Ethan observaba a la Señora West entrar y salir de la mansión sin ningún reparo, como si fuera su propia casa. Cada vez que la veía junto a Edmund, sentía como si el corazón se le rompiera. Su corazón, desgarrado por un cuchillo invisible, había quedado hecho jirones, igual que un trapo viejo.
Edmund la escolta. La ayuda a subir al vehículo estacionado frente a la entrada. Antes de cerrar la portezuela, ella le dice algo a Edmund mientras esboza una sonrisa.
Parecían una verdadera pareja de amantes.
Ella era sumamente hermosa, y cada vez que caminaba arrastrando su brillante traje de noche, desprendía un encanto sutil y provocativo.
Ethan, observando a Sarah West con ojos secos, admitió de buena gana su belleza. Sin embargo, ese hecho no consolaba su miseria.
Cuanto más tiempo pasaba Edmund con ella, más consciente se volvía Ethan de la terrible distancia que lo separaba del hombre.
«El río de Caronte estaría más cerca que esto.»
Ethan se dio cuenta de la posición tan ambigua en la que se encontraba dentro de la mansión.
Para Edmund, él solo era un sobrino; si el Conde llegaba a casarse, podría instarlo a mudarse y vivir por separado. Entonces, él tendría que conformarse con hacer el papel de un sobrino adulto que visita a su tío de vez en cuando.
«El papel de un sobrino adulto». Le dio risa la absurda suposición con solo pensarlo.
A medida que el paraíso creado por la ilusión se rompía y la realidad destrozaba cruelmente su corazón, sus sueños se volvían aún más intensos. Eran como un veneno que corrompe el alma.
En el sueño, él hombre se acostaba a lo largo de un bote con un suave terciopelo desplegado, flotando en mitad de un lago. Con la camisa medio desabrochada y la cabeza echada hacia atrás. Como un dios adormecido y empapado de placer.
Aunque estira la mano y acaricia su rostro, no lo rechaza. Cierra los ojos como si lo permitiera de buena gana. Su cabello rubio, húmedo por el agua, se esparce deslumbrantemente sobre el terciopelo rojo.
Entra en él como una bestia que busca devorar sus entrañas. Presiona profundamente su piel caliente y húmeda.
Sus labios se abren como si echara la cabeza hacia atrás y soltara un suspiro. Sus afiladas pestañas doradas tiemblan en el aire como si percibieran algo. Su suave cabello rubio ondea.
Ese éxtasis, ese clímax, y luego, al despertar del sueño, retorcerse por la terrible sensación de pérdida de haber perdido lo que nunca se tuvo.
Era una cadena de dulce desesperación que no se podía rechazar.
«¿Es este el orden natural?
¿Es natural que esto pase? ¿El observar cómo toma la mano de otra mujer, pasa de largo a mi lado y camina hacia adelante?»
Ethan los observó sintiendo el placer sádico que surge al destruirse a sí mismo en lo más profundo del abismo. Quería desgarrar y romper su alma, dejándola caer por completo en el infierno. Quería estrangular su cuello hasta que no pudiera respirar. Entonces, tal vez toda esta pesadilla terminaría. No quedaría nada, pero en ese lugar en ruinas no habría esperanza ni dolor.
Una semana después, cuando fue invitado a la fiesta de cumpleaños de Mary Cecil, la única hija del Marqués de Salisbury, Edmund volvió a llevar a la Señora West como pareja.
Lo único que Ethan pudo hacer fue poner en el ojal del hombre una azucena que había cortado del jardín.
Una pequeña y frágil azucena. Un boutonnière1 hecho envolviendo el delgado tallo de la flor con satén plateado.
Después de colocar cuidadosamente la flor en la solapa del hombre, lo miró hacia arriba.
—Le queda bien, Edmund.
Hizo contacto visual a propósito y sonrió ampliamente.
Edmund lo miraba hacia abajo en silencio.
El hombre vestía un traje elegantemente confeccionado. La silueta de sus hombros rectos y anchos y su cintura esbelta se notaba de un vistazo. Era un aspecto impecable, en el que no se podía encontrar ningún desorden.
—Tenga.
El hombre extendió una mano y recibió la flor de manos del sirviente.
—Ven aquí.
Sus dedos largos y de articulaciones duras tocaron la solapa.
Los movimientos con los que empujaba la flor en el estrecho ojal eran hábiles. En el momento en que las suaves yemas de sus dedos rozaron ligeramente su torso como una pluma, una suave onda se generó en su pecho. En su corazón, una espléndida camelia echó raíces y floreció con un color de sangre brillante.
—Ya está.
El hombre lo recorrió con la mirada, hizo un gesto con los ojos y se dio la vuelta.
Ah. Aunque le guardaba rencor por ser tan indiferente, sentía un éxtasis tan insoportable que quería llorar.
Últimamente, a pesar de que se sentía una extraña frialdad por parte del hombre, se volvía loco cada vez que él se acercaba así de repente y tocaba su cuerpo como si no pasara nada.
Debía matar el deseo de quererlo, pero cuanto más lo intentaba, más se quemaba su corazón.
Cuando pasaron por la residencia de la Señora West y ella subió al coche, a diferencia de lo habitual, estaba callada. Aunque miró a Ethan y esbozó una leve sonrisa, le dirigió a Edmund una mirada de intenciones indescifrables. Ella mantuvo la boca cerrada.
Ethan percibió la corriente gélida y discordante que fluía entre ellos dos y experimentó un profundo deleite. Era una sensación baja pero dulce. Aunque sabía que resultaba ridículo sentirse así, no podía evitarlo. Si la relación de ellos dos llegaba a hacerse añicos de esta manera, su corazón estallaría colmado de júbilo.
A pesar de que la protagonista de la fiesta era Mary Cecil, el verdadero centro de atención de los presentes eran las figuras de la alta sociedad que se dejaban ver en el lugar.
En cuanto se esparció la noticia de que Edmund Whitewood asistiría, todos se movilizaron con frenesí en todas direcciones para conseguir una invitación del marqués de Salisbury.
El marqués de Salisbury llevaba su cabello gris castaño pulcramente peinado hacia atrás y lucía un bigote elegantemente cultivado, el cual siempre consideraba un orgullo. Él, junto a su esposa, recibía a los invitados en la entrada.
—Gracias por venir, Señor Solz… Así es. Encantado de verlo, Señor Howard… Cuánto tiempo, Henry… Por supuesto, tenía que asistir. Sea bienvenida, Baronesa Carrington… ¡Vaya, pero si es Edmund!
La voz del Marqués de Salisbury se elevó. Era un tono cargado de una alegría exagerada por encontrarse con alguien a quien no esperaba. Ante su voz, alzada deliberadamente para que todos la escucharan, las miradas de los presentes se concentraron en ellos.
—Es un placer verle en mi hogar, después de encontrarnos únicamente en el club.
—Gracias por la invitación.
—No tiene qué. No es necesario usar formalidades entre nosotros.
El Marqués de Salisbury palmeó afectuosamente el hombro del hombre.
—Entre, por favor. Tengo muchas cosas de las que quiero hablar con usted.
El Marqués había invertido en una compañía de tabaco estadounidense y había ganado bastante dinero, y dado que la fuente de dicha información había sido el Conde de Leicester, la confianza que depositaba en él era profunda. Tras enterarse además de que el Conde era un cazador excepcional, brotó en él un sentido de camaradería que profundizó aún más su simpatía hacia él.
Edmund esbozó una sonrisa, besó con ligereza la mano de la Marquesa de Salisbury y se adentró en la residencia. Como una diosa ataviada con un collar de perlas, la Señora West caminó arrastrando su vestido. Ethan la siguió en silencio, bajo el escrutinio de las miradas de la gente.
—Es ese niño. El de los rumores…
Las miradas colmadas de curiosidad no cesaban en ningún lugar.
Ethan recorrió la residencia con la vista, ignorando los ojos que se pegaban a todo su cuerpo. El interior, cubierto por una alfombra roja, era lujoso; sin embargo, para los ojos del joven, habituados a la elegancia moderada de Whitewood, aquello lucía innecesariamente llamativo y centelleante.
Una mesa alargada de caoba ocupaba el salón de recepción. Tras concluir el almuerzo, en el cual se sirvieron de forma ininterrumpida lujosos platillos franceses sobre platos con bordes dorados, dispuestos en una mesa con mantel rosa y decorada con abundantes rosas, los jóvenes salieron al jardín.
Bajo la luz del sol de mayo, todo brillaba de manera deslumbrante.
Los árboles, que habían absorbido agua y luz solar, ostentaban un follaje verde y espeso. Arbustos recortados en formas redondeadas, una gran fuente de mármol y, rodeándola, un jardín de begonias.
Un chorro de agua brotaba y caía sin cesar por encima de la cabeza de la estatua de un querubín de vientre prominente. Las gotas de agua se esparcían reflejando los colores del arcoíris.
Era como estar en el paraíso.
Jugaron al croquet en el césped desplegado en el jardín. Los muchachos observaban con los mangos de los largos mazos de madera cruzados sobre los hombros, apoyados detrás del cuello. Las muchachas aguardaban dejando colgar los mazos contra el suelo, golpeando la tierra suavemente.
Al golpear la bola situada en el césped con la cara plana del mazo cilíndrico, la bola rodó y rodó. Cruzó el suave césped y pasó limpiamente a través de la pequeña y rectangular compuerta de hierro.
Los jóvenes vitorearon. Se aproximaron a Ethan y chocaron las palmas de las manos.
—Nada mal.
En el segundo piso, la sala de fumadores contaba con una ventana salediza. Edmund permanecía sentado en el alféizar, contemplando el jardín. Una ráfaga de viento fresco sopló, acariciándole la nuca.
Un clamor estalló cuando la bola del equipo contrario fue golpeada y enviada fuera del campo de juego. Del lado opuesto, brotó un lamento. Ethan sonrió con picardía. Su cabello negro y rizado brillaba con hermosura al reflejar la luz del sol. Una sonrisa plena inundaba su rostro.
El Conde fumaba su cigarro pausadamente mientras observaba a Ethan, quien se encontraba rodeado por jóvenes de su misma edad, hasta que giró la cabeza al escuchar que lo llamaban.
—Y bien, Edmund, ¿usted qué opina?
Frente a la chimenea apagada, el Marqués de Salisbury permanecía sentado fumando en pipa. A su alrededor se congregaban varios caballeros.
Se encontraban conversando sobre cacería. El Marqués de Salisbury era un fanático de la caza, por lo que en cada vacación de verano viajaba a regiones de África o la India para capturar búfalos o elefantes, trayendo consigo los cuernos y el marfil como trofeos. En su despacho tenía desplegada una alfombra de piel de leopardo, y los cuernos de una enorme cabra montés decoraban la repisa de la chimenea. Tampoco faltaba jamás a la gran caza del zorro que se organizaba cada otoño.
El Marqués, peinado con pulcritud y mostrando algunas canas, preguntó agitando las arrugas de su frente:
—A mí me aburre esa práctica de limitarse a disparar a la presa que un setter inglés te trae en la boca. La caza se vuelve tarea de ellos, no nuestra. Sin embargo, si no se hace de esa forma, no es posible obtener una piel de buena calidad. Si disparas a tontas y a locas, la piel se dañará. Entre la adrenalina de la caza y la gloria de un trofeo intacto, ¿cuál sería la elección más sensata?
Edmund aplastó la colilla para apagarla y se puso de pie. Los hombres que rodeaban la chimenea le abrieron paso de forma natural. El sillón que estaba vacío le pertenecía.
Edmund se sentó en el pesado asiento de cuero, extrajo un cigarrillo largo de una pitillera de oro puro, se lo llevó a los labios y le prendió fuego.
—¿Acaso lo segundo no es un juego?
Las voces de los caballeros, que mantenían los oídos abiertos incluso mientras compartían todo tipo de charlas triviales, se cortaron en seco.
—Si se declara como caza el clavarle una bala en el lomo a un zorro que ya ha sido despedazado y dejado medio muerto por los perros, ¿no se parecería más bien a un juego de un niño de doce años?
Aquello constituía un insulto hacia la forma tradicional de caza que se había transmitido de generación en generación. Para los caballeros de Inglaterra, criar excelentes perros de caza, exhibirlos ante todos y ganar renombre a través de sus valerosas hazañas era un motivo de honor. Todos conocían el nombre del perro que lograba capturar la mayor cantidad de presas en la jornada.
—Parece que piensa que criar perros es un juego de niños —repuso el Señor Howard, de veintidós años, incapaz de contener su sangre ferviente y hablando con indignación—. ¿Sabe cuánto esfuerzo se requiere para criar adecuadamente a un setter inglés? ¡Y no a uno solo, sino a docenas! Hay que comandar y guiar a todos esos perros correctamente. También se debe brindar apoyo desde la retaguardia para prepararse ante emergencias. Hay que dar la orden de asaltar el territorio enemigo por sorpresa. Los perros de caza son los soldados y nosotros somos los comandantes. Esto es una guerra a pequeña escala.
Era una analogía un tanto exagerada, pero ellos se tomaban la caza con extrema seriedad. Algunos asintieron con la cabeza en señal de acuerdo.
En ese preciso instante, una tenue risa burlona llegó a los oídos de todos.
—Guerra, dicen.
Edmund se estaba burlando.
El rostro de Howard se puso rojo.
—¿De qué se está riendo?
Fue en el momento en que se adelantó, apartando a la persona que intentaba detenerlo.
—Dice cosas ingenuas sin saber qué es cada cosa.
Ellos recordaron el hecho de que Edmund había participado en la guerra como miembro de la marina. De igual modo, los caballeros que tenían experiencia guardaron un pesado silencio.
—No es de mi incumbencia que defienda a ese setter inglés que tanto ama.
El hombre entornó los ojos.
—Pero debo decir que es una estupidez confundir un juego con la realidad.
El enfurecido Howard intentó gritar algo, pero antes de que pudiera hacerlo, Edmund giró la cabeza.
—Para responder a la pregunta.
El Marqués de Salisbury mantenía las cejas arqueadas.
—Yo elegiría la adrenalina de la caza. Porque esa opción es más honesta.
—Honesta, ¿qué significa eso? —preguntó de vuelta el Marqués, a quien le había entrado curiosidad.
—Es simple. Significa que es fiel a su propósito.
Mientras todos contenían la respiración y aguardaban, el hombre aspiró profundamente hasta que el fuego del cigarrillo se consumió y exhaló el humo. El espeso humo se dispersó como hilos enredados. El hombre abrió la boca. Era un tono que clavaba una cuña con frialdad:
—La matanza.
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