—¿Qué es esto? —Tang Yu dejó al maestro plantado y se acercó a la bolsa.
El maestro Tan Zhiqiu casi se muere de la rabia. ¿Acaso era tan poco importante para su discípulo? ¿Que un simple caramelo le robara toda la atención?
Ling Qian también lo vio.
—Es mío, unos caramelos que me regalaron.
Tang Yu se quedó mirando las bolitas dentro de la bolsa, y de repente una idea le cruzó la mente.
—Tengo una idea.
—¿Eh? —Ling Qian lo miró.
Pero Tang Yu no explicó nada; con impaciencia, quería salir de allí y volver a su laboratorio.
—¡Me voy! —dijo.
Al verlo tan emocionado, Ling Qian no lo dudó y lo siguió: —Voy contigo.
Tang Yu no lo rechazó; solo quería poner en práctica la idea que acababa de tener.
El maestro Tan Zhiqiu, olvidado por ambos, se quedó allí con los ojos desorbitados. ¡Vaya discípulos que había escogido, solo servían para sacarlo de quicio!
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