—¡Achís!
Quizá por haberme mojado y luego haber pasado frío, de repente, me picó la nariz y estornudé inoportunamente. Cuando volví la cabeza, Zong Yanlei ya había apartado la mirada y Xu Chengye se acercaba a mí.
—El señor Zong dice que ahora no puede atenderte, que esperes un rato. Pero si quieres… —dudó.
Supuse que quería aconsejarme que me fuera, así que me apresuré a decirle que no me importaba esperar. Me retiré a un lado y le indiqué que hiciera lo suyo.
Xu Chengye se tragó la segunda parte de la frase. Me miró a mí, miró a Zong Yanlei y, por último, me dio una palmada en el hombro, con expresión de «que tengas suerte», y se fue sin decir nada.
En la amplia mesa verde había seis personas sentadas. Aparte de Zong Yanlei, el resto tenía una cantidad considerable de fichas. Era evidente que Zong Yanlei no estaba teniendo suerte y era el mayor perdedor de la mesa.
Estuve de pie junto a la mesa una hora, esperando. La ropa se me secó con el calor del cuerpo. Los vi jugar cuatro manos. En esas cuatro manos, Zong Yanlei perdió casi la mitad de sus fichas.
Miré la hora en mi terminal: eran más de las dos de la madrugada. Si seguía demorándome, no llegaría a casa antes de que la tía Kou se levantara.
Lo dudé un momento, y al terminar otra mano, me acerqué a Zong Yanlei.
—En la próxima mano, sean cuales sean las dos cartas iniciales que reciba, le haré ganar —me incliné y le susurré al oído.
Zong Yanlei me miró de reojo. Hacía girar una ficha roja entre sus dedos, sin decidirse.
Continué:
—Diez minutos. Si gano, usted solo tiene que darme diez minutos.
Pasaron unos segundos o, quizás, años. Finalmente, la ficha se detuvo. Zong Yanlei la sujetó entre el dedo corazón y el anular.
Su mirada me atravesó como un cuchillo y pronunció las frías palabras:
—Solo tienes una mano.
Dicho eso, apretó la ficha en su palma con fuerza y se volvió hacia los otros cinco jugadores para anunciarles que en la siguiente mano yo tomaría las decisiones por él.
—Esta noche has sido el que más has perdido. Aunque trajeras un perro para que jugara por ti, no tendríamos nada que objetar —dijo el gordo rizado de la máscara de oso negro, que estaba a la izquierda del crupier, levantando su copa de cóctel mientras soltaba una carcajada.
En sus diez dedos cortos y gruesos, seis llevaban anillos de piedras preciosas que deslumbraban. Era evidente a primera vista que era un hombre sin escrúpulos.
—Los extremos se tocan. Deja que un descastado toque tus cartas y, a lo mejor, cambia tu suerte —terció una mujer de mediana edad, a la derecha del crupier, con una máscara de leopardo y un abanico de plumas en la mano.
A su lado, estaba un hombre flaco y de aspecto mustio con máscara de jabalí; era quien más fichas tenía sobre la mesa.
—A mí me da igual. Este bichito ha estado ahí parado toda la noche; ya pensaba que era otro de tus números de variedades improvisados.
—Yo creía que era el premio de esta noche —dijo el joven con máscara de zorro sentado entre el oso negro y Zong Yanlei. Sus ojos tenían un hermoso color azul cielo, incluso entre aristócratas, pero sus palabras eran extremadamente vulgares y groseras—. Nunca he probado un wo. Dicen que si los entrenas bien, en la cama son diablillos.
—No digas tonterías —intervino al otro lado de Zong Yanlei el hombre de más edad, con máscara de cabra. Parecía el típico aristócrata penglai: conservador, arrogante, que detestaba a los wo—. Solo una mano. Que no se repita.
Un sirviente, muy perspicaz, trajo una silla nueva y la colocó junto a la de Zong Yanlei.
—¿Premio? —Zong Yanlei soltó una risa ligera—. Si fuera a regalar algo, elegiría algo bonito. No hay razón para dar un producto defectuoso como recompensa.
—Propongo algo —terció el hombre del jabalí—: Si el bichito gana esta mano, reconsideraré la cooperación con el Grupo Helios, que hasta ahora está estancada. ¿Qué les parece?
—Eso sería lo ideal —dijo Zong Yanlei.
Me senté en silencio, sin creerme con derecho a participar en su conversación. Después de todo, para ellos yo no era más que un perro con forma humana.
En el póquer texano (Texas Hold’em), después de cada mano, las posiciones giraban en el sentido de las agujas del reloj: la ciega grande pasaba a ser ciega pequeña y la ciega pequeña pasaba a ser la posición del crupier.
En esta mano, Zong Yanlei era el crupier, es decir, el último jugador en tomar una decisión, lo que me beneficiaba enormemente.
Antes de repartir las cartas comunitarias, había que aportar la apuesta inicial. El de la ciega pequeña, a la izquierda del crupier, apostó. El viejo de la cabra soltó diez fichas rojas. Era una cantidad ni grande ni pequeña, intachable.
Luego le tocaba apostar a la ciega grande. El hombre del jabalí lo pensó un momento y echó cincuenta fichas rojas al bote. La ciega grande suele ser el doble de la ciega pequeña. El hombre del jabalí claramente había apostado de más. No sé si era porque confiaba plenamente en su suerte esa noche o porque simplemente le gustaba la emoción.
Después de las ciegas, ya había un pequeño montón de fichas en el bote. El crupier repartió las dos cartas iniciales a cada jugador.
El póquer texano contaba con 52 cartas y 1326 combinaciones posibles iniciales, cada una con una probabilidad de ganar. La pareja de ases disponía de la mayor probabilidad y la pareja de doses, la menor. Si te salían cartas altas, genial, pero si no…, solo me quedaba mi habilidad.
Las yemas de los dedos me sudaban un poco. Tomé las dos cartas y las fui levantando poco a poco: un 8 de picas y un 8 de tréboles.
Uf, maldición. Contuve una exhalación. Una mano inicial poco prometedora, de fuerza media y probabilidades mediocres.
A mi lado sonó el tintineo de los cubos de hielo. Me giré hacia Zong Yanlei. Estaba bebiendo whisky y también me miraba. Me apresuré a dedicarle una sonrisa que decía «confía en mí» y volví a girarme.
—Igualo —dijo la mujer del leopardo, que estaba en la posición de la pistola, sin dudarlo mucho al ver sus cartas—. Pero ¿a ustedes no les parecen bonitos esos ojos rojo fuego de los wo? Sobre todo los del que está al lado del príncipe heredero…
Se cubrió los labios con el abanico de plumas. Su risa destilaba un doble sentido descarado.
En la última hora, cuando tenía cartas bajas, no hablaba. Ahora que estaba tan relajada, parecía tener cartas altas. ¿Un as o una K?
—Me retiro. —El gordo del oso negro arrojó sus cartas boca arriba sobre la mesa—. Ni se te ocurra meterte con ese, ¿es que quieres morir?
Este tipo era un aficionado a las cartas proyectadas. Si se retiraba, significaba que sus cartas no tenían potencial para convertirse en una escalera o algo así. Eran cartas inservibles, tal vez con un 2.
—Subo. —El zorro sonrió ligeramente y empujó 80 fichas al bote—. Total, como el príncipe heredero no está, solo estamos cotilleando.
Maldición. Aunque el zorro sonreía con frivolidad, al jugar era un conservador nato. Si se atrevía a aumentar tanto antes del flop, significaba que tenía una mano muy fuerte… ¿Una pareja alta?
Pero, tuvieran lo que tuvieran ellos, yo solo tenía una estrategia: luchar hasta el final.
—Igualo —dije y también empujé 80 fichas.
El zorro soltó un silbido.
A estas alturas, sin haberse abierto aún las cartas comunitarias, el bote ya acumulaba una cantidad considerable de fichas.
Cuando todos hubieron apostado, el crupier repartió rápidamente tres cartas comunitarias y las fue destapando: primera, un 2 de picas; segunda, una Q de corazones; tercera, un 7 de diamantes.
Bien. Ninguna de las tres me servía. La mejor jugada que podía formar hasta ahora seguía siendo la pareja de ochos. Parecía que la diosa de la fortuna no quería favorecer a Zong Yanlei ni a mí.
—¿Te retiras? —Sentí un calor en el oído. La voz grave de Zong Yanlei penetró en mi oído y no pude evitar dar un respingo.
En circunstancias normales, lo más prudente sería retirarse. Pero hoy no buscaba la prudencia, sino la victoria absoluta.
Apostar es apostar. Si no se arriesgaba, si no se jugaba con las probabilidades, ¿cómo se llamaba eso?
—No —respondí sonriendo, en un susurro.
A continuación, el viejo de la cabra pasó en el flop. Por el leve ceño fruncido, no parecía muy satisfecho con las cartas comunitarias. Seguramente, como yo, solo tenía una pareja alta y no había conseguido escalera.
—100 —dijo el hombre del jabalí, empujando un pequeño montón de fichas hacia delante.
Tras apostar, cogió su copa de whisky y se puso a beber, como si confiara plenamente en su mano y ya no le importara lo que hicieran los demás.
Era el que más aparentaba. Cuanto más aparentaba, peor era su mano.
—Ustedes, viciosos, apuestan demasiado fuerte —dijo la mujer del leopardo, que tras dudarlo mucho, finalmente se retiró.
El hombre del zorro, mientras jugueteaba con sus fichas, se sumió en un largo silencio. Al parecer, tampoco había logrado el proyecto de escalera.
—Me retiro —dijo al final, también abandonando.
Por fin llegó mi turno. Empujé todas las fichas al centro.
—All in!
Todos los ojos se volvieron hacia mí.
—Ja, tiene agallas —comentó el hombre del jabalí, levantando su copa.
—Total, no es su dinero —gruñó el viejo de la cabra, instando al crupier a repartir.
La cuarta carta comunitaria se destapó: un 2 de corazones.
El viejo de la cabra frunció aún más el ceño. En el flop había pasado y, ahora, solo le quedaban dos opciones: retirarse o apostar.
—Me retiro. —Al fin, también este anciano prudente abandonó la mesa.
El hombre del jabalí añadió 100 fichas más.
Yo había deducido que el gordo del oso tenía un 2 en su mano inicial. Eso significaba que la mano del hombre del jabalí, combinada con las cartas comunitarias, no podía tener cuatro doses. A lo sumo tendría tres doses, un full de doses o quizás… no tenía nada y solo estaba faroleando.
Como yo ya había ido all in, el turno terminó ahí. El crupier destapó directamente la última carta comunitaria.
La carta del río fue un as de picas.
El hombre del jabalí clavó la mirada en ese as de picas y, durante un buen rato, no hizo ningún movimiento.
Yo solo tenía una pareja de ochos. Para ganar, más que esperar pasivamente, tenía que tomar la iniciativa.
—Dos pares: ases y doses, con una carta baja —dije con una sonrisa segura y tranquila, descubriéndole la mano al hombre del jabalí.
Quería que pensara que mi mano era superior a la suya y que, por eso, sabiendo cuáles eran sus cartas, me mostraba tan tranquilo.
Efectivamente, el hombre del jabalí cayó en mi trampa.
—Me retiro. —Su expresión se torció por un instante y me lanzó una mirada gélida mientras arrojaba sus dos cartas.
Al final, solo yo quedaba en la mesa.
—Parece que acerté —sonreí y, ante todos, di la vuelta a mis cartas.
—¿Una pareja de ochos? ¡Tan baja! —dijo la mujer del leopardo, asomándose para ver, con los ojos llenos de asombro.
El crupier empujó hacia mí todo el enorme montón de fichas. Ni siquiera me molesté en calcular cuánto había ganado con tan poco. Solo miré a Zong Yanlei, que estaba a mi lado.
—No está mal —dijo Zong Yanlei mientras miraba las fichas, pero en su rostro no se veía alegría alguna. Se levantó de la silla—. Solo tienes diez minutos.
Sin prestarme atención, se encaminó hacia la puerta sin mirar atrás.
Me levanté y lo seguí atropelladamente, entrando con él en la habitación contigua.
En una enorme vitrina de cristal había apiladas innumerables cajas de puros de primera calidad, cada una con un empaquetado exquisito y elegante, como si fueran valiosas piezas de museo. En cuanto entré, supe que era una sala de puros.
—Empieza —dijo Zong Yanlei al llegar a la barra. Se quitó la máscara de la cara y la dejó a un lado. Luego abrió una caja de puros sobre la barra y comenzó a escoger uno con parsimonia, cortándolo con lentitud.
La noche estaba en silencio. El buen acondicionamiento acústico aislaba por completo el bullicio exterior. De improviso, el sonido nítido del cortador de puros se volvió especialmente notorio.
—Ocho minutos. ¿Vas a quedarte mirándome todo el tiempo? —dijo Zong Yanlei sin levantar la cabeza.
Me mordí los labios. Ante su insistencia, comencé a moverme. Primero apoyé la rodilla derecha en el suelo, luego la izquierda. Me arrodillé a unos tres metros de él, con la mirada fija en la punta de sus zapatos, y dije algo que ni yo mismo podía creer:
—Joven maestro, ¿podría prestarme dos millones?
Zong Yanlei guardó silencio un momento y luego soltó una risa fría, como si le pareciera absurdo.
—No.
Comprensible.
Zong Yanlei, tras terminar de cortar el puro, se paseó lentamente hasta el sofá y se sentó. Mis ojos lo siguieron.
—Entonces, ¿podría contratarme como su copiloto? Puedo ayudarle a ganar el campeonato de GTC, como hice esta noche.
—Vaya —dijo él, cogiendo el encendedor de la mesa de centro para encender el puro, aspirando profundamente y exhalando poco a poco—. ¿Ya gastaste los dos lingotes de oro de aquella vez? ¿Y si no quiero?
El humo se extendió como un velo suave que me envolvía por completo.
Respiré hondo, levanté la cabeza y, atravesando aquella niebla blanca, sostuve la mirada de Zong Yanlei, que no estaba lejos.
—Entonces creo que encontraré algún medio de comunicación dispuesto a pagar bien por un secreto exclusivo sobre usted. Les interesará saber quién es el verdadero padre de sus dos hijos.
—El padre de mis hijos… —Zong Yanlei tenía el puro entre los dedos y su expresión parecía algo ausente.
Suspiré para mis adentros y, mostrándole la bandeja de correos en mi terminal, le dije:
—Ya tengo el correo redactado. Si no lo cancelo, dentro de una hora se enviará a la mayor empresa de medios del país y al periodista de cotilleos más famoso la noticia de que los dos hijos de la princesa no tienen ningún vínculo sanguíneo con usted, que son hijos ilegítimos de su guardaespaldas. Creo que luego habrá mucha gente dispuesta a pagarme por ello.
Zong Yanlei ya había comprendido perfectamente mi mensaje. Toda expresión desapareció de su rostro.
—Me estás amenazando.
—Solo quiero que considere mi propuesta con atención —le dediqué una sonrisa, esforzándome por parecer lo menos repulsivo posible—. Necesito dinero y usted necesita un copiloto. Es beneficioso para ambos, ¿no?
—¿Beneficioso para ambos? —repitió lentamente, dejando caer las palabras desde la punta de la lengua. Se inclinó hacia adelante, apagó el puro, que apenas había empezado a fumar, en el cenicero y, luego, se levantó y caminó hacia mí.
Se acabó.
Conforme se acercaba, los consejos de Xu Chengye resonaron oportunamente en mi mente. Sabía que lo que debía hacer era salir huyendo, pero también sabía que si realmente huía, todo lo que había logrado esa noche se vendría abajo.
—Han pasado seis años. Parece que has cambiado, Jiang Man —dijo Zong Yanlei, inclinándose para levantarme la barbilla.
Después de seis años, volvía a decir mi nombre.
—Yo…
De repente, me sentí aturdido. Mis labios temblaron, pero no logré articular una sola frase coherente.
La yema de sus dedos recorrió mi piel, dejando una sensación nítida. Al segundo siguiente, sentí un dolor agudo en el pecho. Cuando reaccioné, ya estaba bajo el pie de Zong Yanlei.
—Te has vuelto más estúpido.
Me miró desde arriba y, mientras hablaba, aumentó la presión de su pie.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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