El cielo estaba nublado, no había ni una sola estrella a la vista, pero el parque de diversiones estaba resplandeciente, completamente iluminado. Todas las atracciones estaban en funcionamiento, los árboles de wutong a ambos lados de la acera estaban adornados con guirnaldas con luces color neón y un escenario temporal se alzaba en la plaza central, cuyas luces iluminaban la mitad del cielo.
En el escenario reinaba el bullicio. Los muñecos, con sus rostros inexpresivos, representaban con ahínco los cuentos clásicos de Disney. Bella se adentraba sola en el castillo, los utensilios y muebles encantados cobraban vida uno tras otro, y la enorme Bestia bajaba las escaleras…
—¡Mm! —El único pequeño espectador frente al escenario escondió el rostro en la camisa de seda del hombre que estaba a su lado. El hombre sonrió—: ¿Tienes miedo? ¿Quieres que cambiemos?
El niño se aferró a su cintura y asintió repetidamente. El hombre chasqueó los dedos, los muñecos cesaron su actuación, hicieron una reverencia y se retiraron tras bambalinas. El pesado telón rojo cayó y, cuando volvió a subir, Blancanieves jugaba en el bosque, los animalitos la rodeaban. Era una escena entrañable y hermosa.
El niño levantó la cabeza, con la mirada fija en el escenario. El hombre, sin darse la vuelta, alzó la voz:
—¿Has llegado?
—Sí—. Lu Jingxian se rascó el cabello corto—. ¿Qué significa esto?
—¿Me preguntas a mí? ¿No sabes lo llorón que eras de pequeño? Me tenías harto de tanto llorar, así que tuve que ingeniármelas para calmarte—. A pesar de sus palabras, en la voz de Xu Lingzong no había el menor atisbo de queja.
Lu Jingxian lo rodeó hasta colocarse frente a él, y vio al pequeño Jingxian sentado en sus piernas. Al notar que una sombra se cernía sobre él, los hombros del niño se estremecieron y se encogió un poco más contra su pecho.
—¿Me tienes miedo?— Lu Jingxian se agachó, tratando de suavizar su voz—. Ya te lo dije la última vez, soy tú cuando seas mayor.
El pequeño Jingxian apretó sus finos labios, negó con la cabeza con rapidez y hundió el rostro en el hueco del hombro de Xu Lingzong.
Lu Jingxian suspiró. «Tan tímido y cobarde, no se parece en nada al yo que recuerdo. Quizás esta sea la faceta de mi personalidad que nunca mostré a los demás».
—¿Qué asunto te trae aquí? —preguntó Xu Lingzong.
Lu Jingxian juró que jamás buscaría a Xu Lingzong por voluntad propia, pero en cuanto cerraba los ojos, caía en su subconsciente.
—Eso demuestra que, en el fondo, deseas verme —dijo Xu Lingzong con una sonrisa burlona—. ¿Es por tu nuevo trabajo?
¿Acaso podía sonreír?
Lu Jingxian apretó los dientes.
—¿Te das cuenta de la situación? Voy a trabajar junto a una eminencia en psicología, un perfilador de primer nivel. Si te descubren, ¡los dos estamos perdidos!
—Por eso mismo debo quedarme.
—¿Qué?
—El lugar más peligroso también es el más seguro—. Los dedos de Xu Lingzong jugueteaban con el cabello negro del niño en sus brazos—. Además, necesito confirmar si eres la personalidad perfecta de transmigrador que he creado. Estar cerca de Xu Shu es una oportunidad inmejorable.
—…
—No intentes desobedecerme, eres solo una subpersonalidad, eliminarte sería para mí pan comido—. La voz de Xu Lingzong se volvió grave de repente, y su tono, frío y aterrador—. Este es mi cuerpo, puedo recuperar el control cuando quiera.
Ante el peligro inminente, Lu Jingxian prefirió ceder para ganar tiempo, y levantó el pulgar.
—Eres duro. Tú ganas.
¿Por esa razón tenía que arriesgarse? Xu Lingzong era, sin duda, un lunático.
Lo más triste era que tenía que ocultar la existencia de este lunático. Los dos compartían la misma suerte, como langostas atadas a la misma cuerda.
A la mañana siguiente, Lu Jingxian se disponía a bajar a desayunar cuando, casualmente, se topó con Xu Juncai, e inmediatamente contuvo a tiempo el bostezo.
Xu Juncai llevaba la chaqueta del traje colgada en el brazo y manipulaba sus gemelos con calma. Estaba en una posición tan estratégica que Lu Jingxian no podía ni avanzar ni retroceder, no le quedó más remedio que esbozar una sonrisa forzada y saludar.
—Buenos días, señor Xu.
Xu Juncai, impasible, respondió:
—Yo no pierdo el tiempo con inútiles.
Lu Jingxian se quedó sin palabras. Hay un dicho que dice “a quien sonríe no se le pega”, ¡pero parece que este hombre nunca había oído este dicho!
Ceder una vez era darle cara, ceder dos veces era perderla.
Lu Jingxian esbozó una sonrisa sincera.
—El perro que ladra no muerde. Con lo mucho que ladra el señor Xu, parece que no tiene mucha capacidad para hacer daño.
Xu Juncai giró lentamente la cabeza, sus profundos ojos se posaron en él, como si no pudiera creer que Lu Jingxian se atreviera a hablarle así. El día anterior no lo había observado con detenimiento, aunque este tipo usaba el mismo rostro que su hermano, su mirada y su temperamento eran radicalmente opuestos, lo que permitía distinguir fácilmente a dos hombres tan diferentes.
Xu Lingzong era huraño e introvertido. Normalmente, le gustaba agachar la cabeza y encogerse en un rincón para pasar desapercibido, desperdiciando aquel rostro y su alta y esbelta figura. Lu Jingxian, en cambio, acostumbraba a mantener la cabeza erguida y el pecho levantado. Su rostro irradiaba un aire heroico, sus cejas arqueadas destilaban confianza y altanería. Parecía haber nacido sin miedo, como un cometa ardiente que brillaba con luz propia.
Xu Juncai lo examinó de arriba abajo con calma, Lu Jingxian, por su parte, aceptó la inspección con toda naturalidad, mostrándose sin el menor recato. Finalmente, sus miradas se encontraron, en esos tres segundos, el ambiente se volvió sombrío. Ambos percibieron la intensa hostilidad del otro, Lu Jingxian contuvo la respiración, los músculos de sus hombros y espalda se tensaron. Xu Juncai, a su vez, enfrió aún más su semblante y apretó la chaqueta de traje, los nudillos de sus largos dedos palideciendo ligeramente.
—¡Juncai, Jingxian! —los llamó Bai Yunyun desde abajo—. ¿Qué hacen ahí parados? ¡Bajen a desayunar!
Ambos se quedaron desconcertados, Lu Jingxian respondió con un gruñido, sin apartar la mirada, sus ojos seguían rebosando provocación.
Fue Xu Juncai quien, de repente, recogió todas sus emociones y, sin decir palabra, se dio la vuelta y bajó las escaleras, como si nada hubiera pasado.
¿Ya había terminado?
Lu Jingxian se mantuvo alerta ante Xu Juncai todo el tiempo, pero este último se limitó a comer las gachas de mariscos mientras leía el periódico semanal y, de vez en cuando, charlaba un poco con Bai Yunyun. No tenía tiempo para hacerle caso.
Bai Yunyun preguntó por los planes de su hijo mayor y luego se interesó por el paradero de Lu Jingxian, quien respondió con sinceridad: iría a la Administración de Sustitución Legal y volvería cuando terminara.
—¿Y Xiao Liu? ¿Por qué no ha venido a buscarte?
—Hoy solo tengo que confirmar la documentación, puedo ir solo, y si surge algún problema, lo llamaré.
Los ojos de Bai Yunyun echaron chispas.
—Entonces Juncai y tú van en la misma dirección. Que te lleve.
Lu Jingxian se quedó sin palabras. «Señora Bai, ¿de dónde saca que nuestra relación es tan buena como para ir juntos en el mismo coche?»
Xu Juncai, sin embargo, levantó ligeramente la barbilla, con una sonrisa burlona:
—¿No te atreves a subir a mi coche?
—Bueno, si no es molestia.
El Bentley azul marino estaba aparcado en el jardín, y el chófer particular esperaba frente al coche. Al ver salir a Xu Juncai de la villa, abrió la puerta de par en par, pero cuando vio a Lu Jingxian justo detrás, no supo cómo dirigirse a él y solo pudo asentir como saludo.
—Primero a la Administración de Sustitución Legal —dijo Xu Juncai.
—Sí, señor.
En el espacioso vehículo, se sentaron frente a frente, y no intercambiaron ni una sola palabra durante todo el trayecto. Cuando el edificio gris de la Administración se acercaba, y Lu Jingxian se preparaba para bajar, Xu Juncai apoyó el brazo derecho en la ventanilla y golpeteó el marco con el dedo índice.
—Mi perro muerde con saña. La próxima vez te lo presentaré.
La puerta principal de la Administración de Sustitución Legal estaba cerrada temporalmente, y frente a ella, habían colocado un cartel que indicaba a la gente que debían entrar por la puerta trasera para acceder a la sala de trámites. El almacén de carga se había vaciado durante la noche, pero aquella entrada angosta, de apenas un tercio del tamaño de la puerta principal, no podía con la enorme afluencia de gente. Entonces, frente a ella se formó una larga cola que ocupaba todo el callejón.
Lu Jingxian observó la situación un momento. A ese ritmo, no lograría entrar ni siquiera a las diez de la mañana.
También había una pequeña puerta lateral por la que solo cabía una persona, reservada para el personal interno, y que un guardia de seguridad vigilaba. Lo pensó, él también podía considerarse medio trabajador, ¿verdad? Entrar por el acceso interno era perfectamente razonable.
El guardia, con las manos en la espalda, se estiraba el cuello para matar el tiempo. Al girar la cabeza, vio una cara desconocida y señaló al otro lado con el dedo:
—Los que vienen a hacer trámites hacen cola allí. Por aquí no se puede pasar.
Lu Jingxian le ofreció un cigarrillo.
—Hermano guardia, soy el asistente del director Xu.
—¿Ah? —El guardia se quedó desconcertado—. ¿Desde cuándo el director Xu tiene un asistente?
—Desde ayer.
El guardia llevaba tres años trabajando allí y jamás había oído que el director Xu tuviera un asistente. ¿Ayer? ¿No fue cuando un loco vino a echar gasolina? ¿Es que la Administración no abrió?
Observó al joven alto y apuesto, y cada vez le resultaba más familiar. De repente, se golpeó la palma de la mano.
—¡Ah! ¡Eres tú! ¡El héroe!
El guardia reconoció al joven que había estado junto a Xu Shu el día anterior y había luchado heroicamente contra el atacante. Su actitud se volvió más cordial al instante, le dio una palmada en el hombro y lo acompañó al interior. El ascensor subió directamente al octavo piso, y Lu Jingxian llegó a la oficina de Xu Shu en el momento justo.
Eran las nueve, el sol de la mañana era radiante, grandes franjas de luz amarilla se derramaban por la ventana y caían sobre los hombros del hombre hermoso sentado frente al escritorio. Se enredaban con avidez en su cabello lacio, dibujando un halo ambiguo en su silueta, y tiñendo de un suave amarillo cremoso hasta las puntas de su cabello.
A contraluz, sus facciones seguían siendo de una belleza sobrecogedora. La dureza se ocultaba entre las sombras, revelando una suavidad que nunca antes se había vislumbrado. El espresso a su lado estaba a la temperatura justa; el vapor etéreo, acompañado de un aroma denso y añejo, ascendía, empañando sus finas cejas y ojos, y tiñendo aquel suave amarillo cremoso de una textura más delicada y cálida.
Lu Jingxian contempló esta escena, extasiado, y sus pensamientos volaron hasta el noveno cielo.
—¿Qué miras?
La voz fría de Xu Shu rasgó el cálido sol, Lu Jingxian volvió en sí de repente y se tocó la punta de la nariz.
—Ah… nada. Es que la hiedra del alféizar es muy bonita.
—Es cálamo.
—…
Xu Shu llevó la taza de café a sus labios y dio un pequeño sorbo. No quiso indagar en el destello de admiración que había visto un instante en los ojos del otro, la culpa era de aquel rostro, que no solo no le ayudaba en nada, sino que, de vez en cuando, le causaba problemas innecesarios.
—¿El informe médico?
—Aquí está—. Lu Jingxian le tendió las dos hojas de papel que sostenía.
Xu Shu lo hojeó, encendió el ordenador y accedió a la base de datos interna. Tras confirmar que su expediente ya estaba registrado, tomó el teléfono fijo y marcó la extensión.
—Viejo Sun, sube al octavo piso.
El jefe Sun se extrañó, aunque lo llamó “viejo Sun”, el tono era como si le estuviera dando órdenes a su nieto.
Colgó el auricular y Xu Shu dijo:
—Siéntate, no te quedes ahí bloqueando la puerta.
En la oficina había un pequeño sofá pegado a la pared, y antes de que Lu Jingxian pudiera sentarse, le dieron una tarea:
—En el tercer estante del armario, busca un expediente con el número 00102169.
—Ah.
Abrió la puerta de cristal del armario de hierro, sus ojos recorrieron los apretujados fajos de papel de estraza, repitió mentalmente la serie de números, y sus dedos fueron pasando los expedientes mientras los examinaba con atención. Finalmente, sacó uno de ellos y se lo tendió a Xu Shu.
—Doce segundos.
—¿Eh?
—No eres mucho más rápido que una persona normal. ¿No eras explorador? —Xu Shu tomó el expediente.
¿Qué explorador se entrena para buscar expedientes? A Lu Jingxian le saltó la vena en la sien.
—Xu Shu, todavía no he firmado el contrato, en este momento estoy trabajando gratis.
«Señor, no nací para ser asistente. ¿Cómo quieres que aprenda tan rápido? Y encima te pones exigente. Sé agradecido».
—¿Eres del norte?
El cambio de tema fue tan brusco que Lu Jingxian tardó un par de segundos en reaccionar.
—Sí.
—No me extraña.
Entonces vio cómo Xu Shu levantaba la cabeza, en sus ojos se ocultaba una leve sonrisa de significado incierto.
—Trabaja con esmero y no pierdas el tiempo tratando de congraciarte conmigo.
«¿Qué quieres decir? ¿Quién quiere congraciarse contigo?»
Al repasar en su mente la conversación, el rostro de Lu Jingxian palideció. Hace un momento, cuando lo llamó por su nombre, había añadido sin darse cuenta un tono con erhua*, él mismo ni siquiera lo había notado, ¡pero Xu Shu se dio cuenta en el acto!
*Es un rasgo característico del mandarin hablado de algunos dialectos del norte de China, especialmente en el dialecto pekinés, y en general se usa como diminutivo para los sustantivos. Consiste en añadir una terminación “-r” a ciertas palabras, por ejemplo, Xu Shu se escucharía como “Xu Shu’r”. Por esto Xu Shu supuso que Lu Jingxian era del norte de China.
—¡Oye, no quise llamarte “tío*”! Simplemente se me escapó.
*叔 (shū) significa literalmente “tío” (hermano menor del padre), pero también se usa como una forma de dirección para un hombre de la generación de los padres o para alguien mayor. Prácticamente, le dijo que está viejo.
—Llámame como quieras, tampoco me da miedo acortar mi vida.
—¡Tú…!
Lu Jingxian se abalanzó sobre él para agarrarle del cuello de la camisa, pero un dulce aroma de coco llegó a su nariz, fue solo un instante de duda, pero sus dedos ya se habían enredado en su brillante y suave cabello.
Xu Shu bajó los párpados y miró de reojo aquella mano enredada en su cabello negro.
—¿Yo qué?
La vergüenza y la indignación que sentía se convirtieron en incomodidad, Lu Jingxian respondió de mala gana:
—… Nada.
—Así que cuando peleas te gusta tirar del pelo.
—¡No es cierto!
El escándalo que armaron no fue pequeño, el jefe Sun asomó la cabeza y vio a Lu Jingxian de espaldas a la puerta. Con una mano apoyada en el borde del escritorio, inclinado hacia adelante, su alta figura envolvía por completo a Xu Shu.
—Ay, ay, ay —el jefe Sun se tapó los ojos instintivamente, aunque dejó una rendija para mirar a escondidas—. Que mala suerte, otra vez olvidé mirar el almanaque.
Hoy en día, vivían en una sociedad abierta, y él no era un viejo chapado a la antigua. Pero si los dos hombres querían hacer algo, podrían al menos cerrar la puerta, ¿verdad?
—Cof, cof.
Ambos, Xu y Lu, miraron a la vez hacia la puerta. La expresión del jefe Sun era muy forzada.
—Bueno… los interrumpiré un momento. Cuando me vaya, pueden seguir con lo suyo.
── ⋆⋅☆⋅⋆ ──
Nota del autor:
—Tío Xu.
—Sobrino, pórtate bien.
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